Roberto Arlt: la apropiación criminal de la cultura

Por Kike Ferrari

La angustia, la locura, el complot, el asesinato, el sexo y el suicidio se muestran como rasgos del género negro que Arlt abordó en su obra. La influencia de su oficio como cronista “criminal” en su literatura, dejando al descubierto la decadencia de la sociedad, contraponen al escritor de Boedo con Borges, quien abordó lo policial con un mecanismo de relojería.

1.Arlt nunca será un clásico. Es demasia­do incorrecto, demasiado burlón. De una ferocidad sucia, áspera, incompatible con el bronce. Un hijo de nadie, heredero de nada, que construye con lo que encuentra entre los escombros de “un edificio social que se desmorona”.
Arlt es, sobre todo, un hombre de su tiempo. Un tipo con el oído atento a los sonidos secretos, a los ecos de ciertos ruidos que todavía no suce­dieron. Así en su obra –junto con restos todavía frescos de Dostoievski y Pushkin, y retazos de la novela de aventuras del siglo xix– ya resue­nan las pesadillas paranoicas de Philip Dick, las angustias del existencialismo, la ficción de es­pionaje. Y, por supuesto, lo negro y lo policial.
2. Hace un par de años participé de una charla sobre el género negro en la Sociedad Argentina de Escrito­res (SEA) junto a Reynaldo Sietecase y Álvaro Abós.
La intervención de Abós giró en torno a la idea (bastante propagada en su generación, ya que recuerdo haber leído declaraciones similares en alguna entrevista a Vicente Battista) de lo que podríamos llamar pannegrismo y que se resu­me así: todo –o casi todo– es género negro.
Abós señalaba que cualquier historia en la que haya una investigación es una novela po­licial; cualquiera en la que se narre un crimen, una novela negra. De esta forma entrarían en esa categoría desde Otelo hasta Crimen y casti­go, desde el Martín Fierro a El juguete rabioso.
Pero si todo es género negro, claro, nada lo es.
Esta lectura no toma en cuenta que el cri­men no es una de las cosas que pasan en una novela negra. El crimen es lo que pasa. No es el andamiaje literario sobre el que se cons­truye la historia, es la historia misma.
En El extranjero hay un asesinato, pero la novela no trata de eso. En la nove­la 1280 almas, de Jim Thompson, sí.
3. La mirada contrapuesta es la de la lectu­ra purista que pretende que la novela negra es un producto de un momento histórico úni­co e irrepetible, que todo empieza y termina en Estados Unidos, desde 1929 a 1940.
Veamos: la novela negra, es cierto, nació en el Esta­dos Unidos –el país que sería el dueño del mundo de ahí en adelante– de la Depresión, justo entre las dos guerras más sangrientas, brutales y con mayor número de muertos de la historia de la humanidad. Podríamos decir que nació entre la muerte y la bús­queda desesperada del dinero: la novela negra es, por definición, el género literario del capitalismo tardío.
Los puristas del detective de sobretodo, som­brero y pucho en los labios sostienen que el género negro no puede existir, porque la so­ciedad que lo hizo nacer ya no existe.
Pese a ellos, es claro que la literatura criminal –al contrario de las novelas de caballería, digamos– goza de buena salud. Porque la relaciones sociales de producción que le dieron vida todavía están ahí y, sobre todo, porque ha ido evolucionando, mutando y transformándose junto con los vaivenes del sistema.
Hoy, como en la década del treinta, en pocos lados como en la descripción del crimen se pueden leer las huellas que permiten entender el fun­cionamiento de la sociedad en la que vivimos.
4. Entre una y otra lectura habrá que buscar las tensiones que acercan y ale­jan a Roberto Arlt del género negro.
5. La novela negra, por cierto, no nació de la nada. Ni tampoco sólo de las condiciones sociales. La literatu­ra tiene sus propias reglas y sus propias tradiciones.
¿Cuáles son entonces los antecedentes ge­néticos, el ADN de la novela negra?
Por un lado, sin dudas, el policial clásico, la novela de enigma, aquella donde, desde Ed­gar Allan Poe, manda el intelecto. La histo­ria de una investigación, que es el primer in­tento de hacer una narrativa del crimen.
