La forma del hueco: crónica de un desaparecido

Esta es la historia de vida de Miguel Ángel Horton, militante sindical desaparecido desde el 30-06-1977 por el terrorismo de Estado. Cuando se habla de la dictadura cívico-militar argentina, casi siempre se usan números que no tienen cara. Los libros, hoy, están llenos de hechos históricos que aportan fechas y datos duros. Faltan 30.000 personas, cada una de ellas con su individualidad, con sus vivencias, con los cambios que le hubieran otorgado al país. Se aniquiló la generación que podría haber gestado una clase dirigente, al menos distinta a la actual. Por eso es importante recordar a los desaparecidos. Es probable que, al hablar al menos de uno de ellos, los números tomen color y forma. 

Por Miranda Díaz Dioli @mirandabrons

Miguel Ángel Horton nació el 6 de febrero de 1953 en Villa Mercedes, San Luis; una ciudad ferroviaria de poco más de 100 mil habitantes. Su madre, Elvira, era católica e iba a misa. Su padre, Arturo, era maquinista y militante sindical. Obligado por su rebeldía a correrse del esquema familiar estructurado, comenzó a militar en la Federación Juvenil Comunista de la Argentina (la Fede), donde, en 1973, conoció a su gran amor: Noemí Golde, a quien apodó “Monina”. Ella era madre de dos hermosos hijos, Emilio y Natalia Díaz; grandes para ser bebés, chicos para ser adolescentes. 
Miki, como le decían quienes lo querían, era bombero voluntario y aprendiz de conducción, o “foguista”, así se llamaba antiguamente a los trabajadores del tren que alimentaban el fuego de la locomotora. Además, militaba en La Fraternidad, un sindicato de empleados ferroviarios. Su sueño era llegar a ser maquinista, como Arturo, pero no se lo permitieron. Su otro sueño era ser un buen padre, y probablemente lo haya sido para los hijos de Noemí; porque al bebé que esperaban no pudo conocerlo. “A lo mejor me resultaba un tipo insoportable y nos peleábamos, pero ni siquiera eso me dejaron. La desaparición de Miguel no me dio el pie ni siquiera de tener un padre terrible con quien pelearme”, afirma Ariel, su hijo de sangre.
Noemí era 5 años mayor que su amor. Esa diferencia luego se convirtió en décadas: ella creció y a él le arrebataron la posibilidad de hacerlo. Hasta ese momento, ambos vivían con Natalia y Emilio en Caseros, sobre la calle Maestra Baldini, esquina Fischetti. En una casa bastante grande y con dos lindos patios que supieron convertir en pistas de motocross para niños y espacios de reuniones con los compañeros del partido. En Tres de Febrero, donde armaron su vida, la noche que a Miguel se lo llevaron, también secuestraron a nueve militantes. No se sabe quién los delató, y poco sirven las hipótesis.
De él se dice que era lindo, dueño de una “frescura” característica, ágil, pícaro y arrebatado. Tenía los ojos verdes como hojas de ombú o aceitunas, depende quién lo recuerde. Es que hay cosas que no pueden saberse por fotos, y ya no está como para mirarlo de frente y sacarse las dudas. Era alto, o así lo veían los chicos. Siempre estaba con un cigarrillo en la mano: Particulares 30, sus predilectos. Su pelo se asemejaba al color de los troncos de los árboles viejos. Tenía un lunar distintivo en su mejilla izquierda y su barba fluctuaba para nunca mantenerse en un estilo definido. 

