La casa de la abuela

Por: Cecilia Solá

Lo que más me gustaba de la casa de la abuela Damacia era la galería. Tenía piso de cemento, sin baldosas, y una mesita verde, donde la abuela ponía la pava del mate y la azucarera, repleta de terrones de azúcar quemada a hierro.
Lo que menos me gustaba, era la jaula de los pájaros, una enorme armazón de madera y alambre , que contenía casi una docena de cardenales de copete colorado, y un par de los codiciados cardenales amarillos.
Esos pájaros eran la debilidad de mi abuela, que tenía muy pocas.
Nadie podía acercarse a la jaula, porque decía que se lo podían ojear, y entonces no iban a cantar más, y yo misma, a pesar del amor que mis abuelos me profesaban, recibí varios coscorrones por atreverme a curiosear demasiado cerca.
Cuando venían visitas, especialmente la tía Nieves, feliz poseedora de un zorzal que cantaba como un ángel, y de una cotorra que lo imitaba a la perfección, la abuela preparaba el mate, ponía el azúcar quemada en una azucarerita con cara de bruja narigona, y las dos se sentaban a charlar, y contarse las maravillas de los habitantes de sus jaulas particulares, ya fueran pájaros, hijos o nietos.
Aún a mis jóvenes seis años, yo me daba cuenta de que la abuela se sentía ligeramente superior, por tener más pájaros en su jaula.
El día fatídico comenzó con la señora Chita, enferma.
La señora Chita era mi maestra de tercer grado, escasa de paciencia y generosa en apretones de orejas, justo, ahí, donde empieza el pelo.
Y vino una practicante. Una seño dulce, que sonreía y nos decía mi amor, incluso al Tarta Benítez, que no era el amor de nadie porque era repitente, pegaba chicles en el pelo y el padre vivía en la costa y era cazador y pescador.
La seño nueva trajo un montón de libros y láminas, y nos mostró los animales de todo el mundo, porque ese día era el día del animal. Cuando mostró las fotos de los carpinchos, y los guazunchos, el Tarta dijo que él los conocía, y que también conocía muchos pájaros. La seño lo felicitó, y el Tata no le pegó a nadie en el recreo.
Después, la señorita nos preguntó si teníamos animales en nuestras casas.
Yo le conté de mi perro, el Logan, que una vez me pareció que me había hablado, pero era un día que tenía mucha fiebre, así que al final, nadie me creyó, y de los pájaros de mi abuela.
Ella dijo que era una tristeza, que los pájaros están hechos para volar, y buscó más láminas de pájaros haciendo nidos y alimentando sus pichones.
Cuando llegué a la casa de la abuela dejé el portafolio, me saqué el guardapolvo y fui directo a la galería.
Al principio los pájaros revolotearon asustados, pero ninguno se arrimó a la puerta abierta. Si en ese momento mi abuela no hubiera estado distraída con el almuerzo, hubiera escuchado los aleteos agitados, y hubiera llegado a tiempo de evitar el éxodo.
Pero no fue así, y cuando salió a la galería, el último cardenal amarillo levantaba vuelo.
Mi abuela era lo que llamamos ahora “pro activa”. Ella siempre sabía qué hacer y cómo hacerlo, no recuerdo haberla visto vacilar o acobardarse nunca.
Pero ese mediodía no pudo hacer más que quedarse inmóvil, con sus ojos de gata enormemente abiertos, viendo, literalmente, volar su más preciada posesión.
Yo ya había vivido con ella lo suficiente para reconocer la calma que precede a la tormenta, así que tenía el discurso preparado.
Los derechos de los animales, lo horrible de vivir encerrados, y el apropiado toque final: los nidos y los pichoncitos.
La abuela me agarró tan fuerte del brazo que, por un momento, mis pies no tocaron el suelo, y me enfrentó a la jaula vacía.
Esos pájaros van a estar muertos para esta noche, pavota. Se los va a comer un gato, o un caburé, o cualquier bicho, porque toda la vida estuvieron enjaulados, no saben volar.
La gravedad de mi estupidez me golpeó tan fuerte que recuerdo que lo sentí como un vacío en el estómago. Yo acababa de matar diez pájaros.
Esa noche soñé con gatos gigantes que atrapaban pajaritos que intentaban escapar caminando, porque no sabían usar sus alas.
Me levanté pensando en que le iba a preguntar a la señorita nueva como hacían los pájaros que no sabían que podían volar.
Pero la señora Chita ya estaba de vuelta, y no le importaba mucho de los pájaros, solo de las horribles divisiones de dos cifras.
Yo sabía que no iba a poder dormir nunca más si no averiguaba la verdad. Así que, como la necesidad es, entre otras cosas, progenitora de medidas desesperadas, le pregunté al Tarta.
Ya he dicho que nadie se acercaba mucho al Tarta. Era grande, flaco, malavuelta y hablaba mal, casi no se le entendía lo que decía. La señora Chita decía que era un caso irrecuperable.
Pero la nueva lo había felicitado por lo que sabía de animales.
Me escuchó en silencio, y cuando me contestó, no tartamudeaba, igual que no había tartamudeado cuando habló con la otra señorita.
Me dijo que él había criado un montón de pichones. Los encontraba cerca de su casa, porque se caían del nido, y los ponía en cajas o en jaulitas de palitos. Después los soltaba. Y todos, todos, salían volando.
Los que mejor vuelan son los cardenales. Esos son los más vivos de todos.
Estaba decidida a no contar nada. Mi abuela parecía haberse aplacado, aunque me trató bastante fría unos días, y me quitaron la bici, así que no iba a ser yo la que trajera el tema de nuevo.
Hasta que un domingo que me levanté más temprano, la vi. Estaba parada frente a la jaula, y tenía la cara más triste del mundo.
Entonces le conté todo lo que me había dicho el Tarta. Y que los cardenales eran los más fuertes. Y le expliqué que el Tarta seguro tenía razón, porque vivía en la costa, y la seño nueva lo había felicitado.
La abuela nunca abrazaba ni besaba. Pero a veces te ponía la mano en la cabeza y te la sacudía despacito, y eso era que te quería mucho.
Andá, mirá, salí de acá. En cada lío te vas a meter vos…

(*) Es escritora y militante, su último libro es Cuentos para la manada.

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