Matar a la Patagonia para darle vida a la vaca

Sismo mediante, la expansión del “fracking” alienta el desastre ambiental en Vaca Muerta. Una historia de contaminación, saqueo del agua y metales pesados.

Por Patricio Eleisegui

Hasta ahora van 9. 

El año pasado sumaron 37. 

El anterior, 36.

Puestos así, sin aclaración, contexto o historicidad, los números no dicen mucho. Pero la perspectiva cambia en cuanto se aclara que recién en 2015 se registró el primero. Previo a ese momento, a lo largo de 100 años de seguimiento, el fenómeno jamás había sido constatado en la zona donde hoy la rareza es, justamente, aquella quietud que reinó durante al menos un siglo.

¿Qué fue lo que cambió hace seis años? Una técnica cuestionada en la mayor parte del mundo por provocar, vaya casualidad, el desastre que se transita ahora, comenzaba a emplearse en un área específica de Neuquén: la fractura hidráulica, conocida a nivel global como “fracking”.  

Se desplegó sobre Vaca Muerta, un reservorio de hidrocarburos no convencionales que viene siendo promocionado por los últimos tres gobiernos como la gran carta del extractivismo energético que hará de la Argentina una eventual potencia mundial.

Tan grandilocuente como falso.

Hasta ahora, las estimaciones gubernamentales dan un resultado distinto: total de 222 al día de hoy, fecha en que se publica esta columna. Pero no estoy hablando de los oficialmente pretendidos –y nunca desembolsados– miles de millones de dólares, inversores que arriban en manada o guarismos de récords economicistas: los 222 que acabo de mencionar, distribuidos en los últimos 6 años, dan cuenta de otra cosa.

Se trata de sismos. 

Refiere a temblores.

Que no están solos, claro. Vienen acompañados de otros aspectos. Por ejemplo, un volumen anual de “flowback”, esto es, agua con químicos y otros residuos industriales que devuelve cada perforación, equivalente a algo más de 500 piletas olímpicas de 50 metros de largo.

Los sismos también están secundados por la rotura de rocas subterráneas mediante explosivos, una inyección de agua que promedia los 35 millones de litros por pozo y una batería de hasta 500 químicos y aditivos que le añaden toxicidad al escenario de desastre patagónico.

El “fracking” combina lo más nefasto de la mega minería con lo peor de la extracción petrolera. 

Dilapida recursos esenciales, pone en estado de inestabilidad a toda la estructura geológica de la región donde se realiza, incluso trae a la superficie materiales radiactivos con atributos para instalar una contaminación permanente.

“No sabemos que están extrayendo, los lodos de perforación pueden traer radiación y metales pesados”, me comenta Martín Álvarez Mullally, investigador del Observatorio Petrolero Sur. 

En una de sus investigaciones, esta organización señaló que el proceso de fractura hidráulica suele traer a la superficie “sustancias alojadas en subsuelo, como materiales radiactivos de origen natural -uranio, torio, radio y radón- o metales pesados -mercurio, cromo, plomo, cadmio, arsénico…”.

“Si, por poner un caso testigo, medís en camiones todos los insumos que demandó la puesta en marcha de un pozo en Fortín de Piedra, área cuyo dueño es Paolo Rocca (Tecpetrol), estamos hablando de una hilera ininterrumpida de 45 kilómetros. Esa extensión de vehículos cargados con agua, arena, químicos, es lo que consumió su desarrollo”, dice Álvarez Mullally. 

Sólo en lo que va del año, las petroleras que controlan Vaca Muerta perforaron 217 nuevos pozos –algunos con procesos de hasta 60 fracturas–.

Los nombres del desastre

La estatal YPF es la gran protagonista de esta historia de terror. Aunque no se quedan atrás otras compañías con ADN argentino. 

Pan American Energy –con participación de Bulgheroni–, Pampa Energía –Mindlin–, Tecpetrol –Paolo Rocca, alias Techint– y Pluspletrol –familia Rey–, son los principales nombres compatriotas. 

También está Vista, con partida de nacimiento firmada en México por una mera cuestión de aportantes iniciales. La lidera Miguel Galuccio, CEO de YPF durante la nacionalización de 2012 y dueño, desde entonces, del apelativo “Mago” por su habilidad para, entre otros trucos, imponer la engañosa idea de que Vaca Muerta es la última oportunidad para alcanzar el desarrollo local. 

Párrafo aparte para su capacidad de transformar en negocio propio la información privilegiada, hija de la inversión de fondos públicos, a la que accedió durante sus años al frente de YPF. Vista es el mejor ejemplo de ello. 

Porque no todas las vaquitas son ajenas. Menos aún en ese apartado de la Patagonia.

Por supuesto que también están Shell y Chevron. Y hasta un fondo de inversión suizo, de nombre Mercuria, que nunca antes pisó el mercado del gas y el petróleo y acá lo hace desde hace algunos años de la mano de los inefables Vila-Manzano.

“YPF es la empresa más importante de las integradas que están en Vaca Muerta. Maneja desde la extracción de hidrocarburos hasta la venta de nafta en las estaciones de servicio. Si bien retrajo un poco su actividad durante el macrismo, que benefició con subsidios a las privadas bajo control de Paolo Rocca y Marcelo Mindlin, no deja de ser la protagonista. También, a partir de las asociaciones que fue cerrando con empresas como Dow Chemical, Chevron, Equinor, Shell y Petronas”, señala Martín Álvarez Mullally.

