Crónica de una deportación: la vida migrante desde las entrañas

El periplo que veníamos teniendo al intentar unir Argentina y México en moto, sufrió una pausa en México el pasado mes de abril cuando volver a acompañar a mi abuela en sus últimos días de vida se tornó en una imperiosa necesidad. Cuando sus fuerzas se acabaron tomé mi mochila y partí rumbo a México a Intentar recuperar mi moto y poder continuar con la travesía, pero al llegar al aeropuerto de la Ciudad de México viví una de las peores experiencias de mi vida. Lo que a continuación narro, fue escrito en tiempo real, dentro de la celda en la que fui alojado en el mismo aeropuerto, donde pasé 2 días detenidos junto a turistas y migrantes que desesperadamente intentaban llegar a EE.UU. La crisis en algunos países de América latina es tan grande que no les atemoriza las noticias de los últimos días, que hablan de decenas de personas que murieron a ambos lados del Atlántico tratando de llegar a España o EE.UU. Por eso escasean los recursos literarios, pero sobran las palabras que dan cuenta del dolor y la tristeza del momento vivido como también de algunos lazos de solidaridad que hemos sabido tejer.

Por Emilio Mendoza


Luego del interrogatorio y de más de 6 hs de espera nos comunican que no podremos ingresar a México y que seremos deportados a nuestros respectivos países. No hay explicación de los motivos. Junto conmigo son notificados de esto unas 30 personas más. Mientras yo intento apelar esta medida, atrás mío un grupo de madres con sus hijos lloran desconsoladas.
Nos ingresan a una celda, nos mueven luego a otra, la primera tiene 25 personas y solo 4 camas literas más alguna colchoneta tirada en el piso, los que llegamos tarde nos tocó el suelo como cama. Contra el calor, la batalla está perdida, pues no anda el único ventilador presente. 7 cámaras vigilan a los que portamos caras o nacionalidades poco útiles para los agentes migratorios. Los 25 que compartimos celda tenemos la cruz de venir de un vuelo con escala en Medellín, Colombia. La otra celda tiene un surtido distinto, aunque algunos patrones para la estigmatización y detención se repiten. Esta celda tiene africanos, europeos, afrodescendientes, musulmanes de diferentes países y algunos latinos. La mía la inundamos con colombianos y peruanos. Son estas dos últimas nacionalidades las que también llenan el, de a ratos, descuidado libro de la policía que registra a los recién llegados. La lista sigue creciendo en menor medida por la noche y la deportación de algunos de ellos nos abre la puerta para ocupar la colchoneta vacante. 

Llega cada tanto la visita de algún funcionario y nos agolpamos sobre él para hacerle entender el error cometido. ¿De que se nos juzga? Preguntamos. En resumen, ellos dicen que es por no cumplir con la ley migratoria, pero no a todos se les pide los mismos papeles, adelante mío ingresó una pareja de gringos sin reservas hoteleras. En la praxis existe claramente un filtro, con agujeros selectivos. Se me pide papeles que intentó mostrar, pero no convencen. No es una reserva de 5 estrellas la que exhibo como hospedaje, sino la invitación al domicilio de un amigo. A otros los vetan aun teniendo hoteles, pasajes de salida, visas y hasta relación marital con alguna mexicana. Nada sirve.
Los primeros minutos no disimulan la esperanza de que pronto un llamado nos librará de esta prisión. Pero los minutos se estiran y empezamos a llamarlos horas. Algunos desde lo alto de las literas ya cuentan en días. El tiempo sigue corriendo, la comida (tarea de la aerolínea que trajo a cada uno de los detenidos) escasea y esta se vuelve la primera herramienta de unión entre los desventurados. Algunos llevan más de 16 hs sin comer, así que lo que llega se comparte con los que la suerte les es aún más esquiva.
El baño nuestro es el mismo que utilizan quienes están esperando pasar a la entrevista final que decidirá si ingresan a México a esta celda. A ellos los diferenciamos rápidamente porque ellos aun conservan sus cordones, relojes y cinturones. Interrumpo la escritura, se cumplen 24 hs de mi encierro, instante que coincide con el llamado para partir del Salvadoreño Hernández, con quien compartimos lindas charlas del Mágico González y las pupusas. Acá la alegría también se comparte.
Entretenimiento no hay, pero lo inventaron. Se trata de un macabro juego del que no participó, pero del que lastimosamente adivino todas las respuestas. Es un juego bastante sencillo, se trata de adivinar cual de los libertos que pasan al baño pronto caerán en nuestra celda. Yo los miro sin mirar, me da vergüenza que otros me vean sobre una colchoneta tirada en un rincón de esta blanca habitación. Para ellos el paisaje es dantesco, tanto que algunas mujeres llegan a la puerta y se vuelven, prefiriendo aguantar todo lo que la naturaleza les permita. No lo saben, pero muchas de ellas fueron elegidas por el grupo como las que quedarán detenidas y en unos minutos, migración les dará la razón. Para mujeres y niños hay otra celda, que hasta este instante no sabemos si será mejor o peor que esta, con su estilo de cine hollywoodense, con todo el mobiliario de un metal prolijamente amurado al piso, una tele que no anda y un gran vidrio polarizado que nos impide ver hacia afuera, pero no viceversa. Algo similar sucede con las leyes mexicanas que nos obliga a cumplirla solo a nosotros, mientras los funcionarios y las aerolíneas exceden todos los plazos fijados por la normativa. 


