El casete de aceituna

Por Damián Quilici (*)

Si hay algo que me retrotrae siempre a la infancia es la música tropical. Me crié entre bafles y combinados Winco de mis tíos. Recuerdo esas tardeadas de sábado, merendando mate cocido con pan, y de fondo, como una especie de banda sonora, una cumbia de lamentos y desamores que retumbaban en la precaria casa donde habitaba de niño. Vivían mis abuelos maternos, mi vieja, mi tía y tres hermanos menores, mi hermanita y yo. Fui creciendo y con la muerte de mis abuelos, nadie me podía cuidar, mi mamá tuvo que hacerse cargo de la casa y trabajar el doble. En cambio yo conseguí laburo en la esquina, en el taller mecánico de Don Ernesto. A los trece años, ya desarmaba tapas de cilindros de Renault 12 y Fiats 128.


A media cuadra vivía Cintia, una morochita de ojos verdes que me tenía enamorado. Por las noches copiaba en una hoja poemas de Oliverio Girondo, le cambiaba las palabras y se los dejaba en el portón de la casa, si firma. Tardó un tiempito en descubrir que yo era el chico de las poesías. Se lo confesé yo mismo en una joda del barrio, cuando la saqué a bailar y nos dimos un beso mientras sonaba una canción que hablaba de una chica bonita. Al otro día toda la situación me dejó pensando en algo; ¿quién cantaba ese tema mientras besaba a alguien por primera vez en mi vida?

En aquellas épocas donde no existía internet ni mucho menos aplicaciones para descubrir autores musicales, no quedó otra que contarle mi mayor secreto a mi tío menor. Le tarareé un poquito la letra y la sacó al toque: “Ah, sí, el Grupo Aceituna, lo pasan en el Tropitango”, me dijo. Pensé que me estaba boludeando, pero no, los nombres de las bandas de cumbia de los años menemistas eran así: Ternura, Crema de Amor, Dulzura, Ciclón, Malagata, Rosa Negra, Mantekilla y un sinfín más de agrupaciones que hacían mover las caderas de la clase obrera en los noventa. Ese mismo fin de semana mi patrón me pagó, eran quince pesos, quince dólares. Me bañé, me puse ropa linda, me perfumé y me fui solito al centro de Pacheco. Vaes Musical era el nombre de la disquería. Tan solo cinco pesos me costó el casete que tanto deseaba. Con el vuelto me comí un pancho, me tomé una Coca y guardé para la semana.

Nunca escuché tanto una canción como “Chica bonita” del Grupo Aceituna. De hecho hice una copia para regalárselo a ella: “Oye chica di por qué, por qué te pintas tanto, si bonita se te ve, cuando estás sencillita”. Podía estar toda la noche escuchando y recordando aquel mágico momento del primer beso. Luego la vida nos separó y ya entrando en la adolescencia adulta, conocí y me vinculé con otras chicas que me hicieron olvidar todo. Tener trece años en los noventa no es lo mismo que tenerlos ahora. Hace poco, en plena pandemia, pude volver a lo de mi vieja a visitarla. Y revisando en la habitación de mi tía encontré entre otras cosas, el casete, todavía intacto, todavía sonaba. Lo escuché con mi hijo, de trece años justamente, pero ya todo un adolescente milenials, y me emocioné. Recordé aquella noche, esa fiesta, el piso de tierra, aquel beso y el final de mi infancia para siempre. Un día dejás de ser niño sin darte cuenta. Yo me convertí en adulto después de aquella cumbia, el lunes tenía que entrar a laburar temprano y desarmar un alternador de un Fiat 600. La vida seguía y yo también. A algunos les toca más fácil, a mí me tocó difícil, pero con olor a mate cocido con pan y sonido de timbales de sábado por la tarde.


(*) Es narrador, su libro de próxima publicación es Mamá Luchona y otros relatos.

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