Nina Brugo: “Mis convicciones están por encima de todo”

La consideran una de las “históricas”. Su vida está signada por la militancia y no tiene dudas de que la interrupción del embarazo va a ser ley. Nina Brugo es abogada e integrante de la comisión redactora de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Vio nacer el reclamo en los Encuentros Nacionales de Mujeres y acompañó el proyecto las ocho veces que se presentó en el Congreso. En una entrevista con Sudestada, recuerda sus inicios en la militancia y reflexiona sobre las transformaciones al interior del feminismo.

• Por Agustina Lanza
• Foto: Reporte Austral

El sol asomó tímido para miles de personas que habían madrugado expectantes, en las calles. Esa noche el sueño no las había vencido del todo. Los fueguitos en el pavimento se habían prendido y apagado enseguida, para mayor seguridad de las presentes. Quienes intentaron contarlas dijeron que hubo un millón. Sobre Callao, desde Rivadavia hasta Corrientes. Amaneció, pero el día no había terminado para ellas. Frente a la pantalla gigante de la esquina del Congreso observaban con impaciencia los números rojos y verdes del tablero. “Resulta afirmativo”, se escuchó por los parlantes. Un grito profundo, al unísono, se escuchó en las cuadras subsiguientes. Lágrimas de alegría sobre los pañuelos verdes. La Cámara de Diputados había aprobado por primera vez en la historia un proyecto para que el aborto fuera legal en la Argentina.

Las imágenes quedaron guardadas en las cámaras y en las memorias. En medio de la multitud, las pioneras de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito se abrazaban entre sí y con las jóvenes. Una de ellas era Nina Brugo, que este año cumple 75. “En las fotos todas salieron abriendo la boca, menos yo. No festejé enseguida, quería estar segura de saber que lo que estaba pasando era real”, cuenta en esta entrevista con Sudestada, que transcurre en su oficina a pocas cuadras de la Plaza de Mayo.

Nina luce una cintita verde en la muñeca izquierda que lleva inscripta la frase “aborto legal” en letras blancas. Recuerda esa madrugada en una de las habitaciones del Hotel Bauen. Hacía cuentas como las demás para ver si llegaban a los votos y se emocionaba o se peleaba con las exposiciones de los y las diputadas. Después de haber craneado colectivamente esa ley desde la comisión redactora, allí estaba: era una espectadora más de lo que ocurría en el recinto.

Tiempo atrás

Los recuerdos que Nina tiene en su oficina son un reflejo de los espacios que transitó desde joven. Nació en Paraná, Entre Ríos, en una familia que le inculcó el catolicismo a ella y a sus hermanos. Al viajar a Buenos Aires, se anotó en la Universidad Católica Argentina. Quiso recibirse de abogada y lo logró, pese a la reprobación de su madre. Allí comenzó a entender que tenía que echar raíces en otra parte. Por esos días, Nina participaba en la corriente de la opción por los pobres, tenía vínculos con el Concilio Vaticano II y militaba en barrios de la provincia de Buenos Aires. Hoy asegura que perseguir sus ideales le costó muchos vínculos e incluso dice que hay parientes de ella que se cuelgan el pañuelo celeste.

–¿Los comienzos de tu militancia te abrieron camino hacia el feminismo?

–En ese momento, no lo asumíamos como tal. Considerábamos que era necesaria una revolución sociopolítica, pero, en ella, el rol de la mujer era secundario para nosotros. Una feminista que conocí entonces me dijo que “no nos ocupábamos de la temática de la mujer” y yo lo veía, lo percibía; pero creía que eso venía después. Fui co-fundadora (si se puede llamar así) de lo que fue el Movimiento Evita, que era sindical y territorial. Yo tenía más contacto con lo territorial, con los sectores más populares de la zona norte del Gran Buenos Aires. La rama femenina del peronismo me parecía espantosa, porque las mujeres adornaban las unidades básicas. Servían empanadas y café a los varones. Yo para eso no estaba de ninguna manera. Con el tiempo fui cambiando mi forma de ver, los años me llevaron a conocer un poco más el feminismo.

