Al aborto clandestino no volvemos nunca más

@ojonomade

Por Romina Moschella

LO QUE ARRULLA EN UN ABRAZO CUANDO ESCAMPA
El reloj marcaba las 5 y en una fría tarde de julio, el tercer piso de uno de los balcones de la calle Bulnes en el barrio de Palermo vibraba con la eterna voz del Flaco Spinetta y su guitarra en “Bajan”.
De ese acorde sólo quedaría el sabor amargo que convertiría a esa canción en inolvidable por muchos años. Más precisamente por décadas. 
Para ella, la música era la brújula que orientaba los instantes. Y en su eterna adolescencia ella quería ser canción.

Las marcas de lo clandestino: lo que el viento no se llevó de los ´90
El tiempo de los libros de la buena memoria promediaba que ya había pasado la mitad de los nefastos años ´90. Sin embargo, ella sabía que el tiempo era impreciso. En las calles del microcentro porteño, ella parecía flotar por los aires. Entre el paisaje desolador, se asomaban largas filas de personas desocupadas que se postulaban para un sólo puesto de trabajo a prueba por tres meses en clave de flexibilización laboral. 
Sus dudas la atormentaban. Sólo tenía una certeza no quería ser mamá.
Años atrás en una postal del Obelisco, con una amiga debatían moralmente detrás de una pizza con precio nacional y popular acerca de si estaría bien abortar. Ella con su traje más celeste defendía su idea de que “si quedaste embarazada tenías que bancártela y si te violaban tenías que salir con un cuchillo a la calle pero nunca jamás abortar”.  
La joven de grandes convicciones había terminado de cursar el Ciclo Básico Común (CBC) para el ingreso a la Universidad de Buenos Aires. Era la primera mujer de su familia de clase obrera que ingresaba por la puerta grande. Sólo adeudaba un final para lograr su mayor deseo: estudiar Psicología.
Por primera vez se encontraba en una encrucijada. Iba a tener que decidir. Su responsabilidad ante el deseo de no ser madre sin desearlo se estaría convirtiendo en un acto. Años más tarde, su voz sería una de las voces de la consigna colectiva de “la maternidad será deseada o no será”.

El camino sinuoso de la clandestinidad
Esas semanas fueron sentidas con cadencia incierta. Había comenzado la cuenta regresiva en la búsqueda de un lugar amigable donde abortar dentro de la clandestinidad.
Un lugar donde no morir.
Un asilo donde no ser denunciada. 
No eran tiempos de besos por celular, eran tiempos de teléfono fijo. Por medio de una tía muy paqueta de su novio dieron con el dato de un médico que hacía interrupciones, que en ese entonces lejos estaban de ser legales.
La consulta fue inmediata. Al igual que el pago en billetes verdes.
La sala de espera estaba habitada por la mirada de reojo. Por la fusión de las panzas efusivamente deseadas y el anhelo de que su panza no se asomara.
Temía perder el trabajo.
Temía desmayarse sola en la calle.
Temía dejar de ser “la más sensata de la casa materna”. 
Al ingresar al consultorio con aroma a codicia, el médico con su ambo prolijamente planchado les comentó objetivamente sobre el procedimiento. Les informó el costo y la consejería fue sin opciones de pago cash. No hubo dudas ni conversación mediante.
Esa tarde ella bailó. Necesitaba sentir sus caderas porque quizás era la última vez que lo haría. Al día siguiente, despertaron temprano, llegaron caminando e ingresaron al edificio.
Sacar belleza de este caos es virtud, diría Cerati. Y el recuerdo surrealista de ese gran mural de la entrada sería la marca de que había sobrevivido para contarlo.

El día menos pensado: abortarás con dolor
Tocó el portero eléctrico y su mirada se fundió en lo etéreo del mural.
Ella dio un paso que no fue de danza e ingresó sin saber si saldría viva o si tendría una cita con la muerte clandestina sin siquiera poder despedirse. Si le sacarían algún órgano, si quedaría estéril, o todo lo que pudiera sucederle fuera de su consentimiento. Si nada de eso pasaba quizás iba a tener “un castigo divino” en los próximos embarazos.
No sabía dónde estaba ni quién estaba delante de sus ojos.
El tiempo se detuvo. La enfermera de ambo celeste le indicó rápidamente la habitación por la que debía ingresar e inmediatamente le dijo al joven que le entregara el dinero.
Lo último que recuerda fue una medicación que ingresaba a su cuerpo por vía intravenosa. Al despertar, sus párpados subieron lentamente y el brillo de sus ojos le anunciaba probabilidad de nubosidad variable.
Él estaba ahí. Le dijo que fue tan rápido que no alcanzó a fumar un cigarrillo. Si de poner el cuerpo se trataba, esa fue su parte evanescente. Los años pasaron. Y sin embargo, ella recuerda que esa mirada de ojos color miel fue el único refugio humano que tuvo en ese momento tan siniestro. Bastó ese contacto visual, ese latido que no fue de ritmo de conexión, para sentir que estaba viva.
El resto, des-hecho de temores y vacíos emocionales sería dicho en los próximos días.

