De violines y gallinas

Y están las preguntas de siempre, cómo te iniciaste en la música y por qué la abandonaste, y lo peor que uno a veces no sabe lo que responde porque se olvida. La última vez que me lo preguntaron me vino a la memoria un extraño gallinero vinculado de algún modo con ella.
El gallinero estaba en la ciudad de Córdoba, adonde llegué a los 16 de edad para reencontrarme con mi viejo, y lo único que sabía yo de ese arte era tocar de oído en el acordeón del abuelo.
Papá me enseñó un poco de lectura musical y mandolina, que se le daba bien. Pero la noción del violín, que para mí fue como el descubrimiento de América, se la debo a dos españoles de Galicia, vecinos míos que vivían como yo sobre la misma calle, llamada Camino a Monte Cristo, calle que para mí, que venía de leer a Dumas el viejo, conducía a la casa del Conde de.
Uno de ellos, Manolo, era el dueño de un próspero criadero de gallinas. El otro, Paco, vivía en un garaje y durante la semana vendía a domicilio novelas por entregas editadas en Barcelona, entre ellas “Genoveva de Brabante”, que era casi infinita y hacía llorar a barrios enteros. Los fines de semana integraba esas orquestas espasmódicas llamadas rejuntados que tocaban tangos en los pueblos de la campaña. LLevaba veinte años estudiando la “Zingaresca” de Sarasate, que tocaba de maravilla hasta llegar a cierto compás que nunca pudo superar, se trataba de un impedimento metafísico. Este compás es como el día de mi muerte, decía desesperado cada vez, o sea siempre, que no podía ni siquiera ponerle los dedos encima.
Por las tardes salíamos a la vereda con mi viejo a tomar el fresco, (y de paso a ver pasar  ese monumento que era la hija de Manolo) y desde allí escuchábamos a Paco en su violín a la sazón gitano, y nos deleitábamos oyendo esa obra de Sarasate hasta el compás en que, lo sabíamos de antemano, arrojaba el instrumento sobre la cama y agarrándose la cabeza lloriqueaba pensando en lo duro que era el exilio hispanoamericano y lo absurdo que era el mundo. Superar ese obstáculo, deducía papá, hubiera significado mucho para él: al otro lado del compás estaba esperándolo la Sinfónica de Córdoba, necesitada de buenos violinistas, y el bienestar, por supuesto; de este lado, las orquestitas de mala muerte con el infinito dos por cuatro abominable de los tangos, y la pobreza, claro.
Yo nunca había visto un violín de cerca hasta ese día en que me animé, llamé a la puerta del garaje, me presenté y le dije que tenía interés en conocer el instrumento que tocaba. Me trató de tú, palabra que para mí era de los libros y no de la vida, me hizo pasar a su garaje repleto de partituras y folletines apilados hasta el techo, y sin mediar palabras ni necesarios ritos previos abrió el estuche y me mostró su violín, que por ser lo único que trajo desde el otro lado del mar era su única vinculación con La Coruña o Cruña como él decía apocopando.


