Los 16 de Claudia Falcone

Por Leo Marcote, autor de la biografía de María Claudia Falcone, una de las desaparecidas de La noche de los lápices.

Que largos fueron tus dieciséis años, Claudia.

Algunos piensan que María Claudia Falcone vivió apurada porque sabía que se iba a morir joven. Quizás, eso explica la intensidad con la que vivió sus días, sus horas. Su vida vertiginosa, como el tiempo que le toco vivir, transcurrió entre la militancia y, sobre todo, la amistad. La militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) que la apasionaba tanto como divertirse con sus amigues. Si algo predominó en la vida de Claudia fue la alegría. Era una chica que le gustaba celebrar la amistad y el compañerismo todo el tiempo. Y así, como disfrutaba organizando una jornada de alfabetización en los barrios de La Plata, su ciudad, también le gustaba llegar a su casa, pegarse un baño y salir corriendo a buscar a sus amigas para ir juntas a alguna peña o a un recital de Charly García. En su vida convivían la adolescente que buscaba divertirse y también la que comenzaba con sus primeras acciones de resistencia dentro del Bachillerato Bellas Artes. La que preparaba volantes denunciando al gobierno de Isabel y López Rega, “En 1973, el gobierno peronista libera a los presos del pueblo. En 1975, el imperialismo con Isabel y López Rega llena nuevamente cárceles con 4.000 compañeros”, firmando el volante: “Comisión de solidaridad con los presos políticos”. Podía estar elaborando material de denuncia y, a su vez, esperar ansiosa a su hermano para comenzar a dibujar las historietas que ellos mismo creaban. Pasarse largas horas conversando con sus amigos en el altillo de su casa escuchando música y luego salir volando para organizar una actividad junto a sus compañeres. Volver apurada a su casa; luego de pasarse una tarde entera besándose con su novio en uno de los bancos de la Plaza Rocha, a dos cuadras de su casa; a prepararle un flan a su papá, Jorge Falcone. Claudia tenía adoración por él. Falcone era un viejo militante del peronismo revolucionario que nunca dudo en poner el cuerpo en los momentos más difíciles y que ayudó a militantes en la clandestinidad a curarse cuando estos recibían alguna herida en los enfrentamientos con militares. Con Claudia discutían porque su intensidad la llevaba a accionar rápido. Era un torbellino. Él, en cambio, era de meditar más las acciones. Lo cierto es que los dos querían cambiar el mundo.

Claudia perteneció a una generación que creyó que la revolución era cuestión de meses, de días. Tenían esa convicción. No importaba las horas de militancia que ocuparan sus días porque todo era para cambiar el mundo, para ser más felices. Lo importante era la solidaridad, el estar con la gente, sentirla y ayudarla. Así lo entendió Claudia y esa generación de adolescentes que nunca pensó en sí misma y que, muy por el contrario, con aciertos y errores, luchó para que todos podamos estar mejor. Para que no haya niñez pobres, para que la gente viva dignamente.

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