Natalia, la más pequeña de la casa, recuerda que el foguista tenía los colmillos prominentes, como de vampiro. También guarda imágenes de él en las que depilaba a su mamá con cera; quizás haya sido la única vez que la vio quejarse de su pareja, a fuerza de tirones de pelo.
Miguel, más allá de no tener filtro y ser bastante irresponsable, se transformó en una figura de autoridad para los hijos de Noemí; hasta había hecho una lista de tareas para cada uno. “En casa no se veía televisión porque era una ‘amenaza imperialista’, solo a las siete de la tarde la prendían para ver en familia el Superagente 86”, afirma Emilio, y también comenta que lo obligaban a comer aunque no le gustara lo que había en la mesa. Se entiende, porque en ese momento alimentarse no era un derecho, sino un privilegio.
Miki usaba un enterito que, después, el otro niño de la casa usó a modo de homenaje a quien todas las noches solía tomar un vaso de ginebra junto a Monina. Cuando los billetes vaticinaban días de sopa y agua, la ginebra era marca Llave; cuando sobraban -apenas- era Bols. De todos modos, en el momento en que el día se retiraba y un manto oscuro cubría el cielo, brindaban y bebían un poco, casi como una cuestión religiosa. Imposible juzgar el escape que tenían a mano y usaban como distracción. Afuera mataban las ideas, desaparecían a los compañeros y aniquilaban los sueños colectivos de un país ya maltratado. La libertad parecía un regalo frágil, tan frágil como el papel de un libro olvidado detrás de algún mueble lleno de polvo.
Tanto Natalia como Emilio cuentan que cada vez que el San Martín pasaba por Caseros, iban junto con su mamá a llevarle el almuerzo al aspirante a maquinista más divertido del barrio. De camino y sin querer, pasaban por lo de Blanca, una vecina que hablaba mucho, hasta que comenzaron a tomar atajos para evitarla y llegar a tiempo. A veces, cuando subían a la máquina, Miguel los dejaba tocar la bocina o caminar por una barandilla que estaba fuera del tren. Así les mostraba que, en la adultez, todavía era posible jugar. Es que crecer no tiene nada de malo si no les quitan el derecho. Nadie puede decidir que la diversión termine. La risa, esa risa sana y cómplice, debe ser el mejor remedio que cualquier persona con un corazón tan grande como bocina de tren pueda tener.
De Miguel recuerdan, también, que destapaba las botellas con los dientes. Ese rasgo de personalidad tenía que ver con su soltura, con su poca preocupación ante costumbres mundanas. “Era un personaje, irresponsable, muchas veces no tenía respeto por la autoridad”, explica Ariel, su hijo que ayer cumplió 44 años, y agrega: “Creo que ese era su mayor defecto y virtud a la vez, porque era un tipo de esos que convierten cualquier día en una fiesta, aunque no hubiera motivos para festejar”
Estaba lleno de sueños propios de su juventud, enamoramiento y militancia política. A los 24 años la vida todavía debería ofrecer mucho más a alguien: fiestas, salidas, bares, abrazos, amores, hijos. No incertidumbre, tampoco debilidad, menos un miedo intrínseco. La muerte nunca es justa pero, ¿qué pasa cuando no se sabe siquiera si alguien fue asesinado? No hay respuestas, hasta eso le robaron a la familia de Miki. 
El 30 de junio de 1977, cerca de las cinco de la mañana, llamaron en voz alta al portón. Pensaron, en ese pequeño segundo previo a saber, que se trataba del “llamador”, el muchacho que iba casa por casa de los trabajadores ferroviarios para convocarlos a la jornada. Noemí estaba embarazada de 4 meses y quería seguir con su descanso. De todos modos, nadie pudo hacer oídos sordos.


