El desafío de construir la presencia del detenido-desaparecido.

Alan Ramírez @elnegroalannn

“Cuando alguien muere se le tiene que 
dejar ir; cuando es desaparecido se le 
tiene que hacer volver.” 
Jacobo Silva Nogales 

“Amigo mío, vuelve a casa pronto, 
cuéntame todo, cámbiame todo, 
necesito hoy tu resurrección, 
tu liberación, tú revolución.” 
Sui Generis, 1972. 

Por Pablo Flores

Omar desapareció dos veces. La primera, la material, tiene su fecha: el 30 de marzo de 1977. No se sabe bien si fue en la esquina o en la puerta de su casa. Tampoco se sabe de dónde venía. Algunos dicen de la casa de su novia Angélica. La segunda desaparición, la subjetiva o simbólica, no tiene una fecha exacta. No la tiene porque fue un proceso que quizás se inició cuando murió su mamá Mercedes, una mujer que literalmente lo buscó hasta que el cuerpo no le dió más. Esa segunda desaparición siguió por otros lados: las amistades, el barrio y su equipo de fútbol, Almirante Brown, club del cual el Monto puede ser considerado el primer “jefe” de la vieja barra. Omar sigue desaparecido, pero hace unos años lo empezamos a encontrar simbólicamente en aquellos lugares que habitó. 

La desaparición forzada de personas fue una estrategia utilizada por la última dictadura militar para sembrar terror en la sociedad, y por efecto de esta, disciplinar las luchas populares que desde el Cordobazo habían comenzado a intensificar el proceso de impugnación al régimen político. Tal política del terror generó un trauma social que se percibían como síntomas en el silencio, el miedo al otro y el aislamiento. Esto se puede ver con claridad en los relatos de la familia y las amistades de Omar. 
Gabriel Gatti* pone el ojo en la perfección represiva del detenido-desparecido para hacer referencia a la forma en el que el sujeto se despoja de su historia, de su nombre y hasta de su territorio por medio de la maquinaria represiva y desaparecedora puesta en marcha por el Estado. Omar era un muerto ausente que hizo su aparición hace muy poco, unos tres años, donde por medio de la palabra se le pudo comenzar a devolver su historia y sus territorios. El gordo para Mecha, el Monto para los amigos del barrio y de la tribuna de Almirante Brown. Omar es un detenido-desaparecido que habla. 
Reponer en el marco de un relato la historia de un detenido-desaparecido no es una tarea sencilla. Peor aún cuando muchos protagonistas no están, otros no quieren brindar testimonio – ¿será por el trauma social aún no resuelto?- o los recuerdos difusos de quienes se ponen a disposición de un grabador o de preguntas incómodas. A su vez, es más complejo cuando al construir la historia por medio de una asociación entre hechos, relatos e interpretaciones surgen nuevas hipótesis: el Monto, además de militar en el Peronismo de Base, fue el líder de lo que con el tiempo tomó forma como la primera “barra brava” de Almirante Brown. Es decir, puede ser considerado como un “barra” desaparecido. Esta hipótesis empieza a tomar forma en la repregunta. Omar llevaba adelante una vida plebeya, su madre trabajaba todo el día mientras él se la pasaba de vago en la calle, jugando al fútbol en la calle, en las esquinas del barrio de Villegas en la localidad de San Justo, o en las canchas organizando el ingreso de la hinchada. Con el tiempo se tuvo que conseguir un trabajo, para afrontar sus gastos, y ahí es cuando ingresa a la fábrica de anilina Colibrí. En una familia donde no había antecedentes de militancia política pero en la que todos eran peronistas, el Monto era la excepción. ¿Eso explica su segunda desaparición, la simbólica? 

Un compañero, ex detenido desaparecido reflexiona que en las víctimas de las clases populares tuvieron una gran influencia los recorridos previos de las familias: “no era lo mismo que le secuestren un hijo a un abogado que a un changarín. El abogado se siente con más derechos para reclamar, tiene menos miedo al poder”. Al momento de relatar su experiencia cuenta que cuando intentaron rastrear a los desaparecidos de Berisso, hubo muchas más dificultades que en la Plata: “En tiempos de Alfonsín había todavía mucho más miedo. Muchas familias obreras tardaron años en hacer la denuncia.” Es evidente que la extracción de clase de las víctimas era un condicionamiento para transitar el trauma de la desaparición de un familiar. Para prueba de ello solo hay que pensar en Mecha. Desde el día uno participó de las rondas de Madres y Abuelas alrededor de la pirámide. De hecho, su rostro aparece en el vídeo dónde en el marco del Mundial del 78’ la prensa holandesa retrata la angustia y desesperación de esas madres. Lo destacado de esto, lamentablemente, es que la familia de Omar, sus primos, su tía, sus amigos y hasta la historia, no tuvieron las herramientas para comprender que Mercedes puede ser considerada una de las primeras madres de Plaza de Mayo. Mecha lo buscó hasta que su espalda, sus huesos y sus piernas no le dieron más. 
Con una foto y comentario desconocido por Facebook, Omar volvió de su segunda desaparición. Ese vacío comenzó a llenarse con historias, recuerdos y encuentros. Su cara está pintada en la intersección de las calles Francisco Segui y José Ignacio Rucci (¿paradojas de la vida?), y su nombre es piedra en una baldosa cementada en la tribuna donde alentó a su equipo. El día que su nombre volvió a esa tribuna sonaron los Jaivas, banda preferida del Monto, mientras sesentañeros lloraban al cantar: “¿para qué vivir tan separados si la tierra nos quiere juntar?”.

*Gatti, Gabriel (2011). Identidades desaparecidas. Peleas por el sentido en los mundos de la desaparición forzada. Buenos Aires: Prometeo Libros.

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