A propósito de ese mural otoñal y de lo que quedó escrito en el cuerpo
En los meses siguientes, ella pudo ingresar a la carrera de Psicología. Mirá que es grande la ciudad de Buenos Aires, casualmente su compañera de la facultad vivía a la vuelta del edificio que portaba ese bello mural. Cada vez que iba a su casa, ella daba vueltas para evitar pasar por la puerta y también por la florería de la esquina.
Al partir, él tuvo la delicadeza de regalarle fresias. Pero ella se recuerda partida.
El regreso fue en cámara lenta. Caminaba anestesiada. Se sostenía para no caer al vacío. 
La idealización de la fortaleza masculina de él aún se encontraba en un pedestal. Y como las hojas que se sueltan en otoño para dar lugar al arribo de la nueva estación Esperanza, como el peso de la arena que cae del reloj, con el pasar de los días, tal fortaleza y los mitos fueron cayendo. Especialmente el del amor romántico, desojándose como las mismísimas margaritas.
Una mañana con aroma a café, él le anunció una de las confesiones de invierno. Le dijo que la había ayudado porque como ella era menor de edad, él podía ir preso
Grande fue su sorpresa, no sólo porque el café se enfrió sino porque el silencio se eternizó y el mundo se le desmoronó. Ella, que había crecido con la novela Estrellita Mía de Andrea del Boca, pensaba que él la estaba cuidando. En parte él se estaba cuidando
Recuerda que quedó aliviada de no portar un embarazo que no deseaba pero quedó dispersa sin poder concentrarse en otras escenas. Las palabras no se asomaban por la ventana para describir el peso de lo vivido. La armonía de la música ya no resonaba en ese balcón con malvones color borravino.
El retraso se desplazó un cuatrimestre más tarde al ingreso a la Facultad. El costo fueron 2 aplazos que le bajaron el promedio final de la carrera.
Caminaba por la calle y sentía que la señalaban y le decían asesina. Cada vez que conocía a alguien sentía que le escondía un secreto que no podía compartir por miedo a ser juzgada. Subía al colectivo y sentía la crueldad de las miradas desde el último asiento. Percibía que las personas sabían que ella había abortado ilegalmente. Los ruidos diurnos se metamorfoseaban en pesadillas nocturnas.
¿Cuántos caminos faltarían andar para llegar colectivamente a la estación de las consignas “Anticonceptivos para no abortar, Aborto legal para no morir”?

Sueña un sueño despacito y las conquistas serán colectivas.
Ella quería ser el sol y hallar la luna. Tenía tiempo para saber si su sueño colectivo de que el aborto sea legal concluiría en un mañana mejor sin ninguna muerta más por aborto inseguro. 
Ella no tiene un sólo nombre. Porta la marca identitaria de la valentía de los nombres de las que están y de las que no están. Al año siguiente acompañó dolorosamente a su amiga, luego a las hermanas, y a las amigas de las hermanas, y a las amigas de las amigas…    
Agradece haber sobrevivido en la clandestinidad y zambullirse en las masivas mareas verdes que arrasan y abrazan.


El 30 de diciembre de 2020, ella sintió que salió de la clandestinidad. 
Pudo alzar la voz y decir con todas las letras YO ABORTÉ Y YA NO ME SIENTO MÁS CLANDESTINA.
En La Argentina desde el 24 de enero de 2021 el aborto legal, seguro y gratuito es un derecho conquistado. Así lo indica la Ley Nacional 27.610 que regula el acceso a la interrupción voluntaria del embarazo y a la atención postaborto. Ley que fue conquistada en las calles por las mujeres y disidencias, particularmente a merced de las ancestras y del movimiento feminista de todas las olas que plantaron semillas en un acto de ternura. Orgullo argentino que abrió caminos en Latinoamérica en la lucha por la autonomía de los cuerpos de las mujeres y disidencias, y que hoy debemos defender y cuidar de esa siembra que es nuestra. La interrupción voluntaria del embarazo es un acto que debe inscribirse en la dimensión del cuidado de la salud integral de los cuerpos de quienes deciden voluntariamente no continuar con una gestación. Evita la muerte de personas gestantes, por causas prevenibles relacionadas con el embarazo y los nacimientos hasta los 42 días siguientes de su terminación.
En tiempos de negacionismo histórico y de necesidades y urgencias disímiles a las del pueblo, cuidar las conquistas colectivas es un acto revolucionario. Recordando bellas palabras de Alejandra Pizarnik, que tu cuerpo sea siempre un amado espacio de revelaciones.

Romina Moschella
Lic. en Psicología- Especialista en Psicología Clínica
Psicóloga de planta Hospital Público de la Provincia de Buenos Aires
Docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires
Ex becaria de Investigación en Salud Pública- Becas Carrillo Oñativia (Ministerio de Salud de la Nación) y Becas Julieta Lanteri (Ministerio de Salud Provincia de Buenos Aires)

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