Escritores de los bordes: la literatura de Moreno

Un nuevo ciclo de Nina Ferrari poniéndole la voz a las voces de lxs autorxs del conurbano, a escritorxs de los bordes, esos que no están en el centro de la escena, pero que existen a lo largo y a lo ancho del país. A ellxs queremos darles este espacio, desde Editorial Sudestada, continuar el camino que inició Hugo Montero: reivindicar el arte popular y darle lugar a las voces que están por fuera de los circuitos culturales hegemónicos. Así como el neoliberalismo propone mercantilizar el arte a través de la cultura del ego y la supremacía del individuo, nuestra resistencia propone redistribuirlo todo: hasta la belleza.En este domingo cuatro escritorxs de territorio de Nina, Moreno.

Por Nina Ferrari

JOTA, DE JORGE DAFFUNCCHIO
Desde la oscuridad surge Jota con una pistola en una mano y el maletín en la otra. Patea al más cercano que ya evidencia ser cadáver. El otro se queja revolcándose en el piso.
Un disparo al aire.
– ¡Metete adentro pelotudo! 
La silueta allá en la puerta, desaparece rápidamente.
_ ¡ Y ahora, vos!..¿Quién carajo te mandó? ¿Eh?…¡Daleeee! 
El patadón va directo a las costillas, bien cerca del agujero de bala.
La única respuesta son más gritos de dolor.
Desde lejos, el paisaje nocturno.
Los grillos, impacientes, quieren volver a lo suyo.
¡Otro fogonazo!
Jota llegó temprano. Un negro oficiando de mucamo lo hizo pasar a la sala de espera.
“Se parece a un mantero senegalés  que conocí en el Once” piensa. Se sienta y mira el reloj en la pared.
Es extraño, el reloj parece mirarlo a él.
Lo hace sentirse incómodo.
La otra puerta se entreabre apenas, como esperándolo.
Decide levantarse.
Espía.
Adentro, todo es oscuridad, excepto en el centro, donde una luz muy baja, como esas de los billares, ilumina una mesa redonda y a cuatro personas sentadas alrededor.
De la nada aparece el negro. Con un gesto le pide silencio y le indica que lo siga. Se desplazan en la oscuridad…  Siente la boca del negro en su oreja.
Le susurra: – Escóndase detrás del cortinado. Desde allí podrá observarlo todo.
Suenan campanadas apagadas del reloj de pared. Los cuatro convocantes parecen totalmente estáticos. Mme. “Je sais tout” es, sin lugar a dudas, la que tiene el turbante verde; la otra mujer es mucho mas jóven. Los hombres se ven idénticos, como si fueran gemelos.
Jota no llega a escuchar lo que dice la oficiante, pero ve que todos se toman de las manos. La luz se ha ido poniendo rojiza y del centro de la mesa empieza a brotar  una especie de niebla.
” Quizás todo esto sea una fantochada, una puesta en escena y eso, solo una máquina de humo”
Lo piensa, pero al mismo tiempo quiere creer…
Esa cosa se vuelve mas densa y en vez de expandirse, se concentra allí, sobre la mesa.” Mme Je sait tout” sigue murmurando palabras  ininteligibles. Poco a poco va apareciendo la  imagen de un hombre. Parece saludar con las manos levantadas  a la altura de los hombros.
-¡Es él, es el General!

