Meteoro: destellos de la escritura

¿No era la infancia, acaso,  
la habitación favorita del poema? 
María Negroni. 

Meteroro es el segundo libro de poesías del escritor Julián López publicado en 2020 por Editorial Penguin Random House. Con un título que despliega sentido hacia varias direcciones, la escritura de estos versos condensa la infancia y sus destellos de luz. Leemos estas páginas desde el detenimiento, desde el acto poético de captar en lo cotidiano los recuerdos que se suceden como relámpagos en la oscuridad. Hay una morosidad de detalles propia de la letanía, pero también del poeta, sentencia María Moreno. En este proceso, y con una intención metapoética, López busca la poesía en el mismo momento que la escribe.  
Un ritmo vertiginoso recorre Meteoro. Una caída libre que se observa tanto en la imagen poética como en los recursos que el autor utiliza: repeticiones, enumeraciones, anáforas dan cuenta del inventario de la niñez como así también del placer y el deseo. No existe en este libro una temática lineal sino la superposición oblicua de varias luces que se unen para dar cuenta de los pliegues de la existencia.  Los párpados se espesan para revelar la simultaneidad que se escapa de los ojos de la infancia.  
En un contexto urbano, entre el sol del verano porteño, el poeta busca la luz en la altura, en los rincones que se iluminan dentro de la casa. La escritura se realiza en el umbral de la ventana, esa bisagra entre el espacio interno y externo donde la imagen aparece y, en palabras de Walter Benjamin, asalta con la velocidad de un rayo, con la fuerza de la iluminación. Dice Julián López sobre su propio mecanismo de escritura: La luz es una presencia constante en mis libros, es un motivo no buscado, descubierto ahí. Aunque en Meteoro fue fundamental cuando empecé a pensarlo, es un libro parado en el borde del atardecer, un libro angustiado por recuperar una visión última de lo manifestado, de lo que puede manifestarse. La luz como un efecto de la manifestación, un fenómeno de los sentidos, de la experiencia.
El lenguaje de la infancia se huele, se siente, en la comida que se prepara en la cocina de la casa, en el jugo y el aroma de una mandarina o un melón recién cortado. La escritura se vuelve filo, cuchillo que troza los recuerdos del poeta. Las recetas heredadas entran en ebullición en la memoria de cada verso.  
Dos partes forman parte de Meteoro: El cariño en flor y El amor gamado. Son estas líneas un todo desde donde leer la belleza y el amor que a veces se esfuma como el día. Hay un otro que ese desvanece como la niebla. El ocaso empaña los edificios mostrando la doble velocidad de la tarde, esa que aparece en la poesía de Julián López y se une con las vueltas de la órbita del mundo. Nos recostamos en la reposera de la terraza para ver como el sol muere. Sentimos la poesía en la boca como un manjar que se come de a poco.  

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