El Estado del glifosato: de la agricultura que contamina a la ciencia que releva el desastre

Pilar clave del modelo transgénico, protagoniza el grueso de los trabajos que detallan la tragedia originada por los agrotóxicos. Por qué este veneno nos llega a todos. 

Por Patricio Eleisegui

Llegó al compás de la última dictadura. 

Para iniciar otro exterminio, aunque en su caso el efecto contra la vida demoró bastante más que las desapariciones, las torturas, las apropiaciones, la persecución de la que hizo gala el último proceso militar. 

Su potencia nociva comenzó a cobrar masividad dos décadas después de aquel 1976 de Videla, Massera y Agosti y sus dedos genocidas dibujando sombras siniestras sobre biblias y papeles. 

Desembarcó en el país precedido de una publicidad irresistible para la época: garantizaba el control químico, sin labranza, del sorgo de Alepo y el cebollín, dos vegetales mal llamados “malezas” que competían por luz, agua y nutrientes contra cultivos como el trigo y la cebada. 

La primera parte de los 80 lo encontró un producto ya conocido por los chacareros del momento. Esto, consecuencia directa de una campaña doméstica de seducción para la cual Monsanto contrató a un equipo de jóvenes ingenieros agrónomos que sucumbieron al calor de las comisiones que ofrecía la compañía. 

Uno de ellos resaltaba por su entusiasmo y obediencia al mandato comercial: Felipe Carlos Solá. 

Sí. 

El actual canciller. 

Felipe Carlos Solá: porteño de Recoleta, graduado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), apóstol de Armando Palau, el subsecretario de Agricultura que convenció a Juan Domingo Perón de traer a la Argentina las primeras semillas de soja –no transgénica– en 1974.

Algo de esto detallé en mi libro Envenenados (2013, Wu Wei y 2017, Gárgola). A lo largo de 1981, Solá viajó por distintas provincias para captar nuevos clientes de la formulación RoundUp. Primer matrimonio. 

El vínculo Solá-Monsanto celebró segundas nupcias en 1996 con la aprobación, por parte del mismo personaje –en ese momento titular de la cartera de Agricultura–, de la primera soja genéticamente modificada para resistir al herbicida. Ambos productos, en aquel entonces, propiedad exclusiva de la empresa estadounidense.

Ese sólo aval cambió para siempre la producción agrícola de la Argentina. También, la matriz sanitaria de los pueblos ubicados en las zonas condenadas al éxito de la soja. 

En 1991 el uso local de glifosato rozaba el millón de litros/kilos anuales. A fines de esa década el volumen ya alcanzaba los 60 millones. La cifra actual, según estimaciones científicas, se ubica en el orden de los 320 millones.

En ese mientras tanto de la era menemista a este presente brotaron nuevos transgénicos –OGMs, en la jerga– resistentes al químico: otras variedades de soja, maíz, algodón, alfalfa. 

¿Por qué no se conoce con precisión la cantidad que se pulveriza en el país? La explicación es tan sencilla como aberrante: dos décadas y media después de instalado el modelo transgénico en la Argentina, ninguno de los gobiernos –el actual incluido– avanzó con un marco legal que regule la utilización de plaguicidas y detalle cuánto veneno se utiliza en el país.

De lo que sí hay precisiones es del desastre sanitario acelerado a partir de la consolidación del glifosato como pilar básico del “status quo” agropecuario. Los indicadores estallados de malformaciones, abortos espontáneos y cáncer, entre otros males, que registran los pueblos fumigados son evidencia irrefutable del daño que activó el agrotóxico.

Que el problema de fondo es el modelo de producción basado en el paquete tecnológico (transgénicos + agrovenenos) es algo que no se discute. Reitero: que aquello que hay que cambiar es el sistema agrícola de commodities generadas mediante manipulaciones de laboratorio y plaguicidas de síntesis química es tan cierto como que el glifosato produce cáncer. Remarco: que la salida es la agroecología es una verdad que a esta altura debería ser ley.

Pero el hecho de que el glifosato siga representando cuanto menos el 65 por ciento del volumen total de agrotóxicos que se aplican en la Argentina obliga a subrayar su protagonismo absoluto, claramente sin atenuantes, en nuestra tragedia ambiental diaria.

Acerca de un país envenenado

¿Cuánto se ha regado en todo este tiempo? Damián Marino es doctor en Química y un científico determinante. Clave en el día a día de las investigaciones que se llevan a cabo en los laboratorios de la Universidad de La Plata. Referencia ineludible por sus aportes al caudal del CONICET. 