La expansión de las compañías que apelan a la fractura hidráulica es inseparable del problema sísmico que atraviesan las poblaciones que habitan el suelo sobre el reservorio de los no convencionales. 

Ese aspecto me devuelve a los números del principio. Y me conecta con Javier Grosso, investigador del Departamento de Geografía de la Universidad Nacional del Comahue y el analista que mejor viene documentando los problemas que engendra el “fracking” en ese apartado de la cuenca neuquina.

“Las empresas que más han perforado entre 2020 y 2021, según datos de la Secretaría de Energía, son YPF, con 91 pozos, Shell, con 40, Pan American Energy, con 21, y Vista, con un número similar. De los 9 sismos registrados este año, 3 ocurrieron en torno a las zonas donde fracturan YPF y Chevron, y otros 3 en las tierras bajo control de Pluspetrol. También se registraron temblores en torno a los pozos de Shell y Vista”, detalla.

Grosso me hace una aclaración respecto de los movimientos constatados: “El INPRES –sigla que refiere al Instituto Nacional de Prevención Sísmica– sólo deja asentados los sismos que suceden por encima de los 2,5 grados en la escala de Richter. Eso significa que todos los que ocurren por debajo de esa marca no son reconocidos como tales, aunque sucedan. La realidad es que la Red Geocientífica de Chile, que mide con mayor precisión, siempre constata un número superior de temblores a los que reporta el organismo argentino”.

El INPRES reconoce 88 sismos ocurridos en Vaca Muerta desde 2015 a la fecha. La organización chilena da cuenta de 222. En un trabajo reciente, Grosso sistematizó el archivo de mediciones del INPRES para confirmar que entre 1901 –inicio de los primeros registros, efectuados por distintos actores– y 2015 los movimientos en Vaca Muerta fueron prácticamente nulos.

El especialista aportó este gráfico que ilustra la evolución de los temblores:

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El cóctel es fatal

Uno de los primeros aportes científicos que expuso cómo el método no convencional afecta de forma negativa la estructura geológica de Vaca Muerta provino de la Universidad de San Juan. 

Álvarez Mullally me habló al respecto hace poco más de un año. 

Llevada a cabo entre 2014 y 2016, una experiencia científica liderada por Silvina Nacif y Sebastián Correa -investigadores de esa casa de altos estudios que instalaron 11 sismógrafos en la cuenca neuquina- arrojó que los temblores “son reactivaciones tectónicas de la dorsal de Huincul debido a los esfuerzos compresivos del margen activo de subducción controlados por la estructura compleja de la dorsal; o posible reactivación de una falla antigua debido a la actividad de fracturamiento hidráulico y la inyección de fluidos en la zona”.

Lo que hoy ocurre en Neuquén también sucede en sitios de Estados Unidos como Oklahoma o Alabama. En Canadá y China. “El ‘fracking’ genera movimientos por donde va”, afirma Álvarez Mullally.

“Hablamos de un paquete tecnológico que combina aspectos de la minería con la actividad petrolera. Perforaciones a 3.000, 4.000 metros, a las que luego se le suceden explosiones -denominadas ´punzados´- y después una inyección de miles de litros de agua, arena y químicos a presión. El efecto de ese proceso es el que está volviendo a la zona un área de sismicidad moderada cuando antes era directamente baja”, añadió.

Recupero algo más de aquella primera charla con Álvarez Mullally: sin dejar de reparar en las consecuencias que provoca la fractura hidráulica, el experto sumó a los pozos sumideros sobre los que se acumula el “flowback” como otra variable con responsabilidad en la expansión de los temblores. 

“Los sumideros y la fractura misma implican una modificación enorme del subsuelo. Creemos que hay una combinación de factores y que los movimientos surgen por la actividad no convencional en sí misma, su concreción sobre una falla, y la proliferación de sumideros con su efecto subterráneo”, señaló en ese momento.

Javier Grosso estima en 100 los pozos declarados como sumideros. “Treinta de esos 100 reciben pura y exclusivamente lodos de retorno del ‘fracking’”, precisa. 

El experto volcó en la imagen que sigue a continuación el acumulado de sismos, sumideros, venteos de gases y basureros desplegados en Vaca Muerta desde 2015, inicio de la extracción mediante fractura hidráulica, a hoy:

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Ciudades y pueblos como Añelo, Sauzal Bonito o San Patricio del Chañar, comunidades ancestrales como Wircaleo, Fruta Trayen, Campo Maripe, el embalse Los Barreales, el río Neuquén, son poblaciones, espacios, hábitats, fuentes de vida, con destino de sacrificio para goce de la patria hidrocarburífera. 

A la proliferación de temblores, residuos químicos y radiactivos, Grosso me añade la emisión de gases derivada de los pozos abiertos “fracking” mediante. “Se desconoce el volumen de emisión total. Las empresas consiguen algunos permisos para quemarlos. Y eso hacen. Con los de bajo peso atómico. Con los más contaminantes”, dice.

El coctel es fatal por donde se lo mire. 

Hay un aspecto que lo vuelve aún más grave: la vigencia permanente de un Estado –los gobiernos, nacionales y provinciales, matices al margen, mantienen el mismo rumbo– que considera acertado el impulso de un método temido en el mundo por consecuencias ambientales como las que hoy se multiplican en la Patagonia. 

Que mantiene alta la bandera del extractivismo como principal política pública.

Y que, a la sombra de dicho concepto, no duda en publicitar a este (otro) sacrificio del territorio como la muestra más eficiente de aquello que debemos entender como progreso.

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