***

¡El General en persona!
¡Esa sonrisa inconfundible!
Ahí está, saludando a la multitud,  tan inexistente como presente.
Su mirada va de aquí para allá, hasta que se detiene en él.
Jota siente electricidad en todo el cuerpo…
De pronto, la imagen empieza a moverse. Flota en el espacio y se le acerca.
Jota no aguanta mas, aparta las cortinas y se para frente al General.
-¡Ordene mi general! ¡Dígame lo que tengo que hacer.
La imagen lo mira fijamente, sonríe aun mas y mueve sus labios.
– ¡No lo escucho mi General!
¡Por favor repita!
El General sigue moviendo los labios…
– ¡La puta madre que los parió, ésto es una estafa! – Desenfunda su pistola. Ruidos de sillas que caen al piso., gritos histéricos…
– ¡ El General no tiene audio, el General no tiene audio! ¡ Hijos de remil puta! 
Dispara al aire.
La imágen hace mutis por el foro,  Jota también.
La chica está ahí delante, esperando una palabra o algún gesto suyo
— ¡ Ah si! Sos vos. Pasá por favor…
Es bonita, de una belleza clásica. Nada exhuberante digamos, igualita a la foto del book.
Entra y se queda parada en el medio de la sala.
-¿Anita, era tu nombre, no?
(Vemos que la chica asiente)
Pasá, pasá tranquila Anita…Mirá, allá está el dormitorio. Encima de la cama vas a encontrar la ropa, una foto, la peluca y un set de maquillaje. Hacé tus cosas tranquila. No hay ningún apuro Cuando estés lista me avisás.
(La vemos nuevamente asentir)
– Bueno, ok.
Entra al dormitorio y cierra la puerta.
Jota saca una botella y dos copas.
Se sirve en una. Se toma el contenido al toque. Se sirve otra.
Está nervioso o ansioso o vaya a saber qué.
Toma la foto que está en la repisa.
– Tiene que estar igualita – se dice
– Va a estar igualita.

***

 ¡Está igualita!
Ella salió del dormitorio sin avisar y se paró en forma teatral, como intentando imitarla también en eso.
Ya no parece esa chica reservada y algo tímida de hace un rato. Su mirada, ahora es dulce pero firme. Su gesto también se ha endurecido. El trajecito sastre y el rodete rubio, completan la ilusión.
Pero no es una ilusión. ¡Definitivamente es Ella!
Jota está inmóvil, sin saber que hacer mas que admirarla- ¡Pobrecito mi chiquito!
¿Qué le anda faltando? ¿ Una bici, una pelota de fútbol? – Contame.

Su voz también es la de Ella.
– Vení, vení aquí conmigo. ¡ Acercate, vení! No tengas miedo.
Jota se adelanta dos pasos, pero ahí nomás se arroja de rodillas y de rodillas y con los brazos abiertos va hacia ella. Le abraza las piernas.
Ella le toma la cabeza entre sus manos. Le acaricia el pelo.
– ¡Pobrecito mi chiquito!
Vos pedime lo que quieras ¿Sabés? 
Jota sigue abrazándola. Llora silenciosamente.
– Quisiera saber algo.
– ¿Si? Decime… 
Es una pintura renacentista. La Madonna tiene un halo dorado en su cabeza.
Resplandece.
Todo se vuelve luz.

