Federico Moura, ironía y romanticismo

“La trampa que nosotros tendimos,
de hacernos los idiotas”

Roberto Jacoby

En el cumpleaños de Federico Moura, compartimos un capítulo del libro de Juan Bautista Duizeide, editado por Sudestada y Patria Grande.

El malentendido y el enigma acecharon desde siempre a Federico Moura. Ninguna de las simplificaciones que se siguen repitiendo como verdades reveladas y terminantes logran abarcar a Virus, la banda con la que se convirtió en una estrella de primera magnitud que excede a la constelación del rock. Un grupo capaz de una obra tan sutil, tan filosa, tan furiosa y críticamente alegre como es Recrudece, su segundo disco. O de una obra tan radicalmente crítica de la postmodernidad y tan desesperadamente romántica como Superficies de placer, el último que tuvo como cantante a Federico. Por sus mejores realizaciones, se puede pensar a Virus como un organismo de capacidades muy superiores a la mera suma de sus partes. La base rítmica de ajuste perfecto sostenida por Enrique Mugetti, Ricardo Serra y Mario Serra, la medida guitarra y la desmedida capacidad compositiva de Julio Moura, la polifuncionalidad de Marcelo Moura, la posterior aparición de Daniel Sbarra, las tácticas de guerra y de juego de Roberto Jacoby y, sobre todo, el canto y el encanto de Federico Moura. Una perfecta máquina de potenciar (se). Irónicos, sí, pero jamás cínicos. Divertidos también, pero no por tontos, sino por inteligentes. En Federico Moura. Ironía y romanticismo, Juan Bautista Duizeide recorre todos estos mundos y da cuenta de su legado hasta la actualidad.

La meta es el origen

El viernes 20 y el sábado 21 de noviembre de 1987, Virus presentó en el estadio Obras Sanitarias –por entonces “la catedral del rock”– su séptimo disco (sexto en estudio). Sería el último con su cantante original, Federico Moura. Una enfermedad fulminante y entonces casi desconocida, el VIH, a la que los medios insistían en llamar peste rosa, no le permitiría más. Sólo en la primera semana se vendieron alrededor de treinta mil copias de Superficies de placer. No se trató de un amor de primavera sino del cierre de un ciclo. Estético. Histórico. Sentimental. ¿Qué es lo que hace de aquel Virus un clásico? ¿Qué tiene para cantarnos y contarnos hoy?

Existe una historia oficial del rock en Argentina, o acaso convenga llamarla vulgata, según la cual correspondería a Virus ser los abanderados del hedonismo tras el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional con su estela de muertes jóvenes, censura y terror. Los hermanos Federico, Julio y Marcelo Moura, junto a Ricardo Serra (luego Daniel Sbarra), Enrique Mugetti y Mario Serra serían para esa versión de la historia quienes, en el contexto de la restauración democrática tras el genocidio, habrían impuesto el culto al cuerpo, al goce, al baile, a la liviandad, al descompromiso. Características presentes en Virus, salvo el descompromiso, pero que no alcanzan para definir su originalidad ni su importancia. De aceptar ese planteo, la banda que ensayaba y jugaba fulbito en una casa de City Bell tendría el dudoso privilegio de ser una lejana antecesora de Mambrú, Miranda, Leo García o Babasónicos. Tanto peso tiene el equívoco –o tan fácil resulta esa interpretación–, que semejantes personajes son convocados cada vez que la TV o el cine documental pretenden abordar ese punto ciego de la cultura argentina que es Virus. Pese a las irrisorias pretensiones vanguardistas de Leo García y Babasónicos (“¡Por qué no se buscan un trabajo decente!” podría renegar Pappo desde la tumba), su producción no va más allá de un pop bailable de un sentimentalismo chirle (o “líquido”), con músicas tan elementales como olvidables, que a lo sumo pueden aspirar a cierta prolijidad de hechura industrial, y letras banales que pusieron al día un pasatismo a la manera del Club del Clan cuando no hacen gala de un cinismo canchero y básico. “Queríamos que las mucamas aprendieran un tema nuestro”, declararon los Babasónicos al periodista Roque Casciero respecto a su hit Irresponsables, para el libro Rock arrogante. Resulta imposible pensar a los ácidos Virus incurriendo en declaraciones análogas. Una cosa es satirizar a los de arriba, o reírse del grupo social de pertenencia, otra muy distinta burlarse de los de abajo. Menos que menos rebajándose a producciones tan unidimensionales. Sergio Pujol –en Canciones argentinas 1910 –2010– comenta respecto al programa estético de la escudería Dargelós: “Me pregunto si Babasónicos no terminó siendo más víctima que victimario de esas canciones baladíes sobre las que aseguraría tener todo el control”.

