Narraciones eróticas

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza. En este domingo narraciones eróticas.

Por Nina Ferrari

“TINO” de Martina Tolosa
Correr me calienta. Es una condición que noté en la primera clase, sospeché en la segunda y confirmé en la tercera. Me calientan los cuerpos transpirados, el espíritu de equipo, las mujeres y los varones, los adolescentes, los jóvenes y los mayores de cincuenta. Me excito cuando corremos al sol y, si se larga a llover…por Dios, no tengo palabras. Si se larga a llover directamente me podría revolcar ahí mismo. Organizar una orgía con la rapidez y la efectividad de un líder nacional. 
Tino es un individuo especial entre toda esa masa que me cogería; Tino acompaña a Miriam a las clases y corre al lado de ella exactamente al mismo ritmo, zarandeando unas bolas gorditas que una puede visualizar perfectamente si lo mira desde atrás. También me acostaría con Tino y con Miriam juntos, y después por separado y luego sumaría a algún otro diablo cuyo nombre ahora olvidé. 
Miriam sabe de mi condición y, ahora, todas las clase se aparece y me saluda con un abrazo, mientras Tino pega un salto sobre mis piernas y me chupa la mano o la cara. Él es más honesto que Miriam, más resolutivo. Miriam histeriquea. Me da ese abrazo y después no me habla, y al rato corre a mi lado y me pregunta cómo estoy con lo de mi novio que se fue hace dos días o nueve meses, ahora no me acuerdo. 
Entonces, después de tres semanas de vueltas, voy a confesarle a Miriam mis intenciones. Tiene que ser Miriam porque Tino y yo no hablamos el mismo idioma; quizá él respondería mordiéndome la mano, cosa que me calentaría al punto de matarnos ahí nomás, detrás de algún árbol de esa plaza inmensa. Así que decido que hablaré con Miriam: voy a ser educada y sutil porque eso esperan las damas de otras damas. Voy a decirle que vayamos a tomar algo a cualquier bar que acepte a Tino y después, cuando las dos estemos un poco borrachas, voy a decirle que vayamos a su casa y que dejemos que las bocas y las manos hablen solas. Una vez consumado el acto, voy a esperar a que se duerma y voy a buscar a Tino entre las sábanas, llevarlo a upa hasta el lavadero y cumplir mis más sucias fantasías. 
El día de mi confesión llega y Miriam se pone un short que le sienta muy bien. Tino, por su lado, está despampanante; su pelo negro y largo brilla bajo el sol; Miriam me comenta que lo llevó a bañar el día anterior. Yo, un poco nerviosa, lo saludo con unas palmadas en su cabeza y él, como si se adelantase a mis planes, elige ese mismísimo día para lamerme la entrepierna. Empezamos a trotar y vamos juntas; Miriam, Tino y yo. Ella me viene charlando sobre no sé qué cosa y yo lo pienso, y lo pienso, y lo pienso. No me lo puedo sacar de la cabeza, será mejor que lo escupa antes de ponerme nerviosa y decir cualquier cosa. Entonces deslizo la idea. Le digo que esa noche, que es viernes, vayamos a tomar algo a ese bar oscuro y con alcohol barato que está por nuestro barrio. Ella va a decir que sí, puedo ver su respuesta en la forma que toman sus labios. Miro a Tino: me sube el calor de nuevo, quisiera su lengua larguísima metida en mi garganta, si es que aquello es físicamente posible para uno de su género. Me imagino, pronta a llegar a un orgasmo violento, a mis dedos prendidos a su pelo largo. Quizá algún tipo de aullido de su parte, como si retrocediera algunos miles de años y reencarnara en un lobo enorme y viril. 
Miro a Miriam de nuevo: en el instante en el que ella va a responder, Tino ve no sé qué cosa en la vereda de enfrente y cruza la avenida Libertador a una velocidad tal que jamás lograremos dilucidar si lo atropelló un auto o si fueron cuatro. Miriam se enloquece, sale corriendo detrás de Tino y, al ver lo que quedó de él, se desploma en la vereda gritando su nombre y llorando con una amargura que se mete en las copas de todos los jacarandás que atestiguan ese momento.
La seguimos todos, nuestros compañeros y compañeras la abrazan, la consuelan, llaman a algún nueve once de perros que yo desconozco. Y yo lo derramo, por Dios, se me cae la frase de la boca como si fuera una inadaptada social o un monstruo insensible, creo que lo pienso pero después lo escucho y me doy cuenta de que en vez de pensarlo lo dije en voz alta: 
-Uf… va a ser difícil coger con Tino.

