Voz de grabador

Por: Natalia Bericat

Mi infancia vivió en los años ochenta. Volver a esos años es un acto de irrupción. Corto pedazos de vida donde me veo como una espectadora que va al cine a ver una película por primera vez. El tiempo se detiene. Recordar la infancia es ver un relámpago en el cielo que ilumina ese instante en el que todo está oscuro pero se ven destellos desparramados en el aire. Esos fragmentos que vuelan como pelusas en el ambiente me cuentan más que la totalidad de la foto. Espío por la ventana y encuentro a una nena de 9 años. La verdad reside en los pliegues decía Walter Benjamin. Cierro los ojos y los busco.
Estoy sentada sobre una cama. Siento las manitas frías sobre el primer libro que me regalaron: Mujercitas de Louisa. M. Alcott. Sobre una mesa pequeña un grabador que me regaló mi papá. En una caja algunos casetes de Charly de mi vieja. Ese año fue mi primer recital y pude ver a Charly García en vivo (Superdomo de Mar del Plata).En esa misma caja unos blancos con letras rojas: The Rolling Stones y algunos solistas de Jagger de mi viejo. A ellos tuve que esperar 10 años más para verlos en el estadio de River Plate en Buenos Aires.
Durante esos años tuve muchos problemas de salud: anginas, fiebre, otitis e inflación de oídos. Pasaba mucho tiempo en la cama; los libros y los casetes eran mi remedio. La poesía me salvo desde el día que empecé a leer y escribir.
Cuando no había nadie en la casa que pudiera leerme, agarraba algún casete viejo con música que no le gustaba a nadie y me preparaba para mi autolectura. Rompía un pedacito de hoja de mi cuaderno de clases, lo hacía bollitos con mis dedos y los ponía haciendo presión en los dos agujeritos de la parte trasera. Así ya estaba listo para grabarlo encima. Tomaba mi libro, ponía el grabador cerca para que se escuche bien y comenzaba a leer(me). Veía correr esos dos círculos en el medio y girar la cinta que, si todo iba bien, no se engancharía en el camino.
Poner Rec en el grabador, apretar hasta el fondo ese único botón rojo, y leer hasta quedarme sin voz. Abrir la tapa, apretar el Eject, sacar el casete y rebobinar para escuchar esa voz extraña que leía para mí. Podía hacerlo con el botón Rew pero era más relajante hacerlo con mi lapicera dando giros en el lugar. Todo un arte de sentir en tus dedos y en tus oídos el sonido monótono de la cinta correr. Poner el lado A y escuchar a mi doble recitar poesía, contarme historias de mujeres encerradas adentro de un libro. Sentirme como ellas cuando el Lado B hacía saltar la tecla para avisarme que había terminado.
Caminar hacia la infancia es ver esos Stop que hicieron que nuestros juegos se terminen. Sonrisas interrumpidas. Hamacas quietas. Guerra con soldaditos sin piernas que ya no podían disparar. Autitos con una sola rueda para llegar al final de la pista. Calesitas sin sortijas. Rayuelas con lluvia que nos borran el cielo. Muñecas con los pies sucios de tanto arrastrarlas en el barro.
Las aristas de mi infancia vuelven hacia mis ojos por la ventana desde donde miro. Vuelvo al presente como en un viaje en el tiempo. Miro a los costados y veo los pliegues de una niñez compartida. Acá estamos los que nacimos con botas en las calles y voz de poesía en la garganta.

(*) Es poeta, su último libro es Deshilachada

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