“La desidentificación de género es vital”

La construcción de Marlene Wayar, ícono fiel del activismo travesti en Argentina. Identidad, prostitución, luchas y logros contados en primera persona para Sudestada.

Por Soledad García de Quirós

“No soy nene ni nena, soy travesti”, cuenta Marlene Wayar que le respondió a un niño en el taller de verano para infancias que propuso como coordinadora del Área de Educación del Palais de Glace “El niñito no podía sacar si yo era varón o nena. Me fui al micrófono y comenté para todxs lo que el niño me preguntaba. Le contesté que soy travesti, que me afirmo de una manera que me exigía ser varoncito pero que yo quería ser nena y entonces me construí travesti”, relata la cordobesa de tonada ausente y agrega: “El niño me dijo “¡ah podés usar pollera!” y listo, seguimos dialogando. Se desdramatizó el asunto”.

¿Algún día dejaremos de preguntarnos por las identidades sexuales o de género de cualquier persona?

La desidentificación es vital, pero es un proceso. No sé qué tan importante es qué soy, pero sí es importante que no soy violenta, que no soy genocida, etc. Para las mujeres poder decirse mujeres y poder transformar esa palabra todavía es importante. A la vez muchas pibas se van desentendiendo: las lesbianas pasaron de ser mujeres que aman a mujeres a ser trans de mujeres lesbianas, a pensarse no mujeres. Hicieron un esfuerzo en el movimiento mucho más grande que los gays, que todavía se aferran a que son hombres que tienen sexo con hombres pero que son hombres al fin. “Hombre” es una palabra con poder y es necesario desentender lo varón con lo hombre. La identidad de género fue importante para vernos, revalidarnos, pero ahora hay que decirle a la hegemonía masculina blanca que el ejercicio también es la descolonización en estas categorías porque son imposiciones del mismo sistema.

Marlene Wayar

La activista travesti no habla a boca de jarro. Wayar es psicóloga social, directora del primer periódico travesti de Latinoamérica –“El Teje”-, forma parte del Consejo Asesor Ad Honorem del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad y es reconocida por su trabajo en la defensa de derechos humanos e infancias libres.

 “Un yo, mi primer objeto de arte a construir” titulaste al taller para niñxs. ¿Somos una construcción artística?

Somos subjetividades signadas por las diferencias. Es poder apreciar esa diferencia, poder concebir todas las formas de subjetividad como belleza. Hay fealdad también pero no es intrínseca, un accionar quizá es lo feo. Propongo, entonces, hacé el objeto de arte que quieras ser. Acá tendrás ojos que te van a bien mirar. Somos una construcción, no puede haber la violencia epistémica de “vos tenés que ser así”. Hay autonomía en la identidad y sobre eso no tenemos autoridad. Podemos plantear preguntas y ver incluso en sus respuestas si yo también puedo cambiar mi propio paradigma.  

¿Cómo fue la experiencia de trabajar con niñxs?

Es lo que más placer me da. Es una reparación a mi alma. Había hecho una experiencia con niñxs en Córdoba como maestra en cerámica pero esto fue un regalo que me dio la vida y me lo merecía.

¿Vos querías ser madre?

Sí.

Marlene Wayar

Marlene se pausa. Traga saliva, o emoción, y cuenta que pasó por “una experiencia dolorosa y desgarradora. Estaba en pareja con un hombre que tenía a cargo a su sobrino que era bebé. Pensé que iba a poder manejar la situación de pareja pero no pude con su machismo, con su violencia. Él me celaba con la criatura y se daba cuenta que si no fuera por Franco, el bebé, yo no estaría ahí. Yo amaba mi maternidad”.

¿Y qué pasó?

Finalmente fracasó la pareja y no lo pude seguir viendo. Tenía menos de 4 años y llegó a decirme “mamá”. Cuando era más bebé, tenía un cubrecama al crochet, con agujeros, y veo que se empieza a mover en su cuna. Me tapo y lo empiezo a llamar “¿Franco?”. La cara se le transformó, cómo se sonreía. Venía gateando para donde sentía que estaba mi voz. Me colmaba. Me dejó un dolor muy grande porque sé que él no se merecía lo que creo que vivió como un abandono.

Con el recuerdo ya no le alcanza con tragar o con secarse velozmente una prematura lágrima, la emoción le quiebra la voz: “Si en algún lugar me atacan las inseguridades es por ahí. Ahora estoy aceptando que tal vez ya sea más útil para lxs niñxs como docente o como tía, no como mamá”, reflexiona mientras se pone a armar un cigarrillo.

LA IMPRONTA DIETRICH LLEGO A MARLENE.

“Cuando era chica me decían “La Garza” pero la primera vez que me dejan entrar a un boliche dos figuras travestis muy importantes de Córdoba me interpelan y me preguntan cómo me llamo. Les digo “La Garza” y ellas se ríen y me dicen que no podía llamarme así, que con estas patas era como la Marlene Dietrich”, relata y se sonríe mientras sus manos repasan sus piernas largas. “Pero a diferencia de todas las travas yo decidí ser Wayar, por mi papá. Así que no Marlene Dietrich, Marlene Wayar”.

Marlene Wayar

¿A qué te referís?

El cambio de apellido en el mundo travesti lleva el hilo traumático de haber sido maltratadxs por sus padres y madres. Desentenderse entonces de aquella violencia vivida, el desamor, desentenderse del apellido del padre hizo que con más fuerza me agarrara del apellido de mi papá porque él no había sido eso.

¿Crées que tu contexto familiar para construirte fue bastante excepcional?

