Cuando el río arda

Lxs Rosarinxs están acostumbrados a ver una columna de humo año tras año. La diferencia es que esta vez los meses pasan, el humo aumenta y el fuego avanza. ¿Quién apaga los incendios? ¿Dónde está el Estado?

Por: Ludmila López
Fotos: Mauro Perriard

En febrero de este año comenzaron a prenderse los primeros focos en las islas del Delta. Lxs vecinxs, responsabilizaban al intenso calor y la falta de lluvia. Para el 5 de agosto, 90000 hectáreas habían sido consumidas por el fuego. Ya no era el clima, había responsables.

Un video empezó a circular por los grupos de whatsapp y en los medios de comunicación —algunos porque muchos otros decidieron mirar para un costado—  entre el humo y las enormes llamas se podía ver cómo una familia de nutrias escapaba corriendo y se sumergían en el Río Paraná para salvarse. 

Acto seguido la historia de dos cerdos que nadaron 1800 km para lograr sobrevivir, el zorro gris que fue encontrado en un patio, la del Chajá de casi 1 metro de altura que apareció en la pileta de una casa con las alas llenas de cenizas, temblando de miedo y con la mirada desorientado, también se hicieron conocidas. 

Por suerte hay quienes se ocupan de curar sus heridas, de alimentarlxs y cuidarlxs hasta que nuevamente puedan ser reinsertados a su hábitat que, ante esta realidad, no será nunca más la misma. Hoy las tonalidades verdes que caracterizaban al Delta desaparecieron. Su suelo se resquebraja de seco. Sus árboles son negros. El río está bajo. Y entre las cenizas, se levanta un cementerio de animales calcinados. 

El barbijo no solo cubre del coronavirus sino también del olor que traspasa puertas y ventanas, a toda hora y en toda zona. Los ojos se ponen rojos y pican. Se despiertan las alergias. Tos, pecho cerrado, dificultad para respirar. Las distintas aplicaciones que brindan información sobre el aire, anuncian que Rosario está primera en un ránking de las ciudades con el aire más contaminado. Esa es la lógica que maneja el capitalismo, creyéndose capaz de arrasar con todo. Esta vez ese “todo” incluye al planeta. 

Mientras desde los distintos gobiernos repiten hasta el cansancio el eslogan “quédate en casa” para evitar un contagio más, de los tantos que acechan, el pueblo autoconvocadx responde: ¡En casa quédense ustedes, corruptos! 

De la organización a la acción:

En el 1 de agosto, día de la Pachamama, cientos de bicicletas comenzaron a desplazarse a lo largo de la costa rosarina para culminar en el puente que vincula Rosario con Victoria, Entre Ríos.  Las consignas iban desde la petición por una “Ley de Humedales”, pasando por “Estado ausente” y culminando con “el fin de las quemas”. Niñxs levantando carteles escritos por ellxs, con letras de colores y máscaras de animales gritando: “no hay segundo mundo”. Jóvenes con banderas argentinas flameando a lo alto, y papel en mano con una frase que interpela directo: “Si la lucha ambiental se pierde, las demás no tendrán sentido”.

Las cenizas levantaron a una sociedad que eligió enfrentarse al modo macabro de producir incansablemente, yendo en contra de la propia vida, y convirtiendo nuestro suelo en tierra de construcción y ganadería. 

El fuego los escuchó. Sus responsables también. A las horas se prendían más llamas. El pueblo respondió. Cinco manifestaciones pacíficas que abarcaron concentraciones, caminatas y la unión de las orillas con más de 200 embarcaciones a remo. Las autoridades brillaban por su ausencia. 

El sábado siguiente, un video de la Multisectorial de Humedales, grupo integrado por vecinxs autoconvocadxs que surge de la necesidad de respuestas frente a los incendios, se hizo viral en donde se veía cómo el fuego imponente, avanzaba hacía las chozas de lxs islenxs. Una pileta pelopincho con agua estancada fue de gran ayuda mientras lxs voluntarixs arribaban. Las imágenes eran desgarradoras. Junto al mensaje llegaba una gacetilla de prensa responsabilizando a la Municipalidad de la ciudad de Rosario por abandono de personas. 

Convirtiendo el dolor en lucha

No importó la hora, ni el frío, en minutos había gente poniendo sus lanchas. Armándose de coraje. Recolectando baldes, palas, y rastrillos. Juntando frutas, bidones de agua, mangueras, botas de goma. Nafta y machetes. 