Los trabajos de este experto y su equipo son mención obligada en cualquier indagación, doméstica o internacional, que se haga acerca del impacto de los agrotóxicos en la vida en general. En plena confección de esta columna, lo consulto por el caudal de glifosato aplicado. 

Marino aporta una primera máxima, antes de ahondar en el detalle. “Llevamos más de veinte años de una agricultura química que contaminó a toda la Argentina”, dice. “Y el nivel de utilización de plaguicidas es tal que encontramos rastros de estos productos hasta en los campos agroecológicos”, añade.

Vuelvo a la carga: ¿Cuánto veneno, doctor? “Sólo en los últimos diez años se aplicaron más de 1.000 millones de litros/kilos de glifosato en la Argentina. Por ilustrarlo de alguna forma, equivale a un corredor de 800 kilómetros de camiones con acoplado, ubicados uno detrás del otro, cargados con el herbicida. Una hilera, por utilizar otro ejemplo, de vehículos de ese tipo extendiéndose desde Capilla del Monte, Córdoba, hasta Capital Federal”, graficó.

Marino aportó otra comparación, acotada ahora a la cantidad de glifosato que a través de la lluvia contamina cuencas como la del cordobés río Tercero. 

“En un evento de lluvia promedio de la región pampeana, la cantidad de herbicida que cae sobre ese curso equivale a poner a una persona cada 40 metros, a lo largo de toda la cuenca, a verter un litro de ese mismo formulado en el caudal”, afirmó.

La ciencia que todo lo muestra

Damián Marino es quien, junto a Virginia Aparicio, doctora en Ciencias Agrarias e investigadora del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), aportó el primer trabajo que en 2013 probó cómo el herbicida y su degradación ambiental, llamado AMPA, tienden a adherirse al material particulado presente en cuerpos de agua. 

Porque sí: a la par de la expansión tóxica del producto también se activó la respuesta de expertos que entienden al glifosato como una arista clave del descalabro sanitario y ambiental que, mayormente, evidencia el interior del país.

(Recordemos que, al menos hasta ahora, nadie ha visto vehículos terrestres –“mosquitos” – o aviones soltando glifosato sobre Palermo, Recoleta o el microcentro porteño).

El antecedente ineludible en esta labor –consolidada a partir del 2010– de exponer, siempre ciencia mediante, el poder tóxico del plaguicida, nos lleva a la figura de Andrés Carrasco. Fallecido en 2014, fue jefe del Laboratorio de Embriología de la UBA y supo presidir el CONICET. 

Carrasco probó que el agrotóxico produce desde muerte celular hasta malformaciones. Hizo público su trabajo en 2009. La investigación detalló estos daños, con el agravante de que la experiencia fue llevada a cabo sobre concentraciones de glifosato mucho menores a las que hoy se aplican en los campos.

En 2015 emergió otro trabajo de Marino y su equipo. Se ubicaron trazas del herbicida en 9 de cada 10 artículos de uso personal basados en algodón. Esto es, hisopos, toallas femeninas y tampones comercializados en farmacias. Además, se detectaron rastros de glifosato en la totalidad de las muestras de, también, algodón sanitario y gasas monitoreadas.

Un año después, sendos análisis de plaguicidas efectuados en la escuela N°11 de San Antonio de Areco, por entonces dirigida por Ana Zavaloy –docente fumigada que falleció en junio de 2019–, ubicaron glifosato y otros agrotóxicos en el agua del molino del que se abastecía el establecimiento educativo. 

En ese mismo 2016, en el marco de una tesis de grado hecha en el Centro de Investigaciones del Medio Ambiente (CIM), una experiencia promovida por Santiago Vittori –también científico de la Universidad de La Plata– y articulada con AGMER, el gremio docente de Entre Ríos, detectó al herbicida en el aire de las escuelas rurales del centro este de esa provincia. 

“Diez de once escuelas estudiadas dieron presencia de glifosato y/o AMPA en al menos 1 de las 2 campañas de monitoreo. No se observaron diferencias significativas en concentraciones de glifosato y AMPA entre sitios ni entre campañas. Exposición continua”, precisó el estudio.

Brotaron más pruebas del glifosato en cualquier lugar. Veneno para todos.