Se nos habilitó una llamada que con un poco de ingenio logré transformar en dos. Consulado y quien me recibiría fueron los elegidos pasada la medianoche del primer día de detención. Siendo las 15 hs aún no he visto beneficio alguno, ahora vislumbro que llamar a mi mama o a mi compañera hubiesen servido de algo, al menos para ellas que ya las imagino preocupadas por tantas horas de silencio. Eso me vuelve a poner mal. 
Abandono un rato esto y me pongo a prestarle atención a Gerardo, un colombiano que viajó con dinero prestado por su mamá para poder llegar al D.F. a visitar a su novia. Fuera del aeropuerto lo esperan sus dos grandes amores, aunque su suerte ya está echada, verá nuevamente a su madre y será esta vez su novia la que deba esperar para poder verlo. Está más triste que hace rato, narrarme todo esto lo ha puesto al borde del llanto. Me dice que necesita llegar a Colombia para poder llorar tranquilo, “pues a ti que te puede interesar si lloro, los hombres somos más de aguantar” me dice. “No, tranquilo en confianza mi bro” le dije, “en Argentina es bastante común” agregué, aunque no esté muy seguro de ello todavía. Creo que no alcancé a terminar el último acento cuando la primera lágrima se le escurrió. “sabés todo lo que se esforzó mi mamá, hasta hizo una rifa y mírame donde estoy” y ahí sus lágrimas se parecían a las mías, aunque yo, bien las apretaba entre la bronca, la incertidumbre y la tristeza.
Es viernes y cada tanto el sueño me vence, la última vez que dormí era miércoles por la mañana. Cuando los párpados bajan la guardia, el sueño llega y la ficción y realidad se confunden rápidamente. En mi cabeza hay una especie de obra de teatro en la que hay un escenario sin actores y muchas voces que salen de las siluetas del público. Despierto rápidamente y me doy cuenta de que son las voces de mis compañeros de celda. Para otros, también simples siluetas. 
Retomo la escritura a las 17.36 hs, acabo de ver el reloj detrás de un escritorio de la policía que nos vigila. Aproveché ayer el pedido de los musulmanes y católicos que pidieron sus libros religiosos, para poder sacar uno mío y aprovechando la distracción de la policía también logré agarrar una lapicera, así empecé a anotar en las márgenes del libro todo lo que nos viene sucediendo. No hay ganas de escribir, pero al menos es algo, tal vez lo único que me saca de este lodazal que me empieza a hundir en la depresión. 

