Buenos Aires como una gran huerta soberana: el caso Briganti

Foto: Patricia Rosas

Existe un colectivo que brotó de una terraza y hoy germina en balcones y veredas. También se hizo escuela porteña, la primera de huerta urbana agroecológica.

Por Patricio Eleisegui

La soberanía alimentaria queda acá a la vuelta. 

Y la prueba es tan real como categórica. Ligada, por supuesto, a una vocación que entiende a la urbanidad como el ámbito ideal para promover un tipo de producción abundante, nutritiva, sana para el cuerpo, el ambiente y el devenir. 

El escenario es Buenos Aires. 

Porque sí: dar a conocer, divulgar, las experiencias agroecológicas a gran escala que se multiplican en el territorio bonaerense, en Entre Ríos, Córdoba y Misiones, por mencionar algunos casos, resulta imprescindible en un contexto sanitario que –gestión política de turno mediante– sigue considerando actividad esencial a flagelos como la pulverización con agrotóxicos.

Pero también resulta vital asignarle más y más visibilidad a las iniciativas que, dentro de la geografía porteña, prueban una y otra vez que la generación propia del alimento no es algo sofisticado o inalcanzable. 

Y que sólo basta apelar al ingenio, los elementos que aporta la misma vida urbana, para, a partir de la recomposición del vínculo vecinal y comunitario, consolidar una propuesta capaz de cambiar el espíritu y la fisonomía de una ciudad por momentos demasiado prolífica en antipatía y culto al individualismo.

De eso se trata, ese es el mensaje que brota –como el tomate en una vereda o balcón de Villa Crespo– del colectivo El Reciclador Urbano que encabeza Carlos Briganti e integran otras 100 personas de aquí y allá. 

Una aventura de 12 años que creció de la terraza del mismo Briganti, quien en charla con motivo de esta columna definió aquel inicio como “una huerta que hice con cosas que junté de la calle y un día vino gente a verla y se empezó a quedar”. 

Ese “se empezó a quedar” es el perfil simplificado de una propuesta que hoy acumula 25 huertas urbanas instaladas, en permanente germinar de alimentos, en distintas veredas de la Ciudad. Y que acaba de poner en marcha “La Margarita”, la primera escuela de huerta agroecológica urbana de Buenos Aires –Solís 1286, barrio de Constitución–. 

“El inicio son los 60 metros cuadrados del techo de mi casa. La terraza. Los tachos de 20 litros que usé para armar las primeras composteras. Los bidones para juntar la tierra. El ‘basureo’ que te acerca ladrillos, plásticos para atar las plantas: todo. La ciudad te lo va regalando. Y vos mismo, también, generás la materia fértil con lo que comés y se puede compostar. Nada se tira, todo se reutiliza”, dice.

Carlos Briganti 

No es sencillo charlar con Briganti. No porque resulte inaccesible, lejano o mala onda –posee un humor y una picardía de esas que escasean–, sino por un rasgo propio que él mismo no capta: es una máquina de procesar y emitir conocimiento. Cada línea que acerca contiene un dato. Y cada párrafo que emite es una idea. Seguirle el hilo es un trajín.

“Trabajé en cooperativas, di charlas en escuelas, me subí a los trenes. Empecé a hablar de huertas, a intercambiar semillas. Empecé a crecer a partir de exponer que hay alternativas al alimento envenenado que nos venden. Generé una rutina de trabajo. Y, mágicamente, se fueron sumando compañeros. Un día me di cuenta que éramos muchos empujando igual, en un mismo sentido. Todos entendiendo que tenemos que cambiar la alimentación. Que no puede ser que un día termines comiendo un alfajor Havanna transgénico”, se explaya.

Briganti tiene un pasado agricultor en Uruguay. En Capital Federal, antes de los 60 metros cuadrados de huerta en la terraza, jugó fuerte en la liga de los plomeros. Sigue siendo docente en esa disciplina. 

Pero el colectivo El Reciclador Urbano hoy gobierna su día a día a partir, también, de resultados que dejan fuera de combate a cualquier negacionista de la soberanía alimentaria.

