La voz desobediente de Mayra Arena: “Me cuestionan que estoy muy politizada, como si eso fuese algo malo”

Desde un barrio humilde de Bahía Blanca hizo escuchar su voz. Era una voz diferente, genuina, que contaba escenas de la vida cotidiana. La pobreza, con sus alegrías y tristezas, pero desde adentro, sin intermediarios. A fuerza de verdades y de nunca callarse ni siquiera ante la pantalla del televisor, Mayra Arena se ganó un lugar. Es el lugar de compañera, el lugar de una voz que nos ayuda a comprender mejor este presente de dificultades y desafíos. En la primera publicación de #vocesdesobedientes compartimos esta nota publicada en la Revista Sudestada número 156.

Por: Hugo Montero

Irrumpió en el mapa mediático sin pedir permiso: de repente, ahí estaba la voz de Mayra Arena. Y su voz fue una revelación. Porque hablaba desde abajo, porque contaba desde sus vivencias personales, desde sus desafíos cotidianos, desde la dificultad de la pobreza y desde el rebusque y el ingenio para zafar, desde su pelea entre changas y una maternidad joven. Pero la voz de Mayra era más amplia y no se limitaba al recorte personal de su tránsito: Mayra contaba una realidad opaca, esa que está ahí, en cada barrio, en cada esquina, y nadie escucha. Y nadie relata. Entonces nos habituamos a leer sus posteos sobre el combate por parar la olla, o las razones por las que un pibe tiene ganas de ponerse Directv en su casilla o de comprar una Coca todos los días, o de acostarse a escuchar la lluvia resonando sobre el chaperío.

La voz de Mayra se impuso a fuerza de sinceridad y de no callarse nunca: ni siquiera cuando la fauna televisiva (y la política) la sumó como invitada, esperando quizá que se ajustara al estereotipo que necesita el prejuicio para reforzarse. Pero no, Mayra estaba allí para romper. Para incomodar. Para recordarles a los privilegiados que hay otra realidad. Allí está la fuerza de su voz.
Por eso, porque es uno de los grandes personajes de este presente de crisis, porque supo articular su vida personal con un discurso crítico y profundamente disruptivo sobre la pobreza (y lo hizo desde un costado entrañable), es que la voz de Mayra nos genera atracción. Por eso charlamos con ella. Por eso nos interesa escuchar, una vez más, su voz.


–¿Cómo te llevás con esto de que tu voz ahora es escuchada o leída, a diferencia de lo que sucedía antes?

–No está tan bueno como pensaba. Estuve siendo muy prolija este tiempo, cuando empecé a tener muchos seguidores. Porque antes escribía para mí y para los tres gatos que me seguían. Y empecé a recibir críticas, como también empezaron a compartirse masivamente. En un primer momento eso me afectó muchísimo, más que nada porque yo era –no quiero decir picante– pero sí de tocar todos los temas sin ningún miedo. Total, me leían dos o tres que me conocen de toda la vida. Cuando llega la crítica, me empiezo a dar cuenta de que en muchos temas no fui para nada delicada, y empiezo a cuidarme un poco más. Y hoy, ya pasado este tiempito, ya sé que aunque te cuides, la crítica va a estar en cualquier cosa que hagas, porque a alguien siempre le caés mal. Entonces voy a volver a escribir lo que se me canta, que es lo que debería haber hecho todo el tiempo.

–Desde aquel primer posteo que se viralizó (en el que hablabas de tu historia personal) a este presente en el que ya tenés un discurso armado o ganas de contar algo, ¿qué te interesa comunicar?

