El ritual del tiempo / Juan Solá

Querido Sur,
el año se cierra sobre el mundo con la abrumadora sensación de que en realidad, “año” es un concepto tan vacío para explicar el tiempo como lo es la palabra “sexo” para explicar lo que sucede en el encuentro entre los cuerpos. El calendario se ha apoderado de nosotros con una fuerza totalizadora, capaz de hacernos creer que el final de un año puede traer aparejado al final de la miseria. Hay algo de ritual en la expectativa del tiempo que siempre me conmoverá. Nos apoyamos en el calendario para crear mundos posibles, a lo mejor incapaces de entender que aquellos mundos no emergen de la efeméride, sino de la infinita capacidad humana de imaginar bonanza en el porvenir.
Me gustaría pensar que alcanzar el último cuadrito del calendario, una suerte de casillero final en el tablero de un juego de mesa, bastaría para ponerle fin a todo lo que nos parece miserable y excesivamente abrumador, pero no. La fiesta pareciera ser nada más que la pausa necesaria antes de volver a darle cuerda al gran reloj del mundo.
Por estos días, leí a mucha gente recomendar Don’t Look Up, así que yo también terminé viéndola. Después de todo, una comedia oscura sobre las desventuras de lo humano es en partes iguales un planazo y una excusa excelente para deprimirse todo el fin de semana y lo que resta del año. Confirmo.
La ficción vuelve a volcarse sobre la realidad, pero lo que espanta es que ahora todo es más creíble, más verosímil. Pareciera que quienes producen ficción ya no necesitaran hacer demasiado esfuerzo para generar mecanismos narrativos que pregnen en la psiquis lectora. Basta con enrostrarnos un poco que somos, como dice Voicot, “la especie en peligro de extinguirlo todo.” Con la estupidez humana alcanza para hacer una serie de 20 temporadas sobre las formas del horror que, como dice mi amiga Magalí, se repite como un mantra.
Ahora, lo circular del asunto es impresionante: una película sobre gente distraída frente a un colapso imaginario para entretener la Navidad de gente real, igual de distraída, frente a un colapso más que real. Frente el cinismo de Netflix, no se si reírme o llorar (¿a lo mejor la síntesis es salir a luchar?), pero lo más apabullante es el ejercicio de disociación constante que hacemos ante cada advertencia, siempre enjaulados en la idea de que esas cosas le pasan a los otros, a mí no. Qué me importa que Hitler se apodere de Alemania, si yo vivo en Polonia.
La historia de esta científica gritándole al mundo que “vamos a morir” no nos es ajena, pero mucho menos extraña es la reacción de los medios y los negacionistas y la manipulación de la información con fines partidarios y económicos. Harta de ver derrumbarse el mundo mientras los de arriba especulan sobre qué hacer con nuestros escombros.
Querido Sur, no es el año lo que se termina, sino el mundo, y aunque para el colapso también nos hayan puesto reloj, preferimos ignorarlo frente a la cuenta regresiva que de diez a uno cambia el año en el calendario pero nada más. Nada más. Somos la especie en peligro de extinguirlo todo, y ojalá que eso incluya también esto que somos: animales brindando con champagne por su propia muerte.

Buenas noches
Juan

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