Tampoco hace justicia pensar a Virus como una banda de entertainers irónicos. Coordenadas que se corresponden más con Los Twist, cuyo nombre es toda una declaración de principios acerca de la vuelta del rock a sus inicios, si bien con otra autoconciencia: bailable, divertido, juvenilista, en joda. O con los chetos de Los Helicópteros. “Guitarra rítmica en corcheas con el bajo, arpegios y la batería haciendo twist”, definió en un reportaje el periodista y escritor Uki Goñi, su líder. El título del disco debut de Los Helicópteros era otra declaración de principios: Música pep (1982), o sea música movida, un concepto similar al de otro disco que hizo época: el primero de Los Twist, La dicha en movimiento (1983), que contrabandeaba además una alusión jocosa a la cocaína circulante por el under porteño. Por el Café Einstein pasaban todos ellos. Pero no eran iguales ni resuenan, hoy, con parecida intensidad.

Ninguna de las simplificaciones que se siguen repitiendo como verdades reveladas y terminantes logran abarcar a Virus. Un grupo capaz, por ejemplo, de una obra tan sutil, tan filosa, tan furiosa y críticamente alegre como es Recrudece, su segundo disco. Único en el contexto del final de la dictadura. ¡Un disco entero dirigido contra el régimen! Contra sus movidas políticas para perpetuarse, contra sus símbolos, contra su letal solemnidad. O de una obra tan radicalmente crítica de la post modernidad y tan desesperadamente romántica como Superficies de placer.

Recrudece –una de las creaciones malditas del rock argentino– fue grabado un tanto a los apurones, y con un sonido que jamás conformó, sobre la estela de Malvinas. Una obra maestra acerca de cómo resultar inoportuno. Si el Artaud del Flaco Spinetta no entraba por la forma de su sobre en ninguna batea, Recrudece escapaba a las etiquetas y clasificaciones. ¿Música de protesta, pop bufonesco, punk desesperado, campaña anti argentina, invitación al baile sin ataduras?

También se escapaba de las conceptualizaciones fáciles y tranquilizadoras Superficies de placer. ¿Aquel “disco del culo” qué era? ¿La reivindicación homosexual más explícita de Virus? ¿Una crítica a la época? ¿Una melancólica despedida que pese a la desolación no perdía la elegancia? ¿Una inesperada postulación del arte como trascendencia? Todo eso y mucho más.

Recrudece y Superficies de placer son artefactos culturales multifacéticos, mutantes. Por realizaciones como ésas se puede pensar la ambigüedad de Federico Moura de una manera no restringida a lo sexual y explorar el rol de Roberto Jacoby como mucho más que un letrista: un integrante pleno de la banda aunque no saliera al escenario ni figurase en las fotografías. La dictadura había herido a los hermanos Moura de modo imborrable. Llegada la transición democrática, no pudieron convertirse en otra banda de divertido rock alfonsinista. Roberto Jacoby, viejo carbonario del Di Tella y la C.G.T. de los Argentinos, artista conceptual y sociólogo, ayudó a que fueran eso que en potencia ya eran. Juntos urdieron las múltiples máscaras con las que crearon un ámbito de orgullosa autonomía. Jacoby y Moura bien podrían suscribir algo que declaró James Joyce respecto a su Ulises: “He incluido tantos enigmas y acertijos que mantendrán a los profesores atareados siglos acerca de lo que quise decir, y ésta es la única manera de asegurarnos la inmortalidad”. El irlandés, con esta boutade, no se burla de los lectores salvajes, sino que ironiza acerca de cierta ingenuidad crítica siempre dispuesta a considerar las obras de arte como adivinanzas. Su laberinto no propone encerrarnos, sino ayudarnos a aprender que hay muchos recorridos y salidas posibles. Algo en lo que la banda de los Moura destacó.

Por sus mejores discos, se puede pensar a Virus como un organismo de capacidades muy superiores a la mera suma de sus partes. La base rítmica de ajuste perfecto sostenida por Enrique Mugetti, Ricardo Serra y Mario Serra, la medida guitarra y la desmedida capacidad compositiva de Julio Moura, la polifuncionalidad de Marcelo Moura, el canto y el encanto de Federico Moura, las tácticas de guerra y de juego de Roberto Jacoby. Una perfecta máquina de potenciar (se). Irónicos, sí, pero jamás cínicos. Divertidos también, pero no por tontos, sino por inteligentes.