Sigo pensando en los que están en Buenos Aires y esperan una noticia mía. 
“¿Qué escribes?” me dice Gerardo “Una crónica de estos días” respondo. “¿escribiste de cuando me puse a llorar? “estaba en eso” le dije. “es que me sentí en confianza y no aguanté más” me confesó. Estaba desconcertado, no sabía que responderle, solo me atreví a decirle “es de gente fuerte poder llorar, hay que tener una fortaleza que yo no tengo”. Ese instante de apenas unos segundos me volvió a dar la confianza necesaria para no creer que lo que me estaba pasando no era algo merecido. Es que esta situación te vuelve tan vulnerable que hasta perdés de vista los proyectos, los valores y cualquier vértice identitario.  
La promesa de un vuelo esta noche se transforma en la única linga que me mantiene atado a la realidad. No se cuando pasó, si es que hubo un instante o una acción que me hizo abandonar la idea de resistir en México para continuar el viaje. Tal vez, fue ver hoy en la mañana al funcionario de la Comisión Nacional de DDHH hacer toda una pantomima para justificar su salario y sentir con honda razón que de todo lo prometido nada cumpliría, ni siquiera una última llamada para llevarle tranquilidad a Vero (mi compañera) y a mi vieja que no deben tardar en caer en la desesperación.
Llega la hora de marcharse para Gerardo y su ladero Wessley Silva, y les dejo un papel a cada uno para que llamen a Vero para darle algo de paz. Nos saludamos y se marchan con mi esperanza de papel apretada en su mano. Al llegar a Colombia llamarán.
Recién en Buenos Aires me enterare de que no eran amigos de siempre, sino que se conocieron en la celda pero que habían hecho un lazo de cofradía tan fuerte que, por la complicidad con que se movían parecían seres que se conocían de mucho tiempo
19:55 vino lo que se presume la cena 2 wafles con 1 huevo revuelto, le han sacado la mermelada para que no se parezca al desayuno de hoy, almuerzo no hubo. La desgracia de estar acá es que siempre hay algo que te demuestra que se puede estar peor. Cuando salí a recibir mi comida pude ver a la policía de turno reírse del turco que no hablaba español, la muy prototípica policía que riéndose de él, le hacía repetir “yo soy putito”. Para suerte del turco y desgracia de tan impresentable funcionaria pude oír eso y se lo traduje en mi rudimentario inglés. La policía intentó callarme, pero ya era tarde. La sonrisa de ella desapareció al tiempo que intentaba regañarme y volverme a la celda. Lastimosamente la sonrisa del turco también desapareció, había sido traicionado por quien el creía una simpática compañía. Alguien de la marina escucha la discusión y viene a interrogarme, me promete que le llamará la atención, cosa que para asombro de todos los cautivos cumplió y nunca más supimos de ella. 

La confianza generada le permitió contarme su situación jurídica tras cuatro días de encierro, me habló de la crisis turca, de su deseo de llegar a EE.UU. y las cosas que lo retenían. Lo principal era que había presentado un recurso de amparo lo que le impedía volver a su país hasta que se resolviera su situación o el levantara el amparo, pero como ninguno de los funcionarios hablaba inglés (el reino de la estupidez), nadie le había explicado que con solo levantar su amparo podría volver a Turquía. Ahí las pocas clases de Mrs. Posse que recordaba funcionaron para destrabar su situación. Al menos la del regreso a su casa, la del sueño americano es una crónica que aún deberá esperar. Son las 23 y la promesa del vuelo para esta hora se esfuma, ya con algunas lágrimas que bien se ocultan detrás de un barbijo que hace las veces de anteojera vuelvo a la cama a intentar dormir. Pero a los pocos minutos uno grita “ahí traen más pasaportes”, saltamos de las colchonetas que ya para esta hora las consideraba camas (así se va perdiendo el sentido de la realidad, de la dignidad). Habíamos aprendido a puro estímulo reacción que cuando aparecían pasaportes era la hora de partir para algunos. Entre varios pasaportes rojos de la comunidad andina pude ver uno azul parecido a los del Mercosur. Solo faltaba escuchar mi nombre mal escrito. Miguel Mendoza dijo el policía (averiguaron tan poco de mí para detenerme que ni siquiera sabían que me llamaba Emilio). Levanté la campera, la lapicera y el libro del Che que me había servido para olvidar un poco, todo este tiempo de maltrato. El libro era “Nuestro Che”, un compilado de textos sobre el hombre más influyente de América. Como el libro tiene muchos textos de “Nuestro Hugo Montero”, en algunas oportunidades lo convertí en una suerte de estampita para atraer a esa esquiva suerte. Me dijo Jorge su padre antes de partir, “recordá que te llevás un pedazo de nosotros con vos” y no se equivocó. Este libro entre el Chino Chang y Vaquerito me había devuelto a los sueños de libertad que se tejían en las sierras de Cuba y Bolivia. 