–Lo que primero tuve oportunidad de hacer con ese texto, “El beneficio de ser pobres”, es esto de salir de la pobreza. Ya es difícil cuando uno nace en la pobreza tener la idea o el proyecto de salir de ella. En general los mecanismos de rebusque que conoce, repiten y perpetúan la pobreza, porque uno quiere dejar la escuela para hacer changas y tener un mango, porque uno quiere agarrar un laburo rápido que, en general, son laburos físicos, pésimamente pagos y que después te arruinan. Entonces lo que uno conoce para sobrevivir termina perpetuando la pobreza. Yo quería contar eso: es muy difícil tener la idea de salir, y también tener la idea de soñar con algo más que no sea un plato de comida o un par de zapatillas. También es difícil acceder al sistema, ser parte, lograr no desertar del colegio teniendo hijos o no quedar embarazada en el mejor de los casos. Todos los mecanismos que existen son, además, de una movilidad económica muy reducida porque hoy una maestra gana menos que una empleada de limpieza. Entonces estudiar dejó de generar una movilidad económica, es una movilidad socioeducativa. Todo eso también es difícil. Y una vez que pasa, sos uno en un millón y como sos uno, te dicen: “Ah, como vos pudiste, todos tienen que poder”. Mi idea era explicar que es precisamente todo lo contrario.
Después tuve la posibilidad de explicar el por qué de todas esas situaciones, por qué vivimos todo lo que vivimos, por qué hacemos lo que hacemos, por qué gastamos la guita en lo que se nos canta, como si tuviéramos que darle explicaciones a alguien. Ahora me gustaría hablar no sólo de los por qué, sino de comprender económica y políticamente esos por qué. Yo los expliqué de manera muy personal, lo que conozco, pero también me dedico a estudiar ciencias políticas y es mi idea dedicarme a analizar un cambio socioeconómico y la idea es explicar por qué el pobre tiene que tener Directv, y que está bien que tenga Directv y le hace bien a la economía que tenga Directv, porque cien años de Directv no pagan un terreno. Entonces el pobre que no tira un cacho de carne a la parrilla porque es culposo y porque come arroz con huevo a los veinte años sigue siendo igual de pobre y no se comió nunca una tira de asado a la parrilla. Es tristísimo porque lo que te va a sacar de la pobreza no es dejar de comer asado o dejar de pagar Directv, va a ser la política: una buena política pública, una buena política de Estado. Creo que la próxima medida que hay que tomar es con los servicios públicos, para que no pueda venir un Gobierno y hacer cualquier cosa, porque si no nos empobrecen a través del tarifazo en los servicios. Hay que buscar la manera para que las políticas de Estado, si no van a ayudar, por lo menos que no te empobrezcan todavía más.


–¿Cómo fue encontrarte (supongo que habrá sido un proceso) con los prejuicios, con los lugares comunes que hay, que son un montón, de quienes no eran tu entorno cotidiano?

–Con todo ese tipo de cuestiones de juzgar, ya venía curtida y por eso tengo las pelotas tan llenas y doy las charlas que doy: porque ya estoy pasada de rosca. No es que ahora me desayuné con los prejuicios de clase. Cuando entré al mundo laboral, un poco más formal, fue a los 16, cuando mi hijo era muy chiquito todavía. Suele pasar esto: cuando uno entra en un sistema, a través del laburo sobre todo, el patrón suele tratarte como una igual para hacerse el piola: “Vos no sos como esas negras”, “vos no sos como las demás”. Llegué a tener una abuela que cuidaba, que era buenísima, que me decía que, como yo era muy trabajadora, no podía ser peronista, que yo estaba confundida. Estos prejuicios que tiene esta clase, que aunque los vea no se le caen, ya los tenía muy incorporados porque el de clase media que te da laburo busca una complicidad en vos y por eso es tan fácil, cuando se sale de la pobreza, caer en el papel del piojo resucitado: expobre que se olvida todo lo que tuvo que pasar para salir de eso y ahora mira por encima del hombro a aquellos que quedaron atrás, cuando sabe perfectamente todo lo que tuvo que pasar. Es uno de los personajes más lamentables de la sociedad. Te convertís en un negro que sabe pensar. Los blancos te aplauden, te quieren, te dicen “vos sí sos diferente”. Es muy fácil quedarse en ese lugar. También es muy miserable. Por eso, si bien me comí callada durante muchos años esto de que me digan “no parecés peronista”, “no sos como las otras”, “no te embarazaste por un plan”, algún día iba a reventar. Iba a ocurrir… y ocurrió.

