Polosecki: lo extraordinario respira en lo cotidiano

El 3 de diciembre de 1996, Fabián Polosecki, “Polo” terminaba con su vida dejando una breve pero intensa carrera periodística en la televisión de los años 90. Alguien que marcó a una generación en la manera de entrevistar en los territorios, que resaltó el trabajo en equipo –y entre amigos– como trinchera de resistencia en años de indulto, video clips y cámaras ocultas. Con sus programas El otro lado y El visitante irrumpieron en la pantalla de Canal 7 de forma inesperada. A partir de un rating insólito para la temática y el horario logró ganarse el respeto y la fama entre muchos colegas y televidentes. Fue así que logró ganar tres Martín Fierro y consolidó su nombre como estandarte de una forma nueva de hacer periodismo: evitar la bajada de línea, mostrar sin querer convencer, preguntar sin juzgar, escuchar y ser parte, despojarse de los prejuicios.
Elegimos hoy, a 25 años de su muerte, publicar la introducción del libro “Polo: el buscador” de los periodistas Hugo Montero e Ignacio Portela, editado por Sudestada en 2005. Veinte años atrás, en agosto de 2001, surgía Sudestada e investigar la historia de Fabián Polosecki fue uno de las principales desafíos para buscar ese “otro periodismo”.

Por Redacción Sudestada

En cierta ocasión, el escritor Osvaldo Soriano reconoció entre sus deudas pendientes la de escribir una novela que sólo transcurriera de noche, en Buenos Aires. “La idea es metaforizar eso: trabajar algo absolutamente nocturno. Esa trama me sacaría de encima numerosos problemas, ya que de noche el mundo se restringe mucho. La noche es de gatos, de putas, de travestis, de trabajos nocturnos. Tiene sus médicos, sus abogados. Es un mundo de novela policial. Difícilmente se puedan encontrar personajes convencionales”, explicaba Soriano sobre su proyecto, finalmente frustrado por la muerte.
Sin embargo, su idea quedó colgada del tiempo y fue retomada por otras manos, en otro formato. El periodista Fabián Polosecki, quizás sin proponérselo nunca, tomó la posta dejada por el escritor y se lanzó a escribir su propia novela nocturna. El resultado de su experimento fue la creación de una bellísima saga de historias subterráneas sobre gente común, que golpeó los televisores de muy pocos argentinos durante los noventa, década negra para la creatividad en la televisión argentina. Negra, tan negra como la textura inasible de esa noche que Soriano y Polosecki entendían como parte intransferible de su entorno, como escenario natural para sentarse (o caminar) y ensayar historias de la nada, de los suburbios, de la gente nocturna como ellos.

Polo y su equipo


La aparición del programa de Polosecki a principios de los noventa representó algo más que una bocanada de aire fresco, fue la definitiva imposición de un estilo inédito en televisión, abordando una temática original y atractiva, acercándose a personajes que parecían hasta ese momento limitados casi con exclusividad a las páginas policiales de la prensa gráfica. La clave fue detenerse en aquellas historias que ya nadie se preocupaba por escuchar. Esa nueva mirada que se instaló a partir del impacto de El otro lado se basaba en la búsqueda de historias que estaban allí, casi ocultas en las calles de Buenos Aires, y de personajes que ya no aguardaban el arribo de descubridores de ningún tipo. En la perspectiva de Polo, un ciego alcanzaba la misma dimensión que una estrella de cumbia o un vendedor ambulante en los trenes. A partir de esa novedosa perspectiva, el programa de Polo se encargó de correr las luces y enfocar la mirada hacia esas miles de historias escondidas en las sombras de la vida diaria y protagonizadas por ladrones, por vecinos, por trabajadores –todos ellos actores de reparto para el entonces floreciente negocio de la televisión privatizada–. Y el mensaje se cruzaba en un universo televisivo donde burlarse de la gente era un recurso fácil y efectivo, donde el objetivo era ridiculizar al otro. Si los programas de mayor audiencia elegían para burlarse a los inmigrantes, a los viejos, a los personajes de la calle; el ciclo de Polo apostaba por todo lo contrario: escucharlos, respetarlos y cederles un espacio que nadie jamás pensó que merecieran. El resultado conmueve, aún hoy. Y el fenómeno apareció en el aire, como gigantesca paradoja, en la pantalla del símbolo máximo de la decadencia televisiva: el ATC de Gerardo Sofovich, en 1993.