Ya estamos en el avión. El proceso de traslado de las celdas a la puerta de embarque fue un extracto de las series de narcos. Todos en fila pegados a la pared caminando el hall lleno de turistas gringos muy bien asoleados. Ni cuando desaprobé mi primer examen de lengua en la primaria y la maestra me miró con asombro, ni aquel día en que me metieron un gol de caño que casi nos lleva a perder la final del torneo infantil, me dieron tanta vergüenza como este desfile de cara sucias. Al llegar a la manga del avión nos devolvieron los teléfonos y se saludaron entre marines y policías “gran maniobra eh.” Se decían. Se ufanaban de haber arriado con éxito a cuatro mujeres, tres niños y ocho hombres con zapatos sin cordones y que ocupaban una mano para sostener sus pantalones sin cinturones. Se los entiende ¿Qué otra cosa podrán celebrar en sus jornadas, si la mayoría de sus actos huelen a coimas y saben a sangre ajena?
Saben los pasajeros del avión quienes son los últimos en abordar o al menos lo presumen con más prejuicio que realidad. Aprovecho el último instante en tierra mexicana para escribirle a la familia. Al parecer, Wessley ya se había comunicado con ellos y ya estaban un poco más aliviados, lo que me tranquilizó un poco a mí y me permitió ver por la ventana con mucha nostalgia como el avión ascendía y los cerros que abrazan la Ciudad de México desaparecían. 
Al aterrizar en Bogotá nos vuelven a trasladar a otra sala de embarque reservada para personas en nuestra misma situación, ya son las 8 am y nos acaba de llegar el desayuno que compartimos con dos nigerianos que llevan varias horas sin probar comida. Los peruanos le regalan productos para el aseo ya que llevan varios días allí y su periplo hacia Nigeria es mucho más largo que el nuestro, yo le sumo unos alfajores al instante de regalos y viendo su fanatismo por el fútbol argentino aproveché para regalarles unos calcos de Maradona, pues la misión evangelizadora del Diego no se abandona por un mal trago. 
Llega el almuerzo y la operatoria se repite, yo le dejo mi almuerzo ya que mi comida es apta para los requerimientos de la comida musulmana (halal) y ellos me compran una hamburguesa para que tampoco me quedara sin nada. 
Me encuentro con una argentina que también fue deportada de México y que dice que a las mujeres turcas no la trataban mejor que al turco, que no les habían dado comida y que a diferencia de nosotros que nos dividimos la comida que teníamos, ellas se organizaron, reclamaron y consiguieron comida para las turcas. Vaya lección. 
Se acerca la hora de partir, primero se van los peruanos, luego los nigerianos y finalmente me toca a mí. Dejó Colombia y Buenos Aires parece más cerca.
Estos últimos renglones los escribo en la noche, ya sobrevolando territorio argentino. Tal vez sean estas las últimas palabras de este viaje que se inició en 2019 y que se encuentra cerca de su final. 
Es cierto que América sigue con sus venas abiertas, pero a pesar de ello y de los intentos de los inescrupulosos de siempre que insisten en dividirnos con fronteras absurdas, Latinoamérica está más unida que nunca, desde los agaves del sur del Río Bravo, hasta las estepas patagónicas.

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