Tan solo un nombre

Por Carolina Pérez
Foto Lorena Volpi

Me gustaba el mentón angular, eso era, el mentón angular, hasta que dijiste que te llamabas Ernesto entonces supe que más aún, me gustaba tu nombre. Caminábamos por Santiago con Sierra Maestra de fondo. A lo lejos ella se perdía tras la tormenta que acababa de dejarnos. Te conté que en mi bolso llevaba tu diario porque cada tanto me tiraba en algún banco a leerte.

Nos paramos frente al portón de la Casa de la Música, no bailabas pero la vibración de los tambores te atravesaba los hombros, el cuello, la gestualidad, era la danza de la ebullición con sutileza. Atravesamos la plaza principal una y otra vez, nos perdimos en laberintos de miradas, en imágenes que aún conservo en blanco y negro.

Una escalera de mármol trepa, se enrosca sobre paredes cargadas de moho, de olor a cigarro, de histórica humedad. Saco la máquina del bolso y enfoco ese rizoma de hierro y piedra. Pienso en la genética, en la cadena de eslabones que traen tu nombre hasta hoy para que resuene en mí en clave emotiva. 

Volvés a buscarme y subimos hasta desembocar en un salón donde ya no entra luz del atardecer. Al lado de los ventanales una mujer con dientes muy blancos canta boleros. Ella está ahí desde que la isla era continente.

Compartimos la única silla que queda libre. En la mesa todos nos saludan. Hay más botellas que vasos y más cantores que espectadores. La señora que está a mi lado me pregunta de dónde soy. Me cuenta que es italiana y que alquila habitaciones para viajeros. Entre las huellas de trasnoches y de su edad todavía se asoman rasgos de una mujer que fue atractiva. Cuando llega su novio me guiña un ojo y lo presenta. No tiene más de veinte, es alto, fibroso, carismático.

Despacio se desliza entre las mesas hasta llegar al balcón. Ahí prende un cigarrillo, se apoya sobre la baranda y mira el humo que apenas se eleva. Entonces ella sonríe, gira el anillo lleno de piedras y degusta cada sílaba, “Siempre preferí el chocolate”.    

Vuelve a llover. Hay un vapor que desdibuja lo que enfoco. Un viejo pegado a mis espaldas grita que duerme sobre rusos. Se ríe y de memoria describe solitarios paisajes cubiertos de nieve. Giro y me besa la mano, “Dostoievski, un pusilánime, para servirla”. Tiene la nariz colorada pero no de frío, traspira más que las paredes.

Miro la hora, son las seis de la tarde y ya es de noche. Pienso en lo lejos que estoy, en cómo se llamaba el hotel, en la incómoda quietud de extranjera, en la adrenalina de desconocer en la oscuridad, de estar siempre a punto de no poder volver, de no identificarme con nada ni nadie.

La señora de los boleros cierra el ventanal. El salón ya está vacío. Me gustan las cicatrices de los finales, los vasos sucios, los instrumentos vestidos, las partituras con pisadas, el revuelto de mesas y sillas que no se miran entre sí. Quiero retratar la cara del que acomoda, del que junta los deshechos de alegría. Sus rasgos son claros, precisos. Líneas rectas en su frente, en los párpados, en la boca que no es más que un trazo, una breve grieta. Es la última imagen del día. Llegué al lugar buscado y todo me resulta ajeno, extraño. Siento frío, quizás sea la humedad de la noche. Pienso en la habitación que alquila la italiana. Bajo la escalera y en la puerta descubro que Ernesto sigue ahí.

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