Postales del subsuelo: los bordes de la escritura

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza

Por Nina Ferrari

“Amigas” de Alejandro Marticorena

Raquel y Esther se conocían desde pibas. La facultad de Psicología de la UBA las había visto poblar, junto con otros cientos de discípulos de Freud, las vetustas aulas del aún más vetusto edificio de la avenida Independencia, en aquellos tiempos en que las ideologías aún eran algo por lo que valía la pena luchar, arriesgarse y hasta morir. 
Raquel y Esther compartían bastantes cosas más que una ideología (el socialismo cubano), una religión (el judaísmo) o una carrera (la psicología). Eran amigas desde la tierna edad de los 6 años cuando, acompañadas cada una por su madre, se mirarían por primera vez en la puerta de la Escuela Normal N° 12 “Juan Arístides Erraúspe”, una cálida y lluviosa mañana de marzo, con la década del 60 apenas comenzada y con The Beatles aún desconocidos para el mundo. 
Raquel y Esther se recibieron de psicólogas con 10 días de diferencia, en el año en que Argentina salió campeón del mundo siendo, a la vez, sede de ese inolvidable y ambivalente Mundial ’78. Apagados ya los festejos del fútbol, ambas festejarían meses después, con algunos compañeros y compañeras de facultad, la alegría del título universitario; felicidad empañada por el recuerdo de Claudia, Beto y el Negro Ortiz, tres compañeros de militancia desaparecidos sin dejar rastro y de quienes, al menos por esos días, jamás se había vuelto a saber nada. 
Raquel y Esther conocerían a sus futuros maridos en el mismo viaje a Cuba ya entrada la primavera democrática alfonsinista, en tiempos en que llevar bajo el brazo libros que trataran sobre la realidad de la isla o sobre teoría marxista ya no era peligroso para la salud. Paradoja o no, sería ese mismo viaje el que comenzaría a dañar una amistad que todos consideraban indestructible. 
Aunque no sería el viaje en sí el que comenzaría a separar a Raquel y Esther, sino las relaciones amorosas con esos dos jóvenes judíos y militantes comunistas. El tiempo, ese feroz erosionador de rocas y voluntades, transformaría a un Abraham idealista en una estadística más a favor de aquello de que es tan natural ser comunista a los 20 como ridículo seguir siéndolo a los 40. Lo que, claro, no sucedería con Bernardo, quien a los 40, sin ser ese idealista ingenuo de los 20, aún mantenía intacto su asco por todo lo que significara desigualdad, miseria, falta de oportunidades e injusticia. Es decir, los productos típicos del capitalismo dependiente argentino. 
Las discusiones que ambos maridos comenzarían a tener a lo largo del noviazgo (que Esther prolongaría un año y medio más que Raquel) irían incubando entre las dos parejas una grieta que se convirtió en ruptura declarada cuando ya eran matrimonio. 
En efecto, la amistad entre Esther y Raquel sufriría su prueba de fuego en 1988, con motivo del alzamiento carapintada que posibilitaría que los medios masivos incluyeran en sus crónicas el apellido Rico. 
Algún extraño mecanismo que quizás ni la psicología lograría explicar, haría que Abraham expresara, en una cena, su admiración por ese militar carapintada que (en sus palabras) “puso las bolas sobre la mesa en función de sus ideales”.
En ese encuentro estaban las dos amigas, sus maridos, y Carolina y Pocho, una pareja de ex compañeros de militancia en las épocas previas a la dictadura que comenzó en 1976. Esther, su marido Bernardo y la pareja de ex-militantes (que debieron exiliarse en Suecia durante los años de plomo) creyeron al principio que era una broma de mal gusto de Abraham.
Apenas minutos después descubrieron con amargura que no. La primera en perder los estribos fue Carolina. Pocho la siguió un rato más tarde. Lo acusaron de desmemoriado, de panqueque y de traidor. Esther, y sobre todo Raquel –quien intentaba una postura componedora para no arruinar la reunión– quisieron indagar con la mayor frialdad posible en los fundamentos racionales de Abraham. Le pidieron que se explique, y le dijeron que a todos les extrañaba profundamente escuchar esos argumentos de su boca siendo que, doce años antes, personas como ese militar carapintada que ahora él defendía habían sido responsables de la desaparición, tortura y asesinato de Claudia, Beto y el Negro Ortiz, cuestión que constaba en los expedientes del juicio contra la Junta de Comandantes del Proceso de Reorganización Nacional.

