Los que siguen sin entender

Hoy la Ciudad de Buenos Aires amaneció con la noticia de que en un bar del barrio porteño de Recoleta anoche la gente se agolpó como si no existiera una pandemia mundial o un virus que mata a más de cien personas por día en nuestro país. ¿Quiénes son los que no entienden nada?

Son los mismos. Los que salieron antes a correr por Palermo en pleno pico de la pandemia, ahora se amontonan en un bar-cercecería en Recoleta, en el corazón de la Ciudad con más contagiados del país. Porque claro, nadie es más importante que su necesidad de sentirse “runners” en las plazas de los que llegan a fin de mes y comen todos los días. Nadie es más importante que su sed de cerveza artesanal en las noches cálidas del privilegio.

Por eso ahora amenazan al pibe que sacó la foto del bar desbordado de “gente bien” por las redes. Son los que escuchamos durante meses decir: “Ah, en ese barrio se juntaron a jugar un picado en el potrero”. “Ah, los de ese barrio y después viajan en el tren, apretados”. “Ah, y no les gusta usar barbijo a los de la villa”. “Ah, y cuando hacen esas ollas populares seguro se amontonan”. “Ah, ojalá vaya el ejército y los dejé encerrados en sus casillas”.

Fueron la voz del desprecio y del prejuicio contra los vecinos de las barriadas populares durante toda la cuarentena, pero ayer salieron a juntarse en masa, una multitud que sólo piensa en sí misma, en salvarse solo, que se mira el ombligo y se cree mejor que los demás. El virus que llegó en los aviones del turismo del privilegio, ahora castiga a los sectores más vulnerables. Y los vecinos “bien” tienen que salir a correr, a tomar cerveza a un bar, no a trabajar, no a buscarse una changa, no a hacer cola a una olla popular, no a la salita para ver si los atienden.

El mundo gira alrededor de sus necesidades. ¿Están inmunizados y no nos enteramos? ¿Tienen la vacuna y se la repartieron en el happy hour de Recoleta? Porque si no es así, son el individualismo en su máximo expresión.

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