American Pit Bull

Cuando el gordo Cuahini me avisó que venía, me vestí y esperé a que llegaran. Las manos me transpiraban y la boca se me ponía cada vez más pastosa.  El Omar estacionó el Torino en la puerta y dejó el motor en marcha. Cuahini iba en el asiento de atrás, nunca giró la cabeza para ver si yo me acercaba. Avancé esos pasos hasta la puerta de adelante y entré. 
Nos quedamos unos minutos en silencio hasta que arrancamos. El Omar manejaba mientras el gordo empezaba a contarme cómo se había enterado. Yo no me daba vuelta, trataba de interceptar su cara en el espejito pero se hacía bastante difícil; el Omar era un supersticioso de aquellos y tenía colgados varios rosarios y estampitas de la virgen de Guadalupe que le había regalado la moza del bar de remiseros donde paraba.
—Está en el baúl.
Cada una de las palabras del gordo me penetraron como agujas en la nuca. Seguí mirando hacia adelante. En mi cabeza no dejaban de aparecer excusas, posibles explicaciones.  Se me cruzó de pronto la idea de abrir la puerta del auto, tirarme en movimiento, caer sobre el asfalto y escapar. Pero no hice nada, no me moví, no abrí la boca, seguí escuchando la voz de Cuahini que le indicaba al Omar por dónde doblar. Entramos en un barrio de calles de tierra y agarramos por una que no tenía salida. Tuvimos que cerrar las ventanillas por la polvareda que se levantaba a medida que avanzábamos. 
No tenía idea a dónde estábamos yendo, Cuahini mandaba. Omar fue bajando la velocidad a paso de hombre y estacionó detrás de una Citroneta amarilla. El jardincito de adelante estaba lleno de cosas viejas, gomas de autos, repuestos de guardabarros, ladrillos con moho apilados, macetas rotas con plantas secas, algunas chapas oxidadas y a un costado, había un Ford antiguo destartalado.  Nos bajamos el Omar y yo y golpeamos las manos. Los perros de la casa de al lado empezaron a ladrar.
Las ventanas estaban cerradas con postigos de madera despintada y una invasión de mosquitos daba vueltas entre la reja y la puerta principal.  
Golpeamos otra vez las manos, la puerta se entreabrió pero no se veía a nadie.
—Venimos con Cuahini que está dentro del auto. 
Por un instante no se escuchó nada, solo el crujir de la madera húmeda de la abertura.
—Dígale que se muestre — ordenó.  
El gordo había escuchado el pedido y salió del auto con esfuerzo. Su panza era siempre un obstáculo para moverse pero era también un símbolo. Solo los amigos, la gente de confianza podía saludarlo palmeándole la panza. 
—Acá estoy, Lagarde, tan joven y hermoso como siempre. 
Para mí Lagarde hasta ese momento era solo un nombre. Sabíamos que conocerlo significaba entrar en la mesa chica o estar hasta las pelotas por haberse mandado alguna.
El tipo salió envuelto en una bata de toalla rosa pálido. Debajo, no llevaba nada puesto, solo su pelo canoso y enrulado lo cubría. Se acercó a la reja y le sacó una cadena y un candado oxidados. Se hizo a un lado y sin decir una sola palabra nos dio paso.  Entramos a un comedor oscuro. Los postigos cerrados apenas dejaban entrar algunos tenues hilos de luz que rebotaban sobre las alas de las moscas y las hacían brillar. 
Lagarde nos hizo sentar en unos sillones viejos con olor a humedad y a pis de gato. Cuahini encendió un pucho y empezó a hablar. Pude ver los restos de sangre seca en uno de sus dedos. Omar se levantó. Caminaba en círculos y se rascaba la cabeza. Lagarde asentía a medida que el gordo avanzaba en el relato.  Sentía que el cuerpo se me entumecía de a poco. Primero las piernas, después los brazos. Un sonido agudo y penetrante sobrevolaba las palabras que se escuchaban en la habitación. Todo se volvía lento, quizás para darme más tiempo, para pensar cómo iba a salir de esa sin que me la cobraran entera.  
Lagarde se cruzó de piernas y mientras se rascaba la rodilla dijo que lo quería ver. Cuahini asintió. 
—Quiero que vos me lo muestres — insistió Lagarde.
Bajé la cabeza y me quedé unos segundos mirando el piso. El cuerpo no me respondía pero como pude me levanté del sillón y enfilé hacia la puerta. Salí despacio, escuché los pasos de Lagarde siguiéndome por detrás. Ya era de noche, los mosquitos se habían hecho menos amigables y atacaban con la voracidad de un puma.
Cuahini y el Omar se habían quedado adentro. El que tenía que dar explicaciones era yo. Esta vez el gordo se iba a lavar las manos, no me iba a cubrir como esa última vez en la que Chiquito quedó rengueando durante una semana. 
Entré al auto para buscar las llaves que estaban puestas. Sentí la mirada de la virgen desde una de las estampitas, alcé la vista pero la oscuridad no me dejó ver nada.  Me quedé un segundo adentro hasta que decidí salir. Abrí el baúl del Torino. Sin linterna, no tuve más opción que tantear. Estiré la mano y toqué uno de los montículos, estaba tibio, era suave. Lo recorrí con los dedos hasta uno de los extremos, tenía uñas gruesas y duras, también pude sentir esas almohadillas que se les van poniendo ásperas a los perros cuando se van haciendo viejos. No pude distinguir bien en el momento entonces saqué el encendedor de mi bolsillo y lo prendí. Pude identificar otras partes: cabeza, cola, vísceras como cortadas a machetazos. Lagarde se acercó y posó su mano sobre el lomo de Chiquito.  El olor de la sangre mezclada con el del pelo salía como vapor de adentro del baúl. 
Lo siguió acariciando por un rato hasta que me indicó que cerrara. Entramos. Cuahini y el Omar estaban cerca del Ford destartalado fumando en el jardincito de adelante. El calor había hecho que el gordo se desabrochara la camisa. Se lo veía nervioso. Pensé que le tendría que haber hecho caso, que no me tendría que haber mandado solo sin avisar pero era mucha guita. 
Lagarde pasó, le dio dos palmadas en la panza y siguió de largo.  El gordo me atajó antes de que pudiera entender lo que pasaba. El primer puntazo lo sentí al costado. Un calor húmedo se me empezó a esparcir por la cintura. 
Recordé entonces el día que conocí a Cuahini, la primera vez que mi viejo me llevó a las peleas de perros que se hacían detrás de las vías del Sarmiento. El gordo estaba en una esquina del galpón sentado en un sillón de mimbre con la reglamentaria en la cintura monitoreando todo. El piso temblaba cada vez que pasaba el tren pero los gritos tapaban el sonido de las vías. Cuando nos acercamos, me presentó. El gordo me dio la mano y me dijo que con él iba a hacer buena guita si miraba y aprendía. 
Las peleas al final terminan siendo todas iguales: cuando arrancan, los contrincantes se miran fijo listos para el enfrentamiento. De pronto, uno se lanza hacia adelante y hay un choque de mandíbulas. Los dueños de los perros gritan sin parar. El suelo se llena de sangre mientras corren las apuestas. Uno de los que pelea está boqueando, no tiene posibilidad de defensa ya. El cuerpo blando se arrastra como puede sobre la tierra, intenta alejarse de los gritos. Avanza hasta encontrar su lugar donde la sangre caliente lo abraza para que pueda morir a un costado.   

Cuento inédito de Mariela Gurevich

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