Juan Solá / Las mil y una

Resistencia, 11 de mayo de 2021

Querido Sur,

Ayer nos juntamos con Casper a ver una película. Desde que volvimos a encontrarnos y pensamos formas más amables de atravesar el encierro que nos distanciaría, creímos oportuno cruzaros virtualmente una vez por semana para acortar los kilómetros con un vino y alguna ocurrencia audiovisual. Con Casper hacemos eso porque aunque las ganas de vernos sean más grandes que la distancia, podemos ir llenando el mientras tanto de instantes como éste y nos parece suficiente.

Esta semana escogí una película que me venía sonando fuerte por amigues en común y resulta que a Casper también se la habían nombrado ese mismo mediodía: Las Mil y Una, de Clarisa Navas.

A pesar de mi pobre experiencia en el estudio de lo audiovisual, sé decir que el espectador argentino promedio siempre pareciera aproximarse a su propio cine cargando una suerte de recelo. Por supuesto que no me refiero al consumidor nutrido en saberes profundos sobre perspectiva y color, sino más bien a aquel obrero que en su búsqueda de evadir el propio hoy, se sumerge de forma casi terapéutica en una ficción sin tiempo. Todavía conservo la memoria de la primera vez que me ofrecieron mirar “una película para no pensar” y ya no sé cuántas veces he escuchado aquella frase desde entonces. Cuántas cosas consume la gente para no pensar, murmuro para mí mismo, y le doy play a la película.

Si estuviésemos en los noventa, daría por sentado que Las Mil y Una no estaría a mano en ningún videoclub; que no habría –por supuesto– una docena de copias disponibles de este título a disposición del afiliado. Las Mil y Una no es la película que el argentino promedio quiere mirar. Sin embargo, es la película que el argentino promedio necesita ver. Porque esta no es una “película para no pensar”, sino más bien una de esas que sirven para destrozar todas las ideas y con sus fragmentos hacer ideas nuevas, como si de cubos de Lego se tratara.

Las Mil y Una no es una ficción sin tiempo, sino más bien una en la cual el tiempo se detiene y el espacio se desdobla (con Casper encontramos bellísimo la propuesta de Navas de continuar narrando en segundo plano –o fuera de él– esas otras historias que, en paralelo, fueron dándole sentido al universo de las Mil). Nos conmovió el primor y la valentía con los cuales la mirada queer fue devuelta a su cuna: el interior, la periferia, todo lo parido en los márgenes. Pienso que las ciudades no son otra cosa que enormes enjambres de luz que convocan a toda aquella humanidad que alguna vez dudó de sus propias sombras. La ciudad exige que todo se transforme en una vidriera donde no hay lugar para historias como esta, que nada le deben al asfalto ni mucho menos a las luminarias (hacer estallar un foco de la calle para refugiarse en la negritud sin bordes de un beso clandestino es algo que sucede en el barrio y también en esta historia, que es una extensión en videotape de esos pasillos tuneados con grafitis y flanqueados por mitades enterradas de viejas cubiertas de camión).

Navas lo dice todo con una precisión que asombra. En su relato, maltrato animal, mariconería y costumbrismo conviven con tanta naturalidad, que da la sensación de que la directora es de esas personas que se ha encontrado con el horror demasiado pronto y supo domarlo. Las Mil y Una transita entre la miseria suburbana de la existencia en monoblock y la escena nocturna disidente para permitirnos entender la identidad y el deseo ya no más como una escala de grises, sino más bien como escala de colores palpables, tonalidades tangibles, pigmentos que siempre estuvieron ahí, después del asfalto, detrás de los tiros.

Me molesta un poco ver una película tan buena porque me queda la sensación de que pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a maravillarme de la misma forma. Las Mil y Una es mucho más que una cinta necesaria: es urgente y es honesta, es tierna sin dejar de ser cruda y carga con la belleza trágica suficiente para hacerle frente al primer fin de semana de frío del año. Es por películas como ésta que se encuentra la excusa perfecta para que la distancia y los domingos de ausencia sean sólo parte del plan. Una película de a dos se parece más a un nido.

Buenas noches.

Juan.

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