La voz del gigante

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Un texto de Cecilia Solá

El Gigante que no quiso ser de piedra. Cuentan quienes conocen las historias prohibidas que, en un reino gobernado por un déspota sordo, como casi todos los déspotas, se prohibieron los cuentos y se censuraron las palabras.
El tirano decidió que no se relataran más historias de personas desobedientes, valientes o curiosas, que siempre son las más interesantes, que no se recitaran poemas ni se cantaran canciones a guitarra suelta y garganta pelada.
Se publicó un bando que daba cuenta de las palabras permitidas, y eran muy poquitas: sí señor, como usted diga, siéntese, párese, cállese, duérmase, retírese y circule, figuraban a la cabeza de esa lista. Eran las únicas que el déspota quería oír.
Los pobladores del reino no estaban conformes, pero no sabían que hacer. Les daba miedo el ejército del déspota, un ejército de silenciadores que andaban por todo el reino, acallando voces y apagando hogueras,  con enormes monstruos que escupían humo tóxico o helados chorros de agua, que lastimaba la piel.
-Si no nos callamos, nos van a convertir en polvo- dijeron algunos
-Y si nos callamos, nos convertiremos en piedra- repuso un gigante barbinegro, conocido por relatar historias que hacían soñar, cantar y encender fueguitos que calentaban el alma y el agua para el mate cocido con pan, que siempre compartía.
-El problema del rey es que no ha escuchado las historias prohibidas- dijo el gigante- Esas, que te hacen llorar sonriendo, o las que te llevan a soñar despierto. No sabe nada de guitarras que vuelan, ni de bombos que laten, ni de palabras que brillan. Vamos a contarle.
-No te va a escuchar- le dijo su giganta, que lo amaba.
-Si somos muchos, sí- le respondió él, y se fue a hablar con otros gigantes y gigantas, para ir a contarle historias al déspota todos juntos.
Una mañana fría se juntaron todos los gigantes y las gigantas, para ir a contarle sus historias y las de otros y otras al déspota. Llevaban tizas de colores, para dibujar los cuentos, llevaban carteles enormes, con las palabras prohibidas pintadas de colores brillantes, llevaban bombos que latían, guitarras que volaban y marcharon por las calles del reino, cantando, silbando, aplaudiendo e inventando nuevos relatos, que toda la población salió a escuchar.
En su fortaleza de hierro, el déspota enloqueció.
-¡Que se callen! ¡Háganlos callar ahora mismo, que no canten ni cuenten, porque pronto todos querrán cantar con ellos, dibujar en las calles, bailar en las veredas, y eso no puede ser! ¡Salgan a hacerlos callar como sea!- ordenó a su ejército de silenciadores, que se calzaron cascos, escudos y garrotes, para marchar contra los gigantes con tizas de colores y carteles y guitarras.
Los chorros de agua helada empaparon a los gigantes y las gigantas, los hicieron resbalar y caer, pero se levantaban y seguían contando y cantando.
Las bombas de humo venenoso los hacían toser y lagrimear, pero se pusieron pañuelos en la boca, para poder respirar, y siguieron cantando y contando.
Las tizas de colores se quebraron y se humedecieron, pero quedaron manchones luminosos sobre las veredas y las calles, con forma de pájaros, de flores, de bocas que reían y signos de pregunta.
-Tenemos que irnos- le dijo su giganta- Hoy no nos va a escuchar.
-Tenés razón, hoy no. Quizás mañana. Volveremos mañana. Hasta que nos escuche- prometió el gigante, y empezaron a pegar la vuelta, apoyándose unos en otras, otras en unos, porque así saben andar los verdaderos gigantes.
-¡Que se callen, que no vuelvan, que no canten, que no cuenten!- rugía el déspota, y los silenciadores, enloquecidos, porque las canciones, las historias y los colores de los gigantes les quemaban el cuero reptiliano y los enloquecía, redoblaron el ataque, arrojaron más humo venenoso, más agua helada, más bolas de fuego y plomo y goma ardiente.
El gigante se fijó que todas y todos sus hermanos gigantes estuvieran a salvo, y subió a una carreta pequeña, para irse a casa, a seguir contando historias y cantando cuentos, pero uno de los silenciadores, reconoció su nuca morena y sus hombros cargados de palabras y colores. Pensó que, si lograba hacer polvo, silencio, ausencia a ese gigante, todos y todas las demás, se callarían, y el déspota estaría feliz, y les aumentaría la ración de gusanos con los que los alimentaba.
La bola de humo venenoso estalló contra la espalda vestida de blanco del gigante, y se incendió. Lo vieron caer, y algunos dicen, yo no lo sé, que cayó mirando un pájaro que justo pasaba por ahí.
Todos y todas quienes estaban ahí creyeron que habían logrado hacerlo polvo, hacerlo silencio, convertirlo en olvido o en mordaza.
Cual no sería su asombro cuando vieron que todas las palabras y las canciones y los dibujos que el gigante había relatado toda su vida, y las que aún le faltaban decir, se convirtieron en un enorme remolino de luces que todavía gira y gira por el reino, se cuela en las cabañas, en los palacios, en las cuevas, en los túneles, se enreda en las copas de las araucarias, se esconde en las gargantas de gigantes y chiquitos, de gigantas y pequeñas, y sigue, sigue, cada día, derrotando a los silenciadores, gritando en la cara del déspota, que nunca imaginó que algunas voces, cuando se quieren callar, se multiplican.
La voz del gigante que no quiso ser piedra sigue contándonos las historias prohibidas, las luchas que nadie muestra, el reino posible que queremos, donde las guitarras tengan alas, los bombos latan como un corazón, y las y los gigantes con tizas y guardapolvos, cuenten las historias que no quieren que sepamos.

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