Jorge Daffunchio

PASIÓN DE MULTITUDES, DE MARCELO CÓRDOBA
—Hace unas horas nomás Nardelli extrañábamos este superclásico acá en el barrio de Núñez, y ahora ya estamos dejando atrás el entretiempo.
—Así es Palmiro, si bien la primera etapa comenzó con morosidad, con los equipos que parecían no tener el menor ánimo de enfrentarse, nos encontramos ahora con un jugador que se retiró del campo de juego llorando con intenso dramatismo, lo que nos augura una continuación que puede llegar a tener visos épicos.
—Regresa con decisión a la cancha el equipo que hoy viste un atuendo casual con los colores blanco y verde esmeralda, pero toma la delantera el Narigón de La Paternal envalentonado por el descalabro que causó en el campo contrario: “Antes de decirme algo, acordate de las veces que me contaste cuánto te jodía que tu mamá se metiera en tus peleas con tu hermana”, dispara ahora anticipándose con destreza al reclamo que se viene. La Betty parece que se traga de golpe las palabras que estaban a punto de salir de su boca, pero aprovecha el gesto para transformarlo en un tartamudeo indignado que recita “Pe- pe- ¡pero eso que tiene que ver!, una cosa es que YO le diga algo a ella,  y otra muy diferente es que VOS le digas a mi vieja no estoy hablando con el mono sino con el dueño del circo, ¡Cómo le vas a decir algo así a una mujer diabética!” Y ahora revolea los ojos remarcando el colmo de la indignación. Una muy buena devolución que barre bien abajo con la táctica de Carlos.
—Me hace acordar al tremendo partido entre Rubén y Cecilia, allá por Floresta en el año 2018, donde la Chechu usaba toda la potencia de su intelecto para detener los embates desaforados de su pareja.
—No se adelante Nardelli que todavía queda mucho guiso en esta olla. Replica ahora el Carlos con “Me maravilla como siempre conseguís que terminemos hablando de tu vieja cuando yo te hago un planteo que no te conviene responder”. “¿Qué, el planteo de porqué no está en la mesa el fernet? ¡Parecés un nene que si no tiene la cocacola en su vaso de mickey hace un caprichito!” Contesta en tono de asombro burlón la Betty que por lo visto salió a este segundo tiempo dispuesta a recuperar el terreno perdido. Carlos hace lo posible por disimular pero se nota que se atraganta con un terrón seco de enojo, lo deglute y contesta “No, eso fue después, vos llevás la conversación hacia cualquier pavada y tapás el punto principal, ves, de eso te estoy hablando siempre hacés lo mismo” afirma con cierto matiz de hartazgo.
—Si bien Carlos dominó con claridad en la etapa previa, quizás sienta que se le fue un poco la mano al dejar fuera de juego a su suegra, y un dejo de culpa lo esté ubicando ahora en una posición claramente defensiva.
Usted sí que la tiene clara Nardelli. Se viene la Betty: “¡Para vos todo lo que yo te planteo es una pavada, pero bien que la que tiene que salir a hacer las compras todos los días soy yo, y me das plata que no alcanza ni para bofe pero después bien que pataléas y armás un escándalo porque no llevás en el taper unas regias milanesas de pesceto!” La Petisa de Quilmes se aleja rápidamente del terreno de los argumentos para usar una estrategia que siempre le ha dado los mejores resultados: la de patear el asunto en cuestión cada vez más lejos, hasta la estratósfera si es necesario, con lo cual su rival podrá tener toda la razón del mundo pero a esta altura del partido dígame la verdad, a quién le importa. 
 —¡El gesto Palmiro! ¡¿Vio ese gesto?!
—Hm… nop.
