La ñata contra el vidrio de la legalidad

Por Zuleika Esnal

Te encanta la palabra “Servidumbre”.
Te define.
Quien no te sirve, no sirve.
No ves personas, ves cosas.
Por eso podés meter a la mucama en un baúl: Porque no respira. No siente. No sufre.
Por eso subís videos “divertidísimos” donde mostrás cómo quedó “atrapada aquí en casa por la cuarentena”.
Y te morís de risa mientras la señora que limpia tu mierda cada día, se muere de la angustia.
En el mejor de los casos la adoptás como mascota.
Alguien a quien acariciar de vez en cuando con un poco de ropa, un regalito en navidad (tuteándola obviamente) si es como de la familia ¿No?
A mí también me han adoptado.
Hace muchos años, en Madrid.
Con uniforme y todo me adoptaron. Con puerta de servicio y sin papeles.
Yo era una rareza, imaginate.
Para empezar, soy argentina y no abundan en el rubro. Terminé la escuela, hablo idiomas. Soy actriz. Y NADA de todo eso era relevante a la hora de conseguir trabajo.
Un día recorrí 59 bares, los conté.
Colegios, galerías, negocios.
Nada.
Sin papeles no existís.
Lo retorcido del asunto es que nacemos existiendo.
Llegamos a otra tierra y existimos.
Aunque nos nieguen y nos barran en los pies porque no hay silla para nosotros en ninguna mesa.
Porque cerraron justo y ahí quedamos: La ñata contra el vidrio de la legalidad.
Deberíamos tener derechos en todas partes del mundo.
Somos seres humanos.
Pasa que la comida se va terminando.
Los ahorros, si es que tenés (yo no tenía) calculo que también.
La gente que antes te saludaba empieza a mirarte de costado.
A mí no, soy blanca.
Pero a mi compañera Olga que venía de Bolivia la humillaron muchísimo.
Sí. Por boliviana.
Como acá.
Cuando hablo de esa época elijo hacerlo siempre desde el humor.
Y la verdad es que cuando cuento que desayunaba ron sin hielo y sin gaseosa con la misma naturalidad con que vos ponés la pava para el mate, la gente se ríe.
Suena gracioso a la distancia.
Yo me recuerdo en trance.
Cada tanto tenía algún que otro rapto de mí misma.
O sea, lo que está adentro, no sé cómo explicarlo.
Sobre todo cuando íbamos a hacer las compras. Con uniforme de mucama el mundo es otro.
Y vos, a los ojos del mundo, también.
Reconozco con muchísima vergüenza que me daba cosa por momentos salir en uniforme.
Me avergonzaba mi vergüenza.
Tan progre, tan solidaria, mirá que sorete. Mirá cómo te avergonzás pedazo de forra. Sos igual que los demás pelotuda.
Y otro trago.
Y otro más.
Así encaraba con Olga para el supermercado.
Y así me recagaba a puteadas con cualquiera que quisiera adelantársenos en la fila.
“No hace falta niña”, me decía Olga que era siete años más chica y parecía mi mamá.
“Sí que hace falta“.
Deje, deje.
No dejo una mierda.
Algunas personas se cruzaban al verme pasar. Ya me conocían.
Una vez me echaron de un supermercado.
No llamaron a la policía porque dije que era actriz, así, con tonada argentina, que estaba preparando un personaje y como eso de que para limpiar hay que ser negro o parecerlo, se lo creyeron al toque y empezaron a hablarme de Ricardo Darín.
A Olga no. No le dirigieron la palabra.
Y otro trago.
Y otro más.
Aprendí donde comprar tarjetas de teléfono más baratas.
Sentía que mi día libre era el día libre de todas las mucamas de Madrid. Jugaba a descubrirlas por la calle.
Menos cuando el papá de la señora se enfermó y sin preámbulos ni pelotudeces me informaron que no tendría franco hasta nuevo aviso porque el señor estaba en el hospital; Que mis 300 euros de sueldo pasaban a 200 y que creían que no habría inconveniente porque yo era decente y “sus papeles están en trámite”.
Y otro trago.
Y otro más.
Pasábamos bastante tiempo solas en la casa con Olga a raíz de todo este asunto del hospital.
Bailábamos, me acuerdo.
Yo le enseñé a escribir.
Ella me enseñó a bordar, pero como generalmente yo trataba de aprovechar al máximo esos momentos para ponerme en pedo, no retuve mucho.
Un día me trajo una hoja que decía “Para Zuleika , Olga”. Yo agregué “Para Olga, Zuleika”.
Se puso a llorar y me pidió que no tomara tanto.
Le pregunté por qué.
O para qué, no me acuerdo.
“Vaciando todas esas botellas no va a llenar nada mi niña”.
Después se puso un toque melodramática y la dejé porque la quería mucho pero se fue al carajo.
Al poco tiempo su hijo falleció, en Cochabamba.
Y Olguita se apagó.
Volvió a Bolivia.
“Quiero llorarlo en mi país”, me dijo.
Y no nos vimos más.
Se fue como llegó: humillada y sin papeles.
Me queda lo bello de que, donde quiera que esté, sabe escribir.
Aunque no alcance para comer.
Ni para soñar.
Ni muchas veces, para sobrevivir.

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