Trabajo doméstico: ¿Quién se hace cargo?

Muchas de las problemáticas sociales se han visto profundizadas durante la pandemia de Covid-19: el desempleo, la inequidad en el acceso a la salud, la inseguridad alimentaria principalmente en niñes y adolescentes, y la feminización de las tareas de cuidado, entre otras. En el  Día Internacional del Trabajo Doméstico es importante visibilizar algunas preguntas: ¿Quiénes se hacen cargo de las tareas domésticas en tiempos de aislamiento social? ¿Sobre qué personas recaen estas responsabilidades?

Por: Victoria Mortimer

En los últimos meses, el 51 por ciento de las mujeres manifestó estar sobrecargada por las tareas domésticas. Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) el impacto del Covid-19 en Argentina fue de índole “socioeconómico y ambiental”. Este detalle demuestra cómo el aislamiento obligatorio profundizó aún más las desigualdades preexistentes en relación a la feminización de las tareas de cuidado. Los datos que se extraen de la información brindada por ONU advierten que el apoyo para realizar los deberes escolares es principalmente realizado por las madres (68 por ciento).

“El trabajo doméstico y de cuidados es el servicio más esencial que hay en el mundo, pero se ha invisibilizado con la llegada del coronavirus”, sostuvo Silvia Federici, escritora, activista feminista y una de las primeras impulsoras de campañas que comenzaron a visibilizar la necesidad de una retribución y reconocimiento para el trabajo doméstico, en una entrevista con la agencia EFE

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) observó que en este territorio la proporción de tiempo no remunerado dedicado a las tareas de cuidado de las mujeres duplica a la de los varones. En Argentina, por ejemplo, ellas se hacen cargo del 76 por ciento de las actividades domesticas y, si sumamos el trabajo pago y el no pago, a nivel global la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estima que las mujeres trabajan por día alrededor de 3 horas más que los hombres.

El aislamiento agota. Como informa Cippec, organización que produce y ofrece recomendaciones para construir políticas públicas más equitativas, esto se debe en gran parte a que, en comparación con datos previos al aislamiento obligatorio, los varones en este contexto también disminuyeron su dedicación proporcional a las tareas del hogar. 

¿Y qué pasa con el trabajo remunerado?

Algo fundamental es reconocer que las responsabilidades de la casa siempre recaen en los hombros de las mujeres ya que la preexistencia de mandatos culturales obturan la decisión propia. La asimetría en la distribución de las tareas del hogar es una de las causas fundamentales de las desigualdades que enfrentan las mujeres en el mercado laboral. 

“La pandemia y el confinamiento comenzaron a visibilizar la injusticia del modelo capitalista, algo que las investigadoras feministas veníamos viendo hace tiempo”, explica a Sudestada Eleonor Faur, profesora de la Universidad de San Martín (Unsam) y autora del libro “El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual”.

Las madres (57 por ciento) participan menos en el mercado laboral que los padres (90 por ciento), informó Cippec. Por otro lado, cuando trabajan en forma remunerada lo hacen en jornadas de menor duración: 33 horas semanales en promedio, muy por debajo de las 44 horas de los varones. 

Además, como asegura el informe sobre la situación de género del departamento de Estudios Estadísticos de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT), las mujeres suelen percibir salarios menores (los hombres cobran un 20,2 por ciento más). 

Familias diversas

En contexto de pandemia, donde se profundiza aún más la feminización del cuidado, se agudiza la doble carga laboral en muchas mujeres. Esto las afecta a todas: a las que deben salir de sus hogares para generar ingresos, a las que pueden teletrabajar (ya que la doble carga impacta en su productividad en el trabajo, desestabilizando así su equilibrio laboral y familiar) y a las que deben recortar sus trayectorias laborales para dedicarle más tiempo a las tareas del hogar. 

