Que el hartazgo no nos paralice y que el miedo nos organice

Foto: Ojo Nomade

Se aproxima un nuevo 8 de marzo, y junto a él, los debates en torno al punitivismo, las masculinidades y la cultura de la violación se hicieron presentes. A plena luz del día, en un lugar público, con testigos y gozando de impunidad, seis varones fueron detenidos por violar a una mujer. ¿Hay posicionamientos posibles más allá de la venganza? 

Jazmín Gauna

Violan porque pueden
Casos como estos no son hechos aislados. Suceden todos los días en diferentes partes, en silencio y con impunidad. ¿A qué nos referimos cuando decimos que no son monstruos sino hijos sanos del patriarcado?
Los discursos que asocian la violencia con estar enfermo, solo generan que no se responsabilice a quienes violan o maltratan, y por el contrario, se patologice la crueldad y se estigmatice algo tan importante como la salud mental. Quienes ejercen violencia, lejos de ser monstruos o estar locos, son personas socializadas, criadas en una sociedad patriarcal y bajo el mandato de la masculinidad. La frase “son hijos sanos del patriarcado” no quiere decir que sean menos culpables o que no merezcan una condena judicial, sino más bien, nos invita a reflexionar en cuanto a la famosa condena social, y a entender que las soluciones a un problema estructural van mucho más allá e implica poner en debate el rol de los varones hoy. Violan, abusan y violentan porque pueden, porque hay todo un sistema que los ampara y que se calla. Un violador puede estar en este momento jugando con su hijx en una plaza, conviviendo con nosotras en nuestras casas, trabajando en nuestra oficina. 

Romper con el pacto machista
Eliminar todas las formas y modalidades de violencia requiere de mucho compromiso y formación. ¿Cómo aportamos ante estas situaciones? 
Los feminismos hace años vienen poniendo en debate que otras masculinidades son posibles. Romper con el pacto machista implica que los varones empiecen a cuestionar, marcar y debatir en sus círculos íntimos, a escuchar sin juzgar, no callarse y a no mirar a un costado. Desde muy chicos se los cría para ser machos y se les enseña que la única forma de vivir su masculinidad es a través de la violencia, disfrazada en fuerza y carácter, que luego se naturaliza y desencadena otros tipos de sometimientos difíciles de romper.
“La masculinidad es un acto político indispensable, para los hombres inclusive, que la sufren. Entonces hay que politizar. El orden patriarcal es un orden político. Después se disfraza de moral y religioso. Por debajo de su moralidad y religiosidad está como la primera forma de desigualdad, de diferencia de opresión, de prestigio y poder. Porque hablamos sólo de poder, pero el tema de prestigio en la masculinidad es tan importante, está por debajo, es el subtexto del poder. El hombre tiene poder porque la masculinidad es la posición prestigiosa en la sociedad” – Rita Segato.
Pero más allá del rol que deben tomar los varones, resulta clave remarcar el rol del Estado. No basta solo con crear espacios de reflexión y deconstrucción si no hay un compromiso por la implementación de la ESI en todos los niveles educativos, la Ley Micaela obligatoria, reformas judiciales en cuanto a la calificación de estos delitos y sobre todo, políticas de género eficaces. 

La importancia de acompañar 
La violencia de género es un problema estructural que requiere cambios profundos en diferentes ámbitos de nuestra cotidianidad, sin caer en vías punitivistas que, sabemos, no han generado que las cifras en estadísticas de violencia disminuyan.
Ante situaciones como estas, más allá del repudio público, el foco se tiene que centrar en garantizar que se cumplan tres factores claves: la responsabilización del agresor, la restauración y el acompañamiento hacia la persona agredida, y la no repetición. Muchas veces nos centramos tanto en querer tomar riendas de la justicia por mano propia y nos olvidamos de preguntarnos si no es revictimizante, por ejemplo, leer comentarios en donde se posiciona a la persona como una víctima incapaz de reconstruir su vida porque se la arruinaron. Un claro ejemplo de esto es lo ocurrido en diferentes medios de comunicación masivos, en donde se cuestionaba el estado de la víctima y se ponía en duda su relato, de nuevo aprovechando hechos aberrantes para la espectacularización de sus minutos al aire.
¿Sirve ver las caras de los violadores de Palermo todo el tiempo? ¿Tiene relevancia el partido político al que respondían, los nombres de sus familiares y ex novias? 
 En este sentido, tal y como indican desde el 144, es fundamental que nuestro rol a la hora de acompañar a alguien que se encuentra en situación de violencia, sea desde un lugar de respeto por el proceso que atraviesa la misma, limitándonos a escuchar y no tanto a dar opiniones basadas en juicios personales revictimizantes. 
Ante una situación de violencia, el culpable siempre es el agresor. Poner el foco en sus amistades mujeres y noviazgos no lleva a ninguna parte y solamente nos vuelve a poner en el rol de señaladoras. Muchas veces resulta difícil reconocer a una persona violenta como tal porque, como mencionaba recién, son personas socializadas que muchas veces viven en nuestras mismas casas y no despiertan alarmantes. Y por otra parte, cuando reconocemos la violencia, en la mayoría de las veces resulta difícil romper el vínculo ya que intervienen una multiplicidad de factores emocionales y de dependencia.

Que la bronca se transforme en acción colectiva
Este 8 de marzo marchamos pidiendo que se haga justicia ante este hecho que nos llenó el alma de tristeza y hartazgo, que el Estado accione en materia de prevención y acompañamiento, no solo a las mujeres, sino a todes les que sufren distintas formas de opresión. 
Este 8 de marzo nos unimos en un grito colectivo que nos comprometa a seguir tejiendo redes para construir un mundo sin violencias.

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