Contra los prejuicios

–Muchas veces hablás para auditorios que, sospecho, vienen con esa carga de prejuicios, pero también hay prejuicios desde el progresismo, de la mirada de simpatía hacia los pobres…

–El de derecha romantiza la pobreza y el de izquierda romantiza al pobre, piensa que el pobre es un santo, bueno, trabajador. Y vos salís a decir: “Pará, no vengan con el pañuelo verde al barrio porque acá somos todos pro-vida y te van a van a gritar ‘loca de mierda’”. El barrio sigue siendo conservador, sigue siendo machista. Por supuesto que en términos generales. Van surgiendo estos movimientos en todos lados, pero en el barrio, el grueso es fuertemente conservador y muy machista. Y por ahí el pobre también tiende a ser facho. Creo que no hay nada peor que ser pobre y laburante y que vengan y te afanen la bici cuando salís de laburar diez horas, roto. Que te afanen en la parada del colectivo, que venga un pibe a sacarte lo que tenés. Eso saca lo peor de vos. Entonces, está lleno de trabajadores pobres que quieren meter bala a su propio sobrino, porque somos todos parientes en estos barrios. Me parece que muchas veces la izquierda cae en un vicio medio cheto que es decirle facho a ese tipo. En realidad, me parece que el fascismo les corresponde a los poderosos, a los que tuvieron el privilegio de educarse y elegir esa postura. El pobre que quiere meter bala no es facho, es un tipo que tiene las pelotas llenas de laburar y que venga otro pobre, igual de pobre que él, y se gane la vida así: afanándole a él, que se rompe el orto laburando. Es que es muy fácil envenenarse y llenarse de odio. Por algo los pobres estamos tan enfrentados unos con otros. Ya no existen sociedades de fomento, se han roto muchos lazos, hay una segregación que es brutal y que nos perjudica a nosotros mismos porque estamos divididos.

–Me parecía interesante una de las batallitas tuyas, que fue irrumpir con fuerza contra el discurso de la meritocracia. Esta cuestión que planteabas antes de que si vos podés todos pueden… eso se instaló como una política de Estado.

–Hoy es una política de Estado esto de: “Bueno, si uno no tiene trabajo puede crear su propio emprendimiento”. Es una visión individualista, pero no quiere decir que esté mal. Como politóloga tengo que hablar de forma neutral: ellos quieren un Estado que no se ocupe ni de los pobres, ni de los necesitados, ni de los trabajadores tampoco. Un Estado que sólo se ocupe de proteger la propiedad privada y de garantizar justicia para ellos. El problema es que en las campañas no dicen lo mismo. En las campañas prometen otras cosas. Cuanto menos es deshonesto prometer una cosa (como “pobreza cero”, por ejemplo) y no tomar ni una sola medida en pos de cumplir esa promesa. Vivimos en democracia, tenemos derecho a votar a quien queramos y si el gobierno de Macri hubiera sido honesto hubiera gobernando legítimamente. Pero no lo fue, no para de mentir y eso es lo que me parece que viola el contrato social que uno tiene a la hora de depositar un voto en la urna. Mienten todo el tiempo, dicen que es para más adelante, que es el futuro, y, en realidad, no hay planes de cambiar ninguna política económica. Por el contrario ahora ni bien se tiró la gente a descansar un rato, más tarifazos, más aumentos, más de esta transferencia de recursos de sacar de abajo hacia arriba que lo único que hace es aumentar la brecha entre ricos y pobres. Y no paran de mentir. Eso me parece despreciable.

–¿Te parece que hay una forma de charlar de política en los barrios que rompa con la imagen de que la política en los barrios es la idea de “los que bajan a buscar el voto”, a mentir y a regalar?