Sin embargo, las estadísticas demuestran y les especialistas aseguran que, tanto en nuestro país como en el resto del mundo, los esquemas familiares son cada vez más diversos: es decir, hoy cada vez son menos los hogares que cuentan con un varón que responda a los mandatos sociales y sea el “jefe y principal sostén económico”. Datos de Cippec corroboran que la proporción de familias monoparentales creció al igual que la cantidad de hogares con dos progenitores que hacen aportes económicos.

“Hace tiempo que no corresponde pensar en un modelo de familia de dos progenitores, con un varón proveedor y una mujer cuidadora. Eso tiene que reflejarse en las normas y en las políticas públicas, que deben incorporar una perspectiva de género en su diseño e implementación”, asegura a Sudestada Natalia Gherardi, abogada feminista y directora del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA).

Para Eleonor Faur el problema es más complejo. Si bien también ella también destaca la importancia de políticas de cuidado, cuestiona que “siempre que las políticas de cuidado se sigan asignando a los hogares, es decir, a las familias, la maternalización del cuidado aparecerá como un camino más difícil de erosionar”. Por eso, asegura que hace falta crear modelos de corresponsabilidad social donde, además de la familia, tengan más peso los servicios de cuidado por parte del Estado y la posibilidad de la contratación de los mismos.

La feminización de las tareas de cuidado dentro del capitalismo

Como afirmó una vez la economista estadounidense, Heather Boushley: “El capitalismo tiene un aliado secreto: las mujeres”. Es decir que el modelo capitalista se sustentó en un entramado invisible que establecía a las mujeres como trabajadoras del hogar tiempo completo y a los hombres como proveedores económicos. En este marco, el cuidado se hizo imprescindible para sostener las condiciones del desarrollo económico y social de los países.

“Este modelo de provisión es producto de los últimos dos siglos. Después de la Revolución Industrial, cuando se separan las esferas de la producción y de la reproducción, esas nuevas y pujantes industrias necesitaban de trabajadores: a partir de ahí, se organizó este sistema basado en la familia nuclear conroles muy diferenciados”, agrega Faur.

Si bien la especialista explica que este sistema y sus políticas públicas ha comenzado a erosionarse, como también las subjetividades masculinas y femeninas que se generaron en base a ese modelo, los cuidados en el ámbito familiar todavía siguen considerándose una responsabilidad exclusivamente femenina. 

Por más políticas públicas con perspectiva de género

Tanto Faur como Gherardi coinciden en que para desandar este camino es fundamental que se implementen medidas tanto políticas públicas como culturales. Dos ejemplos claros son: la implementación de la ley de Educación Sexual Integral (ESI) y la creación de la Defensoría del Público que busca diluir mensajes que transmiten estereotipos de género en publicidades y medios de comunicación.

Sin embargo, Gherardi asegura que estas políticas de cuidado deben siempre articularse en un sistema integrado que pueda ofrecer un abanico de opciones para las familias en sus distintas conformaciones: “la transformación en las composiciones familiares debe encontrar un reflejo en las políticas públicas”. 

¿Qué hacer?

En la actualidad, los varones cuentan solo con dos días de licencia tipificada en la Ley de Contrato de Trabajo. En observación de esta situación desde CIPPEC proponen que el Estado debe avanzar en crear un sistema integral y federal de cuidados, basado en tres pilares: el primero es que provea tiempo para cuidar con un régimen de licencias por nacimiento/adopción universal que promueva la coparentalidad.

Segundo, destacan que debe crearse un nuevo esquema de cuidados que provea dinero para cuidar y que llegue a todos los hogares con niñxs y adolescentes. Por último, debe ampliarse la cobertura de espacios de crianza, enseñanza y cuidado de calidad para la primera infancia. 

“El camino de la deconstrucción para desandar estos tipos ideales, tanto masculinos como femeninos dentro de los modelos de producción de los hogares y de las familias, es muy lento. Pero, hasta el momento, hay que destacar que fueron más aceleradas las transformaciones en las mujeres que en los varones y en las instituciones”, concluye Faur.

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