Abraham se mantuvo en sus trece. Esgrimió algo acerca de la perspectiva histórica, argumentó con imprecisión palabras sobre una supuesta flexibilidad a la hora de interpretar los hechos, e intentó relativizar la ideología setentista apelando a palabras tales como “fanatismo” y “errores graves de caracterización política”.
Una hora después, estaba claro que la cena había atravesado un punto de no retorno. Carolina lloraba en la cocina, abrazada a Pocho. Esther y Bernardo discutían acaloradamente con Abraham, Y Raquel intentaba absurdamente contemporizar en medio de una guerra de argumentos que ya había pasado a los agravios personales, e hizo que su amiga Esther la calificara de cipaya, acomodaticia y cagona.
Doce años y dos hijos cada una después, las amigas de la infancia se reencontrarían en la cola de un supermercado. Corría julio de 2002. Ambas, sin saberlo, vivían muy cerca una de otra, desde que Raquel se mudara como consecuencia de su separación de Abraham quien, al decir de ella, “estaba cada día más facho y todo tiene un límite”. Sin llegar a reconstituirse una amistad por demás dañada y abandonada en el galpón de la memoria, el encuentro serviría para intercambiar algunas lágrimas de compromiso, abrazos y direcciones de e-mail. A partir de allí, las ex-amigas comenzarían a escribirse con asiduidad. 
Comenzando por recetas de cocina judía, pasando por los recuerdos ineludibles de la infancia y la adolescencia, y culminando por los motivos de la ya añeja pelea, Raquel y Esther podrían de a poco ir reconociéndose nuevamente.
Entonces hubo un mail donde Esther necesitó ir al grano, y le preguntó a su amiga qué le había pasado aquella dolorosa noche. “Nunca entendí por qué te pusiste del lado de argumentos fascistas, por qué intentaste defender lo indefendible”, arriesgó. 
Sin embargo, los motivos de Raquel quedaron plasmados de una manera poco clara y, al entender de Esther, cobarde, en un mail que abundaba en frases ampulosas y, a la vez, elusivas. 
Luego de leer el mail, Esther sintió algo ubicado a mitad de camino entre la decepción y una bronca anestesiada por los años. Pero prefirió pensar que aquella noche Raquel no fue capaz de aceptar cuál era la verdadera esencia del que fuera su marido, porque eso la hubiera obligado a separarse y no tenía ovarios para eso. Entonces optó por un piadoso eufemismo y, simplemente, le respondió un e-mail breve, que decía: “Muy, muy impresionada por tu posición, sin embargo, acepto. Porque quedo, a mi vez, en lo abierto”.
Luego de ese intercambio no volvieron a hablar del tema. 
Hoy, Raquel y Esther siguen siendo amigas, aunque no con la intimidad, la fuerza y el cariño de antaño. Suelen verse de vez en cuando, en el Patio Bullrich o en el Alto Palermo. Se encuentran a tomarse un cafecito y a hablar de intrascendencias, como para mitigar sus respectivas soledades. La de Raquel, como mujer separada. La de Esther, como esposa de un próspero empresario textil, beneficiado con la caída de la Convertibilidad y la posibilidad de volver a producir sin la competencia imparable de los productos llegados del exterior.

Alejandro Marticorena (@alemarticorena)
Nació en marzo de 1965. Barilochense por nacimiento pero porteño por residencia no elegida. Mantiene una relación de amor – odio con Buenos Aires. En los actos escolares de la primaria le hacían leer ante el micrófono sus “composición tema, dos puntos”. A los 16 años empezó a escribir lo que él creía que eran poemas y por los que hoy siente, al decir de su tocayo Dolina, una mezcla de indignación y ternura. Tiene escritos parva de cuentos y poemas, de puro colgado todavía no publicó nada, pero -dice- “ya vendría siendo hora porque la vida es corta”.
Tipo polifacético, es Maestro Mayor de Obras (profesión que jamás ejerció), cursó Ciencias de la Comunicación Social con orientación en Periodismo en la UBA, fue vendedor de libros, dibujante técnico en ENTel, periodista de tecnología en la empresa donde aún trabaja, hoy se está capacitando en UX writing (escribir conciso y claro para webs y apps de celulares) y es actor, oficio que hoy es su pasión y lo llevó hasta el teatro Metropolitan, aunque empezó a actuar hace 17 años “de puta casualidad y por curioso, a ver qué onda eso de subirse a un escenario”. Tiene pocos amigos pero de fierro, un hijo de 24 años que se llama Eliseo y al que ama más que a nada en el mundo, y es un cinéfilo que gusta de las de mafiosos, las de terror, y moquea con las románticas. Preso de muchas contradicciones, es bastante pesimista respecto del futuro de la Humanidad aunque sigue creyendo que el amor es una riesgosa aventura que vale la pena vivir.