“Sólo quiero sacudirte” –verso de El rock en mi forma de ser– refería por supuesto al cuerpo y a una tradición dentro del rock: “I really love your peaches / I want to shake your tree” cantaba hacia 1973, por ejemplo, la banda de Steve Miller, un californiano heredero del blues cuyo lenguaje negro abunda en alusiones sexuales como “If you don´t want my peaches, then don´t shake my tree”. Pero sacudirte, para el deseo de Virus, cultor además de un rock alejado de las raíces bluseras, no era sólo sacudir tu cuerpo. Era también sacudir ideas, certezas, comodidades. Con el disfraz como arma y la incomprensión por parte de los demás como barricada. “Pero no es tan complicado, nuestras letras son simples. El que no las pesca es porque no piensa”, declaraba un Federico al que la época volvía enigmático. La herida propia de aquellos años era lo que volvía opaco lo luminoso. Hermético lo abierto. Como si la censura se mordiera la cola y brindara un salvoconducto a aquello que venía a celebrar su entierro.

En Canciones argentinas 1910-2010, Sergio Pujol destaca: “La banda de los Moura no encajaba en ninguno de los casilleros de la canción argentina. No eran punk, si bien sus canciones jamás hubieran existido sin la ruptura que aquel movimiento generó dentro y fuera de la música popular. Rechazados hasta el escarnio por los rockeros duros y los metaleros, los platenses tampoco parecían ser la derivación natural de Spinetta y Charly (…) si bien sus canciones invitaban al alborozo y los placeres más directos, los Virus no hacían música disco. Su irrupción en los lugares de baile tenía el regusto de un malentendido”.

Eduardo Berti –en el prólogo a Virus, una generación (1994), de Daniel Riera y Fernando Sánchez– señala: “Hubo un rock nacional antes de la guerra, bajo la dictadura, hubo otro después, en democracia. Pero cómo encerrar a Virus en este esquema, si ellos ya eran post Malvinas en 1981… Quizá nada retrate mejor a los hermanos Moura que ese permanente destiempo. Fueron irónicos cuando reinaba la solemnidad en el rock argentino. Fueron románticos cuando reinaba el desencanto dark. Grabaron el primer disco cuando su líder, Federico Moura, tenía treinta años, la misma edad en la que Charly García disolvía Serú Girán. Otro destiempo: fuera de la voz de Federico, nada era más distintivo en Virus que el sonido de sus teclados. Nadie usaba, a mediados de los 80, esos timbres. Daba vergüenza hacerlo. Pero en Virus quedaban bien. Y aunque ellos eran modernos, ese anacronismo los volvía singulares; modernos, sí, pero más allá de la gran moda. Más destiempos: su letrista, Roberto Jacoby, venía de la movida sesentista del Di Tella, aunque impulsaba una crítica impiadosa al viejo rock nacional. El diseñador de las tapas, Daniel Melgarejo, había trabajado para la compañía discográfica Mandioca cuando el rock en castellano tenía pantalones cortos”.

El narrador y crítico Claudio Zeiger comparó al líder de Virus con Miguel Abuelo y Luca Prodan, otros muertos jóvenes del rock hecho en Argentina: “Federico había sido un espíritu libre, menos contaminado por los prototipos y estereotipos nacionales, más rara avis, quizás llamado a liderar estéticamente a la generación ochentosa si no hubiera muerto a los treinta y siete años (“Recordando tu expresión, 1988”, Radar, 26 de mayo 2017).

El tiempo de Virus era un destiempo. Utopía, ucronía, distopía. No importaba parcelarlo en una definición fija siempre y cuando sirviera para sortear lo obvio. Para cuestionar lo dado. No se trataba de otear el viento y ser obedientes a él. No se trataba de acomodarse. Eso jamás. Incomodar y desacomodar, de eso se trataba. Pero como quien no quiere la cosa. El chiste interno de un grupo de amigos músicos, surgido a causa de una gripe insistente del guitarrista Julio Moura, por la cual empezaron a llamarlo Virus, devino un nombre. Alrededor del nombre se ordenaron como se ordenan los novicios de una orden, o como alrededor de una consigna los revolucionarios. Seguramente de manera menos deliberada, más placentera pero no menos fatal. Se convirtieron en Virus. El nombre, a fuerza de canciones, de discos, de recitales, se hizo metáfora de un modus operandi: pese a las resistencias iniciales, el cuerpo social fue contagiado sin remedio. Y las metáforas, se pagan.

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