La pandemia que nos parió

Por Hugo Montero

Algo se tensó en este tiempo de miedo y amenaza. El tejido social solidario se puso a prueba en cuestión de semanas. De frente a la cuarentena y sus límites impuestos, contaminados por el temor que genera una pandemia que sigue multiplicando contagiados y sumando muerte cada día, de lo profundo de los barrios emergieron expresiones que dan cuenta de una importante porción del pueblo dispuesta a dar siempre una mano frente a una emergencia. Vale anotar, ante este episodio inédito, imprevisible, histórico y global, que las reacciones populares dejaron una huella empática y generosa que vale la pena rescatar como primer (y provisorio) balance positivo ante una crisis sanitaria y social profunda y todavía en desarrollo.
El trabajo de riesgo de los y las trabajadores de la salud se ganó el respeto unánime y hasta el reconocimiento de sectores que, hasta semanas atrás, cuestionaban a viva voz cualquier reclamo de este sector por mejoras salariales o por falta de personal y de insumos. De repente, una parte del país abrió los ojos y descubrió que médicos, doctoras, enfermeras, técnicos de laboratorio, personal de limpieza y administrativo, recolectores de residuos, repositores de supermercados y otros oficios en manos de la clase laburante, eran la única llave que permitía (y aún permite) pensar con cierto optimismo en abrir la puerta para salir del abismo que propone un virus creciendo en los números en rojo tras cada jornada. Del mismo modo, el esfuerzo de la comunidad científica, sintetizada por el extenuante trabajo del plantel del Hospital Malbrán, ganó protagonismo y notoriedad, pasando de un rincón opaco a las noticias más comentadas en las redes sociales, destacando que cada hallazgo o paso adelante del sector científico es un avance social determinante que nos sirve a todos y que puede ofrecer una tregua ante la ofensiva asesina del virus. Pero más allá de esta mirada agradecida ante el trabajo de sectores estratégicos que ayudan a batallar contra la crisis, también emergieron diversas y cotidianas expresiones solidarias que merecen apuntarse en tiempo presente, porque el esfuerzo de todos y todas persiste más allá del cierre de esta edición: los militantes y voluntarios en los comedores populares que garantizan el plato de comida para los pibes, la gente anónima que ayudan a las personas en situación de calle, algunos comerciantes minoristas que ceden algunos productos de primera necesidad para sectores sin recursos o defienden precios razonables para no estafar a su clientela pese a la presión de los intermediarios, los pibes que se ofrecen para hacerle los mandados a los viejos en su barrio y los vecinos que intentan ayudar a mantener los vínculos humanos interrumpidos por el aislamiento obligatorio, son los ingredientes de un estofado popular que tiene aroma solidario y calor de compañeros. Al mismo tiempo, las redes sociales se transformaron en caja de resonancia de tanto afecto marcado por la distancia, pero también permitió potenciar a quienes defienden la alegría como trinchera desde cada pequeño espacio, descubrir artistas fuera de la agenda de los grandes medios de comunicación, generar debates interesantes y análisis varios sobre la coyuntura, ayudó a transitar los baches de angustia y ansiedad y fue canal de expresión básico para todos desde el dispar refugio de sus domicilios.

Gente que no
La lógica contracara de este fenómeno solidario también cuenta con su necesario registro. Conviene no olvidar nunca cada una de las reacciones mezquinas, codiciosas, miserables y egoístas que también marcaron ese tiempo que nos toca. Las miserias que desató la cuarentena son parte de la historia gris de esta cuarentena. Del lado de quienes sacan ventaja de la desesperación ajena, podemos mencionar a los grandes dueños del país: Paolo Rocca de Techint funciona como síntesis de un grupo de patrones que aprovecharon la ocasión para despedir trabajadores, para dejar miles de laburantes en las calles o para descontar salarios de forma arbitraria, confirmando la falta absoluta de escrúpulos pero también aprovechando la lentitud del Estado a la hora de reaccionar frente a la creciente ola de despidos con la excusa de la cuarentena. También los empresarios del comercio, que manipulan los precios en virtud de su ambición y oportunismo, y hasta acopiando reservas de productos de alta demanda (como el alcohol en gel en los primeros días, por ejemplo) tal como se descubrió que implementaron las patronales de la corporación Farmacity. La Argentina “de los vivos” (según la definición del presidente Alberto Fernández), quedó demostrado en estas semanas (más allá de los controles del Estado para preservar los precios al consumidor minorista), está más vigente que nunca y los que ganan siempre son los mismos. Del mismo modo, vale anotar aquí a varios comunicadores de los medios hegemónicos, que tomaron en sus manos la defensa de los intereses patronales con una vehemencia propia de mercenarios, como Jonatan Viale, Alejandro Fantino y Cristina Pérez, quienes de frente a las cámaras no se ruborizaron a la hora de defender empresarios que despedían trabajadores, sin preocuparse nunca por el destino de los laburantes que quedan en la calle en plena pandemia.