–Es difícil, porque la gente está tan podrida que no le podés hablar de política y me parece lo más normal. Ahí tenés el otro personaje de barrio, que es el que te dice “a mí nadie me regaló nada, yo tengo que laburar igual”. A ese tipo hay que explicarle que no es lo mismo pagar 300 pesos de luz que dos mil. Me parece que eso es educación. No sé si lo lograremos los militantes, porque lamentablemente perdemos credibilidad por ser militantes, a causa de que la gente está quemada con la política. Seguimos enseñando que Colón vino a conquistar América, que Sarmiento hizo escuelitas y no explicamos toda la historia argentina. Hay personas que siguen creyendo que Argentina era “el granero del mundo” y no saben que en ese momento los argentinos se morían de hambre. A esa gente no la destrabás más. Por eso necesitamos una educación que realmente nos haga ver lo que somos como argentinos y como latinoamericanos, dejarnos de creer un cacho de Europa acá en Sudamérica, en el culo del mundo, y empezar a ver lo que somos.

La política, otra propiedad privada

–Una de las críticas que fui anotando a partir de tus intervenciones tiene que ver con señalarte: “vos estás haciendo política”, como si la política fuera propiedad de un sector social y los pobres ni siquiera tuvieran derecho de pensarse como protagonistas políticos…

–“Estás muy politizada” me decían, como si eso fuera malo. Hay dos cosas: primero la visión de la política como algo sucio, fijate que nadie te dice “¿te vas a meter en la docencia?”, pero sí dicen “este anda metido en política”. Creo que también es algo que podemos cambiar con educación, porque la política nos involucra a todos, nos pertenece. La ciudadanía me gustaría que fuese algo más que ir a votar cada tanto porque es obligatorio y porque, si no, me como una multa. Me gustaría una democracia más amplia. Uno tiende a valorar lo que no tiene. No quiero decir que estén mal cuarenta años de democracia. Celebro la estabilidad, creo que no la vamos a volver a perder porque ya la valoramos mucho, pero a la vez la valoramos para no querer otro orden, pero tampoco tanto como para cuidarlo y decir “bueno, voy a participar”, “me voy a comprometer”, “voy a ser un ciudadano activo”. Viendo a la política como algo sucio, hay muchos que no quieren meterse. Cuando alguien se mete es porque tiene “alguna intención”.
Después, el pobre tiene derecho a terminar el secundario, a conseguir un laburito mejor, pero ojo con que quiera soñar algo mejor de lo que logre el de clase media. Hay un resentimiento entre clases muy fuerte, molesta muchísimo que tenga la misma ropa, que vaya de vacaciones al mismo lugar, que quiera estudiar lo mismo, que participe en política. El pobre es un ejemplo cuando termina el secundario, cuando va a la nocturna, pero cuando quiere soñar en grande, ojo con darle poder a un negro. El clasismo es tan duro en Argentina que cuando un pobre deja de ser pobre nadie dice que se hace rico, te dicen: “Es un negro con plata”. Esa es la visión: siempre va a ser lo que es. Puede ser un pobre-pobre o un pobre con plata. Para ellos no tiene que haber movilidad social y, cuando la ven, se espantan. Ahí para mí está la grieta.

–De un tiempo a esta parte conociste un público diferente, gente rara, la tele, otros mundos, la política más a nivel jetones. ¿Qué cosas te sorprenden todavía cuando ves las reacciones de los que te escuchan contar vivencias cotidianas?

–La ignorancia profunda que hay sobre la vida cotidiana del pobre: que se te acabe la garrafa y no tener ni para hacerle un té a tus hijos, tener que pedirle a un vecino que te caliente la pava porque el negocio de la garrafa no abre hasta mañana. Hay un desconocimiento absoluto. De que se te llueva la casa y cómo lo solucionás y que si llueve todo el día tenés que faltar al trabajo y los pibes a la escuela. Alguien se tiene que quedar en el rancho protegiendo las goteras porque si el piso es de tierra cagaste, cuando volvés te pudrió todos los muebles. El desconocimiento de la comida y el rebusque y la gastronomía de la pobreza. Cuento anécdotas y la gente se desayuna lo que es el día a día del pobre. Ojalá alguien lo haga a través de la ficción porque la gente es de encariñarse con lo que ve en la tele. Las series en general que hablan de pobres caricaturizan y estigmatizan. La segunda temporada de El Marginal fue una cosa espantosa. En las cárceles la gente es solidaria. Yo estuve en contacto con la cárcel muchos años por los maridos de mi vieja. Ahí adentro hay una solidaridad reinante. Cuando vi la serie todo era puñaladas, violaciones, y nada que ver. Lamento que la tele sólo muestre nuestras miserias, que las tenemos. No idealizaré jamás a alguien por pobre. Somos personas con miserias y con virtudes como todo el mundo. Pero no se muestra la realidad, el día a día, las cosas lindas o nobles, el compartir en la miseria.

