“Nos dejaban detenidas, aún cuando terminó la dictadura”


Muchas travestis y mujeres trans sostienen que aunque la dictadura terminó, la mayoría no disfrutó de la democracia hasta después de muchos años, y todavía quedan otras tantas más que viven perseguidas, violentadas y con sus derechos vulnerados. “Para las travas, la libertad no se cortó recién el 24 de marzo de 1976 y mucho menos se recuperó en 1983. Para el colectivo trans la represión y la tortura no terminaron con el comienzo de la democracia, siguieron durante décadas”, dice la escritora Camila Sosa Villada en el podcast del Archivo de la Memoria Trans.

Por Florencia Da Silva

Mariana Fernández, conocida como la Choco, nació en Goya, Corrientes, pero al poco tiempo de su nacimiento se mudó con su familia a Rosario, lugar en donde todavía reside, milita y lleva un comedor popular.
A la Choco la conocimos en el Encuentro de San Luis. Flameaba una bandera del orgullo y después de que unas compañeras nos negaran una entrevista por vergüenza a la cámara, ella y su amiga nos dijeron “nosotras sí queremos”. Nos dimos vuelta y  ahí estaba Mariana, con su dulzura y generosidad. Nos contó que era sobreviviente, que era una chica de 61 años, que estaba feliz porque era su primer encuentro. Quedamos en contacto y hace pocos días hablamos por teléfono para que nos cuente su historia.
Mariana a los seis años comenzó a sentirse distinta de las personas que la rodeaban. “Había hombres y mujeres pero yo no sabía en qué lugar estaba, me sentía ahogada, no encontraba el lugar donde yo podía caber. En ese momento no sabía que había gays, que había travestis. La palabra era ‘puto’, o ‘mariquita’, y eso a mí me marcó mucho porque no podía ir a la escuela, no tenía cumpleaños, me escondían cuando había fiestas, no tenía mucho contacto con la familia. En mi casa me torturaban por mi voz, mis hermanos me pegaban, me decían que hable como hombre”. La familia de Mariana era religiosa y pertenecía a un pequeño pueblo en el que las tradiciones y los mandatos eran la regla. Su padre era policía, machista y violento. Al igual que muchas travestis y mujeres trans, tuvo que dejar la escuela de manera forzada por las violencias que recibía. “La escuela era otra tortura. En ese momento no se me notaba en el cuerpo, sino que por mi voz. Todos me decían que yo tenía voz de mujer. En ese tiempo yo no sabía qué voz tienen los hombres y qué voz las mujeres, para mí eran todas iguales. Mi voz me perjudicaba porque iba a la escuela, yo hablaba y los pibes me decían ‘mariquita’, ‘puto’. Entonces eso me perjudicaba para estudiar. La maestra me trataba mal por mi aspecto. Tuve que salir de la escuela por la violencia de los pibes y de la maestra. Me pegaban. Una vez me pusieron una lapicera en la cola, y la maestra en lugar de defenderme me retó”, contó Mariana. Y agregó: “No sé por qué tanta maldad con una criatura. Recordar es doloroso. Nací así, me costó aceptarme, me costó lágrimas, golpearme en la cara, golpearme contra la pared. Yo misma no encontraba quién era y tampoco me aceptaba porque nadie me apoyaba. Pensaba que era la única en el mundo, me decían enferma. Mentalmente me estaba enfermando, era horrible vivir de esa manera”.