Martina Tolosa

Martina Tolosa: nació en Puerto Madryn, Chubut, en diciembre de 1993. Adora escribir desde que tiene memoria. Se formó en Ciencias de la Comunicación, en la UBA. Actualmente vive en Capital Federal y trabaja como redactora freelance. Dedica su tiempo libre a escribir y a tomar vino con sus amigas y familiares. Escribió dos novelas inéditas y trabaja en la tercera.

“Esa boca” de Eleonora Pandra

Me acuerdo perfectamente el día que todo esto empezó. Habíamos ido con Leti a un after, después de un día largo de laburo. Yo pedí gin tónic, como siempre, que no estuvo nada mal. Salvo por el detalle de que no había probado bocado desde el mediodía. Confieso que siempre me jacté de bancármela bastante con el alcohol. Me reía de Leti diciéndole que a pesar de que ella era varios años más joven que yo se ponía en pedo con un par de birras, al toque. Pero, ese día, con el estómago vacío y 2 gin tónic encima (que fueron cuatro porque había 2×1), sentí el mareo apenas me levanté. 
Estaba recién anocheciendo (eso es lo bueno que tienen los after) y la brisa que anunciaba la llegada del otoño me refresco bastante cuando salimos a tomar el bondi. Habíamos quedado con Leti que esa noche me quedaba a dormir en tu casa. Al día siguiente teníamos que estar temprano en Temperley para una jornada de todo el día y nos íbamos en tu auto.
Cuando llegamos, vos estabas en el jardín con una copa de vino en la mano, y fumando un cigarrillo. A pesar del mareo acepté esa copa que me ofreciste y me senté en frente tuyo. 
Desde que te conocí me había sentido hipnotizada con vos. No podía dejar de mirarte y de admirarte. Tu voz sutilmente grave y tu risa contagiosa fueron de las primeras cosas que me gustaron de vos. Esa noche, quizás por el alcohol, te vi, además, extremadamente sexy. La imagen de tu mano sosteniendo la copa de vino y el cigarrillo me resultó profundamente erótica. Quedé fascinada con tu boca perfectamente delineada aspirando el humo y luego soltándolo. Para cuando nos fuimos a acostar yo estaba entonadísima. Cerré los ojos y la imagen de tu mano, y tu boca, esa boca, me hicieron estremecer. 
Al día siguiente, a Leti y a mí nos terminaron dando el grupo de Temperley, por lo que, te pedimos permiso para usar tu auto una vez por semana y que yo me quede a dormir ahí. Cada vez me gustaba más saber que se acercaban los jueves y te iba a ver. Quedarnos charlando hasta tarde, de todo y nada a la vez, era, sin dudas, mi momento favorito de la semana. Me acuerdo que una de esas noches, en plena charla te levantaste, y avisaste que te ibas a dormir. Cuando te agachaste, apenas, para apagar el cigarrillo tu camisa se abrió. Tenías solo algunos botones abrochados y no llevabas corpiño. Te cruzaste por delante mío para darle un beso a Leti y quedaron tus tetas, expuestas, a la altura de mis ojos. Esa fue la primer noche que  me masturbé pensando en vos.
Ese fin de semana cogí con un chabón que conocí en Tinder. Estaba recontra caliente, pero no llegaba al orgasmo. Le pedí que me la chupara y cuando bajó cerré los ojos. Me imaginé que eras vos y que, mientras lo hacías, me pasabas tus manos por el costado queriendo llegar a mi espalda, recorriendo muy suavemente mis costillas con la punta de tus uñas largas. El flaco volvió a subir y se acostó arriba mío. Te imaginé haciendo lo mismo. Apoyando tus tetas en las mías, besándome y masturbandome. Le mordí el labio inferior a Fabricio (creo que así se llamaba), imaginando tu boca, esa boca perfecta, carnosa, siempre tan prolijamente pintada y delineada. Y acabé.
