Postales del subsuelo: voces desde el sur

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza.

Por Nina Ferrari

“Vudú ateo” de Coti Molina

Antonella se despierta a las dos de la tarde y se vuelve a bañar para despabilarse. Su rostro entero, sus manos, su cuello están teñidos de negro. Se mira al espejo y recuerda lo importante que se sentía a los cinco o seis años, cuando su mamá la pintaba con corcho para hacer de vendedora ambulante. Ahora le da asco pensar en esa alegría ridícula, racista, adoctrinada. Su maquillaje actual le resultaba mucho más digno. 
Hace seis semanas empezó el paro y dos que arrancaron con el piquete, ante la falta de respuestas. Siente una pena que le arde en las tripas cuando piensa en las compañeras que volvieron al aula sin tener siquiera una oferta mínimamente digna del gobierno. “Seis por ciento en tres cuotas es un chiste, tres empanadas…”, piensa en voz alta. 
−Seis por ciento al menos, ¿cuánto te pensás que te va a quedar, cuando te descuenten los días de paro, boluda? −, le grita su compañera desde el comedor.
−Yo no me meto con tu laburo, que bastante te negrean y ni chistás. Vos no te metas con el mío. −le responde, mientras vuelve a calzarse el overol. 
−Hacé lo que quieras, un día vas a volver de la ruta y Manu, Chicha y yo ya no vamos a estar.
Anto sale dando un portazo, con la mochila, vaciada de papeles y libros, ahora llena con su kit de supervivencia: termo, mate, bizcochitos, abrigo para pasar la noche.
A las siete de la tarde, cuando el sol comienza a descender, los docentes comienzan a encender los palets y las cubiertas para mantener el calor y la luz en la boca de lobo que inicia el camino a Sarmiento. Las luces del alumbrado público justo hoy no funcionan en el cruce.
A las diez de la noche, dos patrulleros se apostan a doscientos metros del piquete y se quedan allí, observando. “No hay que preocuparse, somos casi todas mujeres, ¿qué nos van a hacer?” dice una. “Deben estar sacando fotos”, dice otra.
Diez y media, la oscuridad del camino se quiebra con una fila interminable de luces que se acercan. No son ovnis. Desde el sur, se acercan camionetas y combis. Muchas. Estacionan a un costado de la ruta, una tras otra, y los petroleros comienzan a bajar y a acercarse al fuego.
Las maestras y profes sonríen. Intuyen que vienen a apoyar la causa, pero cuando están a pocos metros, Antonella distingue los palos. “¡Tengan cuidado, chicas!”, grita, pero ya es tarde. Los palos llueven sobre las mujeres. Treinta hombres con palos se lanzan contra el reclamo de las maestras de sus hijos. Con sus guantes de trabajo puestos, toman ahora maderas encendidas de la fogata y las arrojan sobre las vallas improvisadas, sobre los refugios, sobre las carpas. En medio del humo negro, ellas ya no saben de dónde vienen los palos, pero los sienten duros sobre el cuero. La policía mira. 
Antonella, con la cara ahora surcada por un fino hilo colorado, sale de la nube espesa y se acerca al patrullero. Con los ojos llenos de humo y rabia, les grita a los policías que observan el espectáculo sobre el capot.
−¡¿No piensan hacer nada?! ¡Nos están cagando a palos!
−Lo siento, seño, no es nuestra jurisdicción.
No somos jurisdicción del gobierno
No somos jurisdicción de la policía
No somos jurisdicción del pueblo
Ni siquiera soy jurisdicción de mi familia
piensa Anto, mientras la llevan esposada por agredir a un oficial. En la ruta, despejada, los petroleros ya suben a los campos, los patrones orgullosos de esa muchachada que vela por sus intereses, que se hacen carne en los pozos por un bien tan “altruista”.
Al llegar a la comisaría, Antonella ve, en una pared, una cartelera de corcho con muchas fotos pegadas. Distingue su cara. Una chinche roja está incrustada en medio de la frente del secretario general del gremio, otra sobre idéntica en la frente de Mirta, la maestra jardinera con la que hace una hora estaba tomando amargos en el cruce. “Vudú ateo y patagónico”, piensa y sonríe de su propia ocurrencia.
La llevan a un cuarto frío, con rejas en la única pequeña ventana y pide hacer una llamada, ante la inexplicable sonrisa del oficial de turno.
−Hola, Clau, soy yo. ¿Me podés venir a buscar a la comisaría del barrio Industrial? Hubo quilombo…
−Ya no estoy en casa. −dice la voz del otro lado y cuelga.
Antonella le devuelve el celular al uniformado, sin levantar la vista del piso. Las lágrimas hacen un surco claro, mejillas abajo, en medio del barro negro y rojo que le cubre la cara.
−No se preocupe, seño. Seguro en un par de horas los del gremio la vienen a buscar. Ahora deben estar atendiendo a los heridos, pero ya van a venir…−, dice el poli. Dos minutos después, le acerca un pañito humedecido en alcohol y una curita.
−Tome, seño, para que no se le infecte. ¿Sabe que usted fue maestra de mi nene menor? Siempre la recuerda con cariño.
El hombre se quedó parado, fijos los ojos en ella, como esperando que le devuelva la sonrisa o que le pregunte, al menos, el nombre de su hijo. Anto no respondió nada. Pensó decirle “Dígale a su hijo que su papá dejó que una patota cague a palos a sus maestras”, pero sabía que no había caso. No vale la pena gastar pólvora en chimangos, cuando se está en la jurisdicción de la soledad y las chinches rojas, en una cartelera de corcho, deciden el destino de los laburantes. 

Constanza Molina

Coti Molina (María Constanza Molina en el DNI) Nació en Buenos Aires en agosto de 1980, pero fue adoptada por Chubut en 2006. Estudió Castellano, Literatura y Latín, en el Alicia Moreau de Justo. Actualmente, docente de Lengua y Literatura en una escuela secundaria de Comodoro Rivadavia, ama su trabajo en el aula, aunque la deje en ´Pampa y la vía´ el veinte de cada mes. Hace dos meses, comenzó a escribir para Letras & Poesía, de España. Enamorada del mar, de la música y de la literatura, escribir es, para ella, cable a tierra y desconexión sideral, su terapia y su patio de juegos.

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