La complejidades del acuerdo con el FMI

Mas allá de la denuncia y los debates, la coyuntura de los movimientos populares merecen concentrarse en las estrategias de largo plazo para ese otro mundo o economía posible.

Por Tomás Astelarra


Las múltiples variables e informaciones de estos tiempos que corren, a veces nos obligan a caer en la segmentación de los análisis y el desconocimiento de muchas circunstancias que enriquecerían el debate. La gran avalancha mediática acerca del acuerdo con el FMI (que todavía no está cerrado y cuya letra chica se desperdiga en informes periodísticos de fuentes no oficiales) incorpora situaciones geopolíticas de corto plazo, que si bien son evidentes, no llegan al total de la población. Para la mayoría del público, que probablemente lea esta nota, es verdad de perogrullo que el préstamo otorgado por el organismo multilateral al gobierno de Cambiemos fue irregular en su monto, los plazos y las formas (quebrando el sistema jurídico tanto nacional como internacional). Fue un préstamo político otorgado a un presidente de un país importante de América Latina con evidentes “relaciones carnales” con la hasta hace poco principal potencia del mundo (dizque imperio). La complicidad del gobierno de Mauricio Macri con el sistema financiero, el comercio multinacional y la intervención de Estados Unidos en el continente es evidente (con apoyo al golpe de estado en Bolivia o el infructuoso intento de acabar con el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela). Pero incluso, para aquelles que sostienen este marco de análisis (que insisto, no parecería ser mayoritario en la población argentina), todo esto no es más que un verdad de perogrullo.

Haciendo historia

El Fondo Monetario Internacional fue creado en el acuerdo de Bretton Woods en 1944. Estados Unidos surgía después de la segunda guerra mundial como la principal potencia económica del mundo. Dicen los chismes de chicherías que después de repartirse Europa con la incipiente Unión Soviética, el nuevo imperio decidió incidir en el viejo continente a través del Plan Marshall de “reconstrucción económica y democrática” (y para frenar el avance del comunismo en los albores de la Guerra Fría). Hasta ese entonces regía el llamado “patrón oro”, según el cual ningún banco central podía imprimir más billetes que el equivalente a las reservas de dicho metal. Ante el abultado expendio de dólares del Plan Marshall las potencias europeas pidieron revisar este acuerdo. Estados Unidos determinó que había que cambiar las reglas. En Bretton Woods no solo se abandonó el patrón oro, sino que se ubicó a la moneda estadounidense como referencia a nivel mundial. Se crearon además del FMI, el Banco Mundial y el Acuerdo General de Aranceles y Comercio (GATT, que luego derivó en la Organización Mundial del Comercio, OMC). Todos organismos legalmente amañados para ser controlados por Estados Unidos, dentro de una estrategia de Nuevo Orden Mundial. Si bien, siendo parte de la redacción técnica del acuerdo, el economista John Maynard Keynes, impulsó el desarrollo económico de los países a través de la inversión del estado en obra pública y otras infraestructuras (solución a la crisis financiera del 30 que catapultó al economista a la fama mundial), la contraparte del acuerdo liberaba al sistema financiero de su atadura a cualquier variable real, incentivando toda clase de burbujas especulativas, que al igual que la crisis del 30, se desplomarían sobre la población generando fuertes ganancias para el poder económico concentrado (con información y relaciones privilegiadas con los estados y la banca mundial). Durante la crisis financiera del 2008, el economista chileno Manfred Max Neef denunció que el rescate que los estados y organismos multilaterales a la banca financiera era equivalente a solucionar el hambre del mundo por al menos 60 años (según datos de la FAO). El keynesianismo quedó apenas como un diminuto parche ante esta realidad (y sus consecuencias en el extractivismo voraz y la represión a las pueblas que se opusieran)
En Argentina, el gobierno de Juan Domingo Perón recién acababa de pagar el préstamo que contrajo Bernardino Rivadavia con la Baring Brothers en 1824. El primer empréstito nacional que, como denuncia un grupo reducido de historiadores, solo sirvió para ganancias de la banca internacional (en ese momento en manos del imperio Inglaterra) y las clases acomodadas de Argentina (con la construcción del puerto, redes de agua para los barrios pudientes y otros negociados). Perón se negó a entrar en el FMI denunciando la “trampa” del nuevo organismo (pueden buscar en youtube su aleccionador chamuyo al respecto). Una década después, con la Revolución Libertadora, la Argentina entra al FMI y el entramado del dizque Nuevo Orden Mundial. La repetición de estafas financieras y políticas coloniales llegaría hasta su apogeo en la última dictadura militar con la “plata dulce” y la nacionalización de deuda privada (incluyendo la de la familia Macri) gracias al mingo Cavallo.

