¿Por qué hoy es el día de la mujer migrante?

Marcelina Meneses era mujer, pobre y inmigrante. Eran las nueve de la mañana del miércoles 10 de enero de 2001. El nuevo año había llegado junto a una ola de calor atroz. Los termómetros decían que hacía exactamente 40º, pero la sensación térmica era de 46º y los habitantes de Buenos Aires, desarrollaron insólitas estrategias de supervivencia. El tren de la línea Roca, ex TMR, que une la provincia con la Capital, iba a más de 80 kilómetros por hora. Todas las puertas y ventanas de los vagones estaban abiertas, sin embargo, la locomotora no echaba humo por la cresta, sino por los hierros de los vagones que se derretían. Los pasajeros asfixiados, trataban de no tocar las paredes del tren como si fuera una plancha eléctrica encendida hace varias horas.
Marcelina tenía 31 años, era boliviana pero vivía en Quilmes. Ese día iba en el tren para llevar a su hijo al médico. Desde el hospital Finochietto – en Avellaneda- la habían citado para el control de Alejandro Josua Torres, el niño de 20 meses que llevaba en brazos. Marcelina advirtió que se acercaba la estación donde debía bajar. Trató de acercarse a la puerta del tren, repleto de gente colgada de los pasamanos. “No empujés, boliviana de mierda”, le dijo un hombre a quien Marcelina había rozado apenas. Entonces, los demás pasajeros soltaron, contra Marcelina, una seguidilla de insultos xenófobos y de otros desprecios. La zarandearon, la empujaron. Por fin llegaban a la puerta, pero aun no se divisaba la estación de Avellaneda donde Marcelina y Josué debían bajar. El tren continuó su marcha alborotada.
Eran las 9.30 de la mañana, el inicio de un día pegajoso y sucio. Los insultos no cesaron: “estos bolivianos siempre jodiendo”, le dijo el guardia del tren que estaba parado en la puerta y se movió como si le hiciera lugar, pero la empujó… Marcelina y Josué cayeron. En el último momento Marcelina trató de sujetarse de algo, de alguien. Pero no vio ninguna mano extendida. Cayeron abrazados, solos, a enfrentarse con el dolor infinito. Ninguna palabra puede describir el instante entre ellos y los rieles del tren. Se oyó un grito inmenso cargado de angustia y nada más.
En la siguiente estación, los hombres y mujeres que habían insultado a una mujer con un niño en brazos bajaron despreocupados, no se sentían culpables. Sólo eran una boliviana y su hijo. Pero Julio Cesar J. no entendía. Había intentado intervenir y le dijeron: “Qué defendés vos, si estos bolivianos son los que nos vienen a quitar el trabajo. Igual que los paraguayos y los peruanos”. Él lo vio todo, él vio la cara del asesino que empujó a la mujer y al niño. Denunció el hecho a la comisaría de Avellaneda y relató: “Fue una cosa de segundos. Se había sumado otra gente. Hubo más insultos y escucho que uno que estaba de ropa de Grafa le dice a un compañero: ‘¡Uy, Daniel, la puta que te parió, la empujaste!’”. De no haber sido por Julio Cesar J., éste abominable suceso no se habría conocido. La policía recogió los cuerpos y archivó el caso caratulado como: “accidente incierto”. La empresa TMR lo desconoció: dijeron que la mujer estaba caminando entre las vías del tren y que murió al ser rozada por el ferrocarril.
Tras una larga lucha, en 2012 se declaró el 10 de enero como el Día de las Mujeres Migrantes en la Ciudad de Buenos Aires por la Ley 4409/12. Las condiciones que posibilitaron el asesinato de Marcelina y su bebé y la falta de justicia posterior son las mismas que el gobierno y los medios masivos están reimpulsando en los últimos años, y especialmente en las últimas semanas: la xenofobia a lxs inmigrantes pobres.
Hoy como ayer, seguimos pidiendo justicia por Marcelina y Josué. Y seguimos luchando contra quienes promueven y se benefician del odio.

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