La Choco vivió una infancia en la que le prohibieron jugar con las nenas porque tenía que jugar con los varones, pero las madres de esos chicos tampoco la dejaban ya que decían que “era una mala influencia”. A los 12 años conoció a Nancy. “Cuando la conocí, Nancy me entendió y me apoyó. Yo lo único que le dije es que quería vestirme de mujer para ver lo que se sentía, porque quería encontrarme. Ella me apoyó y me vistió. Junté ropa de mi mamá, un pañuelo que me ate a la cabeza, un vestido largo, unos zapatos y un buzito, así nomás. Y me fui a su casa. No veía la hora de realizar ese sueño, fui y ella me vistió. Un día pasó una pariente mía, le contó a mi mamá y con mi papá me fue a buscar. El sueño que era maravilloso, se volvió en una tortura porque me dieron una paliza tremenda”.
Años más tarde su familia la llevó a la iglesia evangélica del Reverendo Cabrera para “quitarle el diablo”. “Me decían que estaba enferma, que tenía el diablo adentro, que estaba poseída, que tenía un espíritu malo en el cuerpo, entonces me llevaban a la iglesia, a los curanderos. Era horrible, me pasaban un gallo por todo el cuerpo para que me volviera un chico, un hombre, pero yo me sentía chica”.
Como no podía ir a la escuela, le dijeron que tenía que trabajar. Su familia tenía pocos ingresos, por eso a los 15 años comenzó a trabajar en una fábrica de bicicletas. “Ahí también tenía que comportarme como hombre. En ese lugar, un chico me dijo que yo no era la única, que había un montón de personas en otros lados y que yo las tenía que buscar. Así fue que me llevó a una plaza donde había personas como yo. Me iba todos los sábados a buscarlas. Ahí conocí a muchas y ahí empezó mi vida como travesti. Era tan maravilloso encontrarlas, hablar y vestirme como quería, no tener que esconderme. Pero era solo de noche, de día tenías que volver a ser el chico. Había policías que nos llevaban presas y nos torturaban”.
La Choco vivió parte su adolescencia y juventud durante la última dictadura militar en Argentina. La historia de las travestis durante el terrorismo de Estado está invisibilizada. Sin embargo, ellas también fueron perseguidas y una de las razones principales de sus secuestros, detenciones, torturas y desapariciones fue su identidad de género. Muchas contaron que les cortaban el pelo, las violaban y a la mayoría de ellas no las buscaba su familia porque habían sido expulsadas de sus hogares, por  -entre otras razones- no se sabe el número exacto de las víctimas pertenecientes al colectivo. Hay muchxs activistas que para visibilizar a las personas LGBTIQ+ desaparecidas, reclaman la cifra 30.400 pero otrxs dicen que están incluidxs en lxs 30 mil, aunque sabemos que es una cifra estimada ya que muchxs no fueron reconocidxs y muchos casos todavía siguen ocultos. “La dictadura fue terrible. No nos podíamos defender. Nos llevaban al cuartito azul y nos violaban, nos tiraban agua, nos pegaban, nos obligaban a que los chupemos, nos meaban. En la celda nos seguían torturando los pibes y los policías se reían. No fue fácil salir a la calle porque la policía te llevaba. Fueron décadas y décadas, no sabíamos a dónde ir. Buscábamos un rincón para ir a trabajar porque teníamos que sobrevivir. Nuestra supervivencia no fue buena, porque no teníamos oportunidades. Nuestras oportunidades eran una esquina y estar presas”, relató la Choco. Además, expresó: “La clandestinidad era estar encerradas. Nos dejaban detenidas, aún cuando terminó la dictadura. Donde estábamos detenidas se escuchaban voces, pero era subir por una escalera con la frente baja, con las manos cruzadas y atadas por la espalda. Era caminar y no ver nada. Nos metían palos, nos escupían, nos meaban, nos acababan”.
Aunque actualmente estemos en democracia, todavía se vulneran derechos básicos, se lxs persigue y las libertades para las personas de la comunidad travesti y trans fueron, y todavía son, escasas. Fue recién hace 10 años que se sancionó la Ley de Identidad de Género, que permite modificar el nombre, la imagen y el sexo registrado en los documentos. “Estábamos en democracia y seguíamos detenidas. Recuerdo que nos seguían sacando plata los policías, éramos negocio para ellos. Incluso cuando se iniciaba un nuevo policía tenía que acostarse con una travesti como obligación. Nos buscaban a nosotras las más débiles, porque no teníamos a quién denunciar. En democracia hemos sido detenidas. Hay compañeras más jóvenes que yo y están destruídas mentalmente y físicamente por golpes, por el hambre, por el frío. En democracia la policía me rompió toda la boca, yo tenía una dentadura perfecta y me dieron un puñetazo, que me dejó todos los dientes metidos adentro de la boca, los que me quedaban, y estábamos en democracia. La policía nos genera un enorme miedo enorme a nosotras. Veo un uniforme y empiezo a temblar”.
Mariana es de las pocas compañeras travestis que llegaron a cumplir más de 60 años. La esperanza de vida de la comunidad travesti-trans en Argentina no llega a los 40. “Hoy en día tengo la reparación histórica, pero nada me va a devolver lo que me quitaron, porque me quitaron todo: la risa, la escuela, mi familia. Pero por lo menos voy a tener hoy en día una vejez como la gente, aunque todavía me cuesta salir a la calle.  Por más plata que recibas, nada va a recuperar lo que perdimos, pero al menos hoy en día tengo mi casita, la estoy arreglando, me compre un lavarropas automático, puedo bañarme con agua caliente, tengo mi heladera llena y podré tener una vejez tranquila. Con esta reparación me podría quedar en casa, pero sigo luchando por mis compañeras y para las nuevas generaciones”.
La Choco sigue militando y luchando por los derechos de sus compañeras. “Siendo travesti no hay oportunidades. Tengo amigas con estudio y siguen en una esquina. Si yo no tuve oportunidad de trabajo, libertad para vivir mi identidad, para caminar por la calle, quiero que la tengan las nuevas generaciones. Lo quiero para mis compañeras que hoy tienen 40 o 50 años y están trabajando en la esquina, con el peligro que corren. Mataron a muchas y nadie se hizo cargo de nada. También hay compañeras de 16 a 20 años que están prostituyéndose porque no les dan oportunidades de trabajo. Algunas están estudiando. Luchamos para que tengan oportunidades, así sea limpiando, cuidando enfermos. Hoy en el cupo laboral entraron pocas personas. Hay como 2 mil que se anotaron y no tienen oportunidad. Un bolsón de mercadería es la oportunidad que te dan, y montos que no alcanzan para sobrevivir”.