¿De que nos sorprendemos?

El turco Jorge Asís sostiene que el No al Alca fue un terrible error. Dice que ese era precisamente el momento de negociar comercialmente con Estados Unidos un buen acuerdo. Estábamos en plena ilusión de la Patria Grande y una serie de gobiernos populares entramados para hacerle frente al imperio. La coyuntura de los estados “progresistas” de América Latina, a caballo de revueltas populares en todo el continente tras la debacle del modelo neoliberal del Consenso de Washington  (cuando el filósofo Francis Fukuyama declaró el “fin de la historia” y el triunfo del modelo capitalista), también permitió que el gobierno de Néstor Kirchner cerrara la relación con el FMI o, mucho más interesante, que el gobierno de Rafael Correa amagara con una impugnación de deuda (asesorado por el experto argentino Alejandro Olmos Gaona) para luego recomprar la deuda por migajas por la caída de sus valores. No hay experiencias de impugnación de deuda en el continente, aún en esa épocas de una correlación de fuerzas positiva. La ilusión progresista, a pesar de ciertas concesiones políticas y materiales con las pueblas, cayó sin solucionar los problemas de base. La “derecha” volvió al continente, las revueltas populares también, y una nueva oleada progresista parece tímidamente vislumbrarse aunque en un contexto mucho más adverso (entre otras cosas porque el avance de la derecha fue efectivo para derrumbar lo conseguido en la “década ganada” e imponer contextos mucho más restrictivos para ejercer políticas soberanas). La corrupción del sistema judicial, la concentración de la industria del alimento (entre otras), la parafernalia mediática amañada y la deuda de Macri con el FMI son un claro ejemplo de esta coyuntura en la Argentina. A cincuenta años del Mensaje a los Pueblos y Gobiernos del Mundo del Pocho Perón, su visión parece casi profética. El mundo se ha sumido en una guerra por los recursos (incluyendo la tierra, el agua y el alimento) y la división de poderes entre China, Rusia y Estados Unidos, si bien parece dar cierto margen de negociación, no parece generar soluciones más que de entrega de los bienes comunes. El contexto es de “crisis civilizatoria”, como vaticinó hace una década Raúl Zibechi. Las respuestas de las pueblas no solo no son oídas, sino que son exterminadas, criminalizadas o, en el mejor de los casos, ninguneadas.
¿Qué esperábamos entonces de un gobierno que no supo, o no pudo, o no quiso, nacionalizar Vicentín, juzgar las estafas económicas del gobierno anterior, imponer una tarifa social a los servicios de internet, generar un marco socioambiental o solucionar la especulación de los precios del alimento o su disparidad con los precios internacionales? La actual coyuntura no permite, como hizo el kircherismo en la “década ganada”, redistribuir la riqueza del país sin interferir demasiado en el poder económico concentrado (que tiene mucho más marcada la cancha y no está dispuesta renunciar al más mínimo de sus privilegios). A la par, no parece haber una visión estratégica de fortalecer la economía popular como incipiente solución a esta crisis civilizatoria. Las organizaciones de la economía popular que supieron sacarle un vuelto y hasta leyes (de Emergencia Económica o Regularización de Barrios Populares) al gobierno entreguista de Cambiemos, parecen hallarse paralizadas en un debate entre lo urgente y los importante. En el apoyo táctico a un gobierno nacional que dicen “no es compañero” pero “es lo que hay”, y que en sus dos ramas de disputa acerca del acuerdo con el FMI (de la Campora al dizque albertismo) desconocen las propuestas desde abajo planteando una utopía industrial y de crecimiento poco acorde a los tiempos que corren. Quizá sea más importante para estos sectores discutir una empresa estatal de alimentos o el potencial del trabajo cooperativo que, a falta de programas serios de promoción y financiamiento a nivel macro, tibiamente subsisten (además que con sus recursos autogestivos) con los planes Potenciar que el ministro de Desarrollo Social, Juanchi Zabaleta, dice que “no son trabajo”.
Difícil es para estos sectores sentarse en las mesas del Nuevo Orden Mundial a discutir el acuerdo con el FMI. Pero, al fin y al cabo, es el mismo sector que a través de la movilización popular hizo dar marcha a atrás la reforma jubilatoria de Macri. Más allá de los devaneos de parte de su dirigencia, entre estos sectores populares organizados, la movilización vuelve a ser la herramienta de lucha no solo ante el acuerdo del FMI, sino ante un gobierno paralizado que, como dicen las poetizas populares, “nos ven pero no nos escuchan”.

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