Para ese entonces tenía la cabeza explotada. Nunca me había sentido sexualmente atraída por una mujer. Tampoco estaba cerrada a esa opción, simplemente no me había pasado nunca. Es cierto que no sabía cómo sentirme al respecto, pero descubrí que no me atormentaba tener fantasías eróticas con otra mujer, lo que me hacía estallar la cabeza era que fueras vos. Quedaste embarazada de Leti siendo una adolescente asique tampoco es que me llevaras tantos años. Incluso me habían gustado tipos de tu edad un montón de veces, y hasta había estado con alguno de ellos alguna vez. Me volaba la cabeza que fueras la mamá de mi amiga, pero no lo podía evitar. Mi cuerpo reaccionaba cada vez que te veía. 
Y esa noche no fue la excepción. 
No puedo culpar al alcohol porque a pesar de que, era la mejor fiesta de fin de año a la que alguna vez había ido, recién había llegado y había tomado apenas un trago. Pero verte bailar con los ojos cerrados, sola, empoderada, con tu pelo largo, negro azabache, tus uñas rojas como tu boca, esa boca, como dejándote acariciar por la música, me puso a mil.
No recuerdo bien cómo pasó pero de repente yo salía del cuarto de Leti y vos me esperabas apoyada en el marco de la puerta de tu habitación. 
– Vine a buscar un sweater ¿También te dio frío?, pregunté.
– Algo así, me respondiste, y diste un paso largo que me dejó acorralada entre tu cuerpo y la pared. Te había estado mirando descaradamente desde que llegué, y ahí me di cuenta, cuán evidente que había sido. El corazón se me aceleró, se me aflojaron las piernas y clavé mi mirada en tus labios. Ay, esa boca.
Apoyaste tu frente en la mía, me levantaste el vestido, me corriste la bombacha y comprobaste lo mojada que estaba. Si algún resabio de resistirme quedaba en mí, desapareció en ese mismo instante. Mi cuerpo se entregó y vos lo notaste. Me agarraste de la nuca, y me besaste. Me llevaste a tu cuarto. Y al fin te desnudé, te miré, te toqué, te recorrí entera con mis manos. Con mi boca, me detuve en tus pezones. Hiciste lo mismo. Vos gemías y yo me retorcía de placer. Afuera la fiesta estallaba y en tu habitación estallamos nosotras en un orgasmo. Y entonces, me desperté; sobresaltada y todavía temblando y con las mejillas ardiendo, y sonreí. Me habías dado el sueño más increíble de mi vida.
No volvimos a vernos en todo el verano. Al año siguiente a Leti y a mí nos asignaron proyectos diferentes así que nos veíamos mucho menos, y ya no volví a quedarme a dormir en tu casa. Pero una que otra vez nos cruzamos y ese sueño se me venía a la memoria  cada vez. Un tiempo después yo cambié de laburo, Leti se fue de viaje y la vida misma… de a poco, nos dejamos de ver. No volví a saber de vos. Pero anoche vi una morocha bailando sola y me volví a tocar, pensando en vos, en tu boca, esa boca.

Eleonora Pandra

Eleonora Pandra: nació 4 décadas atrás en Bs As., Argentina. Creció pensando que el gen de la creatividad no le había tocado en suerte hasta que su mercurio en aries la paseó por talleres varios de disciplinas varias vinculadas a las artes. Sin embargo, a pesar de haber sentido siempre que se expresaba mejor escribiendo que hablando, no había incursionado en la escritura. Hasta que, después de una ardua búsqueda, en plena pandemia, encontró el mejor espacio para hacerlo.

