Tabaré Rivero: “uno hace esto por amor, no por plata”

Con las secuelas de una dictadura sangrienta a cuestas, la fiereza de una poética incontrolable y las ganas de patear el tablero, Tabaré Rivero transformó la escena uruguaya con su grupo La Tabaré. Desde el año ’85 – año en que inició — a la actualidad han pasado 37 calendarios y mucha, muchísima, agua bajo el puente. Hoy luce barba tupida y entrecana, la cabeza pelada con una larga cabellera por detrás. Su habla se mantiene serena, pero cada palabra que sale de su boca es arrolladora. 

Por Gustavo Grazioli

Tabaré tiene 65 años. Es actor, cantante, compositor y un frontman que ya no se encuentra. Hace música por pasión. Durante sus años al frente de La Tabaré hizo de todo para generarse ingresos: desde docente de yoga a profesor de teatro. Con la banda grabó 15 discos de estudio y recorrió todos los escenarios. Desde lo más under a lo más mainstream. Siempre se mantuvo fiel a las coordenadas de su corazón y no desesperó por pertenecer a ningún club. “Tengo la conciencia limpia de que no me traicioné”, le dice a Sudestada, antes de cruzar el Río de la Plata y arribar a suelo argentino para dar conciertos en Rosario, Buenos Aires (viernes 15/7 en Niceto) y La Plata (sábado 16/7 en Pura Vida).

Son 37 años de banda, ¿Cuál es el secreto para sostener un proyecto por tanto tiempo?
Sangre, sudor y lágrimas. Y pasión. Lo que más me hace seguir adelante es que me apasiona lo que hago. La música fue el sueño de mi vida cuando fui adolescente. Aunque con la banda empecé tarde, tenía 27 años. Cuando los rockeros de verdad mueren, yo empezaba. En ese momento de mi vida, tener una banda de rock en Uruguay era como ser astronauta. El dinero acá nunca alcanza para el que quiere hacer arte. Uno hace esto por amor, no por plata. 

¿En algún momento se te cruzó la idea de tirar la toalla?
Sí, se me cruzó. En 37 años pasó de todo. Desde violencia en los toques, críticos que me ningunearan en los momentos más boom de la banda, o músicos que se iban porque no hacían dinero. He tenido que respirar hondo y seguir adelante, persiguiendo una zanahoria que no existe. 

Estar, pertenecer o lo que se define como “llegar”, ¿Alguna vez fue tu objetivo?
Nunca me interesó. Vengo de una cultura rockera sesentera, en donde teníamos aquella utopía, quizás tonta o no, de que queríamos cambiar el mundo. Con el tiempo uno después se desengaña y se da cuenta que eso no lo va a poder lograr. Si no pudo John Lennon con el mega éxito y lo que decían sus letras, que lo voy a poder cambiar yo con unas cancioncillas. Pero igual insisto con eso de que todos los músicos unidos podríamos hacer algo de fuerza en la balanza. Lo que pasa es que hoy a nadie le importa nada.

¿El ninguneó de la prensa fue por algún tema en particular?
Una de las cosas que se me ocurre pensar, es que en esos primeros diez años de banda no era un tipo agradable en las entrevistas. De verdad estaba muy enojado. Venía de la dictadura y si bien nunca me torturaron, estuve en cana varias veces y prepoteado. Venía con todas las energías contraídas por todo lo que eso significó socialmente y a veces me hacían entrevistas medio tontas que preguntaban pavadas y era bastante antipático. Supongo que eso generó en el ambiente que no era agradable. 
Por otro lado, acá en Uruguay están los premios Graffiti y nunca lo ganamos. Hace años que está y todas las bandas de amigos, conocidas, lo ganaron alguna vez. Sean más o menos rockeros, más o menos comerciales, todas ganaron un Graffiti y nosotros no.
¿Por qué?
El que organiza los premios, y lo digo públicamente siempre, es un tipo que seguramente da ciertas indicaciones. Empezó a hacer esos premios con la excusa de que iba a ayudar al rock y al segundo año, cuando vio que había dinero, puso rock católico, rock judío, jazz, candombe, murga y ahora es un pastelazo de mamarrachos, donde todos ganan premios, menos nosotros porque no le decimos las cosas que quiere escuchar. 
¿En qué momento dejó de molestar el rock?
Los ochenta fue una época rara y confusa. Acá en Uruguay el rock era peligroso hasta que entró MTV. Todo empezó a mezclarse en cosas que no tenían significado. El publico dejó entender y la confusión llevó a que otras cosas se conviertan en transgresoras. Tinelli, por ejemplo, que se comía un alfajor entero y mostraba el calzoncillo al aire. Eso empezó a ser más transgresor que los rockeros. 
Después de tanto tiempo haciendo música y arriba de los escenarios, el público también fue cambiando ¿Con qué tipo de seguidor se encuentran ahora?
Antes iba a tocar a las ciudades del interior de Uruguay y cuando terminábamos el show, ponían bandas de rock, medio pop, que no me gustaban. Hasta que, en otro momento, en vez de poner esas bandas, ponían cumbia. Pero la cumbia más pior. Entonces la misma gente que había agitado con la banda y que se sabía todas las letras de La Tabaré, bailaba eso. Ahora en vez de esa cumbia, se escucha trap o reggaetón. Yo vivo en el barrio Palermo, el barrio del candombe. Los tipos tocan tambores cuatro veces por semana, las manos le sangran porque tocan con el alma, pero desde las ventanas de sus casas no sale candombe, porque no escuchan eso. Escuchan trap y reggaetón.  Es la invasión de la basura. No solo la basura está en los plásticos y en otros contaminantes, también es auditiva.
¿Los años modificaron las alternativas de resistencia?
En estos momentos estoy disfrutando. Lo pude haber hecho antes lo del disfrute, pero estaba tan furioso, resistiendo y llevándome el mundo por delante, hasta que en un momento dije basta. Eso no es rendirse. Nunca voy a cambiar el estilo ni las letras para ir a determinados lugares. Siempre voy a decir lo que tenga para decir. Y si a alguien no le gusta que se tape los oídos o se vaya.

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