Profundizando el análisis hacia un costado social, aquí podríamos anotar la gravedad de los femicidios registrados durante los días de cuarentena: hasta el 15 de abril, el número asciendo a que mujeres muertas en manos de la violencia machista, y los casos de abuso y violencia doméstica también se multiplicaron durante el período de aislamiento social obligatorio. Una vez más, el Estado se mostró incapaz de generar una respuesta al flagelo del femicidio, sin generar medidas acordes al contexto (la propuesta del “barbijo rojo” fue duramente cuestionada por casi todas las organizaciones feministas), y sin reparar en que la mayoría de los casos que terminan con la muerte de una mujer presentan antecedentes registrados de violencia doméstica. En un eslabón inferio a la hora del cuestionamiento, habrá que anotar aquí a quienes se lanzaron con desesperación para adquirir todo el stock disponible en supermercados de alcohol en gel y hasta de papel higiénico, sin reparar en lo peligroso y absurdo de esa reacción, más cercana a la respuesta egoísta que al pánico habitual del ignorante. Todos los que priorizan en todo momento la salida individual, el “sálvese quien pueda” como manotazo de ahogado sin detenerse un minuto a pensar en el otro, ocupan su lugar de privilegio en este apartado. Por supuesto, los repetidos abusos policiales callejeros contra pibes en las barriadas populares se sumó la actitud de vecinos que se encargaron de asumir una postura hostil y hasta policial contra todo transeúnte, sin reparar en las razones de cada quien para circular por las calles. Lo paradójico es que muchos de estos mismos vecinos son los que piden comida por teléfono y potencian el tránsito de jóvenes en moto por las calles de la ciudad, pibes que trabajan para empresas que no se preocupan por la salud ni por los riesgos que corren sus empleados a partir de un régimen de explotación criminal y de un vacío legal que, como siempre, beneficia al empresario y perjudica al trabajador. La actitud individualista y desconsiderada se reforzó aún más con la imagen de enormes caravanas de turistas disponiéndose a aprovechar la cuarentena para viajar hacia zonas balnearias, como si de vacaciones se tratara, y la actitud hostil de los contingentes de ciudadanos argentinos exigiendo el regreso al país, con malos modos y hasta destrato e insultos hacia la tripulación (conformada exclusivamente por voluntarios) de Aerolíneas Argentinas, muchos de ellos de regreso al país y sin aceptar las condiciones de aislamiento sugeridas para quienes retornaban de viajes desde zonas de alta densidad de contagios. En ese mismo tono, hubo quienes se dedicaron a difundir mensajes amenazantes e intimidatorios pegados en varios edificios contra la presencia de trabajadores de la salud y laburantes como repositores de supermercados, por convivir en los mismos ámbitos y esos otros que forzaron a trabajar, la mayoría de las veces a riesgo de descontarles el sueldo, a sus empleadas domésticas como en tiempos donde la esclavitud no había sido abolida. Apenas se difundió el rumor de que el Estado, ante la situación de emergencia sanitaria, iba a hacer uso de los recursos disponibles de la medicina privada, numerosos beneficiarios del sistema de salud prepago reaccionaron protestando por la supuesta pérdida de sus privilegios, repitiendo el clásico argumento meritócrata de quienes pueden pagar una salud de primera y quienes no tienen acceso a ella. Una vez más quedó en evidencia que una porción importante de la sociedad padece una enfermedad más peligrosa aún que el coronavirus: están enfermos pero de odio, de resentimiento social y de carencia de empatía. La sola idea de pretender salvarse de forma individual en mitad de una crisis global que ataca por todos los flancos al mismo tiempo confirma que este sector social desnuda una peligrosa dosis de ignorancia, egoísmo y resentimiento, una mezcla turbia que impide ver más allá de cualquier necesidad individual y que oculta una mentalidad profundamente excluyente, elitista y miserable.