“Revancha” de Romina Querro

Apurado por la hora agarró la mochila y fue a la parada de colectivo. Tenía puesto un jean medio desgastado y el buzo del colegio. Se acomodó los auriculares y subió el volumen de la canción de La Banda de Carlitos. Ese día ya habían organizado con sus amigos una juntada en el fondo de villa La Trinidad. Antes pensó que tenía que enfrentar las siete horas del colegio con las profes de lengua, matemática y química.
Llegó el colectivo. Se sentó del lado de la ventanilla, la abrió y dejó que el viento con tierra le termine de acomodar el jopo. Tenía el pelo corto, ojos verdes, todo afeitado, 1.80 de altura, siempre bien prolijo en su ropa y aspecto. Apenas arrancó, el colectivo frenó de golpe. Subieron tres chicas que no eran del barrio —ahí todos se conocen— su ropa era de marca, olían a perfume importado, sus términos y modismos  eran distintos. Quedaban sólo tres asientos y uno era su contiguo, con lo cual una de ellas se sentó a su lado. Se miraron, pero ninguno dijo nada. Bruno siguió escuchando música y Laura sacó su iPhone 10 y mandó unos audios. 
A pocas cuadras las jóvenes se bajaron. Él se quedó mirándole el culo, como era de costumbre. Cuando se estaba por bajar vio en el asiento el celular de la chica. No sabía qué hacer, quedó inmóvil unos segundo. Lo agarró rápidamente y vio que estaba bloqueado con una contraseña numérica. Tenía en claro que su objetivo era devolverlo, ¿Pero cómo?. Se le ocurrió que al llegar a la escuela la mejor opción era dárselo a  la directora. Confiaba en que ella sabría qué hacer. Y así fue, se lo entregó ni bien llegó. Le explicó cómo lo encontró, dejó el celular y se fue al aula. Ella lo guardó en un cajón del escritorio sin darle demasiada importancia, seguramente alguien lo reclamaría. Bruno se fue al aula saludo a sus compañeros y se puso a analizar las oraciones que le faltaron entregar. Comenzaba la hora de química cuando la preceptora entró apresurada y con voz exaltada dijo:
— Permiso profe, vengo a buscar a Bruno. ¡¿Usted sabe lo que hizo?! ¡Devolvió un celular que encontró en el colectivo! Ahora la dueña vino a buscarlo y le quiere agradecer.
— ¡Qué bien Bruno! Siempre tan atento y correcto ¡Escuche el resto y aprenda!           —exclamó la profe.
Bruno salió sin saber muy bien con qué se encontraría. Cuando estaba en el pasillo pudo ver a Laura mucho mejor. Era hermosa, bella, alta, simpática y con una sonrisa gigante. Se imaginó en ese segundo sacándole la ropa, besándola toda y cogiéndola hasta más no poder. Pero de un golpe se dio cuenta de la realidad, de su edad y de que sin un mango ¿dónde iban a coger? En el piso…tirados en algún descampado…en el pasto o parados contra alguna pared como lo hacía siempre. Demasiada realidad junta.  
Apenas lo vio venir por el pasillo, la directora aprovechó para lucirse y con una sonrisa media falsa dijo:
— Este es Bruno, nuestro alumno ejemplar: callado, respetuoso, puntual, buen alumno. Vive en villa La Trinidad. ¡¡Felicitaciones!! Qué bien hacés quedar a la escuela con tu honra y valentía de devolver el celular. ¡No esperaba menos! 
Laura lo miraba mientras la directora hablaba y algo la empezó a incomodar, un revoloteo en su estómago bastante extraño. Por dentro pensaba: qué bombonazo este pendejo, ¡¡está para darle!!. Se dio cuenta que estaba imaginando mal porque calculó que tenía unos 17 años. Sin dudarlo demasiado preguntó:
— ¿Cuántos años tenés?
— Tengo 18 años y el mes que viene cumplo 19. Estoy en sexto año. 
— Y ¿vas a seguir estudiando?
— Sí, en eso estoy pensando. 
— ¿Qué te gustaría?
— Quiero estudiar para ser médico. 
— ¡Mira vos!! Yo estoy en el 3er año de la carrera en una Universidad Privada. Ahora nos pidieron hacer unas prácticas comunitarias en Ciudad Alberdi. Me bajé antes y del apuro se me cayó el celular. Si a vos te interesa, te puedo ayudar con el cursillo o lo que necesites. 
— ¡Me encantaría!
— Buenísimo. Por este gesto quisiera saber cómo puedo recompensarte. Es un teléfono muy costoso y devolverlo en estos tiempos, no es algo común. 
Se rió y agachó la cabeza. —Nada, está bien, es lo que corresponde…
—Insisto, algo que te guste, ayúdame. No sé qué podés necesitar. Por acá pasan muchas necesidades imagino…
—Y… no sé…. la verdad me gustaría ir al cine. Me encantaría conocerlo. Nunca pude. No voy al centro porque la policía siempre nos detiene en cualquier parte. 
— ¡Genial! A mí, me encanta ir al cine. Pásame tu número de celular lo agendo y arreglamos en unos días.
—Bueno, anótalo. Solo podes mandarme mensajes por WhatsApp y cuando encuentro wifi te lo respondo.