Por otro lado, Mariana lleva adelante un comedor que le da de comer a 200 personas. Comenzó durante la pandemia y lo pensaron como un refugio para las travestis y personas trans. “Nosotras pasamos por un montón de pandemias: el sida, la tuberculosis, sífilis y esta pandemia que fue muy difícil porque nosotras dependíamos de la calle y salíamos igual. Nos cerraron las puertas. Así que el comedor que iba a ser para las travestis fue para muchas más personas, compartíamos lo poco que teníamos. Lo empezamos a hacer en la calle y había mucha gente que tenía la necesidad de comer de todos los barrios. Pudimos ayudar a un montón de personas, hacíamos guisos, locros, cuando nos donaban cosas. Así se fue conformando el comedor de las travestis”.
Hoy la Choco comienza a atravesar la vejez pero su lucha no se detiene. Afirma que seguirá militando y colaborando con la lucha hasta sus últimos tiempos. “Falta mucho por recorrer. Hay un montón de compañeras que nos metimos en los partidos políticos porque eso nos dio una mano para salir adelante y se nos abrieron muchas puertas. Una vez, una compañera me preguntó si algún día iba a terminar todo esto y yo le dije no, que íbamos a seguir perseguidas, presas y muertas. Ella no está más, la mataron con cinco tiros, pero me gustaría decirle que todo lo que ella pensó cambió. Cambió mucho, pero falta todavía. El trabajo y una obra social es lo más esencial. Ahí estaríamos bien y me podría morir en paz”.

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