“¿Cómo hubiera sido mi vida si hubiese crecido viendo otros cuerpos?”

Pilas de revistas marcan la historia de Lala Pasquinelli. Aprendió a leer con ellas, se enteró de noticias que le abrieron la cabeza, la hicieron reflexionar desde la infancia y enojar en la adultez. Las recortó, hizo collage, las transformó en obras de arte, las subrayó y posteó sus páginas en las redes para cuestionarlas. Lala transforma en militancia un dispositivo que nos oprime desde hace tantos años. Ella es activista, abogada y fundadora de Mujeres que no fueron tapa.

Por Florencia Da Silva

Desde niña las tapas de las revistas llamaron su atención, pero en su gran mayoría eran protagonizadas por varones y otras pocas por mujeres que no la representaban, ni a ella ni a casi ninguna porque eran cuerpos blancos, delgados, de cabello rubio y acorde con todas las exigencias sociales. A medida que fue creciendo, Pasquinelli comenzó a desarmar esas revistas y diarios. Primero a través del arte: agarró cientos de revistas para romperlas y construir una nueva mujer hecha collage. Después escaló a más activismo y a lo que hoy es el medio independiente y autogestivo. 
Revista Sudestada habló en exclusiva con Lala Pasquinelli, y dio su mirada sobre la violencia estética y simbólica que ejercen los medios de comunicación y las redes sociales. 

¿Cómo nace mujeres que no fueron tapa?
Mujeres que no fueron tapa nace en 2015. Yo quería hablar de los temas que me atravesaban, que eran los relacionados con la experiencia de las mujeres y nuestra vida. Desde esta perspectiva, de las diferentes opresiones que vivimos por haber sido nombradas como mujeres cuando nacemos.
Me interesaba abordar problemáticas que creo que están en la centralidad de esas opresiones que después se hacen más grandes, pero que nos van tomando el cuerpo desde muy pequeñas. Me interesaba la moda como un dispositivo de opresión de los cuerpos de las mujeres y de la construcción de la identidad, especialmente en las adolescentes y jóvenas. A mi me había atravesado mucho cuando era más chica, todo lo que era la gráfica de moda. Y como trabajaba en collage, tenía muchas revistas, me di cuenta que por ejemplo en las tapas de la revista de La Nación el 80% eran tipos. “¿Tantos tipos y ninguna mina?”, me preguntaba. Empecé a investigar y era así. Cuando aparecían los varones siempre estaban vestidos, eran jóvenes, viejos, gordos, flacos, no importaba. Pero las pocas mujeres que aparecían eran muy hegemónicas, jóvenes del mundo del espectáculo, con menos ropa, con una gestualidad sexualizada.
Se me empezaron a acomodar muchas cuestiones que me preguntaba en ese momento, como un tetris. Entendí aspectos de mi propia vida. Me hacía una pregunta en ese momento que era: “¿Cómo hubiera sido mi vida si yo hubiese crecido viendo mujeres científicas, activistas, políticas, viendo otros cuerpos?” Hoy son J, H y Z. Ayer eran A, B y C, pero son los mismos cuerpos, mismas narrativas. Van sucediendo cambios, pero no son significativos.
Así empecé a hacer obras, que se trataba de construir con pedacitos de esas revistas la representación de otras mujeres que tenían otras historias. En esa muestra también había una encuesta que preguntaba quiénes eran las mujeres que admiraban, que eran significativas. Y después abrí la página en Facebook sin ningún tipo de pretensión. Me escribieron compañeras.

¿Cómo fue ese proceso de cortar esas revistas que nos oprimían para hacer algo nuevo?
Fue así. Ver cómo puedo usar esta mierda para hacer otra cosa. Y quería salir de la literalidad de la imagen, porque cuando trabajás con revistas es difícil construir otra cosa. Porque lo que te vas a encontrar ahí es pura hegemonía, pieles lisas, pelo rubio, delgadez, no te encontrás más que eso. Entonces, con pedacitos de revistas donde nosotras no aparecemos apelé a crear otras imágenes que no tengan nada que ver.

Mujeres hechas a partir del collage, realizadas en el taller de Pasquinelli


Desde muy chica te interesan las revistas ¿Cómo se fue dando?
Yo nací en un pueblito muy chico que se llama La Emilia, y viví ahí hasta los cinco. Después en la crisis de los 80 nos mudamos a Junín. Y ahí mi abuelo tenía una panadería y enfrente había un kiosco de revistas, para mí era una novedad. Yo pasaba muchas horas ahí, entonces el señor del kiosco me prestaba revistas. Yo todavía no sabía leer, aprendí a leer con esas revistas. Tengo imágenes de tapas de revista, como Gente, siete días, muy claras. El de la vuelta a la democracia, las tapas del destape con Moria Casán. También eso es muy significativo, pasaron casi 40 años y no cambió nada.

