Morirse de frío

Una joven murió en la calle en Córdoba. Estaba embarazada y su fallecimiento no es noticia.

Marcela tenía 24 años, vivía en la calle, frente a la Plaza San Martín, en la capital cordobesa. Estaba embarazada. Murió de frío, desamparada, ayer nomás, en la mañana helada.

Rodríguez dormía en los ingresos de bancos o comercios intentando cubrirse de la intemperie. Abandonada por el Estado, abandonada por la indiferencia de las miles de personas que pasaban cada día frente a su ranchada en la calle, abandonada en noches de temperatura baja, abandonada por un sistema que expulsa, excluye, mata. Mata de verdad, de abandono e indiferencia.

Ella no fue noticia en los diarios ni fue la nota del día en los noticieros: su muerte pasó inadvertida, casi tanto como su vida. Morir de frío en la calle, sin resguardo, sin que el Estado asome el hocico, sin que nadie ofrezca su mano solidaria, no es materia noticiable. No le interesa a nadie, la muerte de Marcela. El Estado la dejó en la calle y la dejó morirse de frío, y el mundo sigue andando.

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