“Con un sueldo de docente no llegás a fin de mes. Una huerta como la que fui generando en mi casa me permite ahorrar por lo menos el 40 por ciento del salario. Pensemos en la diferencia que puede hacer una iniciativa así en cada hogar. Yo ahora estoy comiendo tomates. Mis tomates. No volví a comprar lechuga, radicheta, berenjena, acelga, perejil. Es algo que todos podemos hacer”, comenta.

Sigue: “En otoño e invierno tenemos de 400 a 500 kilos de verduras de hoja. En la terraza. En el techo. Acelga, nabo, remolacha, espinacas, puerros, apios, albahaca. Todo lo podés hacer a partir del reciclado. El único agregado es el agua para el riego. Alrededor de 50 litros diarios en esa época del año. Eso, si es que no llueve”.

El consumo de la propia huerta, explica Briganti, genera el desecho que luego deriva en humus de lombriz. Las composteras, a su manera, son otro vientre clave para la vida. 

“En verano viene el morrón, los tomates, las berenjenas. Trabajás todo el año. Tenés todo el año. En el techo podés cultivar hasta frutales. Fijate que en Francia hacen hasta apicultura en los edificios. Acá, en la ciudad, sigue prevaleciendo la opulencia antes que el conocimiento. Pero eso es algo que ya lo estamos cambiando”, afirma.

Briganti dice que no hay que perder el tiempo porque las mismas empresas que hoy controlan y promueven el uso de agrotóxicos y la siembra de transgénicos mañana irán por el dominio de los bioinsumos y la agroecología en general. 

“Saben que la aplicación de glifosato es insostenible. Van a profundizar el verso de que les interesa la ecología y cuando queramos acordar, si no hacemos real la soberanía alimentaria, controlarán la cabeza hasta de los huerteros bienintencionados”, advierte.

El Reciclador Urbano multiplica semillas. Las que genera en tanto colectivo y también las que llegan desde ProHuertas. Que no son transgénicas –OGMs, en la jerga–. 

Sobre este punto me gusta ser contundente, y más en estos tiempos de “fake news”: no hay cultivos de frutas y verduras OGMs aprobados en la Argentina. En el país tampoco se comercializan semillas con esas características.

Qué pasa en “La Margarita”

La charla con Briganti y la decisión de expandir la agroecología urbana nos traslada, inevitablemente, al portón de ingreso a “La Margarita”. Como mencioné antes, se trata de la primera escuela que promueve ese paradigma para cultivos dentro de la Ciudad. Desde la base, siempre, del reciclado total.

“Enseñamos a recuperar todo. Hacemos barreras con botellas de plástico, atamos los tomates con tiras hechas a partir de sachets de leche. La tierra que usamos la juntamos de la calle, trabajamos con cenizas, empleamos cubiertas de autos, tachos. También viruta, aserrín. Todos bioinsumos retirados de la vía pública”, enumera.

La actividad que se lleva a cabo en Solís 1286 contempla 19 clases virtuales –dado el escenario de pandemia– distribuidas a lo largo de un cuatrimestre. En ese lapso también se suceden 5 encuentros con referentes de la agroecología. El grueso del programa se despliega durante los sábados de cada semana.

“Estamos formando huertas y huerteros con su correspondiente certificado. Hoy contamos con 250 inscriptos, de los cuales 200 tienen una beca y no pagan nada. Los 50 restantes hacen los aportes que pueden a una cooperadora. Peso que entra va a parar a un balance que está disponible para quien lo quiera ver. Este año vamos a contar con la primera camada de instructores. Estamos formando educadores ambientales”, remarca Briganti.

Techo, vereda, balcón, son los espacios sobre los que hacen foco los conocimientos que circulan en “La Margarita”. La invitación es apta para todo público.

Dice el Reciclador Urbano que cualquier puede hacerse huertero en la urbanidad. 

Sostiene que podemos soñar algo perfecto, justo, a partir de lo que el sistema define como desecho. Cuando en realidad no es más que el humus perfecto que demanda el alimento sano y soberano. 

Briganti habla del lazo entre vecinos, de la acción comunitaria, de la empatía y la solidaridad como frutos de la mejor planta, acordes mágicos de una melodía que suena a mejor mundo. 

Futuro, pero posible.

Y yo me pregunto cómo no creerle. Cómo no creerle.

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