Un dinosaurio y la “guerrilla” del lenguaje inclusivo

Uno de los directores de La Nación, José Escribano, teme que el lenguaje inclusivo sea impulsado por “guerrillas contra la lengua”. ¿Por qué molesta tanto esta iniciativa?

Por Revista Sudestada

Parece que el dinosaurio José Claudio Escribano anda preocupado. El subdirector del diario La Nación, viejo amigo de genocidas y ferviente defensor de Mauricio Macri, publicó un extenso editorial este fin de semana sobre un tema que lo tiene perturbado: el lenguaje inclusivo.

En el aburridísimo texto, mas allá de las previsibles menciones a la autoridad intocable de la Real Academia Española (RAE) para determinar qué es bueno y qué no lo es, la repetida cita de lingüistas que tienen menos calle y menos barrio que el mismo Escribano, la nula mención a las diversidades excluidas en el lenguaje tradicional (ni una mención a trans, travestis, etc) y de la infaltable broma de dinosaurio canchero que se piensa gracioso porque mete la E en sustantivos (“Puedo asegurar que en la fiambrería de la vuelta nadie me ha puesto en situación de decidir si prefiero “jamón crude” o “jamón cocide”), Escribano anota su miedo de clase, un miedo que viene con mucha historia detrás sobre dos puntos específicos: “Uno es determinar si estamos frente a una modalidad pasajera, como tantas otras, impulsada desde diferentes cofradías.

O bien, si estamos frente a lo peor, a lo más grave, que sería una incursión solapada de guerrillas, ahora contra la lengua, a fin de abastecer por renovadas vías el relato político amañado en el que dieron cátedra en el siglo XX el comunismo y el nacional socialismo.Sabemos adónde ambos llevaron y cómo terminaron. Nos falta saber aún cómo terminarán los populismos del siglo XXI, tan concentrados en la manipulación del lenguaje”.

El oxidado Escribano, referencia de aprietes y extorsiones históricas de La nación hacia presidentes constitucionales, le tema al fantasma de “guerrillas contra la lengua” que, al sentir del editorialista, vienen a atentar contra el buen gusto y las normas armónicas y perfectamente tradicionalistas de los vetustos y miserables cómplices del genocidio, como el propio Escribano. Habría que señalarle a Escribano que el lenguaje inclusivo es apenas una herramienta para visibilizar un problema en el lenguaje cotidiano, que la lengua cambia todo el tiempo en el hablar popular y no en la academia o en la RAE y que no hay forma de frenar procesos populares. Ni siquiera con el alarido marchito de un dinosaurio que le teme a lo que viene creciendo desde el pie, en la voz de todes.

En ese sentido, la profesora en Ciencias Antropológicas UBA, Lucía Peyrano, se preguntó: “¿Por qué molesta tanto el lenguaje Inclusivo?”

El llamado lenguaje “inclusivo” circula por algunos espacios cambiando el final de las palabras por la “e” con la intención de “incluir” a las identidades no binarias. La palabra “inclusivo” quizás no haya sido la más indicada para describir lo que pretenden estas transformaciones sociolingüísticas, que van más allá de reemplazar una letra por otra. De todas formas, la necesidad de hablar de un lenguaje “inclusivo” revela la existencia de una exclusión siempre latente.

¿Qué significa hablar de inclusión, en una sociedad donde la riqueza, la información y el acceso a los recursos básicos se distribuyen de una manera desigual? ¿Qué significa hablar de inclusión en una sociedad que no garantiza el cumplimiento de derechos a la salud, a la educación y al trabajo de manera igualitaria a todas las identidades? ¿De quién se necesita autorización para que entren, al menos en el lenguaje? Todas las personas que habitamos este mundo ya estamos acá dentro. Se trata de ser visibles o invisibles, y para quiénes eso es importante. El cuestionamiento al uso de la generalización al masculino y al binarismo de nuestro lenguaje trae otras preguntas incómodas para quienes siempre se han sentido dentro.

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