Charly Presidente, una excursión al país de los García

En el cumpleaños de Charly, compartimos un capítulo de Charly Presidente, un libro de Juan Bautista Duizeide, editado por Sudestada y Patria Grande.

En la Argentina hubo presidentes abogados, estancieros, ingenieros, generales, genocidas. Nunca uno músico. Hubo candidatos cómicos –cómicos profesionales valga decir, ya que la mayoría ha derrapado hacia la comicidad involuntaria cuando no hacia la tragedia–, hubo un candidato automovilista de fórmula uno, un candidato campeón de motonáutica que corría solo en su categoría, candidatos vedettes, candidatos actores, candidatos conductores televisivos, candidatos empresarios, candidatos carapintadas, candidatos deseosos de refrendar por el voto lo que habían detentado mediante las armas. A punto estuvo de rompernos la rutina Ramón Palito Ortega. ¿Habría sido la felicidad? Nunca lo sabremos. El tucumano de gesto alimonado quedó apenas como candidato a vicepresidente del bañero más famoso de Lomas de Zamora, el señor de la gorra mayor del conurbano. ¿Estaremos todavía a tiempo de meterle otro ritmo a la res publica con un presidente músico?

Encuentros con el diablo

La premeditada irrupción de Charly García en la quinta presidencial de Olivos parecía un exceso de la época. Otro más. Como el peronismo abrazado al ingeniero Alsogaray y al almirante Rojas, como el presidente que había arremetido como un nuevo Tigre de los Llanos y tenía las patillas cada vez más cortas y la genuflexión ante los poderes cada vez más larga. Y ahora García con él. Con ese al que antes, despectivamente, llamaba Nemen. Con él y con su hija y con algunos de sus laderos más odiados. Bebiendo. Bromeando. Comiendo. Cantando. Ese encuentro era el Aleph de una época en gerundio: años con la lenta duración de algo que nos arrasaba a la velocidad de las tecnologías con las cuales los valores financieros atraviesan el planeta.

Al fin García era como un personaje de Roberto Arlt. Si no se puede hacer nada más, nada de quedarse mirando películas: a cocinarse en la traición. O como alguno de esos personajes porteños de Jorge Asís que exponen el cinismo en carne viva y en esa misma exposición buscan la coartada. ¿No había avisado García unos años antes?: “Él se cansó de hacer canciones de protesta/ y se vendió a Fiorucci”.

¿Y si hubiera sido, en verdad, distinto?

¿Si pudiera significar otra cosa?

Un fantasma recorría los ’60 y ’70 argentinos: el fantasma del voluntarismo. García jamás sintonizó con esa cultura. El rock en conjunto no sintonizó. Pero García en especial se manejó con más táctica que muchos peronistas presumidos de frecuentar el Manual de conducción política. A la inteligencia para comprender qué desvíos pueden resultar indispensables para no extraviar el recto camino, sumó siempre un repentismo sólo comparable al de Borges.

Sus encuentros con el diablo no fueron pocos. Y siempre salió indemne con la elegancia de un Riquelme esquivando guadañas.

En agosto de 1975, Sui Generis se presentó en Montevideo. Gobernaba el hacendado Juan María Bordaberry, ya un títere de los militares. Tal vez a alguien no le gustó algo que cantaron, o tal vez los tenían marcados de antes. Una comisión policial secuestró a los músicos y sus equipos. Les vendaron los ojos, los tiraron en la caja de una camioneta y arrancaron. Los bajaron a los empujones y les sacaron la venda en un lugar con demasiada luz y poco aire. Los golpearon un poco y los fueron interrogando por separado. Hacía frío, mucho frío. Cuando volvió García –el primer requerido– le hizo un gesto a los demás integrantes del cuarteto indicándoles que dijeran no saber las letras. Juan Rodríguez contestó entonces que él sólo tocaba la batería. Rinaldo Rafanelli dijo que tocaba el bajo. Y Nito Mestre dijo que tocaba la flauta. Ninguno sabía que podrían decir de cuestionable esas letras. Una vez liberados, en un bodegón donde pidieron una sopa que borrara el frío y el cagazo, le preguntaron a García qué había contestado él. Le había cambiado la letra sobre el pucho a Botas locas. Donde dice “si ellos son la patria yo soy extranjero” les cantó “si ellos son la patria yo me juego entero” (como suele pasar con los hechos de los elegidos, son casi infinitas las maneras en que esto se ha contado, pero en lo principal coinciden).

