Positivo / Juan Solá

Querido Sur,

te escribo esta carta desde Buenos Aires, llegué hace unos días de San Luis y me quedo un par más por aquí porque mi amiga Paz presenta su libro y quiero estar con ella.
Con Luciano volvimos a vernos después de unos cuantos años de distancia. No es que estuviéramos peleados o algo por el estilo, simplemente ocurre que algunas amistades se diluyen y concentran de forma alternada y con cierta regularidad a lo largo de la vida, y resulta que la nuestra es un poco así, como los púlsares, que irradian luz en intervalos, pero a la vez poseen un intenso campo magnético. Es ese magnetismo lo que siempre me tranquiliza cuando nos toca algún período largo sin vernos. El último duró lo que duró su última relación.
En esta oportunidad, el encuentro nos descubrió más adultos, más conscientes de quienes somos, de nuestras tristezas y nuestros regocijos. Entre risas de humo y mates, hablamos de muchas cosas y entre esas cosas, hablamos de Luciano y el día que le dijeron que tenía VIH.
En la cafetería donde me siento a escribirte, una señora se saca el cubreboca, resopla enojada y exclama que está podrida del virus, que a ver cuándo se termina. Su intolerancia me conmueve: quisiera contarle que el VIH ya cumplió los cuarenta y acá estamos todavía, esperando la cura, insistiendo en políticas de Estado que habiliten un abordaje integral de todo este asunto que sólo ha servido para fomentar discursos de odio contra ciertas comunidades.
Luciano dice “somos el negocio más grande de las farmacéuticas” y resopla igual que la señora. Me cuenta del día que le dieron el resultado, de cómo lloró todo el camino de vuelta a casa pensando que el mundo se le desarmaba sobre la espalda. Hoy, varios años después y con el acompañamiento que recibió, Lu ya no siente nada de eso. Me cuenta que al poco tiempo de recibir la noticia, se empezó a hablar de I = I (indetectable es igual a intransmisible, una campaña global que visibiliza cómo una persona con VIH en tratamiento, manteniendo la carga viral indetectable por más de seis meses, no transmite el virus a otras personas) y que aquello le dio un empujón vital para encarar todo lo que vendría después. Qué importante que es, querido Sur, que nos hablen de las cosas que nos asustan. Es como si las monstruosidades de nuestra cabeza se apaciguaran frente a las palabras. El consuelo no existe, pero el diálogo se le parece demasiado.
Todavía hay testeos de VIH en exámenes preocupacionales y existe un rechazo tremendo a la Educación Sexual Integral por parte de sectores conservadores. La discriminación pone en peligro la vida de las personas, una pandemia silenciosa que se cobra decenas de existencias cada día por falta de información y empatía. ¿Qué se hace, querido Sur, frente a la malintencionada ceguera del mundo? Tal vez seguir gritando.

Buenas noches,
Juan.

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