Un gobierno ante la crisis
Para analizar la gestión de gobierno de frente a la pandemia hay que establecer un quiebre claro el 3 de abril. Antes de esa fecha clave, la opinión generalizada era que la decisión de imponer el aislamiento social obligatorio a partir del 20 de marzo fue un acierto importante. A diferencia de sus pares de Brasil o de Ecuador, que dilataron la decisión, minimizaron el peligro y hoy padecen las consecuencias, y del discurso que bajaba desde la administración Trump en Estados Unidos, que cuestionaba el impacto humano del virus (y que en estos días superó la cifra de muertos de Italia y concentra la mitad de contagiados, transformándose en el foco central a nivel mundial), el presidente Alberto Fernández dispuso la cuarentena ante las primeras señales de la llegada del virus en la Argentina persiguiendo dos objetivos: demorar la mayor cantidad de tiempo posible el contagio masivo, con la evidente intención de ganar tiempo, y al mismo tiempo evitar un colapso del ya de por sí deficiente sistema sanitario público local. Las cifras de muertos y contagiados en Italia y España actuaron como alarmas determinantes para apurar una decisión que, si bien fue un hallazgo a la hora de proteger a los sectores más vulnerables al contagio, también provocó una agudización de los problemas económicos de un país endeudado y en profunda recesión, como el nuestro. En esas primeras jornadas, la aparición frecuente del Presidente en programas televisivos y conferencias de prensa, apelando a un discurso simple y coloquial, sin abusar de cifras y apelando hasta a gráficos estadísticos, la decisión de priorizar la salud por encima de la economía y la instalación oficial de la consigna “Quedate en casa” como aporte individual, más la suma de un paquete de medidas paliativas (que no resuelven ninguno de los problemas de fondo de un país que tiene la mitad de su población por debajo de la línea de pobreza y al menos un tercio del mercado laboral en manos de la informalidad, ahora paralizado), al menos ayudó a frenar cualquier expresión de pánico y descontrol social en las primeras semanas.
Detrás del discurso presidencial se unificaron referencias políticas de varios colores partidarios, aunque resultaba llamativa (hasta el mencionado 3 de abril) la ausencia casi total de protagonistas de la oposición macrista en el escenario político en tiempos de pandemia. De forma evidente, la política del macrismo de vaciamiento de la salud pública en beneficio del negocio privado y hasta la degradación del Ministerio de Salud a Secretaría, actuó como silenciador para las referencias del gobierno anterior y para establecer como mirada casi unánime, que esta crisis hubiese sido aún más grave si la gestión a la cabeza era la del plantel neoliberal saliente. De todos modos, queda claro que ciertas oleadas de opinión en las redes sociales mantuvieron viva la impronta macrista a partir de mensajes cuestionadores de las medidas oficiales, y hasta logaron imponer el fenómeno de cacerolazos de repudio a la gestión en algunos barrios porteños en aquellas primeras jornadas. Lo cierto es que hasta el 3 de abril el gobierno nacional mostró reflejos y encadenó algunas buenas decisiones, lo que generó un clima de confianza y hasta la certidumbre de que los pasos elegidos hasta ese día habían sido los correctos.
Pero el 3 de abril todo cambió. Ese día, el colapso generado por las colas interminables de jubilados, donde una multitud de adultos mayores se agolpó frente a los bancos a la espera de cobrar sus magros haberes, puso en jaque todas las decisiones que pretendían resguardar la salud de los sectores de mayor riesgo y dejó en evidencia una realidad cruda y cotidiana: primero, los bancos siempre ganan, en cualquier contexto, y les preocupa nada la salud de sus clientes. Segundo, el Estado está en manos de personal inoperante e ineficiente –incapaz de organizar, prever o actuar con celeridad ante cualquier situación de crisis social– y lenta de reacción frente al hecho consumado (la noche anterior había claras señales de lo que podía suceder, con jubilados haciendo largas colas de madrugada frente a los bancos). Tercero, la respuesta de los simpatizantes del elenco gobernante, justificando a través de las redes sociales el error grave a partir del famoso recurso de “antes era peor”, demuestra el peligro de la ausencia de capacidad de crítica, aun cuando las cosas se hacen mal y se pone en juego la vida de la población a partir de una falla burocrática-administrativa inadmisible que debería haber generado algún pedido de renuncia como mínimo.