En su juventud, Nina conoció a Juan Ferrante y se enamoró. Él era uno de los ideólogos del Movimiento de Curas del Tercer Mundo y había pasado tiempo en la cárcel durante el gobierno de facto de Alejandro Agustín Lanusse. En 1974 él dejó los hábitos, se casaron y tuvieron dos hijos.

“Mi marido era un intelectual, compraba muchísimos libros. Llegó a perder tres bibliotecas a raíz de los allanamientos que le hacían en la búsqueda de información acerca de él. ‘Te estas gastando toda la plata en libros’, le dije. Entonces empezó a comprar libros de feminismo y me los ponía en la mesa de luz y me decía ‘ese es tu tema, eso es lo tuyo’. A veces, hasta los leía y los subrayaba”, cuenta.

Asegura que en los 44 años que pasaron juntos “su casa nunca se conformó patriarcal”: “La división del trabajo en el hogar estuvo al comienzo de la pareja. Eso de que los varones no saben o no pueden encargarse de las tareas es mentira, puro cuento. Si quieren aprender se les nota. Cuando lo conocí a Juan, me dijo que de cocina no sabía nada, hasta que empezó a cocinar mejor que yo”.

La familia estuvo en peligro en la última dictadura: los militares los estaban buscando. Dejaron su casa para ir a vivir a La Plata, hasta que Gerardo, el hermano de Nina, los ayudó a exiliarse en Brasil. Días después, ella se enteró de que lo habían secuestrado.
“Fue el 23 de marzo de 1981. Nunca más supimos de él. Este año, los días previos al 24, fui al Parque de La Memoria y habían quitado su placa sin avisarme. La volvieron a colocar, pero borraron su historia de la web. Reclamé, pero sigo sin respuesta. Eso me tiene muy triste”, reconoce.

Créditos: Tiempo Fueguino

En la gesta

“¿Qué diría la gente, recortada y vacía / si un día fortuito, por ultra fantasía / me tiñera el cabello de plateado y violeta / usara pelo griego, cambiara la peineta / por cintillo de flores: miosotis o jazmines / cantara por las calles al compás de violines / o dijera mi verso recorriendo las plazas / libertado mi gusto de mortales mordazas? // ¿Irían a mirarme temblando en las aceras? / ¿Me quemarían como quemaron hechiceras? / ¿Rogarían en coro, escuchando la misa? / En verdad que pensarlo me da un poco de risa”.

El poema de Alfonsina Storni está impreso en un póster violeta del Encuentro Nacional de Mujeres de 2004, que Nina pegó frente a su escritorio. Cuando volvió del exilio, en 1984, se enteró de que había mujeres organizándose en el país. Dos años después decidió asistir al primer encuentro, que tuvo lugar en el Teatro San Martín, en Capital Federal. La experiencia la transformó. “Me enamoró”, dice. Hoy tiene récord de asistencia: no faltó a ninguno.

–¿Qué análisis hacés de las transformaciones que atravesaron los Encuentros hasta hoy?

–En el ’86 vi la fuerza de las mujeres, la potencia creadora de la red, y dije ‘de aquí va a surgir el cambio’, el surgimiento de la posibilidad de hacer una sociedad mejor. De hecho tenía razón. Hoy hay una unión en esos feminismos, que no son solamente las mujeres sino la diversidad sexual y los varones, también. Lo observo en la masividad de los últimos años. Hay que reconocer que ningún partido político jamás ha podido hacer utilidad de los encuentros. Pensaron lo mismo respecto de la potencialidad, con la intención de sacar una tajada. No lo lograron. Cada taller tiene una impronta y esa impronta la da cada espacio. De ahí surge la práctica feminista. Hoy la mayoría considera un orgullo haber estado en un encuentro. Al principio, decirlo nos avergonzaba.