Ambos se quedaron mirándose fijos a los ojos. Algo empezaba a transcurrir. 
En el aula estaban murmurando sobre cómo hubieran actuado. Algunos decían que estaba bien lo que había hecho. Otros, sacaban números de a cuánta plata lo hubieran vendido. Salieron al recreo. Buscó desesperadamente señal para ver si lo había agendado. Efectivamente. El texto decía: Bruno soy Laura este es mi número. En la semana te escribo para ir al cine. Quedó helado, pero se largó a reír. El amigo le preguntó:
— ¿De qué te reís?  
— De un chiste que me acorde —respondió. 
Siguió caminando por la cancha de fútbol, guardó el celular y se metió a jugar un picadito. 
Esa mañana todo fue bien. Comió en el Paicor, después se fue a tomar el colectivo de regreso a la villa. Llegó a su casa, saludó a su mamá, preguntó si su papá había salido a hacer alguna changa y ayudó con las tareas de su hermanita de 5 años. Estaba bastante frío, agarró una colcha, se tapó y se tiró en la cama un rato. A la hora, puso a calentar agua en la olla grande para bañarse. 
Cerca de las seis de la tarde pensó que podía ir a la plaza a ver si agarraba wifi, capaz Laura le escribía. Sabía que era sólo un ratoneo y que aunque no lo fuera, no tenía un lugar íntimo a donde invitarla. Es más, no tenía ni dónde hacerse la paja. Cuando podía se bajaba alguna foto de una minita en bolas y trataba de encontrar intimidad. Le generaba mucho malestar saber que alguien podía descubrirlo y desparramar que era un degenerado, como había sucedido con muchos de sus compañeros. En su casa era imposible. Tenían un solo lugar para todo: dormir, comer, ver la tele, recibir visitas. Hacer algo, estar sólo o bañarse implicaba pedir que el resto saliera. Y en el baño ¡menos! Una letrina con una cortina que funcionaba como puerta, con techo de chapa y paredes de block apilados y endebles. Ni la opción de la cama era posible porque la compartía con su hermana. Sus padres corrían con la misma suerte.  Algunas noches cuando por algún motivo no podía dormir escuchaba movimientos y gemidos entre las sábanas. Simulaba estar totalmente dormido, pero sabía perfectamente lo que estaban haciendo. 
Organizó todas sus cosas y le dijo a su mamá que se iría a la plaza. Había unos amigos del cole sentados con sus celulares conectados a la red. Le empezaron a llegar mensajes de todo tipo, videos, música, pero él sólo esperaba que sucediera el milagro. Se quedó hasta las 20 hs, pero ni rastro de Laura.
Volvió a su casa y cuando estaban todos en la mesa contó que había devuelto un celular. Su padre hizo un suspiro de emoción, estaba orgulloso. Con lágrimas en los ojos y poniéndole la mano en su hombro le juro que trabajaría el doble para pagarle la facultad y verlo convertirse en médico, sin dejar de advertirle que no era un camino fácil: vivir en la villa y estar en la universidad tenía sus costos. 
Llegó la hora de acostarse. No pudo dejar de pensar en Laura y en cómo sería su vida…hasta que se quedó dormido. Al día siguiente fue al cole, desesperado por agarrar el wifi. Le entraron mensajes de sus amigos, grupos del cole y de pronto, sí, mensaje de Laura:
— Hola Bruno, soy Laura la chica a la que le devolviste el celular. Quería invitarte al cine. No sé a qué ahora podríamos ir así saco las entradas.
— Hola Laura… bueno dale. A la hora que vos me digas.
— ¡Genial! Saco para el Showcase de Patio Olmos a las 19.30 el viernes. ¿Te parece que veamos la peli “Cazadores de recompensa”? me dijeron que está muy buena.
— Sí, me parece bien.
— Buenísimo. Saco las entradas, te aviso y coordinamos. 
Mientras volaba por los aires porque sin creer lo que estaba pasando, su preceptora le pidió que ya dejara el celular e ingrese al aula. Ese día no prestó atención absolutamente a nada. Faltaban dos días para encontrarse. Se llenaba de miedo porque no sabía qué hacer, qué hablar, cómo entrar a un shopping, estar en el cine. Se relajó y pensó que podría con la situación. 
En el recreo se conectó de nuevo al wifi de la escuela y vió el mensaje confirmando las entradas. Le dijo que lo esperaba a las 19 en la puerta del Patio Olmos por la entrada de Vélez Sarsfield. 
Llegó el día. Le mintió a su mamá sobre qué haría esa tarde. Pensaba que no le creería que iría de noche a la ciudad, ni mucho menos al centro. Era consciente que la policía podría detenerlo.  Los padres le habían prohibido ir al centro después de la cinco de la tarde…le preguntó si su papá había dejado plata y con la tarjeta del bondi podría arreglársela para llegar al lugar. Fue directo al frasco y saco 200 pesos. 