Al viernes negro le siguió el escándalo por los sobreprecios pagados por el Estado en la compra de algunos alimentos para la canasta de productos con precios regulados. El papelón fue asumido por el propio Presidente y le costó el puesto a quince funcionarios, pero permitió que la corrupción volviera a ocupar el primer plano en el escenario mediático y hasta abrió la puerta para la reaparición de figuras del elenco macrista, opacadas durante toda la crisis pandémica. El siguiente fallo oficial quedó al desnudo luego de la firma del decreto que prohibía lo despidos y las reducciones salariales durante sesenta días: la respuesta de varias patronales poderosas fue despedir trabajadores sin preocuparse por el DNU y sin recibir por parte del Estado ninguna sanción conocida. Una vez más, queda claro que una medida sin control posterior, más que una medida es una postura retórica. La represión policial en las puertas del Frigorífico Penta, en Quilmes, fue otro eslabón en la misma cadena de desidia estatal: 140 trabajadores despedidos padecieron la represión policial con balas de goma y palazos por reclamar sus fuentes laborales y el pago de salarios adeudados. Horas después, tanto la intendencia de Quilmes como la gobernación de Buenos Aires negaron haber ordenado la avanzada represiva contra los trabajadores y separaron de sus cargos a las autoridades policiales, situación que genera un doble problema: o bien existió una mentira oficial para ocultar la orden, o peor aún, la policía actuó con autonomía o por órdenes de la patronal del Frigorífico. En ambos casos, la consecuencia fue decenas de trabajadores reprimidos por efectivos de la Bonaerense.
Al cierre de esta edición, los laburantes que tienen que salir a la calle a ganarse el mango para garantizar un plato de comida cada día, se la rebuscan como pueden y hasta viajan en transportes públicos –otra vez– sin las condiciones de aislamiento sugeridas para evitar el contagio. La necesidad comienza a ensanchar brutalmente la brecha entre los que pueden atravesar esta cuarentena con la comodidad de garantizarse un estilo de vida similar al que tenían, y quienes se ven desprovistos de recursos mínimos, muchas veces generados por changas y trabajos informales, para obtener una mínima retribución que aporte a la subsistencia. Los parches oficiales, a través de subsidios selectivos, no alcanzan para paliar una problemática social que incluso va más allá de la pandemia: la falta de trabajo y el hambre son variables presentes en millones de hogares argentinos y este elemento se agravó con los límites impuestos por la cuarentena. El discurso de priorizar la salud por encima de la economía puede sonar positivo para el sector social que todavía se mantiene en condiciones de protegerse del contagio a través del aislamiento, pero para millones de laburantes la realidad comienza a resultar agobiante.
Al mismo tiempo, también resulta interesante mencionar en este punteo urgente ciertos elementos que van más allá de lo material y que tienen que ver con revalorizar aquello que se pierde en instancias críticas como las que atravesamos. Se hizo evidente la necesidad de recuperación de los vínculos afectivos, la necesidad humana de relacionarse entre amigos, familiares y compañeros, ganó un protagonismo que parecía relegado detrás de tanto aislamiento social previo, potenciado por el individualismo de las redes sociales y cierta mentalidad defensiva y mezquina que prioriza lo individual por sobre lo colectivo. Se trata entonces de prestar atención a los sectores que, durante estas jornadas de cuarentena, la están pasando mal y, al mismo tiempo, no olvidarse nunca de las poderosas lecciones que cada día nos va marcando por el camino. Proteger los sectores vulnerables, desnudar las miserias de los privilegiados, denunciar la mezquindad de los oportunistas y miserables, bancar a quienes le ponen el cuerpo a la pelea contra la pandemia, reivindicar a quienes se suman al combate fraternal para dar una mano. De eso se trata, al menos al cierre de esta edición urgente, desprolija y siempre en borrador.

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