–La tele no ayuda. Más que nada el noticiero y su desembarco de diez minutos en los barrios…

–No, por el contrario. Para mí es el chivo expiatorio. Creo que tengo algo personal con ese Martín Ciccioli, porque nos ha hecho mucho daño a los villeros. Él elige a propósito, disfruta buscar al peor. Es real lo que muestra, el que faja a la señora. Nunca nadie va a juzgar al de clase media por lo que hace con su plata. El que está siempre en el foco es el pobre por pobre.

–Te imagino mirando ese tipo de programas. Encima, si sos de decir las cosas que pensás y no filtrarlo demasiado, te salta la bronca enseguida…

–Tengo que dejar de pelear. Al principio, desde la primera entrevista dije que esto eran mis quince minutos de fama. Se alargaron y se convirtieron en treinta, pero no dejan de ser unos minutos de fama. Lo veo así. Y yo no quería ser la pobre simpática, la pobre ejemplar, la que caminaba treinta cuadras para ir a la escuela, la que se dejó negrear para darle de comer a su hijo, que lo fui, eh. Tuve que hacer todas esas cosas porque fue lo único que me tocó y no quiero que le toque nunca más a nadie. Todo el tiempo tengo que estar parándome enfrente de las personas que me van poniendo. Me vengo cruzando a algunos personajes que tengo que decir: “Esto que hiciste no está bueno, nos hizo mierda”. Me parece que los políticos muchas veces, aún sin malas intenciones, como no conocen la pobreza aplican políticas públicas que después fracasan. Por algo tenemos anticonceptivos gratuitos y las pibas nos seguimos embarazando. Porque el embarazo adolescente no pasa por tener o no anticonceptivos, pasa por la miseria y por el proyecto de vida que una tiene o no tiene y un poco también por la educación sexual, que es otra batalla que tenemos que dar. Entonces voy a dejar de pelear porque si no, parece como que quiero figurar. Como yo no soy conocida y si me sentás al lado de un tipo que hizo lo contrario a lo que pienso que hay que hacer, tengo que dejar en claro eso. Si yo me pongo a aplaudir a un tipo queda como que soy lo mismo o que soy la pobre que una vez que consigue ser invitada un ratito a la mesa, se porta bien. La idea es hacer todo lo contrario. No, no me porto bien.

Mayra frente al espejo

–Supongo que ya te habrás desayunado de esa gente que piensa que hay alguien atrás tuyo, que vos estás buscando posicionarte…

–Lo peor no fueron los insultos, sino cuando dijeron que yo estaba con Sergio Massa. Fue después de que me hiciera conocida. Nunca laburé para ninguna, de hecho no conozco a nadie de las figuras importantes de la política. Soy depiladora y mis clientas están maravilladas. Entiendo que si alguien aparece de repente y todos los medios le dan cabida, la gente se va a preguntar: “¿Y esta de dónde salió, por qué todos le dan pelota?”. Es muy difícil decir algo y que te den pelota. No creo que haya sido más que suerte y que el mensaje es distinto.

–Y cuando volvés al barrio, ¿qué escuchás?