–En los encuentros estuvieron las semillas de las conquistas…

–Los derechos reproductivos y el derecho al aborto fueron dándose paulatinamente. Primero fue la anticoncepción, hasta que logramos tener talleres respecto del aborto. Las mujeres antiderechos obstaculizaban el debate. Por eso, durante muchos años, tuvimos que hacer estrategias para hablar de eso, si no no avanzábamos. Nosotras influimos en todas las leyes de diversidad sexual y demás cuestiones. La realidad política y social siempre pasaba por los encuentros.

–¿Creés que estamos subestimando a los antiderechos?

–La sociedad argentina no está dividida en dos. O sea, puede haber luchas, pero considero que estamos lo suficientemente maduros para aceptar lo que pasa. Acá el asunto no es sólo la cuestión de la interrupción del embarazo, sino todo aquello vinculado a la formación de género y de Educación Sexual Integral (una ley de 2006 que no se cumple). ¿Cuántas muertes hubiésemos evitado al día de hoy? No podemos hablar de que los antiderechos sean mayoría o la mitad. Nuestra lucha es nuestra capacidad de decisión. De hecho creo que el aumento de femicidios se debe a que la mujer dijo “basta” y no lo conciben quienes han sido formados desde otro punto de vista. Hay una efervescencia en la práctica de la gente que lucha por los derechos de las mujeres, que asume, respeta y reconoce. No solamente los jóvenes sino, también personas mayores. Tanto mujeres como varones.

–¿Cómo ves el reclamo de la plurinacionalidad?

–Los pueblos originarios estuvieron desde el comienzo. Tengo los cuadernos de aquel entonces y puedo mostrar con toda solvencia que es así, que hubo talleres sobre esas realidades desde el principio.

El reconocimiento

El día de la votación en Diputados, Nina se durmió a las 3 de la madrugada para levantarse a las pocas horas. Salió del hotel Bauen y caminó las cuadras que la separaban de la intersección de Callao y Rivadavia. Estaba sorprendida por la cantidad de gente que se agolpaba a esas horas de la mañana en la calle. Alguien le tocó el hombro y ella volteó. “¿Nina Brugo? –indagó una periodista del diario El País– Necesito entrevistarla, estuve buscándola. La única información que tenía de usted era esta foto suya”.

Después de la nota, la periodista le pidió una foto. “Quisiera retratarla rodeada de mujeres”, le dijo. Entonces llamó a un grupo de 15 pibas que dormitaban en la vereda tapadas con mantas. Posaron encantadas, para ellas Nina era un ejemplo de lucha. Todas eran estudiantes del Liceo Francés, uno de los colegios más elitistas y caros del barrio de Núñez, el mismo al que asiste la hija del presidente Mauricio Macri.

Créditos: Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito

Las escenas de reconocimiento se replican. Cada vez que Nina participa de alguna jornada, aunque sea de espectadora, las presentes la aplauden, la besan, le acercan una silla y le piden unas palabras.

–Muchas feministas te consideran una de “las históricas”, ¿cómo habitás esa figura?

–Enseguida me acuerdo de las anarquistas de principio de siglo xx y digo “no, paren la mano”. Ellas sí que hicieron historia en 1907 cuando lograron la Ley Palacios, contra la trata, y los 30 días de licencia por maternidad, que hizo que Argentina jugara un papel muy importante en el mundo. Después fuimos consiguiendo otras legislaciones. Puede ser que tengan razón respecto de lo que dicen de mí. Quizá sea por el hecho de haber estado en todas partes. Puedo tener muchas cosas autorreferenciales, pero no me las creo, no me creo superior a nadie. A mis hijos siempre les dije que no se les ocurriera hacerme elegir entre ellos y mi militancia, porque no sabría qué elegir. Me considero un ser humano que ha dedicado su vida a sus convicciones. Están por encima de todo.

Nota publicada en la edición 157 de Revista Sudestada (2019)

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