Santa Valentía

Por Lala Sosa

Un rumor familiar cuenta que mis abuelxs tuvieron, hasta algunos años antes de morir, una sexualidad plena. Parte de la familia lo niega, parte no lo recuerda, otra (sabrán cuál) lo hace bandera. El tema se sigue hablando a sotte voce y siempre desde el pudor, desde la risa, o el asco. Mirá si vamos a imaginar que la abuela, que amasaba desde las seis de la mañana la pasta para treinta personas, también era capaz de usar las manos para gozar del cuerpo de su marido. Mirá si vamos a pensar que al abuelo que hamacaba a nietxs y bisnietxs en la plaza del barrio usaba esas mismas manos para gozar del cuerpo de su compañera de vida. Mirá si lxs viejxs van a ser capaces de semejante cosa.

Hay versiones de que mi abuelo habría tenido un pre infarto teniendo sexo con la abuela. Tendrían, en ese entonces, unos setenta años. También sabemos que miraban porno. No está muy claro cómo esta información tan íntima le llegó a nietxs y bisnietxs, pero la hipótesis era fácilmente comprobable. En su la casa de Soldati, donde pasaron toda su vida, la tele del dormitorio estaba puesta dentro del placard, para que pudieran mirarla cómodamente desde la cama. Al principio pensamos que el rumor solo salpicaba al abuelo porque claro, un hombre de setenta años puede mirar porno, pero la disposición de la tele en el cuarto nos mostraba lo obvio: la abuela también miraba.
Entonces lo cierto es que sí fueron capaces. Yo lo cuento con orgullo y hasta con envidia. El triunfo de su deseo me hace cuestionar continuamente el mío, y dejaron una vara bastante alta para todo el árbol. 

Mis abuelxs nunca concibieron la idea de que el amor en la tercera edad estuviera por fuera del sexo, ni siquiera creo que se lo hayan planteado, no existía, como ahora, un movimiento político que defendiera el goce de lxs “viejxs”. Y afirmo por ellxs porque no hizo falta que me lo contaran o lo pusieran en la pancarta de una manifestación, ellxs demostraban su deseo en cada almuerzo familiar: lo más sutil eran besos en la boca, pero también hubo manoseada cómplice a las nalgas de la abuela, que gritaba “Antoniooo” muerta de risa. Antonio tus hijos, Antonio los nietos, Antonio los bisnietos, los tataranietos. Antonio y Vicenta: Nada los frenó nunca.

Hoy es San Valentín y sé que, aunque lo neguemos, algo de esta fecha nos remueve a todxs. Sea porque estamos solxs, insuficientemente acompañadxs, o porque tenemos el imperativo de cumplir con lo que sea que la fecha nos dispare, nadie escapa a la herida de ese angelito algo perverso. 
Algunxs dirán que es puro marketing y harán sus posteos de repudio, otrxs publicarán alguna foto con su enamoradx. Yo solo pienso en el cliché de cómo hacer para que el deseo y el amor se sostengan más allá de una fecha.
Sé que la idea de crecer con alguien y no perder las ganas de compartir placer junto a esx otrx suena demasiado pretenciosa y romántica. Sé que para la ciencia el enamoramiento es algo químico de apenas unos meses, que para la psicología la pasión inicial se va sublimando para dar paso a otra cosa. Pero yo crecí sabiendo que existen otras opciones, atestigué esa realidad imposible como algo tangible y real. 

Y en una época en la que el deseo es efímero, en la que la posibilidad del cambio de avatares sexuales está a la orden del día, me pregunto: ¿cómo se sostiene ese deseo?, y sobre todo, ¿por qué me parece tan vital y necesario?

Pienso en mis abuelxs. Eran otras épocas, sí. Pero el drama del deseo y el amor se repite siglo tras siglo, basta con leer alguna tragedia griega para comprobarlo.
Por eso voy tras las pistas que me da la memoria y reconstruyo lo que ya no puedo preguntarles, busco información que me permita explicar la receta más buscada, además de los agnolotis de Vicenta.
La primera pista está en la conexión que tenían con el cuerpo: mis abuelos bailaban tango a cualquier hora del día. Cerraban los almuerzos con una milonga, esa danza que los metía dentro de una casita en la que solo entraban ellxs, dejando a la familia afuera como simples espectadores; éramos nada más que público. Pero ese baile no era un pasatiempo, era un cortejo que estaba siempre a disposición. Los recuerdo amaneciendo un primero de enero a las siete de la mañana, bailando apretados en el patio de la casa de mis tíos. No había feriado para el cortejo.
Otra pista: nunca los vi discutir en serio. Cada vez que la cosa se ponía áspera encontraban la manera de llevar la situación hacia el humor. Por supuesto que hubo gresca, el abuelo como todo macho tanguero se fue de joda más de lo permitido y se habrá ligado alguna maceta por la cabeza. Pero nunca lo vimos. Y no hago bandera de la apariencia, pero sí de la forma sutil que encontraron para que la violencia y la rutina no se les sentara a comer en la mesa. Para que no le mancharan el mantel floreado a la abuela. Si había manchas, que solo fueran las de tuco.
La tercera: no tenían vergüenza de mostrarse. Hacían del amor y la pasión una cursilería tan natural que daban ganas de mirarlos. Eso tenían, daban ganas de aprender de ellxs, de observarlxs como si pudiéramos atrapar el truco, el secreto de sesenta y ocho años de compañía.
Y una última, aunque seguro haya más, es que, ante todo, eran ellxs, y después existía el resto del mundo. Estaban ellos incluso por sobre toda la familia. Antonio lo repetía en los almuerzos con lágrimas en los ojos “ustedes le deben la vida a Vicenta, sin ella ninguno estaría acá”. Nosotrxs siempre fuimos fruto de ese amor. El fruto que cae y rodea al árbol, pero que es solo una parte de la vida de ese árbol.
Yo no sé si mi abuela usaba portaligas detrás del delantal de cocina, o si al mate con leche de las seis de la mañana le ponía algún afrodisíaco, pero sí sé que a pesar de lo que los años les tiró encima, siempre encontraron la forma de atestiguar el mundo bajo una mirada conjunta, y esa mirada intentaba rescatar la vida, en cualquiera de sus formas.
Para estos hijxs de inmigrantes que escaparon de la guerra, su amor parecía decir: “estamos vivxs, lo logramos”. El amor les dio el coraje necesario para elegir crecer -no envejecer- junto al otrx, y hacer de ese acto un motivo de celebración que no solo se tradujo en una familia numerosa, como se esperaba de una pareja longeva, sino también en dos cuerpos deseantes, que se animaron a disfrutarse en todas sus formas.
Y sí, es verdad, esta fecha es un invento de marketing y al amor, como una planta, hay que regarlo todos los días. Tal vez la clave está en aprender que el amor también es eso que crece alrededor de la semilla que no prendió; los yuyos en los que, de vez en cuando, encontramos un trébol.
Que el amor es bancarse ir trasplantando el brote a un lugar cada vez más grande hasta lograr que se adapte. 
Que es tener la valentía de mirar cuán profunda es la raíz, para saber cuán alto podría ser el árbol. 

@agenda.feminista

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

COVID 19: ¿Cuál es la realidad de lxs trabajadorxs de salud?

Leer siguiente

Yemen: tumba de la humanidad