-¡Fuerzas de seguridad! ¡Abran la puerta!- Gritaron los monstruos de carne y hueso.
La entrada no fue violenta. Pero todos los pósters “subversivos” y de cantantes con tintes políticos afines a los que habitaban dentro de esas paredes, se destruyeron. Entraron al cuarto de Natalia, que tenía 9 años, solo prendieron la luz y la apagaron. Buscaban armas. Las únicas que había las portaban ellos. Se referirían a los cuchillos de la cocina, quizás. 
Emilio, de apenas 11 años, cuando escuchó el grito atinó a esconder el disco de Quilapayún que solían escuchar en el winco. Para los genocidas, hasta eso era un arma mortal. Su habitación también se vio invadida por segundos de miedo; incluso vio la cara de uno de los 7 u 8 uniformados que le impusieron la tristeza estructural que tiene al día de hoy.
Encima de un placard, había cartas de Celia, mamá de Noemí, que vivía en San Clemente. “Ya tenemos lugar para pasar las vacaciones”, dijo un militar. Pidieron, luego de decidirlo, que Miguel se llevara un abrigo, ya que a donde iba haría frío, mucho frío. Lo dejaron despedirse: saludó a Emilio, Natalia no recuerda, y a Monina ya no hay forma de preguntarle. Todos, después de eso, sintieron una profunda y devastadora debilidad, marcada a fuego en un camino tan arduo y necesario de transitar como el de la memoria. 
Al día siguiente fueron a buscarlo. Pasaron por casas de compañeros: habían desaparecido a otros 9 del mismo partido; se ve que esa noche desbarataron la célula. También fueron a la comisaría. Es menester recordar que, en la dictadura, todas las familias de los desaparecidos fueron recibidas tanto por la junta militar como por la cúpula de la iglesia.
“Se habrá ido con otra”, le dijo un policía a Noemí. Su panza se hinchaba como los objetos cuando el calor los azota. Hoy agradecen todos, dentro de la tragedia, que a ella la hayan dejado porque si no todavía buscarían al hijo que crecía dentro de sus entrañas. Ese chico que no pudo conocer a su padre y lo construyó a través del relato de quienes lo amaron.
La familia quedó lastimada, no con una herida de cuchillo de cocina, sino con algo mucho más grande. Emilio, al mes de que se llevaran a Miki, se afilió a la Fede. Al poco tiempo, en noviembre del 77, nació Ariel. Natalia, a sus 14 años, también se unió al partido. Todos creían que la militancia como forma de vida sería la mejor herramienta para alcanzar la felicidad colectiva. 
Cuando lo desaparecieron, en su telegrama figuró como despedido “con justa causa por abandono de servicio”, pese a que ya habían radicado la denuncia. La espera del legajo reparado fue larga: hasta diciembre de 2016. Lo entregaron un par de negacionistas que eran parte de aquel gobierno, en el auditorio del Archivo Nacional de la Memoria. Hoy, la causal de despido indica que fue por “desaparición forzada como consecuencia del accionar del Terrorismo de Estado”.
De los retazos del collage que se arma con los fragmentos que cada uno conoció, se construye una persona. A veces, la mejor manera de entender y crear, es al hablar de las consecuencias directas. “La noche anterior a que se lo llevaran, me peleé con él porque me pidió que apagara las luces y yo nunca lo hacía”, recuerda Natalia, quien al día de hoy la única bombilla que deja prendida es la de su cabeza. “Yo soy más viejo de lo que nunca fue mi papá”, dice Ariel, y estremece.
A Miguel nunca lo soltaron, o no se sabe. La familia no volvió a verlo. Las pancartas con su rostro pasaron de mano en mano. “La víctima es él, nosotros somos daños colaterales. Lo peor de que se lo hayan llevado, es que se lo hayan llevado”, afirma Emilio con justeza. El asunto con las desapariciones forzadas es que, como oxímoron, logran lo contrario: una presencia tan avasallante que pita en los oídos cuando no hay ruido, o crea siluetas al pasar la vista por distintos espacios de la casa. 
Los huecos hablan, dicen cosas, reciben preguntas y contestan con el dolor agrupado al costado del pecho. La ginebra se añeja al fondo de algún cajón. El esmalte de los colmillos de vampiro se gasta. Las voces de los desaparecidos se olvidan, pero no lo que tenían para decir. Están presentes y tienen entidad. Porque el ejercicio de la memoria nutre las neuronas y cosecha frutos en un par de cabezas que no entienden ni quieren entender. La lucha nunca termina. Porque eso quería él, como reza en una carta que le envió a Noemí en 1973: “Por nuestra legalidad, por nuestra casa propia, por un gobierno popular socialista, por la revolución latinoamericana”.
Es oportuno contarle a Miki, de la forma que sea, que hoy algunos de los chicos tuvieron chicos que ya no son tan chicos. Natalia a Malena, que tiene 22 años y levanta carteles en las marchas con su cara. Emilio tuvo a Miranda, de 26, que estudia en el Espacio Memoria y ahora escribe esto. Es preciso decirle que Monina volvió a enamorarse, nuevamente en el partido, y tuvo a Nahuel, también militante. Que Ariel hoy ama a alguien, y tiene su taller para pintar miniaturas en el cuarto que antes era de su papá y mamá. Que los milicos nunca fueron a San Clemente a molestar a Celia. Que cada uno de quienes lo quisieron, cada día, de la forma que sea, lo busca para que vuelva finalmente. Como Noemí, que se fue de este plano sin respuestas y probablemente así nos vayamos todos nosotros.

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