Pensarnos en Cuarentena

Habrá que tomar nota, en estos días de encierro, soledad y vínculos interrumpidos, en la forma en que nosotros mismos vamos a elegir contarnos esta historia. Un narrador de lo cotidiano, un poeta de los barrios, un cronista siempre del lado de los humildes, nos puede ayudar mucho a entendernos mejor en esta jaula. Bernardo Penoucos abre sus redes para dibujar los contornos de este presente de cuarentena.

* Por Bernardo Penoucos

En tiempos de aislamiento obligatorio será tiempo de extrañar: las plazas amuchadas, las sobremesas eternas, el arte callejero, los besos multitudinarios, el necesario acercamiento sin restricciones, la normalidad de chocarnos en las calles, los recreos ruidosos del Cole, el mate compartido en la tribunita del club barrial, el pogo sin represiones en el recital, los ojos cerca, el picadito de la semana, los bancos amorosos de los parques, el contacto, el otro y la otra, nosotros y nosotras, la necesidad intacta de lo colectivo por sobre lo individual.
La certeza compartida de que somos segundos en lo eterno, pedacitos desorientados en lo etéreo, hormigas con un poco de miedo en la inmensidad, brazos que sin otros brazos nada, motivos que sin otros motivos nada, voluntades que sin otras voluntades tampoco.
Será tiempo, entonces también, de volver a trabar en el medio, recuperar la pelota embarrada y salir a jugar juntos de una vez por todas y para siempre.

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Después de esta cuarentena tendrían que llegar, como mínimo, cuatro más. A saber: una para cuidarnos y cuidar de que los panes y los libros les lleguen a todos.
Otra para repensar la cultura del femicidio instalada estructuralmente.
Una tercera para entender que sin Estado que intervenga no hay comunidad que se salve.
Y una cuarta para saber que el mate compartido más los besos y los abrazos que ahora debemos administrar, también nos salvaban de toda desesperación y de toda angustia que insistía con quedarse para siempre alojada en el rinconcito más triste del alma.

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Cuando el virus importado insiste con el encierro, la casa que me habita se vuelve poema y todas las ventanas dan a la libertad.

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Y quién te dice que no sean los canarios desplumados que olvidamos en sus jaulas los que ahora nos ayuden para abrir las nuestras.

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¿Vieron que no queríamos que se pare el mundo para poder bajarnos? Ahora que el mundo parece un páramo y la calle una pausa, no vemos la hora de volver a encontrarnos.

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La enfermera que le mete 12 o más horas de laburo y va en bici hasta el hospital y el inútil que está con su tabla de surf en Pinamar.
La médica que llora en el pasillo del sanatorio porque no da más y el inútil que mete una persona en el baúl para que le limpie su mugre.
El que tiene que salir a vender lo que sea para llevar el mango y el inútil que sale para organizar una fiesta.
Los que quieren y los que nunca quisieron.
Fíjate de qué lado de la grieta te encontrás.

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Al virus este habría que avisarle que en estos pagos:
De los hijos nacieron madres y abuelas.
Del hambre nació la organización y la solidaridad
Y del olvido impuesto nacieron memorias.
Vamos a ver si así se le anima a tanto…

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Si las calles están desiertas, pero la música sigue saliendo emancipada desde las ventanas o se filtra riendo por las cerraduras y el aislamiento y el silencio y el virus importado también tienen un contrincante invisible: le dicen canción.

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En un tiempo, y cuando el temblor haya pasado, también salgamos desde los balcones a aplaudir a los trabajadores de la salud cada vez que exijan mayor presupuesto y salarios dignos.
Que la memoria no nos traicione cuando la calma regrese.

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¿Cuántas pandemias nos faltan atravesar para que la mezquindad y la miseria solo sean anécdota?

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De esta salimos. Todas y todos. Vamos a volver a encontrarnos porque está en la esencia más profunda el contacto, el abrazo y la reunión.
No importan las mezquindades que afloren en estos tiempos, porque en otros tiempos lo mismo existieron. Lo que importa es que todas y todos guardamos hermosamente la necesidad pura y la pura pulsión divina de seguir reconociéndonos en la mirada del otro.
Esa pulsión y esa necesidad es el tesoro blindado que ningún virus, ninguna crisis y ninguna guerra pudo jamás destruir.

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Los que levantaron casas y edificios, los que asfaltaron calles, los que armaron las plazas, los que eran mozos, quienes recorrían a caballo el campo, los peones y los carpinteros, los que fueron colectiveros.
Los que trabajaron toda su vida.
Las y los que tuvieron hijos, nietos, bisnietos.
Todas y todos ellos que gastaron huesos y pobrezas y esperanzas en el siglo anterior.
Todas y todos ellos desmayándose en una fila, cansando los huesos dolidos durante toda una noche, cagados frío y cagados de hartazgo.
Así trata el sistema a las y los viejos.
Ese lugar les asigna: la espera eterna para que una ventanilla de cobro le dé el billete que en un par de días será polvo en el almacén de barrio y en la farmacia imposible de siempre.