Quiero aprender, le dije, y él entonces me invitó a comer, sacó afuera o sea a la vereda que él llamaba acera el braserito o infernillo donde hizo fuego de carbón y puso la olla con los ingredientes del pote gallego, y todo estaba hirviendo y despidiendo aroma cuando con precauciones fundacionales me colocó el violín bajo el mentón y el arco en la derecha, con un ojo y un oído veo el arco rozando la segunda cuerda y oigo su sonido, con el otro par veo pasar ese milagro sexy que era la hija de Manolo y oigo el repiqueteo de su taquito en la vereda.
Siguiendo su ritmo de zapatos me presento un día en su casa, toco el timbre y de acuerdo con lo deseado es ella quien atiende.
Escucho su español peninsular y todo se me mezcla, el timbre del violín y el del parlar de la península. Cuando le digo que estudio con Paco y que quiero conocer a su padre me dice que ya lo sabe y que le gusta mi sonido, o sea que ella también me mira cuando la miro y también me oye cuando la oigo. Usa el mismo tú que mi profesor sólo que más dulce. Abriendo puertas me introduce en la mansión y cuando estamos muy adentro se oye el violín de Manolo, impecable, paseando por una “Zingaresca” nueva para mí, la que sucede al otro lado del compás imposible de Paco.
Increíblemente toca íntegra la pieza, y cuando acaba me saluda dando por sentado que nos conocemos desde siempre, con lo que me inaugura violinista. Estoy en las primeras lecciones, le digo. Ya lo sé, me dice, y en cuanto acabes con Paco ven a verme, te daré clases de perfeccionamiento hasta revelarte los más de mil golpes de arco que sabrás que existen.
Y bueno, entonces aparece lo de las gallinas. Salimos a uno de los tantos patios de su casa que más bien es una finca, y después de unos jardines tipo Aranjuez aparece una extensión dedicada a la cría de aves. Estas, según crecen, van rotando por distintos corrales, cada uno con un largo hilo aéreo del que cuelgan hojas de lechuga rozagante. Para poder comerlas, las gallinas tienen que saltar y saltar, llegando cada vez más cerca hasta alcanzarlas. Cuando lo consiguen, se las pasa a otro corral, donde el hilo está más alto, obligándolas a mayores esfuerzos para poder alcanzar el alimento, como quien aprende a pasar el arco primero en la cuerda del “Mi”, que es la más cercana, hasta llegar a la lejana cuarta, el “Sol”, que para un principiante parece estar en otro mundo, o por lo menos al otro lado del compás que nunca dejó vivir en plenitud a Paco.
Y me explica que con esos ejercicios sus pollos y gallinas desarrollan unos muslos más grandes que los normales, de la misma manera que Paganini, a fuerza de pasar el arco unas veinte horas por día, desarrolló un brazo derecho musculoso y enorme junto a un brazo izquierdo prácticamente raquítico por falta de ejercicio. Unos muslos tan grandes que los vendía en el mercado a más del doble del precio corriente. De ese modo, mientras las gallinas saltaban durante toda la jornada, Manolo, gracias a ellas y a su plusvalía, podía estudiar horas y horas a Sarasate y Paganini.
Las del último corral del criadero me atemorizaron, eran demasiado grandes y asimismo hirientes, especies de cisnes de las gallinas; unos ojazos y un cogote impresionantes, hay que ver la agresividad que desplegaban y mejor no hablemos de sus muslos. No aguanté más y le pedí que volviéramos a la casa.
Entramos en un salón donde lo más importante era su hija, especie de gallina reina, como la de las abejas. En su entorno había atriles, partituras carísimas venidas de Suiza, desde los dúos de Viotti hasta la Sinfonía Concertante de Mozart, con la parte de la orquesta incluida, que al Manolo le costaban apenas un par de saltos adicionales de sus gallinas increíbles. Me explica que él en su criadero sube los hilos de las lechugas hasta un límite cuidadosamente calculado, porque llevar a sus pollos más allá de esa altura límite significaría pérdida, por exceso de ejercicio, de lo ganado con las prácticas gimnásticas.


Una técnica muy simple, dice, de golpe de arco aplicado a las gallinas. Cuando lo pasas desde el talón hacia la punta, al llegar a ella debes volverlo en sentido inverso de manera tal que nadie advierta auditivamente el cambio. Es un instante justo, exacto, donde ni se pierde ni se recupera impulso. El momento preciso en que una pelota deja de subir para caer. Y todo eso de tal modo que el cambio no se advierta. Es ése el punto hasta el que llegan mis pollos para desarrollarse en perfectos equilibrios. Gracias a estos descubrimientos hemos comprado esta casa y dentro de poco, en cuanto caiga Franco, iremos de visita a nuestra tierra.
Cuando se lo conté a Paco, se le entristeció un poco la mirada al tiempo que me decía entusiasmado que con el otro violinista yo aprendería mucho más. Esto me decidió a seguir siéndole fiel, aunque no tuviera ni hijas ni partituras ni gallinas, y a renunciar de algún modo a la hija de Manolo, que según el horóscopo podría haberse convertido en mi primer amor. El único problema planteado por mi fidelidad era que mientras pasaba el arco junto al braserito en la vereda, en vez de mirar las cuerdas del violín me fijaba en mi brazo derecho, observando el movimiento de los músculos tanto al subir como al bajar, y lo veía como el muslo de los pollos más monstruosos de Manolo. Los de su hija, en cambio, cuando pasaban junto a nuestra pobreza llegados del Olimpo, eran el golpe de arco más perfecto.
La hija de Manolo de noche se multiplicaba para poder llenar los sueños de todos los adolescentes del barrio. Allí se paseaba en pantalones ajustados o en faldas con lo justo (sin que nadie se diera cuenta del cambio de prenda, como en el arco del violín). Tanto en los sueños como en la realidad (donde ella era igual que un sueño), siempre estaba llena o plena como esos acordes sobre las cuatro cuerdas que se hacen con dos golpes de arco tan juntos que parecen uno solo. Y si yo no aprendí casi nada con Paco fue por ella, por esa figura musical que pasaba fuera del pentagrama, a los saltitos por la vereda rumbo a esos tranvías que había entonces, llenos de luces y campanas.
Hay que decir también que Paco en realidad me introdujo en la literatura, no en la música, con esas largas sesiones nocturnas de lectura, inviernos enteros tiritando felices junto al infernillo pero esta vez dentro del garaje, hay que ver cómo sonaba en su voz “La casa de la troya” de Pérez Lugín su predilecto, que él sabía casi de memoria, y si pasaba los ojos por la página era sólo por darse corte, para demostrar, alzándolos y mirando para otro lado sin interrumpir el discurso, que él en literatura también podía repentizar, que también en asuntos de libros es posible leer a primera vista y casi sin mirar las letras.
Paco, que me hizo conocer en ese garaje, mezclados con las partituras de Sarasate, los húmedos apriscos de Gabriel y Galán, las tierrucas de Pereda, el Armando Palacio Valdés que creí olvidado hasta que me topé con su estatua en una calle de Oviedo, y el inolvidable Campoamor que todos hubimos.
Paco, que un día que se levantó como quien dice estresado, aunque todavía esa palabreja no existía, me dice que no puede enseñarme más, que mejor me inscriba en el turno nocturno del conservatorio de la provincia, que todos sabemos regentea un violinista loco.
Un profesor que considera pecado mortal alzar el brazo cuando pasamos el arco sobre la cuarta cuerda, que como se sabe es la más lejana en el violín y demás instrumentos de esa familia. Entonces es obligatorio en cada clase llevar un libro y tocar con él bajo el brazo a fin de no levantarlo. Y es que realmente está loco el profesor. Al principio ponemos cualquier libro, el que tenemos más a mano, algunos de tan pocas páginas que no te ayudan para nada, hasta que nos damos cuenta de que si el libro es grueso la cuarta cuerda se te acerca. Hay un alumno que desde el comienzo usa “La Regenta” de Leopoldo Alas en un solo tomo, y es el mejor del curso. No dudo más y me compro “Los Buddenbroks” de Thomas Mann, “Terra nostra” de Carlitos Fuentes todavía no había aparecido. Y alcanzo la cuarta cuerda maravillosamente, serás un genio dice el profesor.
Pero como los alumnos éramos muchos y él en cambio uno solo, la espera para dar la lección era muy larga y esto te obligaba a leer el libro que usabas para conseguir la cuarta cuerda. Así pasé por las obras más largas, desde el citado Mann hasta “El hombrecillo de los gansos” de Wassermann, que también tenía su extensión, sin olvidarse de media docena de autores muy prolíficos que no puedo citar porque me olvido de ellos.
Un día me toca el turno para dar la lección y cuando el profe me llama para sacarme de la distracción que me produce el librobrazo le digo chst, cállese por favor que estoy leyendo, y él por poco me expulsa de esa pocilga que llamaban extensión nocturna del conservatorio. Entonces resuelvo abandonar la música y dedicarme a la literatura.
Si Paco y Manolo vivieran para saberlo, se morirían de risa. Yo, en el fondo, no sé si agradecer o no ese equívoco. Los designios de la naturaleza, según ese marqués sádico que de paso era tan feo, son ineluctables. Mi vocación por los sonidos se desvió hacia las palabras debido a la posición lejana que ocupa la cuarta cuerda en el violín. Eso me indujo a la literatura, de la misma manera que la cercanía del pulgar con los demás dedos en la mano del hombre induce a los humanos a la acción.