—Para mí la indignación que transmutó el rostro de la Betty está completamente justificada. Carlos acaba de hacerle un gesto desdeñoso, mordiéndose el labio inferior, un gesto que acá y en la China viene a significar: Pero callate, que hambre que tenés…
 —Yo no lo vi pero acá tenemos la repetición, y sí, usted tiene razón. Ahí está. Se muerde el labio, enarca las cejas, sus ojos brillan con un tinte claramente burlón, y la Betty acusa fieramente el golpe. Cuando ella te dice algo, te la manda a guardar, pero una morisqueta de Carlos es suficiente para echar por tierra con las bravuconadas de esta mujer.
—A los 15 minutos del segundo tiempo, el Carlos saca a relucir una de esas chicanas gestuales que caracterizan su juego y que tanto rédito le han dado, golpeando en el talón de Aquiles de su esposa hasta hacerle sangrar el orgullo. 
-Se viene el contraataque. “¡¿Pero vos que te pensás, que a mí me vas a hacer esa cara de tarado, pedazo de imbécil?!” Derrapa en el insulto liso y llano la Betty perdiendo por completo el control, la jugada simple de su pareja dió en el blanco, ella respira como puede y se le acerca lo suficiente para salpicarlo con saliva hirviente, “¡¿Qué me querés decir con esa cara?!¿Qué!?” Y Carlos ahora opta por eludir tanta furia ¿De qué manera? haciéndole frente con un silencio impenetrable, denso, duro como una pared. Qué quiere que le diga, para mí este hombre busca ganar, haciendo que su mujer pierda: la conoce y sabe como llevarla a que cometa un furibundo penal. 
—A la hora de remontar partidos esa táctica, que algunos pueden calificar de pobrísima en términos afectivos, neutraliza los reclamos más genuinos como ni el mejor de los argumentos cartesianos podría hacerlo.
—No venga acá a hacer alarde de su erudición Nardelli. No ahora, que estamos en el momento cumbre, donde vemos a un equipo temblar avasallado por la indiferencia del otro, donde el enfrentamiento se está definiendo por goleada; mire como la Betty calla y sus hombros caen, porque la experiencia le dice que nada podrá hacer frente a esta muralla de mutismo salvo retirarse…. y eso es lo que hace. Gira lento, busca ya la salida meneando tristemente la cabeza… se detiene. ¡¿Apela acaso a la piedad de su contrincante?! 
—Vanas esperanzas, Palmiro. Su marido ostenta…
—Cállese la boca Nardelli, ¿no ve que la Betty murmura algo? ¿Qué dice, por el amor de Dios, qué es lo que dice? El Carlos tampoco escucha bien, su cuerpo no se mueve un milímetro pero sus pupilas, sus tensas pupilas sí, se desplazan discretas en dirección a su mujer como queriendo preguntar qué. Y ahora sí la escucho Nardelli, ahora sí, ella sin énfasis pero con claridad le dice “Con este mismo silencio me contestaste hace tres años cuando te pregunté por ese mensajito en tu celular, ¿te acordás?” Y Carlos sigue callado, no se mueve, no se inmuta, no respira, pero dígame compañero ¡¿Usted está viendo lo mismo que yo veo?!
—Pero sí Palmiro claro que sí es imposible no verlo, ¡¡Un tic nervioso sacude con frenesí el ańgulo externo del párpado del ojo derecho del marido de la Betty!!
—¡Fenomenal! ¡Una jugada maestra de esta diestra jugadora, que definió ya casi cayéndose, poniendo la frutilla del postre cuando ya nos íbamos todos a casa! Para usted que es un hombre instruído Nardelli, yo se lo resumo en pocas palabras: la Betty le rompió el tujes. Y ahora sí nos podemos retirar todos contentos, con la sensación de haber presenciado un gran espectáculo, un capítulo más de este deporte donde en definitiva no importa demasiado quien gane ni quién está en lo cierto, sino que de ambos lados, ya sea con altura o bien con saña, se den para que tengan. Muchas gracias, y muy buenas noches para todos.