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Los que te mandaron un mensaje, un chiste o una foto.
Los que te preguntaron cómo la llevas.
Los que te escribieron “contá conmigo cualquier cosa y para lo que sea”.
Los que te llamaron para ver qué onda la cuarentena.
Los que preguntaron cómo la llevan tus hijos, si están muy aburridos, si están bien y si se la vienen bancando.
Los que te dijeron “que ganas de juntarnos loco”.
Los que te extrañan y a quienes extrañas.
Ellas y ellos son tus imprescindibles para el resto del viaje.

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Las pequeñas cosas se agigantan y, como canta Peteco, lo cotidiano se vuelve mágico. Porque el pasto del terrenito de enfrente crece y la pelota hace rato que no pica por ahí.
Porque los escenarios están vacíos y hay un silencio paria en esa ausencia del todo.
Porque quiero ir a la plaza con mi negra y que vea a sus abuelos y que la levanten y la besen y ya hace un mes y pico que nada.
Porque las escuelas están vacías y nadie corre por los pasillos y nadie toca ninguna campana.
Porque la mesita del bar nos espera confundida a qué lleguemos rápido y riendo.
Porque por un tiempo vamos a andar con media cara tapada con un pedazo de tela y el beso será lujo y el abrazo planificado.
Porque en realidad no somos más que hormigas un poco asustadas, porque en realidad sin el otro somos miedo, porque la verdad es que solos podemos poco.
Porque ansiamos con desvelo que lo cotidiano de antes regrese y nos diga que volvimos al ruedo, al ruido y al calor de la multitud.
Porque cuando creíamos que podíamos con todo, en realidad no podíamos tanto.
Porque más temprano que tarde la pelota va a besar la tierra, el brazo será con otros brazos y el virus importado será ceniza que nunca más.

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“Disfruten el tiempo libre y sean creativos”, dice algún conductor de TV alucinado por las luces y la estupidez a sueldo.
La TV es una bazooka mecánica de lanzar estereotipos irreales: así hace ejercicios el jugador profesional de no sé dónde, así se maquilla en su casa la señorita modelo de no sé cuánto, de esta manera aprovecha el tiempo la conductora con sus dos divinísimos hijos en su jardín del edén.
Señoras y señores: resulta que se nos cae el mundo otra vez y que esa caída tiene nombre y apellido, resulta que estamos aislados de un bicho malo que no inventamos nosotros, resulta que nuestros rostros serán cubiertos por un pedazo de tela, resulta que nuestras hijas y nuestros hijos irán esquivando los virus que otras tierras inventaron.
La historia se repite de nuevo como tragedia.
Yo no quiero este tiempo libre sin libertad.
Este distanciamiento sin abrazar.
Señoras y señores: resulta que al mundo lo han tirado de nuevo y resulta que la creatividad no es tan necia y tan otaria como para andar moviendo sus creaciones esquivando muertos y ruinas, contagios y distancias, plazas enrejadas y silencios obligados.
Debe haber un tiempo para la rabia, para la bronca y para el dolor. En ese tiempo también tendremos que saber gritar nuestra furia y nuestro desencanto.
Ojalá la poesía logre ser una vez más ese tiempo.

***

Un perro raquítico a esta hora de la noche y en el medio del silencio frío, pelea con una bolsa de basura en la calle desierta, intenta abrirla, intenta comer. Otro perro, dentro de una casa y con una reja de por medio lo ladra y lo camorrea, celoso de una basura que no le pertenece y de un hambre que no tiene.
Yo, un tercero imparcial, observo desde mi ventana la escena desoladora en la que el ladrido de ambos se hace eco en una urbe sin autos y sin gente.
Ninguno de los tres nos animamos a nombrar la palabra libertad.

***

La próxima vas a ir a ese asado.
No te vas a colgar mirando ninguna serie y vas a jugar el fulbito que habían organizado.
La próxima no la vas a dejar esperando en la mesa de ningún bar y vas a llegar a tiempo.
La próxima vas a pasar por lo de tus viejos que viven lejos y que te daba paja ir, pero la próxima vas a ir más allá de la distancia.
No vas a querer faltar a la escuela por la play ni por nada que se le compare a un recreo ruidoso y pegajoso.
No vas a querer quedarte en la cama con el face mientras los pibes se juntaban dónde siempre.
La próxima no lo vas a pensar tanto.
No vas a inventar excusas increíbles.
La próxima vas a ir, vas a llegar y vas a encontrarte con los tuyos y con los otros también. Porque a fin de cuentas uno nunca sabe, pero de verdad que nunca sabe cuándo el mundo puede pararse y dejarnos en pausa apilando nostalgias al costado del camino.

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