Encuentros con Roberto Jorge Santoro

A Santoro, alias el “Pelado”, alias “Toto”, lo encuentro, por ejemplo, en una charla futbolera. No digo discusión, porque como decía el general, quien según dicen nos hizo el estadio, para un racinguista no hay nada mejor que otro racinguista. Y lo encuentro también en una conversa informal sobre las letras de canciones, algo que compartimos; o sobre la poesía latinoamericana, de la que está bastante enterado por una profusa correspondencia que mantiene con sus pares de Perú, Ecuador, Panamá y otros países de la región.

Por Jorge Boccanera (#)

   Se ríe cuando le digo que somos, además de racinguistas, tocayos y arianos como Lenin. A Santoro lo encuentro en una lectura de poesía y en un cambio de opiniones sobre la responsabilidad del artista en un momento tan álgido como aquel del 73, cuando nos conocimos, yo enfundado en mi traje de colimba y él siempre con la gorra atornillada a su cabeza de bola de billar. 
Ahora estamos charlando en la puerta de la galería Meridiana que funcionaba sobre la calle Rodríguez Peña, casi esquina Córdoba, sobre la importancia de las revistas culturales alternativas y la necesidad de cambiar un ente nulo, inoperante, escasamente representativo como es la Sociedad Argentina de Escritores, y hacerle una transfusión de sangre, es decir imaginación y solidaridad, espíritu crítico.   
¿Cuántas veces me encontré con Roberto Jorge el “Pelado” Santoro, en esos meneados años ’70? El número no importa. Recuerdo que acabábamos de fundar con Oscar Raúl Fernando García, el grupo “El Ladrillo” y que al “Toto” le llamó la atención la aparición de un grupo literario como el nuestro, que en su conformación inicial integraba escritores obreros y tenía un fuerte poder de convocatoria. En nuestras reuniones dialogábamos con estéticas tan contundentes y diversas como las de Agustín Cuzzani, Olga Orozco, Juan Gelman, Cátulo Castillo, Héctor Negro y Osvaldo Avena, entre muchos otros.
Por mi parte, me deslumbraba la capacidad de laburo de Santoro, desdoblándose en poeta, editor, compositor, organizador de recitales en clubes de barrio, forjador de la mejor recopilación hasta hoy del deporte nacional, Literatura de la pelota (1971), entre otras yerbas Y si bien no pocas veces discutimos sobre el modo de accionar en ese momento político, en el fondo estábamos hermanados. Esta cercanía registra hechos concretos: en agosto del 74 me entregó unos poemas inéditos de su libro No negociable, que publiqué en el número uno de la revista El Ladrillo de ese mismo año En esos textos breves -ocho en total- llama la atención uno escrito con sorna y dolor, titulado “El gran bonete” en el que se adelanta a hablar de los desaparecidos, algo no tan común ese año, aunque abundaban los secuestros y los crímenes a cargo de las bandas armadas del lopezreguismo: “A mi país se le han perdido muchos habitantes/ y dice que algún cuerpo de ejército los tiene/ yo señor?/ sí señor/ no señor/ pues entonces quién los tiene?”. La revista no pasó del primer número fechado en agosto del 74, mes de la muerte de Raúl González Tuñón.  Entre otros materiales, junto al homenaje al autor de La rosa blindada, escribí un comentario breve a otro de los libros de Santoro: Poesía en general.
Un año después, Roberto publicó en su colección de Papeles de Buenos Aires un libro del “ladrillense” Oscar R. F. García:  El tigre fuera de la bolsa. García, operario en Valentín Alsina de una fábrica de cartón corrugado, había empezado a publicar casi cincuentón y su primer libro, El canto de las fábricas combinaba, como en Santoro, el lirismo y la denuncia. En el mismo número de la revista El Ladrillo, uno de los textos de García, remataba: “Hoy la poesía es reclamo/ una rebelde obstinación obrera/ una pared pintada, un cartelón donde escribimos/ ¡fabrica tomada!”. En otro de sus textos, García escribió: “La luz se construye a martillazos”.
Nos vimos luego, entre otros lugares, en un salón en los altos del Anchorín Bar, esquina entre Paseo Colón y San Juan, en la que “El Ladrillo” convocó a numerosos grupos y hacedores de revistas de todo el país. Esto fue, seguro, entre setiembre y octubre del 1974, justo el día en que la Triple A asesinó en Buenos Aires al cordobés Atilio López, líder sindical de los transportistas. Estábamos allí reunidos, debatiendo, leyendo, y recibimos apesadumbrados la noticia del crimen; ahí nomás improvisamos un homenaje al gremialista. Esa noche, a nombre de “Barrilete”, el Pelado Santoro fue hasta el micrófono y leyó la lista de los fusilados en Trelew dos años atrás. Todo un símbolo de la época: un hombre que va a ser secuestrado lee una nómina de víctimas de una masacre, el mismo día que han asesinado a un sindicalista del campo popular.