Marcelo Córdoba

MI LUGAR SEGURO, DE JUDITH PIERONI 
Mi lugar seguro, sólo mío, era el baño. Me sentaba con un libro y un pucho. Los chicos ya durmiendo y el marido acostado. Al entrar siempre miraba la hora, para tener todo bien calculado. 
Por una vieja pérdida en la cadena del baño, había quedado un pequeño agujero en la pared, que daba a la parte posterior del heredado ropero antiguo de mi abuela, con forma de dos sarcófagos.  Alguna vez fue refugio de un amante, cuando llegó de improviso mi hijo. Pero esa es otra historia (no se frunza así señora, lo del amante fue después de separada, eh; no sea remilgada).
La cuestión es que si, por ejemplo, entraba a las 11 al baño, no salía hasta las 12 menos 20 mínimo, a veces me quedaba más. Tenía que estar segura de que se había dormido. Cuando las piernas ya estaban incómodamente dormidas, los ojos un poco llorosos por la escasa luz para leer, quedaba expectante, aguzando el oído, para tratar de escuchar alguna señal a través del agujero: ronquidos o movimientos de estar despierto. Y si resultaba esto último, me paraba, sacudía las piernas para recuperarlas, y me sentaba a seguir leyendo. Todavía no podía salir. No podía. No quería que me toque, no quería que me bese, no quería que me abrace. No quería, por Dios, oler el aliento de cerveza fermentada. Y yo creía, y quizás así era, que aún lo quería.  Entonces la culpa católica y judía, me abrazaba, y en ese mundo de inodoro/bidet/ducha/lavatorio, me sentía muy hundida, muy basura. Un buen tipo, enfermo, sí; pero era un buen tipo. Y yo ahí leyendo, y fumando, y huyendo en el baño. Decorando de a poco un mundo falso que me alejaba también de mi misma.
No supe, no pude, no quise. No sé. Si sé que traté, demasiado quizás. Y cuando finalmente él pudo salir de su infierno, yo pude ir saliendo de mi baño, para poder ir volviendo a mi pieza y ayudarlo. 
Por suerte entró todo en sólo un bolso: la ropa, las zapas, los recuerdos, las risas, las lágrimas, las lagunas mentales, los olvidos, los silencios, las esperas, los perdones, los guiños, los intentos, los abrazos viejos, los pactos y los rechazos. Y en el bolsillo de adelante, hasta entró un rollo de papel higiénico. Y volví a ser dueña  de mi pieza, de mi tiempo. Y de a poco, de mi vida.

Judith Pieroni

LO QUE ELLA ME CONTABA ,DE RICARDO MORENO
Lo que ella me contaba no se debería morir, no debería ser terreno viscoso, ni humo, ni pedazos de recuerdo. Lo que ella me contaba, mientras comíamos dulce de membrillo, no debería estar detrás de ninguna lápida. Lo que ella me contaba era más triste que toda la tristeza: niños desarrapados, promesas de viajes que jamás haríamos, hermanos irreconciliables y esperanzas muertas. Lo que ella me contaba no debería haber sido así, pero fue así. Lo que ella me contaba apareció antes que Comala y aún antes de que escuchara a Fabio o Plegaria para un niño dormido.  Ella, con tierna crueldad, me contaba, a mis cuatro años, que la Negra, nuestra empleada, vivía en Rafael Castillo y que las 4 manzanas que se llevaba, eran para sus siete hijos. Cuando la negra se iba y nos dejaba toda su tristeza, mi madre me hundía aún más en la pena porque se lamentaba que el marido de nuestra empleada la iba a recibir borracho y peor aún, le iba a decir que ya no la quería porque la negra había perdido casi todos sus dientes. Mi madre, después agregaría que Dios a veces se olvida de los pobres… Ella me contaba historias. Y yo no podía cambiarle ningún final. Su voz cansina relataba la historia de Marco, aquel niño que vino de Europa buscando a su madre en infernal travesía y que finalmente la encontró muerta. Más tarde conocí el verdadero final que no era tan terrible. Pero no le revelé su truco trágico. Hay mentiras que conviene respetar… Yo, en sus últimos años y a modo de aprendizaje agradecido, pude contarle algunas mentiras que ella también me supo respetar. Le conté la historia del gato que estaba enterrado en su comedor y que por eso no habíamos ganado nunca la lotería de reyes. Le conté que siempre que volvía de su casa frenaba en la cancha de bochas y puteaba a los jubilados que jugaban su partidito del atardecer y que por mi culpa más de uno había caído fulminado por un paro cardíaco. Le conté que ya habíamos consensuado con mi hermano que  cuando se muriera íbamos a poner un cabaret en su casa que se iba a llamar “Póngala en lo de Doña Rosa”. Y el domingo 3 de junio, cuando la vi por última vez, le conté que me iba a hacer un implante mamario para trabajar en la tv. Esa vez no sonrió, ni me dijo nada. Mi madre ya era parte de otra mentira más definitiva.

Ricardo Moreno

Podés escuchar la Lectura de Nina en este link https://www.instagram.com/p/CfkRyO3JeaD/?hl=es-la

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