Volver a La Paz

Por Juan Solá

Querido Sur,

te escribo desde la casa de la abuela, en La Paz. Cuando me invitaron a la Feria del Libro de Paraná (que estuvo espectacular, fue muchísima gente) decidí que era un buen momento para pasar por el pueblo donde nací.

La última vez que vine fue hace seis años para presentar Naranjo en Flúo y desde entonces, la abuela insistió en que debíamos volver a vernos antes de que ella se muera. Me pareció un toque manipulador, pero por todo eso de “no vaya a ser cosa que tenga razón”, hice un alto en la gira y vine a pasar unas horas en el departamento donde pasé tantos veranos. La abuela tiene muebles de antes y fotos desde las que me mira una versión de mí que a veces extraño.

Siempre pienso que al pasado debe viajarse con cuidado. Hay quienes se sumergen profundamente en él sin pensar en las consecuencias, hay quienes lo evitan por saberlo brusco, hay quienes prefieren ignorarlo, como si el pasado y el ahora no fueran toda una misma cosa. ¿Puede un tiempo ser distante? ¿No estaría, entonces, comportándose como el espacio? Me temo que la distancia en el tiempo es la ilusión más bondadosa que hemos fabricado.

Cuando anocheció, la abuela me invitó a tomar un vino con Tito, quien fuera amigo de mi abuelo en sus años mozos. Siempre me resulta interesante encontrar personas que conozcan los fragmentos ausentes de mi memoria genealógica, por lo que acepté con gusto.

Tito es un arquitecto retirado que se levantó un bar frente al río junto a su compañero, el Flaco. Tienen una jauría de perros con cabezas de oso y una terraza desde la que el atardecer parece pintado a mano. Siempre me parecerá sabia la gente que elige amanecer entre los árboles. La ciudad es un enjambre de luz, murmuré. Nosotros somos bichos enceguecidos por el resplandor del neón.

Tito fue hermano del mejor amigo de mi abuelo y me contó cosas que yo no sabía. La vida del padre de mi madre fue siempre medio surrealista: millonario empobrecido por analfabetismo financiero, entrerriano de ascendencia vasca-francesa, creció en una casa que hoy es una iglesia y piloteaba una avioneta en la que iba y venía de Buenos Aires para hacer negocios con vacas. Cuentan que se pasaba las noches en el sótano del Club Social y que hacía travesuras del estilo de comprar dos camiones (sí, camiones) de vino a una bodega mendocina y ante el enojo de la familia exclamar ¡pero miren todo lo que nos ahorramos!

Todo aquello me parece tan ajeno, tan snob, y sin embargo, Tito consigue hacerme reír o estremecer porque lo narra con una astucia propia de alguien que se dedica a la escritura, aunque este hombre asegure que jamás ha escrito un cuento.

Escribimos por naturaleza, le digo. Siempre lo he pensado. Otra cosa será atreverse a lo autoral… pero la escritura siempre está ahí, en el papel, sí, pero también en cada pieza de arte que producimos. Hoy leí un poema de Federico Peralta Ramos que decía que el arte es hacerse cargo del dolor y la alegría de una época, y eso es un poco lo que hacemos cuando contamos una anécdota. Eso es un poco lo que hacen quienes van sobreviviéndole al tiempo a través de la narración de su experiencia en el mundo.

Tito habló de la noche que un oso se le metió en la cabaña donde vivía, en Canadá, porque se le ocurrió ponerse a freír huevos para el bajón. Hablo de sus días de psicodelia, de sus amigos de Laguna Beach, de la vez que se cruzaron con amigos a Tijuana y la policía los persiguió y les cobró un peaje carísimo apuntándoles con un arma en la cabeza. Tito se salvó de pagar porque era latino y entrador. Cuando le dieron la plata a la cana, los tipos bajaron las armas, les sonrieron y les dijeron Welcome to Mexico.

Nos reímos y brindamos tanto que las horas se hicieron líquidas como el vino. Cuando me fui, lo abracé y le dije: ojalá que en la vida me pasen al menos la mitad de las cosas que te pasaron a vos.

Creo que si hay algo que nos mantiene vivos es el espíritu aventurero. Mi abuela dice que ella tiene ochenta años pero que no es vieja porque no se aburre. Envejecer es aburrirse, querido, me dice, y mientras ella habla, yo trato de registrar cada una de sus palabras porque tengo el presentimiento de que son una especie de arma secreta que tendré que usar más adelante.

Pienso en la charla con Tito, en su idea de que las casas tienen espíritu y en su preferencia por amanecer frente al río antes que asfixiado por la torpeza progresista del cemento citadino. Si envejecer es aburrirse, volver a La Paz me ha regalado un par de años extra. Me pregunto si sabré qué hacer con ellos.

Buenas noches,
Juan.

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