Postales del subsuelo: escenas de lo cotidiano

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza

Por Nina Ferrari

“Un guiso de papas rojas” de Gisele Zingoni

Cuando Pablo apareció el viernes con la bolsa de papas rojas, Laura se entusiasmó, pensó que significaba un avance en la relación. Quería cocinar para ella un guiso que había aprendido en sus clases de chef. La receta lleva champiñones y fueron juntos a comprarlos, pero no consiguieron y se conformaron con el menú del día del bar de enfrente. Cuando volvieron al departamento él le contó lo del viaje y le prometió que hoy pasaba. 
Antes de salir para la oficina, Laura saca las papas rojas de la heladera, las huele y las aprieta; le parece que todavía están buenas. Le quiere dar una sorpresa a Pablo. Él siempre dice que ella vive en la luna, pero esta vez prestó atención a la receta mientras él le contaba y la anotó. Se va a poner contento, piensa, a él le gusta enseñarle cosas y desafiarla. Siempre fue así, desde que eran chicos. Y a ella le gustan esas competencias que terminan en cosquillas, en besos, en la cama. Niña, adolescente, mujer: todas confluyen en Pablo como lagos en un río. 
Cada vez que piensa que va a estar quince días sin verlo es como si volviera a esa época en la que su mamá la dejaba en el jardín y ella creía que no la iba a volver a ver, hasta que entendió que la madre siempre volvía a buscarla. Pablo también vuelve siempre, aunque esté algunos días desaparecido por la mujer, por los hijos, por los viajes de trabajo. Tiene que enfocarse en los momentos que él puede regalarle.
De camino a su casa, compra dos bandejas de champiñones. Al llegar, acomoda los ingredientes y confirma que estén todos: cebolla, pimiento, ajo, manteca, aceite, vino blanco, champiñones, papas rojas. Antes de empezar, le manda un mensaje a Pablo: que ya está en su casa, que lo está esperando. Le diría que lo extraña mucho, pero no quiere parecer intensa, se contiene. 
Pone a hervir las papas con cáscaras, leyó en internet que así conservan el sabor y los nutrientes. Debe dejarlas quince minutos. Pablo no contesta. Tiene que controlarse, no puede pasar lo de la última vez que le mandó treinta mensajes y él le dijo que eso era lo que él podía darle, que era eso o nada. No quiere arriesgarse. 
Pica la cebolla, el pimiento, y el ajo. Cada tanto mira de reojo el celular. Pablo sigue sin responder. Revisa su conexión a internet y se saca una selfie cocinando. Piensa que una imagen no es tan intimidante como volver a decirle que lo está esperando o preguntarle si le falta mucho, pero decide no enviársela. 
Corta los champiñones en rodajas finas. Él le prometió que iba a pasar un rato, tiene que confiar, necesita confiar. Su mujer da clases hasta tarde. Su mujer, su mujer, su mujer. Lo repite en voz baja como el por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. La angustia la siente en el hueco entre las tetas, se lleva la mano libre a ese lugar, la empuña y se acaricia. Después sacude la cabeza para olvidarse de la mujer de Pablo y termina de cortar los champiñones a un ritmo más rápido. 
Pincha con un tenedor las papas. Están listas, las saca del fuego. Ni señales de vida de Pablo. ¿Por qué no la elige a ella? La conoce desde antes que a su mujer. Se tiene que dar cuenta solo de que están destinados a estar juntos. Cuela las papas, las deja con el colador en la pileta, tienen que estar tibias para cortarlas en rodajas. Se sirve un vaso de vino, hay suficiente para el chorro que lleva el guiso, y dos botellas más para cenar. Pone a calentar dos sartenes. Uno para freír la cebolla, el pimiento y el ajo. Otro para derretir la manteca y saltear los champiñones. Bebe el vaso de vino en menos de dos tragos. 
La cebolla tiene que estar transparente; los champiñones, más oscuros. Pablo sigue sin contestar. Su última conexión fue hace cinco horas. ¿Debería preocuparse? Para soportar el silencio de su celular, busca música en Spotify. Música para cocinar, escribe. Aparece, como primer tema, One de U2. “Is it getting better. Or do you feel the same?”. 
Echa un chorro de vino en la sartén de las cebollas. Se sirve el resto de la botella. Revuelve ambas preparaciones, y luego las mezcla. Prueba, cree que a Pablo le va a gustar. Se toma todo el vaso de vino. No debería estar tomando vino, sabe cómo se pone. Apaga la música, y le saca una foto a la sartén. Ya no le importa darle una sorpresa. Se la envía, y le pregunta dónde está, si va a venir; le dice que lo espera, que la comida está casi lista. 
Va al baño, se lleva el celular. Se sienta en el inodoro, y mira hacia el techo; el halo que ve alrededor de la luz de la lámpara le indica que está mareada. Se saca una selfie. Tiene los ojos colorados. Se la envía a Pablo: que venga como sea, por culpa, por lástima, porque sí. No se tolera así, no le gusta nada. La psicóloga le dice que primero debe amarse a ella misma, que no puede depender de él, que él no la elige, que lo deje ir, que haga un duelo, pero el duelo es una puerta que no está dispuesta a abrir. 
Le llega un mensaje. Es Pablo. El corazón empieza a latirle más rápido. Perdón, estaba en el avión, dice él, me adelantaron el vuelo y no llegué a avisarte. Ella va a contestarle que se vaya a la mierda, pero apaga el celular, lo deja en el baño y vuelve a la cocina. Va a hacer de cuenta que no le importa. ¿Y si la psicóloga tiene razón y detrás de esa puerta no hay abismo, sino inmensidad? 
Toca las papas que están en el colador, ya están frías. Elige una y la muerde. Es la primera vez que prueba una papa roja; es dulce, no le gusta y la escupe en el tacho de basura. No aguanta. Vuelve al baño a buscar el celular. Lo enciende. No hay ningún mensaje más. Pablo no le dijo nada sobre la comida. Empieza a escribirle que se vaya a la mierda, que no lo quiere ver más; tiene que ser fuerte, poder decírselo, priorizarse, pero borra todo y lo apaga otra vez. Lo guarda en el cajón de la mesa de luz. 
Al guiso le falta un poco, cree. Abre la botella de vino y se queda un rato con la vista clavada en la preparación. Luego revuelve. Todo lo que quieras darle a él, dátelo a vos misma, le dijo un día la psicóloga. Ella lo intenta. Va a comer sola en el balcón, eso va a hacer. Es una noche hermosa de primavera, él se lo pierde. Sale con la botella. Toma un sorbo de vino, mientras mira el cielo. Está un poco nublado. Distingue una única estrella, perdida en esa inmensidad que se parece bastante a la nada. 

Gisel Zingoni.
Vive en Rosario. Se formó en Escritura Narrativa en Casa de Letras y en diversos talleres. Algunos de sus cuentos se publicaron en antologías. Publicó el libro de relatos Ombligos (Editorial Bärenhaus, 2021). Actualmente coordina el taller literario Las madres en la literatura.

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