Por el otro, la novela de aventuras del siglo xix con la que comparte una serie de funciones, lo que podríamos llamar el esquema: acción hostil inicial, investigación, resolución. El género negro se apropia de este esquema, al que le impone sus propias leyes.
En Roberto Arlt, sobre todo en Los siete locos, en­contramos una continuidad similar de estas dos tra­diciones –en el sentido que le da Lukács, es decir dia­léctico, que contiene la discontinuidad, la formación de la novedad cualitativa, el salto–, pero elaborada de una manera única, porque Arlt es un escritor único.
6. En una de sus líneas más conocidas, Ray­mond Chandler escribió que “(Dashiell) Ham­mett sacó el asesinato del jarrón veneciano y lo echó al callejón. Lo devolvió al tipo de gen­te que lo comete por algún motivo, no sólo para proporcionar un cadáver a la trama”.
Siguiendo esa metáfora podríamos decir que Arlt, en cambio, se robó el jarrón veneciano, se lo vendió a un contrabandista del Bajo y se sentó a escribir –con el ritmo y las armas del cronis­ta policial– todo lo que se desencadenaba por ese hecho: la angustia, la locura, el complot, el ase­sinato, el sexo, el suicidio. Y una ciudad (Buenos Aires) que es teatro de operaciones y protagonista.
Podemos pensar que el acercamiento de Arlt a lo negro tiene más que ver con los vestigios que hay en sus novelas de su trabajo como periodis­ta, que sus cuentos formalmente policiales. Una aproximación lateral: una vez más el uso –la apropiación– de un recurso para otros fines.
No es casualidad que esa suma de atrocida­des que es Los siete locos haya sido escrita en 1927 (un bienio antes de que en Estados Unidos aparezca Cosecha Roja, la novela fundacional del género negro), año en el que entra como cro­nista policial –“criminal” sería más exacto de­cir– a Crítica, el diario de Natalio Botana.
Porque lo policial en Arlt no son los meca­nismos de relojería de Borges en La muerte y  
la brújula; lo policial –lo criminal en Arlt es el voceo del canillita en las calles brumosas, anun­ciando el suicidio del feroz asesino Erdosain en el tren de las 9:45 con destino a Moreno.
Como después hará Walsh, Arlt usa los me­canismos del periodismo para ennegrecer su obra; como el mismo Borges, aprovecha el modo policial de narrar para contar otra cosa.
7. El juguete rabioso, la primera novela de Arlt, empieza con un robo menor. Unos pibitos fasci­nados con Rocambole y las novelas de aventuras, se inventan un club secreto –los Caballeros de la Medianoche– y entran a una escuela a robar libros. Ese gesto explica como ninguno el acercamiento de Arlt a la cultura: el asalto bárbaro a los nichos de la civilización, la apropiación desde el delito.
Libros y lamparitas, roban los Caballeros de la Medianoche. Cosas que sirven para iluminar.
Cuando huyen con el botín, la policía casi atrapa a uno de los tres muchachos. Al día si­guiente, el club se autodisuelve del cagazo.
Uno de ellos, sabremos después, se hará policía; otro –Silvio Astier, el protagonista– será delator. El tercero, Enrique Izurbeta, que seguirá ligado al mun­do del delito, se resiste y lo hace saber. Les anuncia a sus ex camaradas su decisión de seguir en la huella.
“Claro, no para todos es la bota de po­tro”, dice despectivamente.
8. Esas líneas de El juguete rabioso podrían ser­vir para explicar la relación de casi todos los escritores argentinos de la época, y del propio Arlt, con el género policial: una cosa medio ver­gonzante que se hace casi siempre por encargo, muchas veces con seudónimo y por un breve pe­ríodo, mientras se escribe otra cosa: “La Obra”.
En ese sentido, pueden leerse los cuentos policiales –“Las fieras”, “Un crimen casi perfecto”, por ejem­plo– que Arlt escribe para revistas como Vea y Lea.
Habrá que esperar varios años hasta que una generación de escritores –Martini, Piglia, Feim­man, Soriano, Sinay, Tizziani– tome con orgullo la bandera y escriba los primeros policiales negros con sabor y acento argentino. Lo policial será en­tonces, también, una perspectiva de lectura.
Y leídos desde ahí, el brutal asesinato de la Bisca, el robo de 600 pesos a la Compañía Azucarera, la muerte de Haffner, el falso secuestro de Barsut o el suicidio de Erdosain cobrarán una dimensión nueva.
Más negra.
Y más criminal.

Nota en Revista Sudestada del 2014 Nro 130.

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