¿Y en ese momento te hacía ruido ver a esas mujeres que no te representaban?
Me llamaba muchísimo la atención. Cuando recién retornaba la democracia, yo no tenía ni 10 años, y me acuerdo de las conversaciones en el negocio cuando salía alguna desnuda. Recuerdo la foto de Moria Casán desnuda con tiritas negras para taparle los pezones. Lo que sí me acuerdo de esa época era que Violeta Chamorro era candidata a presidente de Nicaragua. Miraba en el kiosco lo que iba pasando con la situación; eso me hizo explotar la cabeza. ¿Cómo una mujer podía ser presidenta de un país? No lo podía creer. Eso me abrió. Si una mujer puede ser presidenta ¿entonces yo puedo ser ministra de economía? El kiosco me generaba reflexiones infantiles. Pensaba por ejemplo, cómo pagar la deuda externa. 

¿Y cómo ves las tapas de ahora? Porque en estos últimos años cambió mucho, pero revistas machistas, con el mismo contenido de antes, siguen existiendo.
Sí. Ni hablar los contenidos que no sabemos si son peores incluso. Yo estoy todo el tiempo mirando eso y no tengo una mirada optimista. Lo que veo es que especialmente algunos medios que hasta apuntan a públicos más populares, están parados en una posición de resistencia al avance de los derechos de los feminismos, las mujeres y las disidencias. Creo que se vio después de las elecciones y este rebrote de la derecha. Se cayeron algunas caretas más inclusive. 
Volviendo al tema de las tapas, lo que veo es que hay un pinkwashing, una lavada de cara un poco rosa, te ponen alguna palabra feminista. Eligen la imagen de la mina desnuda, pero el título es “empoderada”. Plantean esta idea del empoderamiento como algo individual, como que vos te empoderás solita y pisando cabezas. La idea del empoderamiento está muy alineada a consignas deshumanizantes, neoliberales, extractivistas inclusive. En relación al cuerpo que se domestica, que se explota, que es una cosa ajena a la que ejerzo mi dominio. Es lo que se promueve todo el tiempo. 
Me gusta mucho el paralelismo entre el extractivismo y lo que se pretende ejercer sobre los cuerpos, esta idea de los tratamientos de belleza tan violentos que sacan carne, cortan, perforan. Además es una forma de extraer ganancia, porque esas prácticas generan dinero y desvitalizan a esos cuerpos. Y todas las prácticas que tienen que ver con la extenuación del cuerpo que se vende, se sostienen sobre los mismos discursos robotizantes. Hay que parar a pensar un poco. Porque esto estaría bien si yo fuera un robot, ahora siendo una persona no debería existir esta conversación. Creo que eso está muy presente y es muy sutil. Y después es todo lo mismo: la mina que se enamora, embarazada, que presenta al hije recién nacide, que aparece sexualizada en la tapa de la revista. Realmente no veo que haya cambio. Creo que es siempre lo mismo, solo que disfrazado. 

¿Hay alguna tapa que te haya marcado por alguna razón?
Las que más me impactaron fueron las que abordan la violencia de género, porque pensaba que peor no se podía hacer y sí. Desde la tapa histórica de Alicia Muñiz de Revista Gente, donde se la ve tirada en el piso después de que la tiró Monzón, a una actriz que apareció en Caras toda manchada de algo que simulaba sangre y con alambres de púa. Me acuerdo de pensar: “esto se fue al carajo”. Esto está sosteniendo la violencia. Con este nivel de femicidios no se les puede pasar eso. A mi eso me parece un nivel de perversidad que me hace pensar en la resistencia que tienen los medios sobre lo que el feminismo viene proponiendo hace tanto tiempo. 

Ahora hay talleres para que tengan perspectiva de género, hay editoras de género en muchos medios grandes, pero aun así siguen pifiando y batallando contra las editoras. 
Claro. A veces pienso que incluso es una forma de trampa, porque “la editora” significa esa responsabilidad individual. ¿Qué tiene que hacer esa compañera? ¿Perder el trabajo? ¿Exponerse a pelearse con todas las personas que trabajan ahí? Además, sobre ella va a recaer la mirada de muchas de nosotras encima. Fijate qué bien que salen estas cosas también. Vuelven a poner en una mujer la responsabilidad de un medio hegemónico. A veces hasta se están inmolando. Todavía hay algo que no se resuelve bien. No puede ser otra vez nuestra responsabilidad. Tiene que ser de otro orden, más estatal, que haya sanciones. Hay cosas que son manifiestamente sexistas y violentas. Que eso quede a criterio del público me parece muy poco. 