“Tres cortes de alquiler” de Celina Racca
La receta se entendía poco, pero él y la farmacéutica entendieron perfectamente  que decía Quetiapina 100mg. La entregó junto con el carnet y esperó mientras  la farmacéutica buscaba detrás del mostrador. Era una cajita de unos 10cm de  largo por 4cm de ancho color blanca y azul. Preguntó el precio. 5cc, contestó  ella. 
Revisó el tubo de vidrio que llevaba en los bolsillos pero estaba vacío. Se  arremangó hasta apenas pasados los codos: ambas muñecas tenían cortes aún  sin cicatrizar, lo mismo la mayoría de los dedos y las venas de los pliegues  articulares. Se tocó el lóbulo de la oreja, apenas se había formado la cascarita.  Tragó saliva. Se tocó las venas del cuello: Sí, pero no. 
Miró a la farmacéutica y le pidió disculpas por la molestia. Le dijo que iba a  tener que volver en otro momento. 
Se puso los auriculares, le dio play a la lista “This is Pink Floyd” y emprendió  el camino de regreso. 
No tenía siquiera una gota como para comprarse un paquete de arroz. Todo,  absolutamente todo lo había tenido que dejar en el alquiler y los impuestos. Solo  el alquiler le llevó tres cortes. Había tenido que ir derecho de la inmobiliaria al  hospital para que le suban la presión con un café pasado de azúcar. 
Día 10. Sin fuerzas, sin comida, sin la medicación. ¿De qué sirve el techo  cuando es lo más alto a lo que se llega? 
No quería llegar a casa. Un cuerpo que no llegó a los 30 no puede no rendir un  poquito más. Se prometió no dormir hasta no tener los 5cc para la Quetiapina.  Cueste lo que cueste. 
Caminó horas buscando quién lo ayude. Ofreció sus servicios de sereno, de  lavacoches, de carpintero, de jardinero a cambio de algunas gotas de sangre,  pero nadie le dio. 
Resignado, se fue a la peatonal a cantar y puso un tubo delante de él para probar  suerte. Solo se paró a su lado un gato atigrado de ojos amarillentos. El gato permaneció a su lado mientras cantaba. Se acercó un poco más, se dejó  acariciar despacito la cabeza.  
Agarró al michi upa, se lo puso frente a la cara para darle un beso y sintió cómo  al felino le latía el corazón: un corazón que bombeaba sangre.
Estalló en cuentas: Quetiapina 100mg decía la receta. 5cc. Tres cortes fueron  para el alquiler. Día 10. Junio tiene 30 días. 
Miau fue uno solo. 
Se secó las lágrimas con las mangas del buzo y caminó derecho hasta la  farmacia. 
– Volví, ¿Tenés a mano la Quetiapina? 
– Sí, ya la traigo.

Celina Racca (@celiracca) 
Celina Racca nació en mayo de 1993. Vivió en San Genaro hasta sus 17 años, edad en la que se
trasladó a Rosario para comenzar sus estudios universitarios. Paseó por la educación pública
buscando en el sistema educativo un lugar que la hiciera seguir segura, aunque terminó dándose
cuenta que su seguridad estaba en la escritura.
En la actualidad es correctora, editora, gestora cultural y realiza clínica y acompañamiento de
escritura creativa.
En 2020 editó Flor de búnker, polifonía literaria con la que inauguró su productora cultural: Aresa
Producciones. En 2022 autoeditó su primero poemario: El desamor es un lujo por el que no llego a
fin de mes.

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

María Marta: la novelización de un asesinato no resuelto

Leer siguiente

Susy Shock: “soy parte de una generación que encontró en las palabras dónde empoderarse”