La amistad con Santoro se nutrió con amigos comunes, el pintor Pedro Gaeta, el poeta Roberto Díaz, el narrador Lubrano Zas, entre otros. No recuerdo si fue el mismo Pelado quien nos arrimó a “El Ladrillo” al poeta Juan Carlos Higa, el japonecito que iba a ser detenido 14 días antes que Santoro y que también figura como desaparecido. Ignoro si el “Toto” llegó a enterarse de este secuestro. De ser así, imagino el dolor de esa pérdida, aunque no le debe haber sorprendido, ya que exactamente un año antes, en junio del 76, se habían llevado de su casa de Luján a su amigo, el poeta herrero Dardo Dorronzoro. En la mesa del herrero había quedado un ejemplar del libro de Santoro, Uno más uno humanidad, con esta dedicatoria: “Para Dardo, con la amistad de quien espera su palabra”, y una carta en la que Santoro le anunciaba con cierto tono irónico, una visita “con ganas de arreglar el mundo”. Obviamente nunca se enteró Santoro ni el mismo Dorronzoro, del premio que obtuvo el herrero, el “Talavera de la Reina”, en 1983. Paradójicamente, el poeta español José Hierro fue jurado del certamen donde participaron poemas del herrero; y quizá al mismo Hierro le haya tocado al abrir la plica del ganador para enterarse que se trataba de un desaparecido de la dictadura argentina, cifrado con el número 1274, para la comisión de derechos humanos de la OEA.
La ola represiva estaba lanzada; entre marzo del 76 fueron secuestrados, entre otros, los escritores Tilo Wenner, Haroldo Conti, Marcelo Gelman, Miguel Ángel Bustos. y, entre otros, la pareja formada por Lucina Álvarez y Oscar Barros, del grupo “Barrilete”. En la primera mitad del año siguiente se incrementó el accionar uniformado y, entre los escritores, ha sido abatido  Rodolfo Walsh. Ante la situación, varios miembros de “Barrilete” salen al exilio. ¿Por qué Santoro no toma recaudos y regresa a su trabajo? En la conversa de un último encuentro con Patiño, a punto de exiliarse en México, podría estar la respuesta: “Carlos, mi lugar está aquí pase lo que pase”. 
Santoro fue secuestrado el primero de junio de 1977 de su lugar de trabajo, la Escuela Nacional de Educación Técnica Nº 25, Fray Luis Beltrán, en la calle Saavedra 749, y hasta hoy no tenemos noticia de él. Había nacido en Buenos Aires en 1939. Por ese tiempo estaba imprimiendo una carpeta de poemas del peruano Víctor Mazzi -los ejemplares quedaron hasta hoy apilados, sin distribuir-.  
Roberto me había hablado de esos poetas peruanos agrupados alrededor del grupo “Primero de Mayo”, liderado por Mazzi, albañil y vendedor ambulante. En una de sus revistas, “Kilka”, publiqué posteriormente dos textos breves con aire de consigna: “Primera comunión” preguntaba: “Papá/ ¿los torturadores/ van al cielo?”
A instancia de Santoro me escribí con Mazzi y en junio del 76 salí de Argentina y en Perú, en la sierra de Chosica, me encontré con Mazzi y su grupo que por ese tiempo celebraban nada menos que los veinte años del “Primero de Mayo”. El grupo estaba integrado por vendedores callejeros, operarios; recuerdo a Leoncio Bueno, un mecánico, electricista, ex preso político, premiado en Casa de las Américas por su libro Rebuzno propio, y a Carlos Loayza, albañil; otros de sus fundadores fuero Guerra Peñalosa, ferroviario, y el campesino Pérez Contreras. Mazzi, por su parte, vendía libros usados en un carrito con ruedas que ubicaba en el patio de la universidad campesina La Cantuta, años después clausurada