Sí, soy una excepción para el común de mi comunidad. No sufrí violencia. Sí hubo ausencias, silencios y no saber. Lo cristiano que ponía en duda mi mamá y lo anarquista de mi papá confluyó en prioridades como la libertad, el respeto, el amor.

¿Cómo fue ese proceso?

Desde muy pequeña me doy cuenta, jugando con mis amiguitxs, que mi cuerpo era muy semejante al de mi amigo Daniel y no al de mi amiga Gilda. Pero me hice la tonta y decidí jugar a la decoración con Gilda mientras Daniel ponía sus mejores autitos. Funcionamos así, Gilda y yo éramos las nenas y mientras me decía a mi misma que ya lo iba a resolver. Era muy soberbia desde chiquita -se ríe-

¿Lo entendías como algo “malo”?

No. En ese momento eran formas y las podía manejar. Pero sí intuía que había algo de la sexualidad y eso sí era una zona prohibida. De alguna manera esos discursos nos llegaban y ahí sí pensaba que era algo de lo que no debía hablar. Eso fue madurando y en mi familia se dieron ejercicios de disputa de poder cuando llegaba mi primo de Salta. Mi primo me proponía su superioridad como varón y yo le decía “sí, soy mariquita pero no soy estúpida”. En la familia creían que eran peleas de nenes pero después vino el secundario y me entrené en sostener silencios.

¿De qué se trataba?

Los varoncitos venían, me miraban y yo mantenía el silencio. Entonces me decían “vamos al baño”. Silencio. Entonces agregaban: “Vamos al baño así hacemos algo”. Yo sostenía el silencio y entonces terminaban diciendo “vamos al baño así me tirás la goma”. Los ponía en evidencia y los manejaba teniendo esa información. Les decía que no y me iba. Si bien a veces me podía divertir lo cierto es que cuando quería ir al baño tenía que tener mucho cuidado. El baño era un lugar peligroso para mí.

Marlene ya era Marlene cuando decide escaparse de su Córdoba con una amiga para conocer Buenos Aires: “Veníamos a vivir la gran ciudad y pensábamos que todo era sonreír, manipular. Pero no. Era todo mucho más concreto y yo le escapaba a los hombres”, describe la autora del libro Travesti: una teoría lo suficientemente buena.

Marlene Wayar

¿En ese momento ya te travestías?

No, pero en mi cabeza sí. Era más “The Cure” –se ríe-. Toda maquillada pero toda de negro. No era atractiva al mercado. Después las compañeras me fueron diciendo que “a la calle lo probado, nada de inventar”.

Marlene Wayar se inició en la prostitución como la asumida única opción para quienes se afirman travestis. Pero no fue el único camino. Conoció a las fallecidas Nadia Echazú (una de las primeras activistas por los derechos trans) que se veía con Lohana Berkins (primera travesti en lograr un empleo formal en el Estado y quien impulsó la Ley de Identidad de Género aprobada en 2012): “Nos interesaba el activismo. Nadia y yo íbamos mucho en las reuniones del movimiento, sabíamos que teníamos capacidad. Nadia y Lohana eran la oralidad en sí, las voces cantantes. Queríamos eso y lo necesitábamos pero no imaginábamos que eso nos iba a llevar a poder dejar la noche, a no necesitar de la prostitución”.  

Lohana Berkins

EL TOQUE MARLENE PARA DESGARRAR EL ESTEREOTIPO TRAVA

Sin darse cuenta Marlene Wayar fue corriéndose de lo esperable, incluso para sí misma. Años de lucha y preparación para desgarrar un poco más el duro tejido que invisibiliza a las travestis como ciudadanas con derechos y que reduce, en un eje demodé, travestismo con prostitución. En esa pelea, la Marlene argentina sentó un hito para la comunidad y para la sociedad cuando asumió al cargo de asesora en Género y Diversidad del Diputado Nacional José A. Roselli entre 2001 y 2005. Sin embargo, aunque ya prescinda de la noche gracias a contratos y trabajos estables, aquella oscuridad la acecha.

“Toda mi vida tuve la espada de Damocles sobre mi cabeza, como toda travesti: el momento del travesticidio puede llegar y la constatación en Diana Sacayán, por ejemplo. Porque además no es sólo en los años de prostitución donde se vive ese miedo sino también en lo que queda ligado. He ido a Zavaleta a buscar droga arriesgándome a todo en un estado alineado”, cuenta, enciende el cigarrillo y sigue: “Todo eso ya pasó. Llevo 4 años -mira el celular para hacer la cuenta exacta-, 9 meses y 29 días limpia de consumo de toda sustancia. Eso fue por un pedido de Lohana, me dijo “te tengo que pasar la posta, sos vos y te tenés que cuidar, déjate de joder”, resume la sucesora en plena fragilidad.

¿En algún momento te cansás de luchar?

Mucho. Pero a la vez, tomar distancia y notar que te digan “pase señora” en la calle en lugar de pegarme un empujón y decirme “puto de mierda” te hace dar cuenta que hemos avanzado muchísimo. Es hermoso notar ese respeto, notar la conciencia de lo que viene pasando. A veces decaigo pero están las compañeras, los recuerdos, mis muertas. Sé que existe algo superior, hay un poder superior a mí que me hizo llegar viva hoy aquí para sostener el rol que se me propone. Allí, donde sea ese lugar, están muchas y deben estar haciendo una revolución. No me siento sola.

Fotos extraídas del muro de Marlene Wayar

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

La misoginia literaria y las restricciones de las mujeres para escribir y publicar

Leer siguiente

Escribir es escuchar