Durante un recital de Seru Giran en Obras, ya en plena dictadura, entró un policía, identificó a una chica, la agarró de los pelos y empezó a arrastrarla hacia afuera. Gritaba la chica, gritaban alrededor de la chica. Pero nadie se animaba a hacer nada. Charly García vio todo desde el escenario así como años más adelante Raúl Alfonsín vería desmayados en sus actos e interrumpiría sus discursos para decir “un médico ahí”. Para García ver fue entender. Le pidió al iluminador que siguiera al policía con un buscador, le pidió al sonidista que le subiera al máximo el volumen del micrófono de voz y tronó: “Vos sos uno y nosotros cinco mil. No sé. Fijate” (como sucede en los hechos de los elegidos, con el tiempo aparecieron infinidad de chicas que eran aquella chica y le querían agradecer, y hasta expolicías que dicen haber sido aquel policía y haberse arrepentido tras ser iluminados por García).

El 30 de diciembre de 1980 Seru Giran fue convocado a tocar en el predio porteño de la Sociedad Rural Argentina. ¿Qué hacer? Se trataba de la institución que nuclea a los latifundistas beneficiarios de la llamada Campaña al Desierto de la cual el año anterior habían celebrado cien años. Justo en el barrio más favorable a los dictadores de una ciudad militarizada de un país militarizado, Seru Giran reunió a sesenta mil jóvenes. Cuando el rock era apenas una minoría intensa. Cuando ser joven era más sospechoso que nunca. Ante esas sesenta mil almás ávidas, García cantó: “No cuentes lo que viste en los jardines, el sueño acabó./ Ya no hay morsas ni tortugas./ Un río de cabezas aplastadas por el mismo pie/ juegan cricket bajo la luna./ Estamos en la tierra de nadie, pero es mía./ Los inocentes son los culpables, dice su señoría,/ el Rey de espadas./ No cuentes lo que hay detrás de aquel espejo,/ no tendrás poder/ ni abogados, ni testigos./ Enciende los candiles que los brujos/ piensan en volver” (como suele suceder en los hechos de los elegidos, no sólo se multiplican los peces y los panes, sino los testigos, son cada vez más quienes pasaron esa tarde calurosa del verano escuchando Canción de Alicia en el país en la misma cara de los esbirros del Rey de Espadas).

Durante la presidencia de facto del general Viola –tal vez deseoso de mostrarse como una especie de genocida populista–, se llamó a una reunión muy especial a los principales referentes del rock. Viola también se reunió en su departamento con los integrantes de Queen, salvo su baterista Roger Taylor, que se negó a estrechar la mano de un criminal. En la reunión con los locales estuvieron Spinetta, Litto Nebbia, David Lebón y otros. El comisionado del señor presidente no era un ángel. Se llamaba Alfredo Olivera. Había formado parte de un grupo creado por la SIDE después del golpe de 1976 que incluyó a seis periodistas. Según varios testimonios, había sido el instigador de la desaparición de la periodista Diana Guerrero36. Los músicos plantearon tibiamente cuestiones gremiales: que hubiese más lugares para tocar, que bajara el costo de los instrumentos importados, que hubiera más facilidades para viajar. Charly García reclamó por el fin de las razzias en los recitales y por el fin de la censura (como en los hechos de los elegidos, muchos comprendemos tarde: ninguno de los que estaban allí tenía la autoridad como para hacer reclamos por los desaparecidos).