–En el barrio hay grieta también. A mí no me van a sacar el cuero en mi cara, pero te voy a contar lo que pasó con Matías Carrica, que ganó un concurso de talentos, que se crió a tres cuadras de mi rancho. Es el pibe más humilde del mundo, ayer, hoy, mañana. Pero como salía en televisión, algunos te decían “El Mati se reagrandó”. Y estaba el otro bando que decía “el Mati es amigo nuestro de toda la vida” y uno tiene eso de enorgullecerse del que es paisano. Muchos del barrio me dicen que cuento lo que pasa todos los días, que tampoco te creas que es una maravilla. Las verdades que yo revelo maravillan a los que no conocen la pobreza, pero a los pobres no les conté ninguna novedad. A un pobre no le voy a explicar lo que es la pobreza. Entonces por ahí es raro ver a alguien hablando de las cosas de todos los días: la garrafa, el rebusque, el morfi, las inundaciones. Es raro escuchar a alguien hablando de eso en la tele. Se habla de la pobreza de otra manera, casi ajena y hasta inentendible a veces para los menos beneficiados. Después está el otro, el que dice “nada que ver con lo que decís”, pobres que no están de acuerdo conmigo y me parece fantástico, porque queda claro que los pobres no somos todos una masa y pensamos muy diferente.

–¿Qué te gustaría hacer en términos de aplicar lo que viviste y pensarlo, no sé si en política o en algo concreto? ¿En qué realmente te sentirías plena trabajando?

–Siempre fue mi idea hacer política. Estudiar ciencias políticas me parece lo que nunca hubiera soñado tener la posibilidad de hacer, y hoy lo tengo. Me gustaría estudiar economía, porque me parece fundamental conocer quiénes son los que mueven las agujas del poder, pero para tener herramientas para poder cambiarlo. Después sí me gustaría trabajar en política, gestionar en algo distinto para no hacer más de lo mismo. Para eso creo que es necesario agarrar los libros. No porque crea que todo pasa por lo académico, ni mucho menos. Creo que todos los que somos pobres creemos en la universidad de la vida y la pobreza te da esos rebusques maravillosos donde agudizás el ingenio para salir de un montón de situaciones que vivimos todo el tiempo.

–¿Qué pensaría la Mayra de hace dos años atrás si viera a esta Mayra de hoy en la charla Ted o en la tele? Imaginemos que no se conocen…

–Quizás hasta la hubiera criticado, porque yo hice una de las cosas que odio que hagan los demás: que se hable de los pobres. Los pobres en general no tenemos nada en común, o muy poco, porque somos personas y somos distintos. Entonces hablar de los pobres es meter gente en un colectivo que no es. El único hilo conductor es la condición económica. Pero aún soy de creer que en esas mismas situaciones económicas la pobreza es cualitativamente distinta. No es lo mismo el pobre con un mínimo recurso socioeducativo, con una pequeña base laboral o con una proyección de futuro, con ambiciones, que el otro que no tiene educación y se conforma con comer. A mí me molesta mucho cuando la gente dice los pobres… y yo hice eso. ¿Por qué lo hice? Cuando me referí a los pobres, me refería al más estigmatizado y hablé de ese en mi charla. Al pobre que paga Directv, que se compra altas llantas, que tiene siete hijos y no tiene para mantenerlos en lo que la sociedad considera que es la manera ideal de mantener a los hijos. Sobre ese pobre cae todo el peso del odio, porque nadie odia al pobre changarín, al laburante, a la madre con un hijo que tiene tres trabajos para mandarlo a un buen jardín. Lo aclaré cuando publiqué la charla Ted en mi Facebook, hice un montón de aclaraciones… Ted te da doce minutos y no podés decir mucho, me tuve que romper la cabeza. Tenía que resumir, dejar lo más potente, lo más directo. Pero seguro yo me hubiera bardeado, diciendo “¿quién se cree esta para hablar de los pobres, así sea pobre?”. Nadie puede ponerse en la voz de los pobres, porque somos personas totalmente diferentes.

–¿Tenés en la cabeza el miedo de sacar los pies de la tierra?

–No. De hecho tengo muchos espejitos de colores, que son estas propuestas que surgen todo el tiempo. Parecen ser cosas lindas, interesantes, oportunidades. Pero no, las pelotas, no me salgo de mi eje que hoy es lo académico, por esto mío personal que tengo y después seguir en la militancia. Pero no me salgo porque es lo que siempre tuve claro, no me marea tener los quince minutos de fama, que ya se están agotando seguramente y que no me molesta para nada. No busco aferrarme ni nada de eso. Por eso, ahora es momento de parar un poco la pelota.

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