En julio 2016, un trabajo firmado por, entre otros, Alicia Ronco -fallecida en noviembre de ese mismo año- y el mismo Damián Marino confirmó que la cuenca del río Paraná, considerada la segunda más importante de Sudamérica detrás de la que comprende al Amazonas y con desembocadura en el Río de la Plata, está altamente contaminada con glifosato o AMPA.

Agosto de 2017: científicos del CONICET –vinculados a la Universidad de La Plata (UNLP)–, revelan que el herbicida que se aplica en la práctica agropecuaria no desaparece de los campos. El producto no hace más que acumularse en los suelos.

El estudio, sujeto a muestras tomadas en el distrito de Urdinarrain, en la provincia de Entre Ríos, remarca que la concentración de glifosato constatada en esa zona se encuentra entre las más altas a nivel mundial.

Cierto que llueve veneno sobre nosotros

En 2017 también vio la luz una investigación de Tomás Mac Loughlin dando cuenta de un uso poco conocido del herbicida: se lo aplica en la producción hortícola. 

No directamente sobre los vegetales –aún no están modificados en su ADN para resistir al plaguicida–, claro, aunque sí se lo pulveriza en torno a los almácigos y lotes en general, para desmalezado y barbecho químico. Con recomendación del INTA.

La ciencia no se detuvo. Hacia julio de 2018, un estudio encabezado por Lucas Alonso, doctor en Ciencias Exactas, en coordinación con la Red Universitaria de Ambiente y Salud (REDUAS), develó que las lluvias presentan concentraciones de glifosato y atrazina.

Principal conclusión: la carga máxima cuantificada de agrotóxicos en las precipitaciones locales es hasta 20 veces superior a la registrada en países como Estados Unidos, meca de los plaguicidas.

Para llegar a este resultado se tomaron muestras de precipitaciones ocurridas en las ciudades de Coronel Suárez y La Plata (provincia de Buenos Aires), Ituzaingó, Malvinas Argentinas y Brinkmann (Córdoba), Hersilia (Santa Fe) y Urdinarrain (Entre Ríos).

Ese mismo año, otro trabajo impulsado por Horacio Zagarese, investigador del CONICET, expuso que casi la mitad de las lagunas bonaerenses acumulan moléculas del agrotóxico en sus espejos. El monitoreo en cuestión “sugiere que el glifosato y el AMPA son contaminantes habituales de las aguas estancadas de la provincia de Buenos Aires”.

Llegamos al 2020. Marino tiene la palabra: “Demostramos que el herbicida se mueve solubilizado en la columna de agua. Por ende, puede viajar, trasladarse a distancias muy largas. Viaja disuelto. Por eso hoy lo encontrás en cualquier cuerpo de agua superficial”.

Ya este año, el científico y su equipo divulgaron los resultados de otra investigación potente: demostraron que el glifosato contamina incluso los campos bajo producción agroecológica. Se basaron en muestras recogidas en “La Aurora” (Benito Juárez, provincia de Buenos Aires), establecimiento reconocido por la FAO, dependiente de la ONU, como una de las experiencias agroecológicas más exitosas del planeta.

“Lo más común es encontrar glifosato. En proporción, el 80 por ciento del plaguicida que encontramos en el ambiente corresponde a ese herbicida. Lo que vemos en los campos, en las lluvias, los ríos, el aire, no es más que el reflejo de lo que el mercado de plaguicidas acerca a los productores”, dice Marino.

“Acá no es tan relevante si la toxicidad del glifosato es mayor o menor respecto de otros productos. La cantidad que se está utilizando ya lo vuelve un problema. El ambiente, dado el volumen e intensidad con que se aplica, es incapaz de degradarlo”, agrega.

Después, nuestro intercambio gira hacia el tiempo, la proporción y lo irreversible. Esto último, glifosato mediante, asoma casi como una certeza. Pero el científico reniega de ser categórico. 

Él y su equipo siguen investigando. Mapa de la tragedia en mano. Sin dejar de contarle las costillas, el ADN, al veneno.

Mientras eso ocurra, continúe, se profundice, allí atrás, al fondo de lo que alcanza la vista, algo seguirá brillando con la timidez de lo posible. 

Sin importar quién esté de canciller, secretario de Agricultura o vendedor de bidones.

Es ese conocimiento que se sigue generando la llave que entreabre puertas a otras cosas. Alienta esperanzas en tiempos de pavor y desasosiego. En definitiva, devuelve las ganas de pelear por garantizarnos algo tan simple como la vida.

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