Se puso la mejor ropa que tenía, una camisita blanca con puntitos negros bien al cuerpo, un jean chupín todo desgastado, un abrigo liviano y las zapatillas blancas recién lavadas. Esperó el Ersa de las seis de la tarde y salió rumbo a la ciudad. Se bajó unas cuadras antes para que no lo viera y caminó hasta el lugar. Llegó sin mayores problemas y ahí estaba Laura esperándolo. Estaba tan nervioso, le transpiraba el cuerpo, las manos, pero respiró muy profundo y avanzó como si fuera todo un experto.
— Hola ¿Cómo estás? —lo saludó ella sonriente.
— ¡Bien! Un poco raro porque nunca entré al cine.
— No te preocupes, no pasa nada. 
Entró al shopping, vio todo ese lujo, luces, escaleras mecánicas, música, se sentía sapo de otro pozo. Avanzó sin dudar y feliz de disfrutar de ese momento. Sus amigos no lo creerían cuando les contara que de noche fue al centro y al Olmos.  
Definitivamente Laura le gustaba, se terminó de convencer a pocos minutos del encuentro, pero era obvio que no iba a pasar nada. Vieron la peli, compartieron pochoclos, la Pepsi y en algunas escenas de suspenso Laura le agarró la mano. Estaba entumecido porque no sabía qué significaba eso.
Terminó la película y se suponía que ahí quedaría todo. Pero no. Laura dice que vivía a unas cuadras del Olmos y que si quería lo invitaba a comer una pizza y tomar algo. Pensó que no tenía plata y que el último colectivo pasaba a las 23.30, pero no le importó, jugó con el azar y aceptó ir. Llegaron al edificio, subieron al piso diez. Se sacó el abrigo, pidió permiso para entrar y se quedó con los ojos abiertos. Vivía en un hermoso lugar; tenía piso, ventanas, tv, cable, compu, wifi todo…y con un fresco olor a lavanda que rondaba por todos lados. Lo primero que pidió fue pasar al baño. Blanco, grande, con una bañera, inodoro, espejo. Por un momento imagino todas las cosas que podían pasar en ese lugar. Enseguida se dio cuenta que nada de eso era posible. Era comer, continuar siendo respetuoso y como muy tarde irse a las diez porque llegar a la terminal caminando le llevaría como una hora. 
Comieron pizza, se rieron, la escuchó hablar de su vida y del amor. Efusivamente, en un momento le dice que siempre le gustaron los pendejos pero que, por lo general, terminaban mal esas cosas. Bruno se encogió de hombros. No tenía mucho que decir sobre su vida de la villa, pero sí sobre su deseo de ser médico. 
Entre medio de terminar la cuarta cerveza, Laura lo besa en la boca, sin dar mucha más vuelta y él correspondió. Se fueron levantando de la silla, comenzaron a sacarse la ropa, se besaban apasionadamente, se metían la lengua en cada lugar del cuerpo del otro. Cuando Laura le vio el torso, ese abdomen marcado junto al olor a perfume, se lo comió completamente. A Bruno se le puso tan dura la pija que no aguantaba y quería metérsela. No quería ser tan primitivo, pero no podía con las ganas de cogérsela. Laura estaba toda mojada, un calor interior que no podía controlar. 
Ya en la pieza, con el sommier convertido en altar sagrado y el clímax perfecto Laura le pide que se ponga el forro. Bruno no tenía. No sabía qué hacer… no insistió. De un salto propuso bajar hasta un kiosco y comprar. Laura aceptó le dijo que le abriría la puerta desde arriba y que tocara el portero. Salió desesperado, tomó su ropa desparramada y llamó al ascensor. Mientras bajaba se tocaba la cara, roja por todo el refriegue.
