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“Las chicas idolatraban a Héctor”


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Entrevista con Elsa Sánchez de Oesterheld

Parte de la tragedia argentina se dibuja en los ojos de Elsa. Sin embargo, la cadencia de su voz nunca refleja odio o resentimiento, sino una incansable vitalidad. Aun cuando la charla recorre los territorios del dolor, el recuerdo de sus hijas le permite abrir siempre una ventana a la esperanza. Su admiración por el trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF), su respeto por la entrega y el ejemplo de Estela de Carlotto y de todas las Abuelas de Plaza de Mayo, su entusiasmo por el proyecto político que encabeza Cristina Fernández, se entrecruzan en una charla en la que sobran las preguntas y emerge su voz como transporte de una memoria de imágenes conmovedoras.

Por Hugo Montero. Entrevista publicada en Sudestada Nro. 106 – Marzo de 2012

Mucho por soñar

Con todos los nietos recuperados tenemos algo que nos une, ahora lo único que nos falta es el tiempo a las que ya somos viejas y sabemos que tenemos una vida muy limitada, pero yo estoy segura de que los vamos a recuperar a todos. Es una seguridad intensa que viene desde adentro: sé que mis chicos van a recuperar a sus primos. Hay que encontrar a todos. Eso es lo que nos da esperanza para vivir. Yo recuperé la fuerza cuando creí que ya no tenía más historia. Y la gente joven sigue con su historia porque ahora sabe que la vida va a ser de otra manera.

La cultura de la juventud está cambiando completamente. Ahora se piensa, se siente, que el país merece mucho más; eso es clarísimo. Estamos frente a un momento maravilloso. Hay mucho por hacer, mucho por soñar. No creo equivocarme, no soy ingenua, estoy pensando en todo lo que nos pasó. La gente joven quiere otro país, eso es fantástico. Yo me había retirado, estuve años sin moverme de mi lugar de silencio. Ahora no veo la hora de poder hacer cosas, porque hasta los viejos podemos ayudar si tenemos alegría. Tenemos el valor de no ceder a nada y la esperanza de siempre seguir adelante. Y eso es lo que se necesita para que esto se pueda corregir y que aparezcan todos los chicos.

Nunca me interesó ejercer política, me interesa desde otro lugar. Pero hoy me entusiasma. Tengo ganas de ver qué podría hacer yo. ¿Por qué no? Si tenemos una inteligencia que está en plena capacidad de ayudar, no de decidir porque los años se fueron, pero sí de ayudar a los que quieren hacer cosas, a los jóvenes. Hasta yo tengo ganas, y si me dejan lo hago.

Héctor y las chicas

Yo tengo conocimiento de lo que es la tragedia. Eso sí, me la dieron por la cabeza. Vino el cambio tan brusco y las cuatro  chicas perdieron la vida por su entrega total a lo que ellas pensaban. Héctor también se entregó totalmente. Y yo me sentí completamente imposibilitada de frenar todo eso aunque lo intenté desesperadamente. Creyeron en eso, y lo hicieron porque querían el bien del país, equivocadas o no.

Héctor era un tipo que parecía mayor, incluso que yo. La gente creía que me llevaba muchos años, y me llevaba seis nada más. Pero tenía el pelo canoso ya de joven, rasgos germanos. Las chicas llegaron muy seguidas: Estela y Diana se llevaban un año, y con Beatriz y Marina otros dos años; de manera que eran cuatro chicas muy compañeras, muy bonitas, eso lo digo con seguridad. Héctor siempre fue un compañero de las chicas, un tipo muy divertido, más allá de su seriedad. Con mucha confianza entre nosotros, en casa, era un tipo adorado por las chicas, porque era muy comprensivo con la gente joven, quizá demasiado… Él tenía la idea de no privarlas de nada. No era de malcriarlas, pero les hablaba. Charlaba con ellas de todo. Las chicas lo idolatraban, era un padre adorado.

Las Oesterheld

Estela era la mayor, una belleza, los ojos más lindos que yo he visto en mi vida. Diana era muy parecida a mí. Beatriz, una muñeca: de chiquita me la pedían los fotógrafos de todos lados. Era preciosa, no sé a quién salió tan linda. Marina, la más chica. Héctor las miraba y me preguntaba: “¿Cómo hiciste para tener cuatro chicas tan lindas?”. “Y, mirá, no sé, pero casualidad no debe haber sido”, le decía yo.