Polo entrevistando en la cárcel


La idea nuca fue romper, pero la llegada de ese mensaje novedoso no pasó inadvertido: mientras la tendencia marcaba que los periodistas intentaban ganar un protagonismo mayor que sus entrevistados, Polosecki ofrecía arduas entrevistas, en extensión y profundidad, donde su voz se perdía en el relato del otro, que atravesaba como un río la pantalla y resaltaba como nunca una verdad poética apenas reservada para pocos: lo extraordinario respira en lo cotidiano. Porque siempre era el otro el que verdaderamente tenía algo para contar. 
Cuando la televisión parecía sólo campo fértil para famosos de efímera relevancia, El otro lado primero y El visitante, después, se encargaron de poner en primer plano a desconocidos, a marginales, a gente de a pie
Justo en momentos en que la calidad de un producto televisivo parecía incapaz de alcanzar un mínimo nivel de exigencia artística, de esfuerzo creativo; el proyecto de Polo creció con los meses hasta alcanzar producciones donde se conjugaban la belleza de las imágenes con la riqueza y el cuidado de los textos, ejecutando secuencias antológicas que aún perduran en la memoria de muchos (y pocos a la vez) que iban topándose casi al azar con el programa. 
Es verdad que hoy la realidad de Polosecki se mezcla demasiado con la leyenda que fueron construyendo muchos (pocos) de sus seguidores. Es posible que la dificultad para conseguir las cintas de sus programas alimente la fantasía y rodee todo de una especie de halo misterioso. Quizás también haya que reconocer que la decisión de terminar con su vida lo haya separado un poco del rigor periodístico a la hora de escribir cualquier reseña sobre su corta vida y su valiosa obra. Pero lo indudable, luego de observar la lamentable sequía de ideas que sigue imperando en los medios de comunicación, es la riqueza de esa mirada revolucionaria que agrietó las paredes de la televisión y permitió que entrara un poco de luz, que empezó a mostrar otra forma de reflejar la realidad y que terminó por motivar a muchísimos a intentar adoptar ese mensaje, a transformarlo y a reproducirlo.
Esta investigación, que atraviesa los hechos que marcaron su vida y su trabajo, no es otra cosa que una mirada subjetiva, cargada de matices y sensaciones personales, que crecieron a la par de ese ciclo televisivo que nos cautivó tiempo atrás y que no puede quedar en el olvido. No hay aquí pretensiones biográficas “definitivas”, como suele decirse, ni mucho menos agudos enfoques ensayísticos sobre su obra. Lo que dominó a esta investigación desde un principio es la necesidad de saldar una vieja cuenta con un pibe llamado Fabián Polosecki, a quien le debemos como periodistas algo más que este proyecto. De allí la decisión de comenzar a desandar el camino de una vida breve, pero intensa. De allí el impulso para aprender a buscar, para seguir los pasos de un periodista que hoy, a escasos años de su muerte, se encuentra amenazado por el olvido más absoluto. Aunque parezca absurdo, las cintas de El otro lado y El visitante (alrededor de ochenta programas), grabadas en un tipo de video con una vida útil limitada, no encuentran voluntarios para pasar todo el material a formato digital por un costo mínimo. “En nuestro país, ser moderno es olvidar pronto”, dijo alguna vez el poeta Jorge Boccanera. Y los hechos parecen darle la razón. 
Hoy, el nombre de Polosecki se confunde con una sombra que él jamás se ocupó de alimentar, más allá de los rasgos oscuros de su personaje televisivo. Entrevistar durante horas a amigos, familiares y compañeros de trabajo nos permitió descubrir en Polo una personalidad luminosa, plena de alegría y rebosante de proyectos, lejos del perfil que se fue armando en los medios desde la ignorancia de una pereza mental casi teatral, de aquellos que necesitan que todas las piezas encajen para que el final de la historia tenga sentido.

Polo en set de grabación con su máquina de escribir


Pero las piezas no encajan, es así. Y el final de esta historia no tiene sentido. 
Su amigo Marcelo Birmajer asegura que su muerte es un misterio, y que hay cosas que hay que aceptar que son un misterio. “Buscar respuestas fáciles es una falta de respeto para él y para nosotros mismos”, señala Birmajer. No se trata entonces de indagar en el pasado para rastrear claves para su suicidio. De ningún modo. Tampoco de construir una historia a partir de una mirada necrológica, que sólo se detenga en el morbo y se preocupe por los detalles de aquel último impulso que lo llevó a arrojarse debajo de un tren el 3 de diciembre de 1996. Los méritos de Polo son demasiados como para poner el acento en su final trágico, y su trabajo es un universo pleno de luz y de creatividad. Hacia allí elegimos dirigir nuestra mirada.
Después de tantas pequeñas historias que a partir del talento de Polo pudimos conocer, bien vale intentar acercarse un poco a su propia historia. Y en ese intento nos embarcamos desde estas páginas. Porque sentimos también desde el comienzo la necesidad de transmitir esa propuesta, de combatir contra el olvido, de valorar tanto esfuerzo y hasta de defender una forma de crear tan particular en un país que no celebra a los brillantes, sino que los aísla, los desgasta y los condena al silencio. Los que sobreviven (y más en un mundo como el televisivo), son esos trepadores sin ideas que copian como si nadie tuviera memoria, y que tienen todo de su lado. Por eso nos ocupamos de rescatar a uno de los nuestros.
Su trabajo fue algo nuevo, tan simple y tan extraordinario como eso. 
La noche, metafórica y literalmente, fue su entorno natural. Sus criaturas permanecen todavía allí, como esperando otra vez aquella breve oportunidad de contar sus historias ante oídos atentos, respetuosos, nocturnos. Esa presencia afectuosa que se percibía en cada entrevista donde lo que en definitiva existía era la necesidad de sentarse horas y horas con la gente para escuchar, por fin, una buena historia.

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