El 16 de mayo de 1982, Charly García formó parte del Recital por la Solidaridad Latinoamericana. El mega encuentro planeado entre los productores de rock más importantes del momento –Daniel Grinbank, Piti Iñurrigarro, Alfredo Ohanian y Oscar López– y los militares. Una gran operación propagandística de la dictadura presentada en beneficio de los soldados combatientes. No era tan fácil para Charly García, un consagrado, decir no como hicieron Virus o Los Violadores. Entre otras canciones, Charly García cantó un éxito de Sui Generis: Rasguña las piedras. Ese cruce entre la famosa Elegía de Miguel Hernández y el tema de la incomunicación tan tratado por Pink Floyd podía sonar allí a otra cosa. Prisioneros de los campos de concentración o de los pozos de zorro (como en los hechos de los elegidos, resulta muy difícil la traducción de un tiempo histórico a otro, tan difícil como perdonar o condenar por esa colaboración).

El caluroso 15 de octubre de 1988, la cancha de River se llenó de gente con ganas de ver y escuchar a Peter Gabriel, Sting, Youssou´n dour, Tracy Chapman, Bruce Springsteen. Los convocaba un recital de rock por los derechos humanos que organizaba Amnistía Internacional. También formaban parte de la nómina de artistas León Gieco y Charly García. En un momento, se cruzaron tras el escenario Bruce The boss Springsteen y García. Con cara de muy pocos amigos y la voz más canyengue que pudo, García conminó al gringo. “¡Gil! Acá el jefe soy yo” (como suele suceder en los hechos de los elegidos, sobran profetas para contar esta parábola, que venía a confirmarnos que, junto a la soledad y la incomunicación, el poder fue siempre uno de los grandes temas de García).

En 1998, cuando convocaron a Charly García a participar del Festival Buenos Aires Vivo III, con escenarios que se iban a montar en Puerto Madero, junto al río, propuso arrojar desde aviones muñecos que emularan a los desaparecidos. Hebe de Bonafini salió con duras declaraciones contra esa puesta en escena. Los grandes medios de comunicación intentaron avivar la fogata. Pero todo terminó con un diálogo. “Nosotros no tenemos por qué pelear, loca”, le dijo Charly. “Está claro, pero vos sabés que con las personas que se quiere mucho, a veces una puede enojarse. Y con la gente que quiero, las broncas se me pasan enseguida y soy incapaz de estar enojada. Vos me conocés”– le contestó Hebe. “Está todo bien, Hebe”, le aseguró Charly. “Tenés razón. Los dos estamos haciendo las mismas cosas y peleamos por lo mismo”. El día del recital, no llovieron muñecos y Charly García invitó a las Madres al escenario (como suele suceder con los hechos de los elegidos, este episodio irradia luz).

Con todos esos antecedentes, vale preguntarse: ¿Y si García en Olivos hubiera sido una especie de Hamlet montando su comedia fatal? ¿Y si por un momento fueron todos extras de su delirio? ¿Y si hacerlos poner el brazalete de Say no More al ministro Corach, a la hija Zulemita y al mismísimo Never fuera la más grande tocada de oreja perpetrada por el rock? ¿Y si llevar a tocar una banda de amigos al corazón del poder para comerse y chuparse todo y encima grabar un disco que tuviera a los capitostes haciéndoles coros fuera la gran broma del siglo? Y encima, arrancar con una canción que se llama Good Show. ¿No era demasiado?

Tal vez será que el tiempo hizo leve comedia de aquello que vivimos como herida. Pero entonces apareció Palito Ortega. ¿Cómo puede ser que justo él tuviera que aparecer para salvarlo? De su adicción que ya pasó toda raya. Sí. Pero sobre todo salvarlo de nuestra adicción a García siempre un poco más allá de la raya. Porque amamos tanto a ese héroe barthesiano –romántico al fin y al cabo, y bastante byroniano– que es talentoso, valiente, bello y desgraciado. Le exigimos que sea cada vez más, sobre todo más desgraciado. Al fin y al cabo, él nos enseñó a cantarle: “Te amo, te odio, dame más”.