En el primer kiosco que encontró pidió forros y no tenían. Camino un poco. Vió otro, pero estaba cerrado. No se ubicaba, así que siguió sin rumbo hasta que descubrió una farmacia de guardia. Costaban $300, no le alcanzaba. El farmacéutico con pocas ganas le dijo: 
—  Si no tenés plata, pibe, rajá de acá. 
Miró el celular. Hacía ya una hora y pico que estaba girando buscando preservativos más baratos, pero no consiguió. Se dio por vencido. No tenía cara para volver. 
Se fue caminando hasta la terminal de ómnibus y espero que el colectivo saliera de nuevo para la villa. Su celular no tenía crédito. Además, qué le iba a decir, que no tenía plata ni para un forro. El sueño hecho realidad había llegado muy lejos. Nunca más iba a volver a verla. Llegó a la villa y se bajó directo a la plaza para tener conexión de wifi. Tenía una banda de mensajes de Laura preguntando por qué no volvía, que lo estaba esperando en la cama tocándose para él, y fotos desnuda. De la bronca, agarró el celular y lo estampó contra un paredón. Así terminaría su historia imposible. 
Pasaron diez años. Laura se recibió de médica y trabajaba en un hospital público de la ciudad. Bruno realizaba prácticas obligatorias para recibirse. Cada tanto se acordaba de la peor de sus anécdotas;  aquella chica Laura, en su adolescencia, y a veces hasta tenía la esperanza de que algún día se volverían a encontrar. 
Estaban en el hospital Misericordia, cuando entra de pronto la bedel a tomar lista y les comenta que la Dra. Méndez Díaz iba a ser la supervisora de su último año. Bruno como siempre estaba sentado en el primer banco, impoluto. 
Se abrió la puerta gris y un haz de luz que proporcionaba el sol enfocó a la nueva profesora. No podía creer lo que veían sus ojos. De Laura sólo supo su nombre, nunca el apellido. El tiempo había pasado, pero no había dudas de que se trataba de ella; su color de piel, su rostro y ese cuerpo tan bien cuidado. Aún cambiada, podía reconocerla. Trago saliva, se sentó más derecho y se acomodó el guardapolvo. Ella entró, tomó lista. De inmediato se percató: “Ledesma Bruno”. Levantó la mirada y se acomodó los lentes para verlo pero no realizó ni una mueca. Continuó la clase. 
Reinó una tensión durante 3 horas con explicaciones sobre las prácticas, trato del paciente, informes al superior, guardias, etc. Cuando terminó, y mientras todos se iban retirando, lo llamó: Sr. Ledesma puede venir…él se acercó. 
— ¿Bruno?
— Laura. 
— Todavía te estoy esperando.
— Pasaron cosas…
— Claro me imagino que pasaron cosas. ¡Diez años esperándote! ¡Menos mal que me casé y tuve una hija!
— ¡Ah! en serio…
— Ni un mensajito me tiraste… quedé colgada.
— Lo sé, pero hay una explicación.
— No me expliques nada…. andá a tus prácticas.
Bruno se quedó perplejo por la mala onda y la dureza en la voz de Laura. Agachó la cabeza, se tocó la frente y encaró para la salida. De pronto escuchó el ruido de la lapicera sobre el papel. Le escribió su  nuevo número de teléfono. 