Ni bomberos, ni brigadistas, ni aviones hidráulicos, ni Prefectura. Ciudadanxs sin experiencia movidos por la desesperación de ver a unx otrx perderlo todo. Algunxs sabían más, otrxs nada. Compartían las enseñas de cómo atacar el fuego, lo que habían leído antes de salir o lo que le había contado alguien alguna vez. 

“Si no fuera por lxs voluntarios, yo perdía todo”, dice Benito entre lágrimas y  sin poder terminar la frase. Su rancho de chapas estaba rodeado de fuego. Tiene 80 años y toda su vida transcurrió en las islas. En sus ojos, la angustia de mirar alrededor y ver al futuro desaparecer.

Cavando pozos. Haciendo pasamanos de baldes. Aprendiendo a reparar motobombas. Mojando los tapabocas para aguantar más tiempo, porque el humo llega la Ciudad y molesta; pero cuando el fuego te da la bienvenida cara a cara, asfixia. Dividiéndose en grupos para ser rápidos como las llamas, porque al igual que el rancho de Benito, habían otros, muchos otros. Llamando incansablemente a Prefectura, durante horas, pero nunca nadie respondió. 

Siguen llegando refuerzos. Más y más volutarixs corren río adentro para cargar los baldes, estirar mangueras, cortar los árboles que desprenden ramas prendidas. Entonces, otra vez el foco que apagaron hace a penas minutos, arde. No hay tiempo para mirar la hora. El fuego gana. Un sorbo de agua potable, una fruta cortada al medio y a seguir. Los animales corren por todos lados. Lxs pescadorxs ven su casa morir, en todo sentido. 

De este lado de la orilla

Mientras tanto, otrxs vecinxs cortan un puente. Gritan. Reclaman. Se manifiestan frente a la casa de gobierno municipal que después de seis meses abre sus puertas. Muchas promesas que se suman a las publicaciones de colores que hace el gobernador de la provincia de Santa Fe, Omar Perotti, donde se jacta de enviar brigadistas y herramientas, mientras lxs jóvenxs vuelven a sus casas con las manos cortadas, las caras quemadas, los cuerpos cansados y la tristeza de no haber podido hacer más que lo hecho. 

Toman medidas desesperadas: no cruzar a tierras entrerrianas. No navegar por el Paraná. Se aferran al coronavirus para disfrazar la ineficiencia y la corrupción. La ausencia y la sangre capitalista que les corre en las venas. 

¿Cuánto futuro cree que nos queda?

El presidente de la Nación, Alberto Fernández, llegó el pasado 29 de agosto a Puerto San Martín para anunciar un acuerdo estatal de hidrovía. A la hora de hablar sobre el ecocidio ocurrido justo a sus espaldas, admitió una conversación que tuvo con el ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, Juan Cabandié, en donde le pidió que sea la última vez que ocurra esto. 

“Una ley lleva tiempo”, dijeron algunxs diputadxs en una charla debate organizada por el Observatorio Ambiental de la Universidad Nacional de Rosario. Hablan como si el fuego pudiera esperar. ¿Será que los responsables prometieron una pausa?

Se terminó agosto. No hubo tormenta Santa Rosa que amortigüe el dolor y, según aquellxs que han parido los humedales, “de esta tragedia solo nos salva una lluvia”. Navegar hoy el Paraná es sumergirse en la melancolía de lo que fue y no volverá a ser, estructuras de casas que fueron sacudidas por las llamas, tierra gris y entre algunos yuyos los cadáveres de la fauna que no logró escapar. También la desesperación de las especies que sobreviven sin comida.

En el aire de la ciudad, además de humo, hay angustia. Ven morir todos los días una fuente indispensable para la vida. “Si de algo sirvió esto es para conocernos entre nostrxs”, dice Ani, una vecina, desde su rancho isleño y tiene razón. Una vez más el país entero pudo ver cómo un grupo de autoconvocadxs se encargó de las responsabilidades que son estatales, así, sin preparación ni grandes elementos: a pleno pulmón y corazón.

El pronóstico anuncia lluvia, y el pueblo respira resistencia. Se posterga el acuerdo con China. Se nombran las problemáticas ambientales en agendas políticas. La necesidad de salvar nuestro mundo, nuestras raíces y nuestro futuro no entiende de coronavirus, de intereses económicos, ni de tiempos jurídicos. Salvarnxs se pronuncia en presente y es, una vez más, el pueblx unido quien traza el camino de la lucha. 

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