¿Quién es ese otro hombre que asegura haberlo salvado, ese siempre serio que hizo canciones para muchachitas que vendieron por millones, y películas para alabar a los militares genocidas? Nada mejor que una película para retratarlo.

Esa película es Pajarito Gómez (1965), de Rodolfo Kuhn. Una parodia feroz de la industria musical basada sobre todo en la vida de Ramón Bautista Palito Ortega. El esforzado migrante interno de origen tucumano que luego de tribulaciones dignas de un Dickens que tome mate logró triunfar y fue elevado a ídolo por la industria. Su entronización parecía decirles a los jóvenes de los ’60: pórtense bien, no se rebelen, trabajen de sol a sol sin quejarse, que ya van a tener plata y se van a casar con una rubia. No resulta incoherente que con los años deviniera un sostenedor de la dictadura genocida mediante declaraciones públicas, películas y canciones. Y restablecido el sistema democrático, político profesional, gobernador de Tucumán durante la segunda década infame y expectable candidato a la presidencia. En los tempranos ’60, el joven Ortega era un blanco para la acidez de los jóvenes que revistaban en la insurgencia cultural y política. El caso del coguionista de la película (junto al mismo Kuhn y el humorista Carlos del Peral): el poeta, narrador y crítico Francisco Urondo, que moriría en combate contra la dictadura como miembro de Montoneros. Y también el caso del director, Rodolfo Kuhn, que participaría en 1969 del perdido film colectivo Argentina: los caminos de la liberación –junto a Jorge Cedrón, Pino Solanas y Humberto Ríos entre otros–, y más adelante se exiliaría. Pajarito Gómez, un provinciano humilde y de no muchas luces, se convierte en cobayo de la industria del entretenimiento, que con métodos científicos fabrica un ídolo para la juventud. En el emprendimiento participan empresarios, asesores, periodistas y presentadores de televisión. Supuesto buen hijo y buen ciudadano, Pajarito jamás se mete en política, le canta al amor y al optimismo –“los argentinos de veras somos todos optimistas”, declara–, su novia es un invento para las revistas, su madre es ignorada por él, que en verdad no tiene talento ni nada para decir. “Dígame una cosa: si no fuera por el twist, ¿qué andarían haciendo los adolescentes con toda esa corrupción que hay por ahí?”, le pregunta uno de los comerciantes creadores del fenómeno a otro. Muerto Pajarito, la empresa decide volver a sacar sus discos a manera de homenaje (y de gran negocio). En su velatorio, como en los célebres entierros de New Orleans, en que una banda rompe a tocar de golpe música movediza y alegre, comienzan todos con lágrimas hipócritas y terminan bailando. Aunque no por razones rituales sino crematísticas.

El hombre así retratado para siempre es el que salvó a nuestro candidato. ¿Qué clase de salvación podrá ser ésa? Con bastantes kilos de más y con demasiada velocidad de menos, hinchado, tumefacto, García de nuevo compone y canta. Arriesga metáforas que se ubican entre Arlt y Arthur Clarke. Del transformador que te roba la energía en Inconsciente colectivo pasó a la Torre de Tesla que la reparte por el aire. Compone y canta cosas como: “Pedimos perdón/ corriendo, enmascarando el fin./ Por eso te busqué, por eso diseñé/ la máquina de ser feliz./ Plateada y lunar,/ remotamente digital./ No tiene que hacer bien, no tiene que hacer mal./ Es inocencia artificial./ Prende y se apaga sola./ Sale después de hora./ Hay tanta gente sola./ Hoy tanta gente llora/ con forma de un pez/ nadando en mares de Ravel”.

Ya había avisado: “No voy a dejar que el destino hable por mí”.

Un personaje de la novela Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia, sostiene que Kafka es quien escucha, por detrás del ruido y del silencio, la queja de los torturados. Se sabe que Charly García tiene oído absoluto. Más allá del don para afinar, esa capacidad resulta una metáfora de su propio arte. ¿Qué estará escuchando ahora Charly García mientras aquí, en la página, se empieza a hacer silencio?

Podés conseguir Charly Presidente en Librería Sudestada.

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