Poesía recuperada: versos de una desaparecida

Mabel Carranza fue una poeta y estudiante que a sus 21 años fue desaparecida por la última dictadura militar. Hoy, recuperar sus palabras y la identidad, que todavía habita en sus versos, resulta fundamental para no perder la memoria.

Por: Natalia Bericat

El agua y sus criaturas han tallado estos mensajes.
Aquí están los secretos que los cuerpos dejaron en los rieles
antes de fundirse con el agua y tomar la forma del océano.
El botón de nácar-Patricio Guzmán

El papel es un lugar donde dejar marcas. Cuando escribimos, el agua que contiene la tinta, dispersa palabras sobre la hoja. Es tan fuerte su pigmento que la atraviesa, mancha los dedos. El agua talla mensajes dice Patricio Guzmán y la poesía de Mabel Carranza está impregnado de ellos. En un cuaderno Arte, de tapa blanca y guardapampa azul y roja, ella escribía. Con letra cursiva y redonda, el líquido quedó impreso como un sello indeleble. No existe sustancia que pueda borrar el trazo de sus versos. El gesto de la maniobra, con la cual la mano desplaza las letras, nos dice Walter Benjamin, se transforma en un eco que resuena en nuestro presente. Las páginas se vuelven inmortales para contarnos que allí habitó la poesía.

Las guardianas de sus versos, Nélida René Mainetti, su mamá, y  Alejandra Carranza, su hermana, abrieron el cofre donde guardaban un diamante que los monstruos no pudieron arrebatarles. Un cajón guardó durante 43 años esta poesía en pausa.  Versos que nunca durmieron sino que estaban esperando salir a la superficie para respirar vida. Entregar este tesoro es un acto de amor; es abrir una tapa para que salga la luz.

Dentro del cuaderno, encontraron una servilleta con una frase de una amiga: Mabel: parecés tímida, casi etérea y de pronto se despeja de tu corazón dulce la palabra de acero contundente. Los opuestos se complementan para llegar a la profundidad, a lo más hondo. La dulzura y el acero que la hizo fuerte para luchar por lo justo. Recuperamos la poesía al mismo tiempo que recuperamos su identidad. La poesía crea un lenguaje que nos cobija. Acudimos a ella para gritar, pero también para susurrarnos palabras suaves que no nos dejen caer. Escribimos para sobrevivir o como nos dice Chantal Maillard: escribir/para curar/en la carne abierta/en el dolor de todos/en esa muerte que mana/ en mí y es la de todos. La poesía de Mabel nos pertenece al igual que todos los versos de nuestros desaparecidos.

Nélida Mabel Carranza: 30 de marzo de 1977.                                            

A las 05:00 am, se escuchó el nombre de Mabel desde la calle. Era una voz conocida, por eso su madre abrió la puerta.  La venían a buscar. Un operativo, que rodeaba la casa, consiguió entrar. Su novio, Alberto Armando Hurt, el que había sido obligado a hablar, estaba con las rodillas contra el piso y con un arma apuntándole en la sien. Arrasaron con todo, o casi todo. La sacaron del sillón y la pusieron en un rincón tapándole la cara con una almohada.  Despedite de tu mamá. Un infierno a medianoche destruyendo todo. Más de una docena de cobardes acorralándola. ¿A dónde se la llevan? Voces de una madre asustada, puertas golpeadas y una hermana de 14 años durmiendo en la habitación. Alejandra trataba de esconder, debajo de la cama, el reloj que le había regalado su papá. Pensó que se trataba de un robo. No hay lugar para lo atroz en la mente de una pequeña. La palabra secuestro todavía no formaba parte de su boca. Quedesé tranquila, señora, que si no hizo nada la va a volver a ver.

Agarraron una bolsa y vaciaron la biblioteca. Una vida puede habitar en un estante. Maderas que ella misma había puesto, una por una. Cada objeto que se llevaron guardaba la memoria de una joven poeta. Libros de Neruda, El Principito, Tomos de psicología, adornos, discos de Pink Floyd, Violeta Parra, Sui Generis y las canciones de Aquelarre que escuchaba en el winco blanco mientras tomaba mate: Quién te puede, quién te puede parar/cuando el ave sopla luz de libertad. Borrar las huellas con sangre deja marcas; espacios vacíos donde encontrar respuestas. Relámpagos en la oscuridad donde conocerte, Mabel.

Esa fue la última noche que la familia la vio con vida. Los sacaron en dos Falcon verdes. Una vecina vio cuando los subían a ella y a su novio, uno en cada auto. Ya no habría más viajes de mochilera a Brasil. Tampoco iba a poder festejar sus 22 años, seis días después. El lugar dónde la llevaban era su último destino.  La arrancaron del nido, le quitaron el vuelo a las alas, le sacaron la pluma de las manos para que no vuelva a escribir. Ni en el papel, ni en las paredes. Esa letra es de tu hermana le dijo la madre a Alejandra, cuando iban caminando por el barrio, antes de que el mundo se les cayera encima.  Los muros de José León Suarez guardarán su tinta para siempre.

Poco tiempo después, a Mercedes, le tocaba bañarse con Mabel en el Centro Clandestino Campo de Mayo. Ese día se iba a transformar en la única testigo, en la última persona que transmitió sus palabras: me llamo Nélida Mabel Carranza. Si la ves a mi mamá, decile que estoy bien. Mantenerse fuerte a pesar de todo, cubrirse de palabras de acero como su amiga le había dicho en la nota. Estar en una madriguera y proteger a su madre del horror.

Hoy recuperamos a Mabel a partir de su poesía. Enterramos nuestras uñas en la tierra y buscamos las raíces de nuestros desaparecidos. Regamos esos frutos que siguen creciendo en cada objeto que encontramos, en cada nieto que encuentra a su abuela, en cada pañuelo blanco que nos enseña cómo seguir. Lloramos versos hasta ahogarnos, recitamos lágrimas hasta quedarnos mudos.

Nélida Mabel Carranza PRESENTE
¡AHORA Y SIEMPRE!

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