Estela era una pintora excepcional. Estudió con un artista plástico muy viejito, que fue el profesor de los Breccia. Más que pintor era un psicólogo, él tenía alumnos ya consagrados, seleccionados, gente grande. Y Estela tenía 15 años cuando empezó. Yo la llevaba a clases de pintura y él tenía la costumbre de mandarle a hacer a los alumnos un trabajo de naturaleza muerta para probar el estado psicológico en el que estaban cuando pintaban. Estela se aburría, me decía: “Uh, mami, ¿por qué tengo que pintar verdura?”. Estudió un año, y después empezó Filosofía y Letras; no estaba muy convencida porque la facultad era un revoltijo con tanto cambio político, así que no la atraía mucho y al final dejó. Pero siguió pintando. Un día la llevé yo, porque Héctor nunca podía, y me iba hasta a Barracas a la noche para que no fuera sola. El pintor vio los dibujos de Estela, calladita, tímida como ella sola, y después me dijo: “Mire, a ésta hoy me la lleva al cine porque se lo merece”. Cuando salimos, el pintor me agarra de un brazo y me aparta: “Mire, esta chica va a ser la mejor pintora de América Latina. Acuérdese de lo que yo le digo”… No pudo ser.

La otra era Diana, muy parecida a mí, incluso en el carácter muy fuerte. No podía estar quieta, no podía hacer algo que no sirviera. Ellas vivían en libertad, y con el padre tenían una ayuda enorme. Yo en cambio tenía más cuidado. Se llevaban fantásticamente bien entre ellas. Sí peleaban y discutían porque cada una tenía un carácter distinto a la otra. Beatriz era un ángel que había bajado del cielo, era la persona más alegre; todo le gustaba. Era una chica feliz, había nacido con felicidad, una cosa rarísima. Las cuatro eran alumnas excelentes, siempre bien desarrollada la parte creativa. Estaban el dibujo, que eran Beatriz y Estela; Diana era la asistencia social, ella quería ayudar a todos los chiquitos. Eso era Diana, nunca salió de eso y por eso cayó.

Marina era la que todavía no estaba completamente desarrollada, pero era tal la influencia de las hermanas que no cabía duda de que iba a aprovechar su costado creativo. Todas fueron excelentes chicas, tenían gran capacidad de intercambio con sus compañeras, las llenaban de premios a la mejor alumna, a la mejor compañera; eran adoradas. Fueron chicas con un destino muy raro, siempre parecían destinadas a sobresalir.

Yo no hubiera querido jamás que mis hijas militaran, pero sin embargo considero que ellas lo eligieron absolutamente convencidas de que el mundo tenía que cambiar.

La luz y la penumbra

Mataron a todos, fue un genocidio contra mi familia. Diana y Marina estaban embarazadas. Tenía una familia hermosísima, y no está más. Entonces me resulta muy difícil… olvidarla no se puede y recordarla es muy duro. No es una vida muy fácil, pero hubo cosas que me hicieron creer que se puede. En eso estoy, intentando rescatar las esperanzas. Yo las tengo. Cuando veo a los chicos recuperados, es lo más encantador que uno pueda vivir.

A mí me gustaría que se hablara de estas cosas, porque el dolor está, lo tenemos. Te consuela saber que hay gente, jóvenes. Y hay que seguir. La gente no puede dedicarse a cosas trágicas y nada más, porque hay que intentar que el país salga adelante con alegría. Hay que limpiar toda esa monstruosidad que nos han escondido. Yo diría que es un compromiso sublime casi el recuperar a todas esas criaturas que fueron asesinadas y desaparecidas.

No se trata de tener una idea fija solo en este tema, eso ya sería enfermizo. Tiene que ser algo sano, pero que tengamos el coraje de hacerlo para saber que por lo menos los que hemos vivido esa época hemos luchado para recuperar un pedazo de historia, de las más trágicas que nos tocó vivir, y sería muy bueno que no se pierda para que no vuelva a suceder. De las abuelas ya no se puede pretender mucho porque somos muy viejas. Aun así, seguimos pensando y tratando de ayudarnos mutuamente para todo aquello que tenemos adentro y que es muy difícil de sobrellevar. Pero no hacemos un drama; nos reímos, nos divertimos y los chicos recuperados nos ayudan. Y los queremos porque todos son nuestros nietos. Es una cosa imposible de creer: no tenemos lo que debíamos haber tenido por el derecho de ver a nuestros hijos, pero de alguna manera ellos dieron sus vidas por algo en lo que creían y por eso tenemos que admirarlos, quererlos y recordarlos para siempre.

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