Actualmente los medios gráficos no tienen tanta influencia en las juventudes, pero sí están las redes que crean sentidos y se convirtió en un lugar donde se busca mostrar la perfección de los cuerpos. 
Cada vez es más invisible cómo funcionan estos mecanismos. Hoy es el algoritmo el que decide. ¿Y qué incidencia tenemos nosotres, ciudadanes o los estados, para saber cómo se configuran? Para mí es la conversación que se viene, pero ni siquiera se está hablando.
Yo cuando era niña o adolescente estaba con las revistas, pero nada tenía que ver con tener un dispositivo 16 horas por días en la mano, scroleando imágenes que no se te parecen. Ya estamos viendo los casos de bulimia y anorexia en nenas y nenes de cuatro o cinco años, eso no sucedía de esta forma. Lo mismo con los suicidios adolescentes o en la infancia, los niveles de bullying que se está viviendo. En gran parte es consecuencia de estas imágenes que todo el tiempo nos bombardean. Todo bien con los discursos y la escuela, pero el celular lo tenés todo el día y a la escuela vas cuatro horas. Me parece que el panorama actual es muy complejo. Todavía no sabemos bien las consecuencias de estos consumos tan irrestrictos y el bombardeo de estas imágenes que son todas idénticas: mujeres rubias, con el pelo largo, cuerpos blancos, sexualización. No hay otra cosa, salvo que seas más grande o te hayas encontrado con el feminismo y ahí empezás limpiar tus redes, tus consumos.
Esta violencia estética que hoy predomina no formaba parte de la experiencia de las generaciones anteriores. Ese tipo de violencia, para mí, prepara el terreno para el resto de las violencias. Es como una educación previa que vamos recibiendo, como si nos fuéramos acostumbrando a ser violentadas por la cultura, las redes, la publicidad, y después se introyectan porque más adelante esas voces están adentro nuestro. Eso hace que sea más difícil reconocer que es un sistema de opresión que nos hace mierda a todas. Lo que pasa en este momento es muy particular y muy significativo. No pasaba hace 20 años y no sabemos qué va a pasar de acá para adelante, porque es bastante difícil parar esto. Al mismo tiempo que somos muchas las que hablamos de esto, no deja de ser un nicho y urbano.

Y sigue escalando, porque había empezado con la edición en las fotos, pero ahora están los filtros que nos transforman las caras.
Empieza a aparecer como una patología que genera esta dismorfia, esta percepción de vos misma aceptada por el uso de filtros. Hay personas que quieren que sus cuerpos se parezca a eso que ven cuando se ponen un filtro, como la gente que va con cirujanos para que queden igual a como se ven con el filtro. 
Nosotras tenemos un montón de iniciativas, pero en la incidencia que pueden tener a nivel país es insignificante. Pero por ejemplo, hacemos el Festival de Hackeo de Estereotipos en las escuelas y tiene incidencia en estudiantes. Una de las cosas que fui descubriendo ahí es que los chicos y las chicas tienen un registro de esta conversación, saben que existen los estereotipos y los mandatos, pero no hay registro de cómo eso afecta en su propia vida. Separan que los ayunos que están haciendo, esa angustia de no ser lo suficientemente delgada, las relaciones violentas, tengan que ver con esto, está separado.  

¿Cómo ves ahora, después de tanto recorrido, Mujeres que no fueron tapa? En los últimos tiempos se dio una gran interacción con sus seguidoras, que cuentan sus experiencias y se armó algo bastante colectivo. 
Sí. No solo con las seguidoras, porque el 96% de las personas que nos siguen son mujeres, hay comunidad y nos cuentan sus historias. A veces nos escriben para pedirnos información. Ahora hicimos un documento para tener información cuando te vas a hacer una consulta médica, para que no pasen estas cosas que pueden pasar. Y lo hicimos con compañeras que se acercaron por las redes sociales. Desde que tenemos el club de Mujeres que no fueron tapa,  se formó una comunidad mucho más cercana. Casi que nos conocemos todas. Eso está buenísimo para tener espacios de conversación que no son las redes, porque cada vez están más difíciles. Yo me lo vengo preguntando mucho. ¿Cómo generar otros espacios de conversación? Porque la violencia que se recibe no tiene justificación.
Sí creo que es necesario abrir conversaciones y espacios de reflexión. No creo que una tiene que ir convenciendo a nadie, no creo que de resultado. Pero si creo que lo que se puede hacer es que la gente que más o menos tienen las mismas ideas, se pueden encontrar. Eso es realmente potente. Ahí se puede construir algo que nos permita tener vidas más dignas. Tener intercambio con personas que nos puedan valorar. 

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