—Te lo paso sólo por si tenés alguna duda con la parte práctica. 
Hizo una leve mueca con su boca y le dijo:
— ¡Espero no me dejes colgada esta vez!  
Al día siguiente a las ocho de la mañana estaba en la guardia del hospital atendiendo pacientes mientras Laura supervisaba la tarea. Había otros estudiantes y se hacía difícil hacer chistes o comentarios. Se ánimo y en un recetario le puso: “te espero a las dos en el aula magna”. Laura tomó el papel y sonrió.
Terminó la revista de sala -la ronda por el internado-. Comió en el comedor, fue al baño y un ratito antes de las dos estaba en el aula esperándola. Sólo quería contarle lo que había pasado años atrás y cerrar la historia. Hacía frío y se podía oler la humedad de las paredes. De pronto se abrió la puerta. Era Laura. Comenzó a explicarle lo que había pasado, pero ella se le abalanzó y lo empezó a besar por todos lados. Era una bola de fuego convertida en mujer. Le bajó los pantalones y de una manera terrible comenzó a chuparle la pija. Bruno estaba totalmente excitado. Había imaginado este momento durante años. Le sacó el guardapolvo, la remera y le chupó las tetas. Se refregaron por entre medio de los bancos, en la pared, en el piso. Le tomó su cuerpo con un sólo brazo y de un movimiento la subió en una mesa grande. La penetró con tanta fuerza, ganas, deseó, que los orgasmos de Laura se repetían cada vez más. Se movían al compás de un ritmo, como si sus cuerpos se conocieran de toda la vida. Un polvo acumulado a la deriva de un destino marcado por un olvido. Terminaron en el piso, sus cuerpos desnudos, sudados, sucios, con ese olor que el sexo produce, gemían como gatos. Bruno no aguantaba más, quería terminar, sacar toda esa leche y que le llegara hasta el fondo de su útero. Laura aceptó. Bruno sintió que toda esa energía, vida, deseo, amor era capaz de apagar un incendio entero. Terminaron, se abrazaron, y luego se cambiaron sin decir una palabra. Cuando terminó de vestirse, Laura dijo que se olvidará lo de lo que había pasado, que continuará con su vida. Bruno asintió con la cabeza. 
A los pocos meses se recibió de médico. Comenzó a trabajar en el mismo hospital. Era un destacado pediatra al que todos adoraban. Al tiempo se casó con Micaela y tuvieron una niña.
Un día recibe un llamado de la guardia por un nene que estaba con una neumonía avanzada, casi sin respirar. Dejó de atender y fue de inmediato. Cuando entra se encuentra con una mujer de espalda que estaba llorando desesperadamente. La reconoce de inmediato. Ella lo abraza, le dice que es Bruno. Sin entender nada, toma el estetoscopio para evaluar la situación. El cuadro respiratorio era grave, pidió el instrumental para intubar mientras con voz alterada y mirándolo a los ojos Laura le decía: “¡Salválo! Es tu hijo”.

Romina Querro

Romina Querro: nació en 1978 en Corralito. Vive en Córdoba capital. De profesión Lic. Trabajo Social. Amante de la música, el arte y la cultura. A partir de cursar una enfermedad oncológica comenzó a realizar talleres de escritura creativa. Descubrió  el mundo de contar historias, narrar vidas, soltar deseos y  fantasías de lugares desconocidos.

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