por Fujimori tras una gran matanza de estudiantes. La esposa de Mazzi vendía en una plaza manzanitas recubiertas de caramelo y pochoclo. En Chosica me dieron alojamiento allí. Un profesor universitario allegado al grupo me dejó la habitación que alquilaba en el pueblo y viajó a Lima. No eran tiempos fáciles, había tomado el poder el general Morales Bermúdez, quien dictó el estado de sitio. Había patrullaje. Una de mis charlas sobre poesía que iba a desarrollarse en la Biblioteca Nacional, se suspendió ante una amenaza de bomba; también se suspendió una serie de ocho lecturas organizadas por el poeta Arturo Corcuera en una línea que iba de Cuzco hasta la zona amazónica de Iquitos. El grupo de Mazzi funcionaba, además de Chosica, en otros lugares de provincia como Talara, Huancayo y Piura. Sus publicaciones proliferaban: Papeles del payador, Canto y seña, Liberación, Honda tierra, etc.
A diario conversábamos con Mazzi, quien me conectó con la universidad campesina de La Cantuta; allí di algunas charlas sobre poesía argentina y denuncié la represión criminal. Supe que el grupo “Primero de Mayo” había nacido en 1956 en Lima; eran 13 trabajadores que publicaron la compilación “Prólogo del alba” con un lenguaje -en palabras del propio Mazzi- “duro, protestatario, rebelde”. Mazzi tenía conciencia de las limitaciones estéticas que involucra la búsqueda de un mensaje directo, pero insistía sobre la importancia de dar testimonio “como los poetas de la Comuna de París”.   
Con Mazzi -quien ya había recibido elogios de intelectuales peruanos tan importantes como Sebastián Salazar Bondy y Alejandro Romualdo- hablamos de Santoro, en libertad en ese momento. El grupo había sacado varias antologías, la última de ellas fechada en abril del 76 y a cargo de la Biblioteca Universitaria con el nombre beligerante de Poesía proletaria del Perú y una dedicatoria impresa: a Santoro y el grupo “Barrilete”.      
Volví a encontrar a Santoro muchas veces, en amigos comunes como el poeta José A. Cedrón, exiliado primero en Venezuela y luego en México, a quien le escribió Santoro veinte días antes de su secuestro: “existe la posibilidad de caer (…) El recuerdo es una aguja permanente que nos está cosiendo y descosiendo el alma (…) Mi hija tiene 0 años. Está aprendiendo a bailar (…) El futuro me acompaña. Es el amor permanente, fiel, que nunca me abandona”. Ademas, en el destierro mexicano compartí una casa con Carlos Patiño, mientras que trabé estrecha amistad con Humberto “Cacho” Costantini; ambos escritores muy cercanos al Toto. En México, Costantini escribió el poema “No negociable” (título tomado del último libro del poeta desaparecido) en el que interroga: “¿Cómo se hace un Santoro?/ ¿De qué sabia redoma o manso disparate/ salió este apedreador de verdeolivas/ este organizadísimo junador de alhelíes, consignas y volantes?”, para concluir: “anda por el idioma/ como el Pibe en las cintas de Carlitos/ atorrante/ feliz”.  
Santoro escribió alguna vez: “mi voz está en su sitio”, seguramente para indicar el lugar de la conciencia. Ese verso resume su vida e instala un eje ético en el centro de la foto movida de una sociedad que, sin la brújula de la memoria, es tierra a la deriva.    

(#) Es poeta, escritor y periodista. En 1976 obtuvo el premio Casa de las Américas y, en la actualidad, prepara la segunda parte de su libro “La pasión de los poetas”.

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