(Agradecemos a su hijo, Ricardo Moyano, quien nos ha facilitado siempre el material literario de su padre)

*Daniel Moyano: (Buenos Aires; 6 de octubre de 1930 – Madrid, España; 1 de julio de 1992) fue un escritor argentino. Pasó su infancia en la ciudad de Córdoba y luego se radicó en la provincia de La Rioja, donde ejerció como profesor de música e integró el Cuarteto de Cuerdas de la Dirección de Cultura de esa provincia.

Obras del autor:

  • “Artistas de variedades”. Cuentos. Daniel Moyano, Editorial Assandri, Córdoba, 1960.
  • “El rescate”. Cuentos. Daniel Moyano, Burnichón Editor, Buenos Aires, 1963.
  • “La lombriz”. Cuentos. Daniel Moyano, Nueve 64 Editora, Buenos Aires, 1964.
  • “Una luz muy lejana”. Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1966.
  • “El fuego interrumpido”. Cuentos. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires,1967.
  • “El monstruo y otros cuentos”. Cuentos. Daniel Moyano, Centro Editor de América Latina Buenos Aires, 1967.
  • “El oscuro”. Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1968.
  • “Mi música es para esta gente”. Relatos. Daniel Moyano, Monte Ávila Editores, Caracas 1970.
  • “El estuche del cocodrilo”. Cuentos. Daniel Moyano, Ediciones del Sol, Buenos Aires, 1974.
  • “El trino del diablo”. Novela. Daniel Moyano, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1974.
  • “El vuelo del tigre”. Novela. Daniel Moyano, Editorial Legasa, Madrid, 1981.
  • “La espera y otros cuentos”. Cuentos. Daniel Moyano, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1982.
  • “Libro de navíos y borrascas”. Novela. Daniel Moyano, Editorial Legasa, Buenos Aires, 1983.
  • “Tres golpes de timbal”. Novela. Daniel Moyano, Editorial Alfaguara, Madrid, 1989.
  • “Un silencio de corchea”. Relatos. Daniel Moyano, Ediciones KRK, Madrid.1999.
  • “Dónde estás con tus ojos celestes”. Novela. Daniel Moyano, editorial Gárgola, Buenos Aires, 2005.

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